Gregorio Peces-Barba Martínez es
rector de la Universidad Carlos III de Madrid y Alto Comisionado
de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo.
EL PAÍS - Opinión - 08-06-2005
Por
primera vez en mi vida, a los sesenta y siete años,
he oído en una manifestación contra la posición
del Gobierno en la lucha antiterrorista gritos de "Peces-Barba
dimisión". No eran unánimes pero sí
se hacían oír y se repitieron por sectores
de los asistentes a lo largo de la marcha.
Desde la cuna aprendí de mis padres los valores
de la democracia, del respeto a la voluntad popular y también
aprendí que las personas somos seres dignos, que
no tenemos precio, que somos seres de fines y que no podemos
ser utilizados como medios.
A lo largo de mi vida he ido enriqueciendo, racionalizando
y completando esas ideas. He tenido buenos maestros como
Joaquín Ruiz-Giménez, que influyó mucho
en mi condición como profesor y como persona, igual
que Elías Díaz, Felipe González Vicén,
Norberto Bobbio, Renato Treves, o Hart.
De todos ellos he aprendido respeto a los demás,
tolerancia y amistad cívica como motor de la
vida pública. Estas ideas han informado siempre mis
enseñanzas en Filosofía del Derecho como pueden
testimoniar los miles de alumnos que he tenido desde 1963
en que inicié mi trabajo universitario. Son ya 42
años de docencia y también de investigación
y de publicaciones. En mis libros y en mis artículos,
los valores de libertad, igualdad y solidaridad, los derechos
fundamentales y los principios democráticos han inspirado
siempre mis escritos, más de 30 libros y de 70 artículos
científicos con esos contenidos difundidos en América
y en Europa y traducidos al inglés, al italiano,
al francés y al portugués.
En
la vida política me comprometí en la lucha
contra el franquismo, en la construcción de la democracia,
con la Constitución, con la reforma de nuestro ordenamiento,
con la presidencia del Congreso de los Diputados, entre
otras experiencias en todo momento conformes y coherentes
con los valores liberales, democráticos y socialistas.
Siempre me he considerado y me considero un militante del
PSOE, aunque siempre con el espíritu crítico
y la distancia intelectual frente a la militancia ciega.
Mi libro La Democracia en España es un signo y un
ejemplo de ese talante que nunca he abandonado. He sido
muy consciente de que ese sentido crítico ha sido
utilizado torticeramente por los enemigos del socialismo
y a veces sacado de su contexto y generalizado injustamente.
Pero la indignidad moral no puede ser
excusa para no decir lo que se piensa.
En mi actividad política nunca he faltado al respeto
a los adversarios; al contrario: he mantenido siempre una
relación cordial y me he esforzado en reconocer
sus aciertos y en estudiar sus críticas.
El clima de comunicación con todos ha sido también
uno de mis objetivos principales. Durante mi etapa política
activa hasta 1986, todos los adversarios políticos
de AP, UCD, de los comunistas o nacionalistas han sido siempre
amigos o personas con las que he desarrollado una acción
constructiva y eficaz. Desde 1989 he dedicado todo mi tiempo
a crear una Universidad, la Carlos III de Madrid que, al
cabo de los años, con el esfuerzo de todos (profesores,
PAS y estudiantes) hemos convertido en una Universidad de
prestigio y de calidad. Es el orgullo de mi vida.
En
contraste con esta experiencia y con esas realizaciones,
desde que el Presidente del Gobierno me nombró Alto
Comisionado he sentido la hostilidad del Partido
Popular y del Presidente de la Asociación de Víctimas
del Terrorismo. Nada más empezar pidieron mi dimisión
pese a los esfuerzos de aproximación que hice como,
por ejemplo, con el nombramiento de la Directora de la Oficina
de Apoyo al Alto Comisionado, Dña. Dolores de la
Fuente o con mi entrevista, larga, en un hotel cercano a
su sede, con Mariano Rajoy. No han tenido ningún
interés en el contenido real del trabajo del
Alto Comisionado y han repetido los mismos tópicos
en las dos intervenciones de sus portavoces en el Congreso
y en el Senado, durante mis dos comparecencias: que he
venido a dividir a las víctimas, que no las represento,
que estamos ante una figura innecesaria y que su actual
titular no es el idóneo para el cargo; incluso
algún senador del PP me ha calificado como defensor
de los terroristas, infamia que otros han repetido
en artículos de periódicos y en viñetas
presuntamente de humor.
En
contraste con esta imagen, el trabajo que hemos realizado
en el Alto Comisionado en estos seis meses ha sido denso
y eficaz. Hemos constatado, desde el primer día,
la existencia de muchos problemas de desconfianza y de recelos
entre las víctimas, de muchas fallas, de indefensiones
y de lagunas en el funcionamiento del sistema pese al enorme
esfuerzo de los gobiernos democráticos para atender
a estas víctimas y a sus familiares. De ese estudio
han salido soluciones puntuales a problemas de tratamiento
psicológico, de trato igual en medallas y condecoraciones,
cuidados y apoyos a víctimas estudiantes y a sus
hijos, de rehabilitación de personas con discapacidad
con un programa de un millón y medio de euros con
MAPFRE que hemos acordado, de ascensos honoríficos
a víctimas, de consideración de justicia gratuita
para ellas, de créditos blandos en bancos y cajas,
de facilidades de acceso a la vivienda y de rehabilitación
de las mismas. Además, tenemos pendientes programas
de ayudas para el empleo o de reserva de plazas en la Función
Pública, entre otras muchas medidas. Asimismo cada
día recibimos directamente a víctimas con
problemas de distinta índole, o a quienes vienen
recomendados por asociaciones o fundaciones de víctimas.
El conocimiento directo de estas experiencias nos permite
formular propuestas normativas generales, como las que acabo
de mencionar.
El
empeño principal del Alto Comisionado ha sido avanzar
en la igualdad entre las víctimas, pese a las diferencias,
e incluso, a las discriminaciones existentes. Las víctimas
de ETA o del GRAPO son muy distintas entre sí: las
hay famosas y anónimas, civiles, militares y de los
Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, periodistas, políticos,
empresarios, concejales, obreros, niños o personas
que pasaban por allí; las víctimas del 11
de Marzo son igualmente resultado de la irracionalidad porque
han muerto por tomar un tren a las siete y media de la mañana
un día aciago y siniestro. Por esta razón
peleo para que monumentos y conmemoraciones sean unitarios
y para que todas las medidas
que se tomen puedan favorecer a todas las víctimas.
Asimismo he propiciado y defendido la apertura del plazo
para solicitar los beneficios de la Ley de Solidaridad para
todos los sectores que se habían quedado fuera. Igualmente
estamos a punto de implantar un espacio virtual de comunicación
informática entre víctimas para que puedan
relacionarse fácilmente entre sí.
Por
fin, el tema central del trabajo del Alto Comisionado es
la revisión de la Ley de Solidaridad de 1999, para
evitar alguna discriminación, para actualizar algunas
cifras y para repasar algunos criterios de manera que tenga
un carácter más integral y comprensivo. El
tema ha sido discutido con la Vicepresidenta del Gobierno
y lo planteamos en la reunión que mantuvimos con
las Asociaciones de Víctimas, de la Guardia Civil
y Sindicatos Policiales, los días 26 y 27 de mayo
en Colmenarejo. El asunto está en marcha y esperamos
que en las próximas semanas nos lleguen sugerencias
para impulsar esta reforma. Por cierto que la reunión
de esos días congregó a todas las asociaciones,
fue unitaria y al final todos apoyaron el trabajo concreto
que estamos haciendo. A esto lo llamo yo luchar por la unión
de las víctimas.
En
el entorno de la manifestación, comentarios desde
los medios de comunicación afines al PP y propiedad
de la Conferencia Episcopal Española
han multiplicado su hostilidad, su desprecio, sus insultos
y sus maledicencias. Es evidente que todo
lo realizado les importa poco. Han construido en este
tema, con el apoyo de víctimas y familiares, muchos
de ellos de buena voluntad, una operación de acoso
y derribo contra el Alto Comisionado. Según ellos,
debe ser un Secretario de Estado que no represente al Gobierno
sino a las víctimas, cuando de lo que se trata es
de apoyar a las víctimas desde el Gobierno.
En
este rosario de sofismas y de falacias que se encadenan
en sucesivos momentos la convocatoria del Presidente del
Gobierno a las asociaciones de víctimas la interpretan
como una desautorización al Alto Comisionado y como
una primera etapa para su destitución. Una vez
más, su pasión y sus prejuicios les ciegan.
El Presidente tiene siempre sobre la mesa mi dimisión
y sabe que puede utilizarla en cualquier momento si piensa
que soy más un problema que una solución.
http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20050608elpepiopi_6&type=Tes&anchor=elpporopi&d_date=&t=Seis_meses_Alto_Comisionado_
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