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EL
PAIS DEL MIEDO (Libro de Isaac Rosa). Crítica literaria
del Libro por Jordi Gracia.
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Isaac
Rosa se ha metido en cuevas y grutas interiores sin
referencialidad histórica ni geográfica
pero sí de clase y de educación para explorar
el mapa de los miedos contemporáneos. El resultado
es una anatomía a ratos angustiosa porque es
nuestra, funciona como funciona nuestro mundo urbano
occidental, con colegios y niños de familias
dispares, con retadores y con víctimas, con recelos
y con sobreprotecciones involuntarias y nefastas. Rosa
rehúye las tesis simples y elude moraleja alguna,
porque ha escrito un estudio novelesco que examina los
mecanismos del miedo a partir de una trama de acoso:
el que un niño en la primera adolescencia practica
primero con un compañero de clase y después
con su padre, como si el padre estuviese funcionando
como la réplica del niño miedoso que fue
en su propia infancia y hoy, ya adulto, no advirtiese
que con su propia conducta, con sus medias verdades
y su pusilanimidad, con su modo de eludir el pánico,
está transmitiendo pautas de desvalimiento a
su propio hijo.
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Para
despejar cuanto antes equivocidades, este país del
miedo no es la cueva franquista ni trata de las grutas del
posibilismo antifranquista como sucedió en El vano
ayer. El hilo de coherencia entre El vano ayer y El país
del miedo es el que delata la textura de un novelista sin
oportunismos ni trampas: el miedo, la cobardía, la
falta de entereza, el embuste autoprotector eran parte de
las cuerdas que tensaba El vano ayer con un objetivo que era
demasiadas veces pueril o simple, pero no gratuito ni caprichoso.
Esa novela quiso fortalecer la conciencia de una izquierda
en apariencia rendida al revisionismo histórico y la
indulgencia general de quienes habitaron y soportaron el franquismo,
y por tanto parte de su textura moral tenía que ver
con el modo en el que cada cual negocia con su miedo frente
al poder y el modo en el que pone límite a sus actos
para que no le dañen. Una estructura de fondo parecida
en ambas novelas refleja la maduración excelente de
un novelista que sigue fiel al relato que se medita a sí
mismo sin obstruir su progreso, sin perder verosimilitud ni
ritmo. Y tanto en el control y el matiz en el estilo como
en el modo de armar la doble dimensión narrativo-ensayística,
Isaac Rosa ha crecido en esta novela por encima de donde dejó
su obra El vano ayer, víctima y beneficiaria al mismo
tiempo de una circunstancia histórica y literaria demasiado
coyuntural.
Las
grutas del miedo son secretas casi siempre porque la capacidad
para racionalizarlas no las desactiva; las muestra y describe
pero no las somete ni las anula, y ésa ha sido la operación
central que ha cumplido Isaac Rosa al poner a un padre frente
a sus propios miedos con el espejo de los miedos de su hijo.
Un estallido o un accidente que pone a dar volteretas a los
coches suscitan un miedo de etiología distinta del
miedo sinuoso que llega a nuestras vidas con nada, con la
nada de cada día, pequeños desperfectos o avisos,
falsas pistas que fabrican en la conciencia el destilado que
a veces se vuelve pesadilla. El miedo no verifica informaciones
ni sabe eludir los modelos recibidos por vía literaria
o cinematográfica, pero éste además es
un miedo entre hombres, por decirlo así: no a fenómenos
raros, o ruidos desasosegantes, sino el miedo a la cotidianidad,
al niño que se insolenta y exhibe una navaja, al acosador
que presiona con impunidad al más débil, niño
o adulto.
La
brillantez de la novela no está ahí, sin embargo:
no se trata de recrear novelescamente lo que le sucede a un
muchacho que es víctima del acoso escolar, o del chantaje
violento y la amenaza suspendida. El eje está en el
autoengaño como mecanismo del adulto intimidado por
otros, y está también en la lenta vejación
de la dignidad que el miedo induce sin anular la conciencia
ni la lucidez de estar encadenando errores o cautelas insuficientemente
fundadas. Un ámbito urbano común, un barrio
periférico pero burgués, sin rasgos singulares
fuera de recibir alumnos de barrios ya demasiado periféricos,
es el escenario para el despliegue reflexivo de las trampas
en que incurre un adulto para justificar sus miedos, para
huir de ellos, para desactivarlos sin resultado. El miedo
va haciéndose animal depredador por urgencia protectora
y autoprotectora, no tiene límite ni sensatez porque
es un combustible inagotable: somete a la propia racionalidad
y activa resortes repugnantes porque ni siquiera sabe qué
combate o contra quién actúa. El miedo sólo
se combate desde dentro pero solemos combatirlo fuera, como
si de veras la desaparición del causante físico
del miedo llegase a bastar para desactivarlo, cuando lo que
hace es agazaparse a la espera del nuevo foco que arremoline
las neuronas y el miedoso vuelva al infierno.
La
novela narra y comenta en capítulos alternos, con algo
de informe ilustrado sobre la patología del miedo,
pero no pierde comba el lector mientras el padre urde mecanismos
para proteger al niño mintiendo a la madre (que tiene
menos miedo y está más segura de su confort
social, de su clase, de su coche, de sí misma), o pacta
con el hijo embustes menores pero crecientes (para hacerlo
aún más desvalido y vulnerable sin darse cuenta),
o cede al chantaje del acosador mucho más allá
de lo sensato, o incluso conjetura algún modo de deshacerse
de ese muchacho de arrabal que está amargándole
la vida a él y a su hijo, sintiéndose ambos
atrapados en una espiral que acaba haciéndole perder
el miedo a lo único a lo que no debería habérselo
perdido, su propia brutalización.
No
trata del franquismo pero sí trata esta novela de uno
de los temas centrales de El vano ayer. En esa novela había
una protesta aún inmadura pero a ratos brillante y
se vivió como la alarma justificada de un joven contra
la desfiguración de la historia bajo el franquismo
a manos de la memoria indulgente o la historiografía
abiertamente tramposa. Quiso ser una parodia con grumos sarcásticos
contra los embustes de una resistencia reinventada desde el
presente, contra los modos de contar el pasado, y acudía
a dos estrategias centrales: la caricatura y el comentario.
La elaboración estilística de entonces era más
burda y hoy se ha refinado con recursos de amplificación
y recursos de intensificación y precisión, pero
no ha variado el modo de operar del novelista. El país
del miedo contiene su propia meditación explícita
sobre la novela ya no como artefacto sino como laboratorio
moral y clínico, como ámbito de vida que quiere
ser comprendido por la novela y por el novelista. Y lo ha
hecho mejor.
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El
país del miedo
Isaac Rosa
Seix
Barral. Barcelona, 2008
315
páginas. 19,50 euros
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El
país del miedo es un lugar imaginario donde se
haría
realidad todo lo que tememos. Carlos sabe bien cómo
sería el suyo; vive asustado. Sus temores son
muy comunes:
recibir una paliza, ser asaltado, que entren en su
casa mientras duerme, que rapten a su hijo; pero también
teme la agresividad de sus vecinos, a los adolescentes
violentos, a los pobres, a los extraños.
Sabe
que son temores exagerados, incluso infundados.
Y sin embargo, no puede evitarlos. Su miedo, hasta
entonces secundario, ocupará un lugar central
cuando
se vea envuelto en una situación conflictiva:
un
pequeño incidente en el colegio de su hijo, que
podría
solucionarse de manera sencilla, se complica por su
incapacidad para tomar decisiones. Carlos iniciará
entonces una huida hacia delante donde cada mentira,
cada paso en falso, le hará sentir cada vez más
amenazado.
El
país del miedo indaga en el origen de ese miedo
ambiental. Esta novela inquietante e intensa descubre
cómo se construyen y propagan los temores, y
el peso que los relatos de ficción tienen en
la extensión de un miedo que acaba siendo una
forma de dominación, que nos lleva a aceptar
formas abusivas de protección y a respuestas
defensivas que nos hacen sentir más vulnerables.
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