SINCERIDAD, MONEDA POCO COMÚN.
En
muchos de los distintos artículos que he ido escribiendo
he criticado, desde mi modesta perspectiva, actitudes y situaciones
que he considerado indignas, injustas, malévolas, inadecuadas
siempre de una forma anónima, sin involucrar ni acusar directamente
a individuo alguno, entendiendo que los hechos o actuaciones criticables
lo son en sí mismos, pero que, en realidad, importa poco
a quién se adjudica la autoría de los mismos. También
he dado las gracias o he alabado lo que de justicia me parecía,
manifestando, en la mayoría de los casos, claramente a quién
o qué iban encaminadas dichas alabanzas, porque, en estos
casos, sí considero importante conocer al autor de las acciones
dignas de loa, siendo, en ocasiones, preciso y justo su reconocimiento
público. En cualquier caso, es con la sinceridad y la espontaneidad
desde dónde las críticas, tanto negativas como positivas,
toman un valor verdadero. Ambas, sinceridad y espontaneidad, a pesar
de ser banderas con las que, desafortunadamente, es difícil
salir indemnes en las mil batallas que nos pone la vida en nuestro
camino, son valores principales aún cuando son moneda poco
común en nuestra sociedad.
La persona espontánea y de conducta sincera normalmente produce,
ante sus congéneres, sorpresa y, en la mayor parte de los
casos, temores, porque, con su conducta, deja en evidencia otras
más retorcidas y probablemente falsas. Pero, desafortunadamente,
el sincero, no sólo en sus palabras, si no, y sobre todo,
en su comportamiento, suele dejar al desnudo importantes aspectos
de su personalidad que fácilmente pueden ser utilizados como
carne de cañón para actuaciones, digamos, interesadas.
Sirva de preámbulo el párrafo anterior para volver
sobre un tema que desde estas páginas he denunciado en más
de una ocasión, el del mobbing. Desde mi compromiso con la
Asociación Gallega contra el acoso moral en el trabajo, y
producto del conocimiento detallado de muchas historias reales de
acoso, contadas en primera persona, así como el hecho de
mi propia experiencia, siento que, en la mayoría de los casos
que he ido conociendo, por no decir en el cien por cien de los mismos,
la actitud sincera de los acosados ha supuesto uno de los principales
motivos que ha generado la actitud acosadora. He podido comprobar
que los acosados suelen serlo en circunstancias en las que los acosadores
tienen algo que esconder -actitudes más o menos legales o
reprochables, intereses creados, posiciones de poder o control inadecuadas
-
de tal forma que la integridad de comportamiento de aquellos puede
poner en peligro el status de estos, esa posición de poder,
sus intereses, o ser el camino que pueda sacar a la luz las situaciones,
hechos o actitudes que, probablemente por indignas, quieren mantener
en secreto, en el anonimato. Si por tu carácter eres proclive
a denunciar hechos abusivos o te manifiestas contrario a actitudes
irregulares, es fácil que, cómo mínimo, se
te tilde de "conflictivo". Y la semilla está sembrada,
de ahí, al acoso, unos pasitos. Es decir, tantas y tantas
veces la integridad se castiga duramente. Y es que él que
ha ido adquiriendo privilegios, sobre todo si el camino hacia ello
no ha sido todo lo recto que debiera, no está dispuesto a
ceder, ni un ápice, de ellos y no escamoteará medios
para mantenerlos, aunque entre esos medios se encuentre el "quitarse
de en medio" al que pudiera incordiarle.
Son muchos ejemplos que demuestran lo veraz de mi afirmación.
Conozco personas íntegras, que ante actitudes indignas han
manifestado su malestar y repulsa, sirviéndoles, dichas manifestaciones,
solamente para ser situados en una posición de notable desventaja,
cuando no en una posición de claro acoso, sobre todo si ello
no ha supuesto que cesen en su carácter reivindicativo, aunque
éste sólo les cause más molestias y problemas
Sé que muchos compañeros -algo más que compañeros,
amigos- de la Asociación nombrada se sienten identificados
plenamente con los párrafos anteriores. Sé que todos
los que por la Asociación pasamos hemos pagado, o estamos
pagando, el precio, perdonándoseme la inmodestia, de ser
sinceros, de ser íntegros y que no es otro que el desprecio,
la humillación, el trato vejatorio
en fin, el acoso
más indigno.
Publicado en 17/08/06 en el Diario de El Ferrol