EMPATIA
En
un acto de empatía ciertamente admirable y verdaderamente
necesario, evidentemente merecedor de toda loa, los españolitos
somos muy dados al altruismo ante las grandes desgracias que acaecen
por el mundo adelante. Un surami en oriente, un volcán en
Colombia, un terremoto en Turquía
ante estos desgraciados
acontecimientos, en una caridad normalmente anónima (aunque
no siempre es así, en ocasiones la caridad -mezquina- ante
la desgracia ajena es utilizada como medio publicitario por más
que un oportunista), abrimos la hucha y nos acordamos de los que
han sido víctimas de la terrible tragedia que tanto nos ha
impresionado y contribuimos, aunque sea modestamente, con la sana
intención de paliar el sufrimiento de aquellos seres humanos
a los que no conocemos, pero a los que la empatía nos acerca.
Cierto es, también, que en general contribuimos gratamente
con ONGs, y organizaciones de tipo asistencial y de voluntariado
y que el nivel de conciencia social ante el necesitado es en nuestro
país bastante aceptable. Por lo menos, en cuanto al ciudadano
medio. Si hablamos de las instituciones, el tema se vuelve resbaladizo,
pues casi nunca la actuación de éstas se sitúa
a la altura de las necesidades.
Sin embargo, algo tan patente como esta notable empatía ante
el desconocido y lejano que sufre, cuando nos situamos en las distancias
cortas, cuando el que es objeto del dolor es nuestro vecino más
cercano, se transforma en gran cantidad de ocasiones en una indiferencia
más que patente, cuando no una desatención manifiesta
o, incluso, en un incomprensible repudio o desprecio. Así,
vemos como ante situaciones de dolor límite -caso de las
víctimas de malos tratos, de las víctimas de acoso,
ya sea en el seno de una pareja, en el trabajo, en la escuela
-
los testigos de las mismas se manifiestan en tantas y tantas ocasiones
como testigos mudos, colaboradores necesarios. Probablemente motivado
por miedo a ser víctimas también ellos si reconocen
y de alguna forma denuncian o repudian las violentas e injustas
acciones de las que son testigos, o bien porque no quieren ser estigmatizados
con la víctima, o porque evidentemente resulta más
cómodo y fácil mirar para otro lado, y aunque suponga
un acto de cobardía, es mejor no implicarse, no vaya a ser
que termine uno escaldado, o porque es mejor "estar con el
fuerte"
Son tantos los que no se enfrentan a las situaciones
injustas al considerarlas como problemas personales de otros y,
por no quedar mal con nadie, permiten la "cacería"
de la víctima, a la que abandonan a su suerte. Y así,
los familiares y vecinos de una pareja en la que hay malos tratos
miran a otro lado "es una cuestión de la pareja, no
somos nadie para intervenir" y con su actitud favorecen desenlaces
desastrosos; los ¿compañeros? de trabajo de una víctima
de acoso laboral "escaquean el bulto" con aquello de "son
cuestiones personales" y los chavales observan impasibles como
algún que otro macarrilla humilla y ofende a un alumno más
débil, prestos a adular a aquel y a reírle la "broma".
Sucede que, en estos casos, la no implicación del testigo
en la situación en realidad lo convierte en un colaborador
necesario. En realidad, no lo deja al margen. Tal vez su intervención
pudiera poner freno a un dislate. Si el vecino que es testigo de
una paliza denuncia al agresor, tal vez no haya una segunda paliza.
Si el trabajador que observa como se acosa a un compañero
se posiciona con él y lo apoya, dejando patente que no entrará
al juego del acoso, probablemente frene dicho acoso, o cuando menos,
acobarde a los acosadores. Si los chavales se enfrentaran a los
macarrillas y matones del grupo no permitiéndoles el menosprecio
de ningún otro compañero, no riéndoles ninguna
de sus gracias, probablemente se lograra que esos macarrillas midieran
sus acciones y fueran algo más comedidos. Porque si hay algo
claro es que el que consiente, asiente. Y tantas y tantas veces
se puede ser culpable por omisión
Por eso, empaticemos con el que sufre a nuestro lado, prestémosle
nuestro apoyo y nuestra ayuda, no le demos la espalda. Sería
bueno que dejásemos de ser culpables por omisión.
Aunque para ello nos tengamos que tragar más de un miedo.
Publicado en 09/11/06.-en el Diario de El Ferrol