| ¿Contra toda esperanza &?
Por Luis Alberto Luna Tobar
Son 10 años de un silencio oficial impuesto sobre el
honor, la dignidad y responsabilidad de una mujer ajusticiada,
por voluntad de alguna fuerza superior, tal vez invisible,
acaso indiscutible& pero siempre poderosamente ocultada,
celosamente silenciada, hábilmente impedida de salir
de sí misma, de su celda de cárcel, de su abandono,
de su silencio inútil y de su fortaleza tan íntegra,
como suficiente para que se le impongan más guardias
que las que se destinan a los mayores malhechores.
En
la cárcel de mujeres de El Inca de Quito yace la doctora
Sandra Isabel Correa León. No hubo boleta oportuna
de detención y con una especie forzada, atrasada a
la detención, entró en la desesperanza; hay
una orden de poder invisible, pero cumplida con fidelidad
extraordinaria, de
no dejar hablar a Sandra Correa.
¿Por qué esa orden y de qué poder se
originó y se la mantiene? Acusada de innumerables delitos,
jamás tipificados con severidad legal, no ha habido
poder humano que dé curso legal a esta causa y, sobre
todo, que humanamente conceda defensa a la acusada, del confuso
episodio de la mochila escolar . En un primer momento, estuvieron
acusados con Sandra, ministra de Educación, graves
personajes de nuestra política partidista. Todos pasan
su intocable honor, garantizados por oportunas sentencias
absolutorias. Las mochilas han sido utilizadas con encomio
de maestros y agradecimiento de las familias que educan hijos.
Nadie ha probado falsedad alguna en el negocio de Estado.
Pero a un ser poderoso la hacía falta que lo de las
mochilas era criminal negocio y que la única persona
que ofrezca su espalda para llevar cruz tan ignominiosa, fuera
una mujer. ¿Por qué contra ella? Su firma no
es la única que posibilitó el negocio. Hay media
docena de responsables en el hecho, en el negocio. ¿Por
qué solamente Sandra tiene que responder por él?
Diez años de injusticia no pueden proseguir imperando
en un caso que se inscribió en nuestra historia como
uno de los signos más liberadores de la técnica
justiciera.
No dejar hablar a Sandra Correa
es la consigna de una mentalidad bárbara que hace pareja
al negocio oscuro y se ampara en las interpretaciones de un
poder legal sin humana naturalidad. Los gestores de este hecho
están en la línea de los que forzaron una Corte
Suprema de Justicia, que se ahogó a sí misma
y de los que consagran desde el Congreso Nacional la desclasificación
moral del concepto de ley y de justicia en la Nación.
Se
conoce que el caso de Sandra ha llegado a las más altas
esferas de nuestra Corte Suprema de Justicia. Es un signo
seguro de esperanza. No se puede inmolar de la manera como
se procede en el caso, a ningún ser humano. En la certeza
de la verdad, en cuanto a las responsabilidades de la doctora
Sandra Isabel Correa León, los ecuatorianos encontramos
que típica venganza oriental, tiene sus víctimas
propias. La mujer no ha encontrado mayor oposición
a su normal desarrollo que en sí misma. Y que tristemente
reduce el ser mujer la pasión de grupos de raíces
orientales. Por allí hay argumentos para explicar la
orden de
no
dejarle hablar
a Sandra. Ojalá nuestra Corte Suprema rescate este
mancillado honor.
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