Extraido de "La destrucción Invisible" de Mercedes Muñoz-Repiso.
El acoso lo establece un individuo narcisista que pretende
afirmarse minusvalorando al otro, colocándole en inferioridad de condiciones
para lograr un dominio moral sobre él.
El narcisista es una persona con un egocentrismo, una necesidad de ser admirado
y una intolerancia a las críticas exacerbados, de tal modo que sólo
mediante la anulación de alguien muy cercano a él o a ella logra
calmar su neurosis.
Comienza por seducir a su víctima, captar su deseo, generar su admiración
para que le devuelva una buena imagen de sí mismo. Con "una de
cal y otra de arena" , es decir una mezcla perfecta de gratificación
y rechazo, genera en el otro (otra) un sometimiento basado en la necesidad
de agradar al agresor, necesidad que , paradojicamente, va creciendo a medida
que aumenta el acoso.
Se crea así un círculo vicioso del que la víctima
no es capaz de salir , porque su autoestima ha sido minada de tal forma que
el único valor que se concede a sí misma es lograr el favor
de aquél que la somete.
La estrategia del narcisista no es destruir rapidamente al otro sino mantenerlo
a su disposición apropiándose de su mente y su energía,
para lo cual emplea todo tipo de tácticas, desde el despliege de sus
propios encantos y su cara más brillante al desprecio y la crítica
más cruel, pasando por la explotación de sus propias desgracias
para apelar a la piedad de la víctima.
A la vez el agresor va aislando afectivamente al otro de
su círculo natural (..) mediante el desprestigio y la crítica
(..), minusvalorando a la víctima ante los demás o a sus allegados
ante la víctima.
El resultado es que el acosador, que la hunde y levanta sucesivamente, pasa
a ser el único asidero de la otra persona, quedando así totalmente
a merced suya.
El narciso reconstruye la realidad a su medida, convenciendo a la víctima
y a su entorno de que tiene toda la razón y de que obra así
por el bien del otro, incluso con una intencionalidad moral o educativa. La
indefensión que genera este tipo de argumentos es inmensa,porque sume
a la víctima ,en una gran culpabilidad si intenta romper el acoso.
Seguramente todos, según circunstancias y épocas corremos el riesgo de adoptar uno u otro (rol: agresor, víctima o cómplice).
Cualquiera que necesite afirmar su ego a costa de los demás puede ejercer un cierto papel de agresor , sin necesidad de ser un caso patológico, así de sencillo.
Pensemos lo corriente que es intentar que no luzcan los méritos
del compañero, del subordinado o incluso del alumno para que no nos
haga sombra (..) y tantas formas aparentemente inofensivas de construir nuestro
yo sobre las pequeñas o grandes ruinas de los otros.
Ser víctima tampoco es raro. En algún momento de la vida nos
puede tocar. (..).
La víctima de una agresión de este tipo no es una persona débil
o anodina, muy al contrario, el agresor se ceba en alguien con grandes dosis
de energía, sensibilidad, capacidades, porque es el tipo de persona
que más se percibe como peligro y porque su minusvaloración
da, supuestamente, más lustre al ego del otro.
(..) Por eso es necesario tomar conciencia del acoso, de la imposibilidad
de salvar al agresor y de la legitimidad de alejarse de él para no
ser destruidos.
(..)Pero el papel que con más probabilidad nos puede
tocar es el de cómplice , porque en la vida somos con más frecuencia
comparsa que protagonistas. Todos hemos presenciado el insidioso acoso moral
a alguien de nuestro entorno sin hacer nada por él. Unas veces, por
miedo a vernos también agredidos o al qué dirán si me
acerco a ese compañero tan desprestigiado. Otras, las más, por
esa "buena educación" (..) cuyo primer principio es que la
vida de los demás no nos concierne.
Puede ocurrir también que el agredido sea alguien muy querido y entonces
sufrimos en silencio sin saber cómo intervenir.
Entonces se nos plantea el dilema entre el principio de no injerencia (..) y la complicidad silenciosa con los acosadores.
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