YO, MI, ME, CONMIGO
Hay
profesiones en las que la empatía resulta compañera
difícilmente llevadera.
Entiéndase
que un médico no empatice normalmente con sus pacientes.
Mal lo iba a pasar cada vez que un dolor ajeno le obligara a sentirse
dolorido. Entiéndase un profesional en el ejército.
Complicado exigir disciplina hercúlea dejándose ablandar
por las necesidades personales de la tropa. Entiéndase un
inspector de hacienda (seguro que algún andaluz dice ahora
aquello de "malage", mientras con los dedos índice
y anular hace el ostensible y grosero gesto de "los cuernos",
o bien cruza el índice y el corazón, y, esta vez algún
gallego, replica el consabido "meigas fora". Perdonen
Vds. la interrupción). Imposible compaginar el ejercicio
de investigación fiscal con una implicación afectiva
con el investigado.
Imagínense.
¿Cómo podría un facultativo sanitario intentar
transmitirnos tranquilidad ante la grave enfermedad que nos afecta
y que, para su evolución favorable, precisa exactamente de
eso, de nuestra más serena disposición, si se deshiciera
en lágrimas mientras nos da un parte médico lleno
de condolencias?. Vayamos más allá aún. ¿Cómo
podría el fornido sargento mantener en formación a
su pelotón ante un potencial enemigo si se detiene a ser
un consultor sentimental de cada desamor que sufren sus soldados
o le preocupa sobremanera la ampolla que le ha salido a uno de ellos
en uno de los pies porque le apriete la bota? ¿Seguimos?
¿Cómo podría el inspector exigir el pago de
una deuda fiscal si sólo se preocupa en las dificultades
del deudor para pagar el segundo recibo del coche?
Evidente
lo expuesto. Estos profesionales, en el ejercicio de sus respectivos
compromisos laborales, deben mantenerse distantes. Pero, ¿qué
sucede después? ¿Qué pasa luego, tras decir
el médico pausadamente, con frialdad calculada, "Vd.
tenga un buen día. Siga el tratamiento. Y vuelva a revisión
en tres meses."? ¿Qué ocurre cuando, terminado
el ejercicio militar, el sargento cuelga el uniforme en su taquilla?
¿Qué vive el inspector cuando cierra el expediente
de un contribuyente que ha estado estafando al fisco y sale de su
despacho tras haber apagado la luz?
¡Ay!
¡Qué difícil es dejar en el trabajo la bata,
el uniforme, la carpeta de expedientes
!
Desafortunadamente, cada día compruebo con más claridad
como esa falta de empatía, necesaria en ciertos momentos
para el correcto ejercicio de determinados aspectos de una profesión,
se hace extensiva a muchos otros momentos en los que sería
conveniente, sí no exigible, un comportamiento mucho más
afectivo, más cercano, más empático. Incluso
dentro del propio ejercicio profesional. Tal vez las conductas aprendidas,
y que resultan efectivas en esos momentos indicados, se interioricen
de forma permanente, por repetitivas, y se manifiesten ya de forma
reiterada en muchos otros momentos. Así, nos encontramos
con que los servicios sanitarios, la administración -en todos
sus sectores- y el ejército, entre otros, son entes muy proclives
a una deshumanización casi enfermiza, producto, se ha de
suponer, de esas conductas aprendidas y asimiladas muchas veces
de forma errónea. Y todos estos estamentos, cosa curiosa
y muy significativa, están altamente jerarquizados en estructuras
estancas.
Ya
tenemos el caldo de cultivo: falta de empatía generalizada,
deshumanización progresiva y estructura piramidal muy jerarquizada.
El resultado, está servido. El paciente, el administrado
y el soldado se convierten en un número. Únicamente
en eso. Pero, ¿y los compañeros? En estos estamentos
es donde crece, rabiosamente, el acoso laboral. Entre otras cosas
porque esa falta de empatía sitúa a sus actores como
competidores, no como compañeros. En este "separarse"
de las necesidades particulares ajenas, para que éstas no
afecten el correcto ejercicio profesional, y en la extensión
de esta conducta a otras interacciones sociales, incluso dentro
del mismo ámbito laboral, se produce con demasiada frecuencia
un efecto antagónico. Es decir, las necesidades particulares
de los actores se anteponen a cualquier otra consideración.
No se entienden las necesidades ajenas, pero se imponen las propias.
Cuestión de la primera persona del singular: yo, mi, me,
conmigo.
Y
lo dicho, la maquinaria del acoso se pone en marcha.
Publicado en 25 de enero de 2007 en el Diario de El Ferrol