MEDIOCRES Y ENVIDIOSOS

"No hay necesidad de apagar la luz del prójimo para que la nuestra pueda brillar". Esta frase, leída en diversos foros en Internet y de la que desconozco su autor, me sirve de pistoletazo de salida para adentrarme hoy, de nuevo, en el tema del acoso laboral. Esta semana pasada se han celebrado en Vigo unas interesantes jornadas sobre acoso moral en el trabajo en las que, tal como ya acaeciera en las que en su día tuvieron lugar en Ferrol, allá por el mes de Febrero, el plato fuerte lo puso la presencia de la siempre carismática Cristina Almeida. No faltaron otros ponentes de gran calidad, entre los que cabe destacar a la profesora de la UNED, Rosa Peñasco -que, tal como Cristina Almeida, repitió, pues también pudimos contar con ella en las mencionadas jornadas celebradas en Ferrol- o al licenciado en Ciencias Económicas, Don Alberto Vila Porto, -ambos, Rosa y Alberto, víctimas de mobbing-. De sus intervenciones, así como de las experiencias en primera persona de tantos acosados, avaladas por la erudita y mundialmente reconocida opinión del experto en la materia, el psicólogo creador y promotor del informe Cisneros sobre acoso, Iñaki Piñuel, se puede deducir, de forma clara, concisa y común en todos los casos de acoso en el trabajo, que, en palabras del mencionado Don Alberto Vila Porto, este tipo de prácticas se pueden considerar como "la rebelión de los mediocres", añadiendo también que "lo que le sucede al que actúa así es que es incapaz de afrontar las situaciones nuevas que se le presentan y como no es capaz de hacerlo, tiende a destruir al diferente".
He apuntado las bases en las que se sustentan los acosadores, no sólo en el trabajo, ya que, en el fondo, las conductas de acoso repiten patrones en cada uno de sus tipos (mobbing, bulling, violencia de género, acoso sexual…). Las causas suelen situarse siempre en la misma dirección, siendo, probablemente, la mediocridad y la envidia de los acosadores el resorte que les mueve a practicar sus insalubres actuaciones. La frase con la que empezaba el artículo es preclara al respecto. Si presentásemos conductas sanas y equilibradas, el hecho de que brillásemos con luz propia no debería suponer ningún problema, no debería de eclipsar el brillo de cualquier otro, aunque trabajase codo con codo con nosotros, sino más bien, todo lo contrario, pudiendo resultar evidente el hecho de que cada cual podría aportar sus grandes creaciones en pro del beneficio común… pero la conducta de los acosadores no suele ser ni sana ni equilibrada y, además, en raros casos suele ser consecuencia de un peculiar brillo. Más bien todo lo contrario, su manifiesta mediocridad los sitúa en el miedo constante a que otros brillen realmente por méritos propios, quedando ellos relegados a un segundo plano, con lo que suelen ver dañado su anodino "ego" con las cualidades de otros, y, en lugar de intentar emularlas, favoreciendo su propio crecimiento, se cierran a rumiar sus frustraciones que solo producirán actitudes hostiles hacia aquellos que son víctimas de sus envidias. De ahí la incansablemente repetida actitud de descrédito, de humillación, de ninguneo hacia aquel que pueda hacerles de cualquier forma sombra o hacia aquel que se muestra diferente -asustan las diferencias, sobre todo si éstas sitúan al "diferente" en posiciones que puedan ser entendidas como de poder o influencia-.
Lo malo es que la envidia y la mediocridad, juntas -que así es cómo suelen presentarse-, constituyen un destructivo cóctel. El mediocre, sitiado por su propia idiosincrasia, resultado de su mezquindad, manifestará las conductas agresivas y lesivas, fruto de su propia autoconcepción de la mencionada mediocridad, aunque ésta sea absolutamente inconsciente, ante el objeto sobre el que dirigirán sus enfermizas envidias. Cualquier diferencia, física o psíquica, incluso aquellas que se producen como consecuencia de hechos decididamente duros o difíciles, puede ser objeto del resentimiento más perverso. Desgraciadamente nos encontramos en demasiadas ocasiones con personajes que, como reza la conocida frase, quieren ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y que no perdonan, siquiera, ser el muerto en el entierro.

Publicado en 16/11/06 en el Diario de El Ferrol

 

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