| CALOR HUMANO / POR AMELIA DE QUEROL OROZCO
"Diario de Ferrol" del 11/05/06
En
cada uno de nosotros existen temas que son recurrentes. El
impacto que determinadas situaciones nos provoca nos acompaña
siempre y, tarde o temprano, afloran a la superficie los pesados
lastres que estas situaciones suponen en nuestra vida. Hay
hechos que nos marcan para siempre y, aunque supongamos que
hemos podido superar las consecuencias de los mismos, de alguna
manera, esas heridas, cuanto menos, dejan cicatrices, a veces,
muy profundas, que el tiempo no logra borrar del todo.
Es
recurrente en mí el intentar profundizar sobre el acoso
moral en el trabajo, pues, desgraciadamente, algo de ello
conozco. Cuando se ha tenido que dejar un trabajo que tanto
gustaba, para el que se estaba más que preparado y
sabiendo fehacientemente que el rendimiento en el mismo era
más que satisfactorio, pero las circunstancias creadas
por el entorno hacían imposible ni siquiera "subsistir",
llevándote a una situación de sufrimiento límite,
en la que la "huida" se posicionaba como única
solución, es fácil que, aunque parezca más
o menos superado el problema, en tu nuevo puesto de trabajo
te preguntes, tantas y tantas veces: "¿por qué?;
¿qué hago yo aquí si el trabajo que me
gustaba era aquel?; ¿por qué es la víctima
la que siempre, en todas las situaciones de acoso, ha de perder
en beneficio del victimario, que puede seguir campando a sus
anchas?". Sé que es un ejercicio inútil,
pues ciertos porqués no tienen contestación
pero, inevitablemente, aparecen una y otra vez, impenitentes,
solícitos de respuesta.
Pero,
como nunca llovió que no escampara, incluso para estos
momentos en que el ánimo cae en picado y por cualquier
resquicio se cuela el abatimiento, existe algún bálsamo
que calme en algo los dolores En este caso específico,
gracias hemos de dar por ello, la benéfica medicina
la puede aportar la Asociación Gallega contra el Acoso
Moral en el Trabajo (Agacamt), que se reúne todos los
jueves con la única finalidad de compartir, de escuchar,
de arropar, desde el conocimiento, desde la vivencia propia,
desde la más sincera empatía, a todo el que
ha sufrido y sufre este mal, que, por cierto, crece como cáncer
descontrolado, con una metástasis que afecta a prácticamente
todos los sectores laborales de este país, ante la
aquiescencia de instituciones y el beneplácito de una
sociedad que no se conciencia del mal que se está desarrollando
en su seno, ajena a las señales, cada día más
alarmantes, de esta enfermedad que crece y crece.
No
fue hace mucho cuando contacté con la mencionada Asociación,
pero, desde aquel primer jueves, paso la semana contando los
días que faltan para esas tan terapéuticas reuniones.
Cuando comento este hecho, no es difícil que el incrédulo
interlocutor pregunte: "¿Qué te dan?".
La respuesta, desde luego, es simple: "comprensión
y afecto"; una mano amiga que te dice: "yo cargo
con un peso semejante, pero entre todos, las cargas parecen
pesar menos, yo te ayudo a cargar con la tuya". No tienen
soluciones mágicas, pero el simple afecto que se percibe
de forma perfectamente tangible y la escucha activa de cada
uno de los presentes en esas reuniones es más que suficiente
para salir de allí "con las pilas cargadas".
Llegas allí un buen día como un desconocido
y sales como un amigo. Sientes que se te entiende y se te
aprecia, desde el primer momento. Sientes que, desde ese día,
tú los entiendes y los aprecias. La Asociación
te puede facilitar, asimismo, apoyo profesional tanto legal
como psicológico, pero su principal apoyo es, sin duda
alguna, el calor humano.
Una
vez más aprovecho esta columna para dar las gracias,
públicamente, esta vez a la Asociación Gallega
contra el Acoso Moral en el Trabajo, a estos compañeros
de reuniones, de experiencias, a estos amigos, por su apoyo.
En especial, aunque no en detrimento del resto, pues a todos
estoy igual de agradecida, quiero mentar a José Manuel,
por haber sido el que, en el último día de las
jornadas sobre acoso en el trabajo celebradas en febrero en
los locales del Ateneo Ferrolán, se acercó a
mí y, ante mi sorpresa él si era consciente
de qué motivó mi presencia en aquellas jornadas,
me dijo: "cuando quieras, estamos aquí, para lo
que necesites, llámanos cuando quieras, o acércate
cualquier jueves". Gracias.
|