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LA
VIOLENCIA EN EL ÁMBITO LABORAL: LA PROBLEMÁTICA
CONCEPTUACIÓN DEL MOBBING, SU EVALUACIÓN, PREVENCIÓN
Y TRATAMIENTO
MARGARITA OLMEDO ; PALOMA GONZÁLEZ
Departamento de Psicología de la Personalidad, Evaluación
y Tratamiento Psicológicos (UNED)
Palabras clave:
Agresión, acoso laboral, factores de riesgo, prevención
e intervención.
Keywords:
Agression, mobbing, issues of risk, prevention and intervention.
RESUMEN
Podemos
decir que el presente trabajo se encuentra enmarcado en el
interés que, de forma general, se ha despertado en
el estudio de las agresiones; interés que queda reflejado
en el mundo laboral cobrando forma a través del concepto
de "mobbing"
Concretamente, el estudio que aquí se presenta tiene
como objetivo proporcionar una visión amplia de los
avances producidos en la investigación sobre el acoso
laboral, con la finalidad no sólo de mostrar el estado
actual de la cuestión sobre la detección y los
factores de riesgo implicados en el mismo, sino también
proporcionar una guía de actuación de cara a
la prevención e intervención en esta problemática.
ABSTRACT
We can say that this actual essay comes from the interest
generated from the study of agression. Interest reflected
in the work place through the 'mobbing' concept.
Specifically the study here has as its objective, to provide
full view of the advances made by the investigation of harrasment
at work, with the purpose to not only show the actual condition
of the question about the detection and issues of risk involved
in it, but aswell giving a guide of action towards the prevention
and intervention of the matter.
1.
Introducción
La violencia, como algo inherente e inevitable en ser humano,
ha sido objeto de disertación para filósofos,
políticos y religiosos a lo largo de la historia. Ahora,
en el siglo XXI, el estudio de la agresividad incluye un cariz
científico reflejado desde estudios psicológicos
e incluso neurológicos. Como afirma Damasio (2005)
los análisis neurobiológicos demuestran que
"hay algo en el lóbulo frontal de las personas
que muestran un comportamiento violento".
No obstante, y a pesar de constatarse pequeñas diferencias
en el funcionamiento de los cerebros especialmente perversos
respecto a la generalidad, es obvio que todos participamos,
en menor o mayor medida, de pensamientos y acciones dirigidos
a causar perjuicio en aquellos que coartan nuestras necesidades
o cuyo sufrimiento estimamos puede contribuir a alcanzar las
metas deseadas. La sociedad ha sido la encargada de controlar
(a veces vetando, otras propiciando) las conductas violentas
cuando estas son claramente manifiestas. En los distintos
países existe una amplia legislatura destinada a proteger
a los ciudadanos frente a este tipo de acciones, pero ¿qué
ocurre cuando el perjuicio se causa de manera soterrada, a
veces indirecta y, en cualquier caso, sin dejar huella aparente?
Los niños, las personas con alguna disfunción
psicológica, o incluso las personas normales en circunstancias
extremas, pueden denotar violencia física o ejercerla
de manera suficiente tosca para dejar huella de forma que,
con posterioridad, serán sometidos a juicio por parte
de los demás. Ahora bien, el adulto, escrupuloso con
su imagen social ¿será capaz de renunciar al
ejercicio de la violencia si con ello no obtiene ningún
perjuicio y si prevé algún beneficio?
Para responder a esta pregunta y situándonos en el
ámbito laboral, quizá convendría contar
con un dato añadido: cada vez es más alta la
competitividad en el trabajo; un plano en el que nos desenvolvemos
numerosas horas al día, que satisface nuestras necesidades
más básicas y de consumidores y en el que con
frecuencia se encuentra comprometida nuestra autoestima.
La posibilidad de actuar de forma violenta sin ser descubiertos
y la relevancia del puesto de trabajo que ocupamos para satisfacer
nuestras necesidades, tanto primarias como secundarias, constituyen
el caldo de cultivo que propicia la existencia del mobbing
o acoso moral en el trabajo, un fenómeno cada vez más
común en las sociedades desarrolladas, que ha alcanzado
gran difusión en los últimos tiempos y que es
fuente de numerosas demandas legales.
De dicho fenómeno nos ocupamos en el presente trabajo,
el cual incluye una revisión teórica respecto
la descripción y delimitación del concepto de
mobbing, tratando de profundizar en las características
de las personas y circunstancias implicadas en el mismo, así
como las diferentes fases que abarca su desarrollo y las consecuencias
personales, empresariales y sociales que conlleva; aspectos,
todos ellos, que han constituido las principales líneas
de investigación sobre mobbing en los últimos
20 años. También se analiza su incidencia en
la población laboral española ofreciendo una
topografía de su distribución basada en estudios
anteriores. Una vez realizado el marco conceptual y epidemiológico,
pasamos a exponer los retos que estimamos convenientes para
futuros estudios y actuaciones sobre este problema, subrayando
la necesidad en la mejora de su evaluación, así
como en el establecimiento de pautas preventivas, tanto desde
el punto de vista empresarial como social, sin obviar la mención
de algunas recomendaciones dirigidas a las víctimas
de mobbing una vez que han detectado el problema.
Comenzamos pues, con una visión general de la historia
de dicho concepto y de las características que permiten
su ejercicio, escapando al control legal.
2. Breve historia de un concepto aún por perfilar
Parece ser que fue el etnólogo Konrad Lorenz, el primero
que utilizó el concepto de mobbing para describir las
conductas agresivas de los grupos animales que quieren echar
a un intruso. Según dicho autor, una definición
apropiada de mobbing sería "el ataque de una coalición
de miembros contra uno de su misma especie, por alguna diferencia,
defecto o rasgo significativo". Así pues, según
el origen del término, podríamos considerar
el mobbing como un fenómeno de grupo que afecta a las
diferentes especies de animales y culturas humanas. Por ejemplo,
en Japón, disponen del término "ijime"
para designar tanto las novatadas y humillaciones que sufren
los niños en las escuelas, como las presiones de un
grupo ante cualquier manifestación individual de los
trabajadores, en este caso alentado por la propia cultura
antindividualista de la sociedad nipona.
Aunque el mobbing es un fenómeno antiguo, no fue hasta
la década de los 80, cuando Heinz Leymann, un psicólogo
alemán, establecido en Suecia, lo aplicó a la
psicología laboral, dotándolo de sistematización
y descripción precisa (Leyman y Gustavson, 1984; Leymann,
1986). Con anterioridad, Meter-Paúl Heinemann, medico
sueco, había recuperado el término para describir
la conducta hostil de ciertos niños respecto a otros
en la escuela (Heinemann, 1972), lo que actualmente denominamos
"bullying"; sin embargo, Leymann quiso alejarse
de la connotación de la agresión y amenazas
físicas que prácticamente no aparecen en el
ámbito laboral. Concretamente, este constructo, cuya
traducción más ajustada a su significado en
castellano sería la perífrasis "acoso moral
en el trabajo", fue presentado en el Congreso sobre Higiene
y Seguridad en el Trabajo celebrado en Hamburgo en 1983. Según
Leyman (1990), el mobbing surge de un conflicto que ha degenerado
y lo analiza como una forma particularmente grave de estrés
psicosocial. Desde entonces, dicho concepto ha hecho fortuna
en toda la civilización occidental convirtiéndose
en una palabra internacional. Los primeros en hacerse eco
del estudio científico del mobbing fueron los países
nórdicos como Noruega (Einarsen y Raknes, 1991; Kihle,
1990; Matthiesen, Raknes y Rökkun, 1989; Olweus, 1993);
Finlandia (Björkqvist et al., 1994; Paananen y Vartia,
1991) o Alemania (Becker, 1993; Halama, 1995; Knorz y Zapf,
1996), publicaciones de reconocida relevancia para el avance
científico en los factores que intervienen en el acoso
laboral y las consecuencias del mismo.
Particularmente, en los países mediterráneos
el acoso moral en el trabajo ha alcanzado especial divulgación
de mano de la psicoanalista francesa Marie-France Hirigoyen,
quien libera a la víctima de mobbing de la responsabilidad
que se le venía atribuyendo respecto a su sufrimiento,
por incitar los ataques o, por lo menos, por permitirlos de
alguna manera. Así, la situación interpersonal
de acoso deja de considerarse como ejemplo de relación
sadomasoquista, en la que uno de los participantes juega de
manera activa su papel. Este cambio en la adjudicación
de responsabilidades lo podemos considerar como una prueba
de la evolución del concepto de violencia en el trabajo
en los últimos años.
En la actualidad, el acoso laboral se ha convertido en un
punto de mira para legisladores, sociólogos y psicólogos,
prueba de ello son los numerosos estudios y líneas
de investigación que se preocupan por este hecho. Pero,
además de los profesionales involucrados en su estudio,
prevención y tratamiento, la sociedad en general, ha
mostrado una gran sensibilización y preocupación
ante el problema, así se evidencia a través
de las casi 9.000 consultas sobre mobbing recibidas durante
menos de un año en la Web de CSI-CSIF (página
del sindicato CSI-CSIF para atender casos de acoso moral en
el trabajo en España), dato publicado en el Diario
ABC en el año 2003.
No obstante, la enorme divulgación que en los últimos
años ha tenido el concepto de mobbing ha provocado
entre los usuarios del término más de una confusión.
Es frecuente atribuir equívocamente mobbing cuando
queremos hacer referencia a otros problemas laborales, como
unas malas relaciones entre compañeros, una disputa
incontrolada o el padecimiento de otros síndromes de
estrés laboral como el burnout. Es por ello que consideramos,
como primer objetivo en este trabajo clarificar y delimitar
la utilización del concepto.
Leymann, pionero en el estudio de este fenómeno propone
en 1992 la siguiente definición del término:
"El mobbing o terror psicológico en el ámbito
laboral consiste en la comunicación hostil y sin ética,
dirigida de manera sistemática por uno o varios individuos
contra otro, que es así arrastrado a una posición
de indefensión y desvalimiento, y activamente mantenido
a ella. Estas actividades tienen lugar de manera frecuente
(como criterio estadístico, por lo menos una vez a
la semana) y durante largo tiempo (por lo menos seis meses).
A causa de la elevada frecuencia y duración de la conducta
hostil, este maltrato acaba por resultar en considerable miseria
mental, psicosomática y social (....) Se excluyen los
conflictos temporales. En otras palabras, la distinción
entre conflicto y mobbing no es qué ha hecho o cómo
lo ha hecho, sino la frecuencia y duración de lo que
ha hecho".
Así pues, con la intención de delimitar el concepto
de acoso laboral y distinguirlo de otras actuaciones, cabría
atribuirle como propios los siguientes criterios:
oSe produce durante o como resultado del cumplimiento de las
obligaciones laborales
oEs una agresión contra cualquiera, más que
una discriminación específica debida a la edad,
género, raza o nacionalidad, creencias...
oTales acciones aparecen al menos durante seis meses y con
una frecuencia semanal
oEs intencional: el fin es obligar a la persona a que abandone
el trabajo
oLa víctima es arrastrada a una posición de
indefensión, real o percibida, que repercute negativamente
en su salud física y psíquica, así como
en su ámbito social.
Quizá lo más relevante del concepto es que dicho
acoso moral es una violencia en pequeñas dosis, que
no se advierte y que, sin embargo, es muy destructiva. Es
decir, si tomamos por separado cada acción de ataque,
no resulta realmente grave; es el efecto acumulativo de micro
traumatismos frecuentes y repetidos lo que constituye la agresión.
En este sentido conviene tener en cuenta que no solo hacen
daño insultos directos, que son agresiones demasiado
obvias, sino también las insinuaciones y comentarios
mal intencionados así como los actos de no-comunicación
(ignorar un saludo, no responder a una pregunta, actuar como
si determinada persona no estuviera presente, etc.). Estos
pequeños actos agresivos que suelen comenzar con una
sencilla falta de respeto se transforman progresivamente en
verdaderas conductas perversas que tienen graves consecuencias
para la salud psicológica de las víctimas.
3. Principales líneas de investigación sobre
mobbing en los últimos 20 años
La breve historia del mobbing como fenómeno social,
estudiado bajo un prisma con pretensiones científicas,
nos ha dejado numerosos análisis del mismo, que se
distribuyen de forma desigual atendiendo a distintos parámetros
e incluso consideraciones teóricas diferentes. Médicos,
psicólogos, sociólogos y legisladores nos ofrecen
perspectivas dispares, pero que se pueden conjugar en un conglomerado
de ideas entre las cuales tenemos la pretensión de
entresacar aquellas que estimamos más relevantes, o
al menos, más consensuadas. Este objetivo nos ha guiado
en el apartado anterior al delimitar el, tan divulgado y ambiguo,
concepto de "mobbing" y nos lleva a tratar, seguidamente,
otros aspectos que han captado el interés de los principales
investigadores en la materia, como son los factores que intervienen
en su desarrollo, su secuencia, y sus consecuencias (tanto
en la víctima, como en la organización y en
la sociedad en la que se produce el acoso laboral). Terminamos
este apartado en el que tratamos de hacernos eco de los estudios
más relevantes en torno al fenómeno de mobbing
ofreciendo algunos datos que dan cuenta de su frecuencia y
topografía.
3.1 Los tres factores que intervienen en el mobbing y sus
características
Evidentemente, para que se produzca mobbing, es necesaria
la concurrencia de tres factores: el acosador, la víctima
y una organización que favorezca, o al menos permita,
el desarrollo del proceso. Aunque esta afirmación es
compartida por los diferentes autores que han escrito sobre
la materia, existe discrepancia a la hora de asignar el peso
de cada uno de ellos en la aparición del acoso laboral.
Algunos, como Hirigoyen (1999), Rayner (1997) o Babiak (1995)
hacen recaer la carga explicativa del proceso en la personalidad
del acosador; otros como Frese (1982), hacen especial hincapié
en las características de la víctima, y finalmente,
autores como Einarsen, Raknes, y Matthiesen, 1993; Schuster,
1996; Vartia, 1996; Zapf y Osterwalder (1998), defienden que
la causa del mobbing está situada en las características
de la organización, el clima laboral o el estilo de
liderazgo. En las diferentes propuestas podemos encontrar
un análisis de estos tres factores en su vinculación
con el mobbing, que seguidamente pasamos a resumir, analizando
cado uno de ellos por separado con la finalidad de señalar
las connotaciones específicas defendidas por los distintos
autores.
a) Variables individuales y circunstancias de los agresores
En el afán de determinar los motivos que llevan al
agresor a emprender el acoso moral cabría preguntarse
¿podemos hablar de un perfil psicológico característico
de los agresores o todos podemos en algún momento,
en función de las circunstancias, convertirnos en acosadores?
Quizá la autora que más hincapié a hecho
en este debate es Hirigoyen (1999; 2001), manifestándose,
en un primer momento, claramente a favor de la existencia
de un perfil de personalidad con el que definir al acosador.
Como mencionamos con anterioridad, la citada autora ha influido
de manera radical en la actitud profesional ante el acoso,
al incidir en la responsabilidad del acosador, en el que claramente
reconoce a un "perverso narcisista" con rasgos paranoides
que le permiten autoconvencerse de la razón y justicia
de su actividad destructiva, es decir, a un psicópata
agresivo y peligroso, cuya seguridad y autoestima se nutren
del daño y de la humillación que pueda ocasionar
a los otros, derivando además satisfacción emocional
del proceso.
No obstante, unos años después, en una segunda
publicación acerca de esta temática, Hirigoyen
(2001), prefiere evitar la división entre dos mundos:
los malos perversos y las víctimas inocentes, asumiendo
que todos podemos mantener actitudes perversas en determinados
contextos y con ciertas personas e incluso podemos realizar
dichas conductas sin mala intención. Pero, aunque determinados
contextos pueden desestabilizar, la autora afirma que no todos
somos acosadores en potencia, algunos perfiles psicológicos
están más predispuestos que otros (individuos
con alguna patología de carácter) como serían
los trabajadores neuróticos ansiosos o bien con una
personalidad obsesiva o de tipo narcisistas, individuos que
cuando llegan a alcanzar alguna jefatura se comportan como
tiranos o de forma paranoica, lo saben todo mejor que nadie
y no dudan jamás de sí mismos, les resulta imposible
reconocer al otro en tanto que ser humano complementario que
podría enriquecerles en su diferencia, al contrario,
lo consideran un rival. Esta visión psicopatológica
del acosador es compartida por numerosos autores como Garrido
(2000) o Babiak (1995), quienes describen como "psicópatas"
a los acosadores en los casos de mobbing.
Igualmente, en el intento de realizar un perfil del acosador,
González de Rivera (1997) destaca tres características
personales: la mediocridad (afán de poder utilizando
sofisticados sistemas de persecución y entorpecimiento
de la labor de los demás), la envidia maligna (no persiguen
tanto su propio beneficio sino el mal ajeno) y la necesidad
de control y organización, que les lleva a una deshumanización
hacia los subordinados y compañeros de trabajo. A una
conclusión semejante llegan Björkqvist et al.
(1994) al señalar la envidia y la competitividad como
características atribuidas a los acosadores en un estudio
realizado en el ámbito universitario.
En este intento de desacreditar y hundir a la víctima
el acosador busca solidaridad entre sus compañeros
a través del proceso de estigmatización, que
describiremos más adelante. El resultado no siempre
es el mismo. Dependiendo, en gran parte, del poder y el carisma
del acosador, el resto de los empleados puede responder, ignorando
el acoso, involucrándose igualmente con conductas hostiles,
y, en menor porcentaje de casos, defendiendo a la víctima.
Leymann (1996) nos proporciona algunos datos al respecto,
afirmando que, alrededor de un tercio de las víctimas,
son acosadas por una sola persona (lo cual sería indicativo
de que el resto de compañeros permiten, pero ignoran
la ocurrencia de acoso); un 40% de las víctimas son
acosadas por dos, tres o cuatro personas (en estos casos el
acosador logra encontrar algún/os aliado/s); finalmente,
añade que es muy raro que todo el equipo ataque a una
persona, es decir que el acosador logre convencer a todos
para que realicen conductas hostiles a la víctima.
A pesar de que en la literatura sobre mobbing es un tema recurrente
el análisis del perfil de personalidad y las motivaciones
del acosador, no falta también quien aboga por el desconocimiento
sobre las consecuencias de su conducta de hostigamiento y,
por tanto, la inocencia del acosador, alegando que normalmente
no recibe información, "feedback", al respecto
(Krum, 1995).
Sin presuponer tanta inocencia, volvemos al planteamiento
realizado en la introducción de este artículo,
cuando nos preguntábamos acerca de la capacidad humana
para renunciar al ejercicio de la violencia si con ella obtenemos
beneficios y podemos esquivar los perjuicios. Para responder
a esta pregunta puede ser de ayuda "El cociente"efectivo/peligroso"
propuesto por Björkqvist, Österman, y Lagerpetz
(1994). Este cociente es una expresión de la estimación
individual de las consecuencias (positivas) probables y el
peligro de un acto agresivo. Según estos autores, estudiosos
del fenómeno de mobbing, el agresor intenta maximizar
los efectos positivos, y minimizar los riesgos que la conducta
de hostigamiento conlleva (tales como venganza, condena social,
o reprimenda del jefe). El intento de ajuste de esta ecuación
explicaría tanto las características de las
conductas empleadas por el acosador, normalmente encubiertas
y soterradas, como la mayor probabilidad de mobbing en instituciones
o sectores públicos en los que la productividad no
es evaluada de forma objetiva y en los que las relaciones
interpersonales con los compañeros y jefes juegan un
papel determinante de cara a una posible promoción
(Hubert y Veldhoven, 2001).
b) Variables individuales y circunstancias de las víctimas
Al igual que en el caso anterior, aquí la pregunta
sería: ¿existe realmente un perfil de las víctimas?
A esta pregunta Hirigoyen responde de una manera contundente:
no existe un perfil psicológico del tipo de víctimas,
cualquiera puede ser víctima de acoso moral. No obstante,
la citada autora enumera algunas características circunstanciales
e individuales que inciden en la probabilidad de convertirse
en víctimas de mobbing, características que
vienen a coincidir con la descripción proporcionada
por otros autores como Appelberg y cols. (1991), Zapf (1999),
Zapf y Bühler (1998) o Zapf, Knorz y Kulla (1996).
- Personas no sumisas que se resisten al formateo. Frecuentemente,
el acoso laboral comienza cuando la víctima reacciona
contra el autoritarismo de un superior y no se deja avasallar,
alterando el equilibrio del grupo. A menudo son empleados
honestos, escrupulosos, dinámicos y muy centrados en
el trabajo.
- Personas cuya capacidad y eficacia difiere del grupo. En
el caso de ser demasiado competentes corren el riesgo de hacerle
sombra a un superior o a un compañero. En el caso de
ser menos competentes que el resto, no sólo pueden
recibir reproches por parte de la jerarquía, sino también
por parte de sus colegas que pueden acabar aislándolo
por entorpecer la eficacia colectiva.
- Los que no tiene buena red de relaciones. Se ataca, preferentemente,
a los empleados aislados, y si tiene vínculos, uno
de los primeros objetivos del acosador es romperlos.
- Los asalariados protegidos o que gozan de algún privilegio
avalado por sus circunstancias personales o laborales (convenios
sindicales, bajas frecuentes por enfermedad, embarazo, etc.).
- Las personas temporalmente debilitadas por dificultades
personales cuya fragilidad sea patente para la dirección
o el grupo de trabajo.
- Trabajadores cuyo puesto conlleva una exigencia de cooperación
alta, pero que tienen menor control sobre la tarea en comparación
con sus compañeros.
Tampoco otros expertos en la materia, como González
de Rivera (2002) escapan a la tentación de describir
las características que incrementan la posibilidad
de convertirse en víctima del acoso laboral. Según
el citado autor serían tres las connotaciones de las
personas candidatas a padecer mobbing: 1) Autenticidad o tendencia
a buscar la autorrealización siendo fiel a uno mismo;
2) Inocencia reactiva o defensiva, característica personal
que revela discretos fallos en la anticipación de consecuencias,
así como cierta incomprensión de las motivaciones
ajenas; y 3) Dependencia afectiva, una característica
que explicaría explica por qué la víctima
no rompe la relación en el acoso. Debido a la profunda
insatisfacción consigo mismo que el acosado experimenta
ante la evidencia de no ser querido, le lleva a intentar toda
clase de explicaciones y renuncias, sin atreverse a reconocer
que está siendo atacado y destruido.
De las connotaciones expuestas por los anteriores autores
podría desprenderse que la fragilidad, la baja autoestima,
la falta de habilidades para establecer redes de apoyo social,
la inseguridad en cuanto a eficacia laboral... son factores
de vulnerabilidad en el mobbing. Sin embargo, los estudios
encaminados a determinar dicho perfil presentan una complejidad
a la hora de interpretar dichos resultados, debido a que las
variables encontradas es posible atribuirlas no a las características
de la persona en sí, sino a la respuesta psicológica
que se presenta al ser víctimas de acoso. Como argumenta
González de Rivera (2002), la inocencia defensiva inconsciente,
la incapacidad de "hacer la pelota", la dependencia
afectiva o la baja autoestima, que presentan dichas personas,
cabría interpretarse más como una consecuencia
de las circunstancias que le rodean que como variables de
personalidad.
Por otra parte, a favor de la tesis que defiende la ausencia
de rasgos de personalidad capaces de favorecer, de entrada,
actitudes negativas en el ámbito laboral, podríamos
citar los estudios que ponen de manifiesto que la simple observación
de mobbing hacia otros trabajadores, sin ser ellos víctimas,
da lugar a informes en los que consta menos satisfacción
con el control del trabajo, con el clima social, con las relaciones
mantenidas con los superiores, y con el papel que ellos juegan
en los conflictos empresariales, todo ello en comparación
con otros trabajadores que no observaron acoso laboral en
sus organizaciones (Einarse, Raknes, y Matthiesen, 1994).c)
Factores del entorno: variables organizacionales que favorecen
el mobbing
Como hemos mencionado, algunas características organizacionales
permiten, o incluso favorecen, los casos de mobbing. Dichas
características tienen en común la facilitación
de conflictos de intereses en sus empleados y el alto grado
de estrés organizacional (Adams, 1998; Dick y Wagner,
2001). Entre las variables que al respecto han estudiado diferentes
autores destacamos:
- Una gestión inadecuada de los recursos económicos
y de poder (Durieux, 1999).
- Lugares de trabajo con alto grado de estrés y escasa
seguridad en el empleo, como puede ser el caso de algunas
multinacionales reacias a contratar personal de forma fija
o el sector de la educación, pública o privada,
en el que se informa de numerosos estresores unidos a contratos
efímeros (Hubert y Veldhoven, 2001).
- Las organizaciones muy jerarquizadas, en las que existe
una inhibición de la democracia interna y están
penalizados los desacuerdos respecto a las decisiones de los
niveles superiores (Einarsen, Raknes y Matthiese, 1993).
- Las grandes organizaciones, en comparación con las
pequeñas (Einarsen, Raknes y Matthiese, 1993). Dicha
afirmación vendría avalada por la probabilidad
de incrementarse los conflictos a medida que crece el número
de contactos interpersonales en las personas que integran
el grupo de trabajo (Puerta, 2004).
- En los casos en que se prevea disminución del tamaño
de la organización, reestructuración o fusión
con otras empresas, debido a la incertidumbre que, en los
trabajadores, producen dichos cambios (Vartia, 1996).
- Las organizaciones cuya productividad no es evaluada de
forma externa (por ejemplo, una Universidad o Centro Público
de Salud) y, en general las organizaciones públicas
en las que las relaciones interpersonales con los compañeros
y jefes pueden jugar un papel importante en la promoción
de la carrera laboral. En este sentido, hay quien afirma que
instituciones como las universidades españolas representan
el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de este tipo
de problemática (Peñasco, 2005). En cualquier
caso, e independientemente de las opiniones personalizadas
y relatos concretos, cabe admitir, de acuerdo con Hubert y
Veldhoven (2001), que las organizaciones privadas (industria,
comercio, transporte...) donde las ganancias que provienen
de la productividad sostienen la empresa, cuentan con una
menor probabilidad de mobbing, al existir unas normas implícitas
que se encargaran de controlar el desgaste de esfuerzos y
tiempo invertido en el acoso laboral.
- La realización de actividades no éticas por
parte de la empresa o algunos de sus directivos (Favrelto,
1994).
Al hilo de esta última connotación de tipo organizacional,
señalamos la existencia de un tipo de acoso laboral
del cual no se habla como mobbing, siendo bastante semejante
el trato que recibe la víctima: un whistleblower es
el que alerta a la opinión pública acerca de
malversaciones, actos de corrupción o violaciones de
la ley en los grandes servicios públicos donde trabaja
o informa de acciones de compañeros que representan
un peligro. Los trabajadores que denuncian las disfunciones
de un sistema sufren las represalias. Se trata de una forma
específica de acoso laboral, destinada a hacer callar
al que no está en el mismo juego (López y Vázquez,
2003).
Una visión particular de los factores del entorno que,
independientemente del tipo de empresa, favorecen la aparición
de mobbing nos la ofrece González de Rivera (2002),
destacando tres circunstancias: 1) el aislamiento de la víctima,
cuyo acceso a la información este sometido a procesos
de filtros y selección; 2) la falta de cohesión
o desvinculación de un grupo en el que se reconocen
unos a otros a través de su identificación de
".. ser de los nuestros", lo cual se entiende como
traición a la dinámica del grupo y el individuo,
en consecuencia, es perseguido; y 3) la improductividad, siendo
más probable en organizaciones cuya cultura interna
considera el poder y el control como valores prioritarios.
En un intento de conciliar el peso diferencial atribuido por
distintos autores a cada una de las variables mencionadas
(víctima, acosador y entorno), Vartia (1996) propone
otorgarles una relevancia diferencial en función de
las diferentes etapas en el proceso de acoso, un proceso que
describimos a continuación.
3.2. El desarrollo del mobbing
Una vez analizados los factores implicados en el mobbing,
el siguiente paso sería la obtención de una
descripción, más o menos generalizada, de cómo
se desarrolla tal proceso. Como se ha comentado con anterioridad,
el mobbing tiene una continuidad en el tiempo y una finalidad
concreta: deshacerse de la víctima. Siguiendo las argumentaciones
de Vartia (1996), de cara a otorgar un peso diferencial de
cada uno de los factores analizados en el apartado anterior
en las diferentes etapas del mobbing, podríamos decir
que los problemas en el ambiente de trabajo y el estilo de
dirección pueden hacer estallar un conflicto entre
los empleados, y después, en el momento que la víctima
es "seleccionada", los factores de personalidad
pueden ser importantes. En dicho estudio se afirma que las
víctimas tienen más rasgos neuróticos
y baja autoestima que los trabajadores que no padecen agresiones,
no obstante también se observa que la relación
entre estas variables y el hecho de ser víctima de
mobbing desaparece cuando los factores de ambiente de trabajo
y clima permanecen estables, lo cual implica que la correlación
no es real. Investigaciones futuras y otros métodos
de estudio y diseños (estudios longitudinales y de
casos intensivos) podrían proporcionarnos una mejor
comprensión del papel y significado de las mencionadas
variables en el proceso de agresión.
En cualquier caso, parece que la propuesta de Leymann (1990)
continua siendo la más aceptada a la hora de describir,
de forma más o menos pormenorizada, las etapas que
suelen ser comunes en el desarrollo de un proceso de mobbing,
de forma que en numerosas publicaciones encontramos la enumeración
de las siguientes fases:
1. Fase de conflicto. El proceso suele comenzar por un desacuerdo
o por una percepción de amenaza. El conflicto puede
ser real o imaginario, pequeño o de grandes dimensiones,
lo que importa es que al no resolverse a tiempo, en la mayoría
de los casos por no interesarle al acosador, deviene en la
siguiente fase: la estigmatización.
2. La estigmatización. En esta segunda fase la víctima
queda etiquetada de forma negativa y tal etiqueta se convierte
en su principal característica. El resto de los trabajadores
comienzan a darle de lado, quizá por miedo a aliarse
con alguien estigmatizado, quizá por solidaridad con
el acosador. Para desestabilizar a alguien basta con poner
de manifiesto sus errores, darle objetivos imposibles de llevar
a cabo o encomendarle tareas absurdas o inútiles. El
miedo conduce a la víctima a comportarse patológicamente,
y esto es lo que el agresor utilizará de argumento
para justificar retroactivamente su agresión. De esta
forma hace ver a los demás que algo le ocurre a la
víctima, que está desestabilizada emocionalmente.
3. La intervención. Una vez estigmatizado y, generalmente,
aislado al trabajador, los directivos tienden a buscar explicaciones
de lo sucedido en las características de la víctima
(Jonnes, 1984) y comienzan a plantearse qué hacer con
un trabajador problemático ¿qué tareas
asignarle? ¿en qué lugar ubicarlo?
4. La eliminación. En muchos casos, la organización
decide desprenderse de quien resulta molesto e incómodo
y sustituirle por alguien más afín al grupo
de trabajo. La frecuencia de la extinción del contrato
laboral por mobbing en España la podemos constatar
en el trabajo realizado por Rubio de Medina (2002).
Ahora bien, aunque estas son las fases que objetivamente se
van produciendo en el ámbito laboral, cabría
preguntarse ¿qué conductas realiza el acosador
para lograr sus objetivos?
3.3 Conductas que caracterizan al mobbing
Aunque no existe total acuerdo entre los expertos en la materia
a la hora de clasificar las conductas hostiles del mobbing,
en un intento de sistematizar las diferentes propuestas (Björkqvist,
1992; Einarsen y Raknes, 1995; González de Rivera,
2005; Hirigoyen, 1999; Knorz y Zapt, 1996; Leymann, 1992;
Niedl, 1995; Vartia, 1993; Zapf, Knorz y Kulla, 1996) podríamos
agruparlas en las siguientes categorías:
a) Atentados contra las condiciones de trabajo, retirándole
la autonomía a la víctima. El objetivo del hostigador,
en este caso, es desprestigiar y desacreditar su capacidad
profesional y laboral, utilizando para ello algunas de las
estrategias que se exponen a continuación:
- Asignar a la víctima tareas muy por debajo o muy
por encima de su capacidad, o bien no permitiéndole
hacer nada.
- Criticar sus más mínimos errores o defectos,
despreciando su trabajo y sus capacidades profesionales.
- No transmitirle informaciones útiles para la realización
de una tarea;
- Negarle el acceso a los instrumentos de trabajo: teléfono,
fax, ordenador.
- Retirarle el trabajo que solía realizar habitualmente.
Se le dan constantemente tareas nuevas o consignas imposibles
de realizar.
- Debatirle sistemáticamente todas sus decisiones.
- Presionarle para que no haga valer sus derechos (permisos,
horarios, primas).
- Atribuirle tareas incompatibles en contra de su voluntad.
- Ocasionarle desperfectos en su lugar de trabajo.
En muchas ocasiones, la conducta hostil del acosador no sobrepasa
esta categoría, limitándose a no practicar la
comunicación directa, todo se insinúa, negándose
la existencia del reproche y de conflicto. En el caso de que
la víctima haga frente al reproche, el agresor se esconde
diciendo que no existe tal realidad. Así la víctima
se culpabiliza de realizar interpretaciones erróneas.
Como argumenta González de Rivera en estas ocasiones
la actuación que realiza el acosador coincide con lo
que denominamos "Hacer luz de gas" una perífrasis
que alude al intento de conseguir que alguien dude de sus
sentidos, de su razonamiento y hasta de la realidad de sus
actos.
b) Limitar su comunicación y contacto social. El acosador
impone con su autoridad lo que puede decirse o lo que no.
A la víctima se le niega el derecho a expresarse o
a hacerse oír. No se dirige la palabra a la víctima,
ignorando su presencia y dirigiéndose únicamente
a los demás. Se sugiere a los colegas que no le hablen.
Se le cortan fuentes de información.
c) Atentados contra la dignidad. Se utilizan observaciones
despectivas para calificarla, desacreditándola ante
el resto de los compañeros, sea estos superiores o
subordinados. Se hacen circular rumores y críticas
relativos a ella. Se le atribuyen problemas psicológicos.
Se ridiculizan sus minusvalías o su físico;
se la imita o caricaturiza. Se critica su vida privada.
d) Ataques directos a la salud. Se le asignan trabajos u horarios
en contra de su voluntad que pueden repercutir negativamente
en su salud. No se respetan las bajas médicas.
e) Impedir su promoción e intentar su despido laboral.
Como se ha mencionado, las conductas de mobbing se deben a
una intencionalidad: liberarse de la víctima, para
ello el acosador no duda en utilizar los recursos necesarios
que faciliten a la empresa el despido legal de la víctima.
La preferencia por la utilización de unas conductas
u otras de hostigamiento, pueden variar según las culturas
de los distintos países (Niedl, 1995) e incluso el
tipo de organización en la que se produzca el mobbing
(Hubert y Veldhoven, 2001).
En este punto nos parecen no solamente anecdóticos,
sino interesantes los resultados de algunos estudios que han
indagado acerca de los métodos preferidos por hombres
y mujeres a la hora de ejercer el mobbing, y que ponen de
manifiesto diferencias comportamentales entre acosadoras y
acosadores. Por ejemplo, las acosadoras suelen dejar de hablar
a la víctima,hablar mal a su espalda ridiculizando
su vida privada, burlarse de la víctima delante de
los demás, difundir difamaciones y rumores, criticar,
airear y exagerar los fallos cometidos en su trabajo. En cambio
los acosadores emplean con más frecuencia métodos
como asignar actividades nuevas sin explicar en qué
consisten, asignar trabajos que hieren su amor propio no prestar
atención ni a sus comentarios ni a su trabajo, impedir
que exprese sus ideas o asignar un lugar de trabajo apartado
en el que apenas pueda mantener contactos (Ausfelder, 2002).
Un análisis de la frecuencia de las estrategias utilizadas
realizado en nuestro país por González de Rivera
y Rodríguez Abuín (2003), confirma que las conductas
de acoso más comunes e intensas consisten en incomunicar,
intimidar, desprestigiar y entorpecer el progreso de la víctima,
conductas que afectan al 70% de los acosados, en cambio las
menos frecuentes son aquellas estrategias más groseras,
evidentes o que dejan huella, lo que confirma que, a diferencia
de otras formas de violencia en el trabajo, el acoso psicológico
consiste en estrategias sofisticadas y bien planeadas y no
en meros arrebatos o exabruptos.
3.4 Consecuencias del mobbing
Independientemente de la cultura, el tipo de empresa en la
que se produzca el acosa o que el hostigamiento se ejerza
por un hombre o por una mujer, todas las conductas citadas
en el apartado anterior indican la existencia de mobbing y
podemos decir que su impacto es más fuerte si se trata
de un grupo contra una sola persona que si se trata de un
solo individuo. También parece constatarse que el acoso
de un superior (acoso vertical descendente) es más
grave que el acoso de un colega (acoso horizontal). Asimismo,
las consecuencias sobre la salud a largo plazo son más
graves cuando se trata de un acoso moral hacia una persona
aislada, que cuando se trata de un maltrato hacia un grupo
por parte de la dirección.
En general, las consecuencias sobre la salud de la víctima
depende de la duración del acoso, la intensidad de
la agresión y la vulnerabilidad de la víctima
(experiencias anteriores, apoyo familiar...) (Leymann, 1996).
Pero veamos con más detalle las consecuencias que el
proceso de mobbing conlleva en la víctima, es decir,
desde el punto de vista psicológico: ¿qué
es lo que sucede durante el periodo descrito en el trabajador
víctima de mobbing?
a) Efectos sobre la víctima
Al respecto se han descrito los síntomas clínicos
que el acoso produce en la víctima, entre los cuales
cabe distinguir diferentes fases o estadios:
1. Estadio de autoafirmación. La víctima detecta
el conflicto o el trato despectivo, interpretando que la razón
está de su parte y que existe un mal entendido (González
de Rivera, 2002).
2. Estadio de desconcierto. La víctima comienza a tener
"pequeñas percepciones" de que está
sufriendo acoso moral, pero ello es difícil de probar.
Cuando la estigmatización se va haciendo generalizada,
la víctima se desconcierta, duda, no sabe lo que está
pasando y comienza a pensar en su probable responsabilidad
sobre lo ocurrido. En muchas ocasiones la confusión
es tal que no es capaz de reaccionar, solo intenta comprender
y justificar. Cuando se sitúan en la posición
de culpables, las víctimas se sienten responsables
y solas. Generalmente los allegados se mantienen al margen.
Las víctimas dudan de sus propias percepciones y llegan
a sospechar que están exagerando (González de
Rivera, 2005).
3. Estadio de indefensión. En esta fase, suele esforzarse
por agradar, por concluir tareas que acaban agotándole,
o por asumir deberes que no le corresponden, sin obtener por
ello ningún beneficio ni mejorar en su consideración,
lo cual desencadena un sentimiento de impotencia e indefensión
que culmina en un estado depresivo. Cuando el acoso es reciente
los síntomas son cansancio, nerviosismo, problemas
de sueño, migrañas, problemas digestivos u otros
trastornos psicosomáticos (Groeblinghoff y Becker,
1996).
4. Estadio traumático o de estrés-ansiedad.
Si el acoso persiste, la víctimas suelen presentar
un estado de ansiedad generalizada. Las dificultades psicológicas
que la víctima ha adquirido en este punto le convierten
en una persona vulnerable, son frecuentes las conductas impulsivas
y la pérdida de control que le harán cometer
errores con mayor probabilidad, lo cual agrava la situación
del trabajador, que pasa a ser etiquetado como una persona
de carácter difícil (Zapf, 1999).
A partir de aquí, según Niedl (1996) las víctimas
pueden reaccionar de dos maneras: someterse y aceptar la dominación,
adoptando una actitud negligente que obviamente perjudica
al funcionamiento de la empresa, o bien rebelarse y combatir,
con la idea de marcharse.
5. Estadio de estabilización crónica. Es probable
que tanto si acepta la dominación, como si se marcha
y no encuentra un nuevo empleo, perdure un sentimiento de
desvalorización y falta de autoestima, pudiéndose
establecer un estado depresivo mayor. Aunque para algunas
víctimas el alejamiento físico de su agresor
constituye una liberación, frecuentemente se han descrito
secuelas físicas (hipertensión arterial, úlcera
gastroduodenal) y psíquicas (depresión, ansiedad
generalizada, estrés postraumático o conductas
de dependencia como bulimia, alcoholismo o la toxicomanía)
(Becker, 1993; Groeblinghoff, 1994, Leymann, 1993).
Las afirmaciones anteriores viene a constatar la existencia
de una fuerte relación entre las distintas condiciones
en las que los individuos realizan su trabajo y su salud física
y psicológica, lo cual los permite profundizar en el
análisis más general de las relaciones entre
la violencia social y la salud psicológica de quienes
la padecen. En cualquier caso, parece claro que, al igual
que sucede en otras esferas vitales, el acoso laboral puede
provocar modificaciones en el carácter de la persona.
Si el trabajador no consigue una ayuda eficaz, ni un respaldo
psicológico, y aún más, si es despedido
del trabajo o aislado en el mismo, se produce una estabilización
en la que es posible destacar la depresión, la ansiedad
y el trastorno de estrés postraumático. Según
Leymann y Gustavsson (1996), este último síndrome
de estrés postraumático sería el único
diagnóstico adecuado para las víctimas de mobbing,
cuya intensidad alcanzaría una gravedad semejante al
adquirido a través de experiencias de guerra, prisión
o en los casos de mujeres violadas.
Como importante reflejo de las consecuencias del acoso laboral
también es de destacar que las personas que han sufrido
acoso tienen problemas para encontrar un nuevo puesto de trabajo,
lo cual supone nuevos problemas y también que un gran
número de personas en situación de acoso intentan
suicidarse. Un dato: En Suecia se estima que en el 20% de
los suicidios subyace como causa principal alguno de los síndromes
vinculados al estrés laboral, como es el caso de mobbing
(Leymann, 1996)
b) Efectos en la empresa y en la sociedad
Hasta aquí, hemos hablado de los efectos, sin duda
devastadores que el mobbing produce en la víctima ¿pero
que hay de las consecuencias que genera tanto en la empresa
como en la sociedad?
En la empresa, en la que se produce el mobbing deja su huella
a través de las diferentes conductas entre los trabajadores
que lo padecen. Entre ellas cabe citar: un aumento de absentismo,
tanto justificado por bajas de enfermedad, como no justificado,
falta de puntualidad, baja calidad en la atención al
cliente, decremento de la productividad, rotación de
puestos... (Nield, 1996; Toohey, 1991). Estos efectos son
los mismos que los encontrados en las numerosas investigaciones
realizadas sobre los efectos de la baja satisfacción
laboral en las organizaciónes.
Asimismo, en la sociedad también se dejan notar los
efectos del mobbing, entre los cuales cabe señalar
los costes de las enfermedades producidas por estrés
y el incremento de las jubilaciones anticipadas, eventos que
sin duda contribuyen a aminorar las arcas de todos los contribuyentes
a la Seguridad Social. Concretamente, en España, los
costes sociales ascienden a más de 90 millones de Euros
por bajas e invalidez profesional, según un estudio
realizado por el Gobierno de Navarra en 2002.
En un informe realizado por la Seguridad Social Sueca, se
estima que entre el 20% y el 40% de jubilaciones anticipadas
anuales encuentran su causa en las condiciones de trabajo
psicológicamente pobres. El gobierno sueco, consciente
de que la pobreza en las condiciones laborales provoca un
coste añadido a todos los ciudadanos, ha decidido proteger
su presupuesto de esta carga financiera. Para conseguirlo
promulgó el Acta de Rehabilitación Profesional
Sueca (1993/94). Esta Ley obliga a las empresas a presentar
un plan de rehabilitación profesional a la Seguridad
Social cuando un empleado tiene una baja de un mes, o 6 bajas
cortas durante un periodo de 12 meses. El propósito
de esta norma es situar el coste de la rehabilitación
en sus orígenes: allí donde condiciones de trabajo
degradantes son causa de perniciosas consecuencias (AFS, 1994)
(Leymann, 1996). Esta medida que "a priori" podemos
considerar un tanto desproporcionada, adquiere plena coherencia
si tenemos en cuenta datos como el facilitado por de la Villa
(2004), al afirmar que en el 44% de los casos de acoso laboral
se realiza con conocimiento y pasividad por parte de la empresa
en la que trabajan la víctima y el acosador, y que,
por lo tanto, la organización puede considerarse como
responsable civil subsidiaria.
3.5 Topografía y epidemiología del mobbing
Una vez expuestos los efectos devastadores del mobbing en
el individuo, en la organización y en la sociedad,
cabe preguntarse por la extensión de tal fenómeno.
En este sentido los datos proporcionados por las investigaciones
realizadas en diferentes países europeos resultan alarmantes.En
España, el estudio más popular encaminado a
proporcionarnos una topografía del mobbing es el Barómetro
Cisneros, aplicado por primera vez en mayo del 2001 bajo la
dirección del profesor Piñuel. La encuesta fue
realizada a mil personas pertenecientes a todos los sectores
laborales en la Comunidad de Madrid, Alcalá de Henares
y Guadalajara. Veamos algunos datos interesantes al respecto:
- Uno de cada tres trabajadores en activo manifiesta haber
sido víctima de maltrato psicológico a lo largo
de su experiencia laboral y más del 16% afirma haber
sido objeto de acoso laboral durante los últimos seis
meses con una frecuencia semanalEl 70% de las víctimas
sitúan la fuente de violencia en los jefes o supervisores
(el 26% en los compañeros y el 3% en los subordinados)
- Dos de cada tres víctimas desconoce estar afectado
por el problema (presentan bastante inconsciencia acerca del
mobbing o lo conocen muy difusamente)- El 45% de los trabajadores
manifiestan haber presenciado en su entorno laboral comportamientos
de mobbing, sin embargo, sólo en uno de cada seis casos,
los compañeros apoyan a la víctima frente al
hostigador- El 77% de los afectados señalan un apoyo
bastante escaso o absolutamente inexistente en sus organizaciones
- Casi la mitad de las víctimas refieren secuelas del
hostigamiento sobre su salud psíquica (depresión,
estrés postraumático...)
Las víctimas de mobbing presentan una tasa significativamente
más elevada de absentismo y abandono profesional en
comparación con el resto de los trabajadores
- Existe mayor incidencia de mobbing entre trabajadores eventuales
o temporales que fijos El mobbing afecta tanto a hombres como
a mujeres pero existe mayor riesgo en el grupo femenino. El
porcentaje de agresores es mayor en los varones. Los hombres
son agredidos fundamentalmente por hombres, mientras que las
mujeres lo son tanto por mujeres como por hombres
- Dos de cada tres víctimas de mobbing tienen menos
de treinta años. (Dato que resulta contradictorio con
la topografía del mobbing que Leymann presenta en 1996,
al afirmar que la probabilidad de padecer acoso en el trabajo
es escasa antes de los 40 años).
El segundo Barómetro Cisneros fue publicado en febrero
de 2002 y arroja datos tan preocupantes como el primero, afirmando
que el mobbing afecta al 12% de la población activa
española (más de millón y medio de personas).
Otros estudios realizados fuera de nuestro país, proporcionan
datos epidemiológicos aún más altos.
Por ejemplo, en el año 1999 la British Medical Journal
recogía un estudio realizado a 1.100 trabajadores sanitarios
en el que se concluía que el 38% habían sufrido
uno o más tipos de acoso durante el año anterior
(Núñez, 2002).
Más recientes son los datos aportados en el Informe
de la OIT (2004) en el que se cifra el problema de acoso psicológico
laboral en España en torno al 6% de la población
asalariada (unos 750.000 trabajadores), datos que se encuentran
en línea con los porcentajes estimados para Francia,
Italia o Suecia (Sánchez Escalada, 2005).
En cualquier caso, y a pesar de las diferencias en las estimaciones,
los datos resultan alarmantes, incluso hay quien se refiere
al mobbing como "el cáncer laboral del nuevo milenio"
(López y Vázquez, 2003). Ahora bien, cabría
preguntarse por la metodología utilizada en estos estudios
epidemiológicos. Si revisamos la forma de recabar información
sobre la incidencia de mobbing en el Barómetro Cisneros,
nos encontramos que la evaluación se realizó
mediante entrevistas y preguntas en las que no se profundizaba
demasiado en la materia. Nuevamente, volvemos a hacer hincapié
en el principal "Talón de Aquiles" de este
constructo: la dificultad para realizar una valoración
objetiva del problema.
4. Evaluación, prevención y tratamiento: un
reto para futuros estudios y actuaciones
Como hemos mencionado con anterioridad el concepto de mobbing
se presenta, actualmente, como un constructo de alta divulgación
cuya valoración objetiva escapa a los distintos profesionales
que se ocupan del tema, con la consiguiente repercusión
negativa sobre las víctimas, las empresas y la sociedad
en general. Se echa de menos unos sistemas de evaluación
que permitan una concreción mayor de las circunstancias
para estimar la existencia de dicho problema, sobre todo si
consideramos como meta deseable la mejora de las actuaciones
legales al respecto. Asimismo, la intervención desde
el ámbito organizacional resulta clave de cara a la
prevención del problema, marcando, en este caso, unas
pautas capaces de mitigar las conductas de hostigamiento.
La última faceta del mobbing cuyo avance consideramos
un reto es su tratamiento. Aunque existe un acuerdo en la
conveniencia de prestar ayuda psicológica a las víctimas
para superar los trastornos mentales derivados del acoso,
consideramos la necesidad de resarcir laboral y económicamente
las circunstancias acaecidas. En este sentido, estimamos pertinente
la concreción y mejora del sistema legal a la hora
de abordar la problemática del acoso moral en el trabajo.
En este apartado vamos a comentar algunos trabajos realizados
para avanzar en las citadas cuestiones, matizando, en todo
caso, la necesidad de continuar perfeccionado los estudios
y superar las obstáculos que estos presentan.
4.1 Instrumentos de evaluación
En general, la evaluación del mobbing se viene haciendo
siguiendo dos métodos diferentes y complementarios:
cuestionarios autoadministrados y criterios operativos evaluados
por observadores externos.En los cuestionarios autoadministrados,
el trabajador responde, si o no a la pregunta o bien la valora
según una escala tipo Likers. Siguiendo esta metodología
Leymann, realizó una aportación a la descripción
operativa del mobbing. Dicho trabajo pretendió objetivar
el mobbing a través de la descripción de 45
actividades que siguiendo la conceptuación propuesta
por el autor, resultan características en el proceso.
La lista de estas actividades en forma de preguntas dicotómicas
se denomina LIPT (Leymann Inventory of Psychological Terrorizatíon),
y ha sido utilizada como test en numerosas investigaciones
sobre mobbing. Las 45 actividades concretas se agrupan en
cinco grandes apartados, que vienen a coincidir con la clasificación
de "las conductas características de mobbing"
descritas en el apartado 3.3.
En España el instrumento más utilizado para
evaluar la existencia de mobbing, es un cuestionario derivado
del LIPT original, de 45 ítems, de Leymann. Nos referimos
al LIPT-60, al que González de Rivera y Rodríguez
Abuín (2003), autores de su adaptación a nuestra
población, han convertido en una escala de tipo Likert
añadiéndole, a su vez, 15 ítems que dan
cuenta de conductas de acoso relativamente frecuentes en nuestro
país y que no figuran en la lista de Leymann. Este
cuestionario autoadministrado objetiva y valora 60 estrategias
de acoso psicológico diferentes y ha sido recientemente
publicado acompañado de un CD que contribuye a la mejora
de su aplicación (González de Rivera y Rodríguez
Abuín, 2005). Basándonos en dicho intrumento
podemos obtener distintas tipologías de mobbing según
las puntuaciones obtenidas en las seis subescalas de que consta
el autoinforme : desprestigio laboral, entorpecimiento del
progreso, incomunicación, intimidación encubierta,
intimidación manifiesta y desprestigio personal. La
nominación de estas subescalas refleja, en gran medida,
las conductas de acoso valoradas en los ítems que cada
una de ellas engloba. No obstante, mediante un análisis
factorial exploratorio de las actuaciones de acoso evaluadas
en este cuestionario, es igualmente posible identificar una
estructura factorial coincidente con la clasificación
de las conductas características de mobbing" propuesta
anteriormente por Leymann: formas de comunicación con
impacto sobre la autoestima, limitación del contacto
social, ataquesa la reputación, desprestigio de la
capacidad profesional y ataques directos a la salud (Puertas,
2004).2. Respecto a las listas de criterios operativos que
pueden ser heteroadministradas, la metodología es diferente,
aquí un observador externo identifica y valora cada
conducta de mobbing, aunque este segundo procedimiento, sin
duda aportaría información relevante al respecto,
no es habitualmente utilizado debido a su complejidad. Los
posibles testigos y las personas responsables de acoso al
ser interrogados por observadores externos (evaluadores, representantes
sindicales, médicos de empresa...) suelen negar la
existencia de tales conductas, obviamente por temor a represalias
o por estar involucradas en dicho proceso. Es por ello que
se aconseja a la posible víctima recabar todo tipo
de documentación que legalmente sirva para avalar la
situación de acoso.
Dado que con el empleo de cuestionarios como el citado (González
de Rivera y Rodríguez Abuín, 2005) aún
queda por desentrañar hasta qué punto la situación
laboral descrita puede considerarse, objetivamente, mobbing,
(al carecer dicho autoinforme de una escala de sinceridad,
así como dejar abierta la posibilidad de distorsión
en la percepción de las conductas de acoso), desde
el ámbito psicológico se recomienda la utilización
de otros instrumentos, ya baremados, que tienen como objetivo
la evaluación de la salud psicológica del sujeto.
Concretamente, se estima coherente, de cara a objetivar la
medida del mobbing, utilizar, de forma paralela, un instrumento
que de cuenta del nivel de hostilidad-paranoidismo del sujeto
que supuestamente padece mobbing (por ejemplo, la escala perteneciente
al MMPI, que evalúa tal característica personal),
con la intención de esclarecer hasta qué punto
la tendencia a sentirse víctima de amenazas personales
forma parte de una vivencia general del individuo que se manifiesta
en otras áreas de su vida, además de en el ámbito
laboral.
Desde nuestro punto de vista creemos que el añadir
este tipo de evaluación a la ya existente sobre la
problemática del mobbing ayuda a esclarecer la confusión
que habitualmente conllevan las demandas sobre padecimiento
de acoso moral en el trabajo.
Finalmente, con el objetivo de indagar acerca de los efectos
psicológicos en la víctima, sería aconsejable
evaluar sus niveles de ansiedad y depresión (por ejemplo,
a través de la escala de depresión de Beck -BDI-
y el cuestionario de ansiedad de estado-rasgo de Spielberger
-STAI-), y la posible existencia de estrés postraumático
(por ejemplo, a través de la Escala de Gravedad de
Síntomas del Trastorno de Estrés Postraumático
-EGS- de Echeburúa y colb.), sobre todo si estamos
de acuerdo con la consideración de Leymann y Gustavsson
(1996) cuando afirman que el único diagnóstico
adecuado para las víctimas del mobbing es el estrés
postraumático.
Hasta aquí hemos descrito las herramientas con las
que cuentan los psicólogos para realizar un peritaje
de mobbing cuando así es requerido por el sistema legal.
El papel del psicólogo, en estos casos, cumple las
siguientes funciones:
1) Establecer el estado psíquico actual de la supuesta
víctima
2) Dilucidar, en el caso de que se demuestre la existencia
de dolencias psíquicas, si éstas son consecuencia
de la actividad laboral desempeñada.
No obstante, dilucidar la veracidad o no de los hechos contenidos
en la demanda, es algo que en última instancia corresponde
a un juez, el cual ha de dictar sentencia, en muchos casos,
desde unas circunstancias legales un tanto ambiguas. El gran
problema con el que se encuentran los abogados y jueces es
la determinación de las pruebas, ya que en un proceso
de acoso laboral hay pocas posibilidades de poder demostrar
pruebas visibles ante un tribunal, ya que no deja huella "aparente"
en la persona acosada. La víctima para hacerlo bien
tiene que reunir todo tipo de pruebas y testimonios y posteriormente
denunciarlo.
En todo caso, la ambigüedad de la ley al respecto no
exime a los psicólogos de la tarea de perfeccionar
los instrumentos de evaluación del mobbing, un reto
que, sin duda, tenemos que alcanzar en breve, con el fin de
esclarecer el nivel a partir del que sea posible establecer
una intervención tanto desde el ámbito legal
como de ayuda psicológica a la víctima.
4.2 Prevención y tratamiento
Como decimos, a pesar de los problemas que frecuentemente
conlleva el establecer de forma certera que una persona es
víctima de mobbing, no debemos perdernos en los pormenores
del concepto, ni en las dificultades que conlleva su evaluación,
ya que estamos ante unas circunstancias que generan sufrimiento,
deterioro psíquico y físico de las personas
que lo padecen. Con ello queremos hacer hincapié en
la importancia de tomar medidas tanto de cara a la prevención
como de intervención sobre el acoso laboral.
Un trabajo sobre la detección de cualquier tipo de
violencia psicosocial, carecería de sentido sin la
presunción de que, desde diferentes esferas, se va
a ejercer la suficiente presión para mejorar la situación
de las víctimas. En este sentido, realizamos algunas
sugerencias destinadas a paliar las consecuencias negativas
del mobbing desde tres vertientes: la individual, la organizacional
y la social (la legislatura sobre mobbing en España),
recopiladas de diferentes trabajos (Ausfelder, 2002; Burton,
1990; Burgess, 1999; Ellis, 1998; González de Rivera,
2005; Piñuel, 2002; Rubio de Medina, 2002; Vinyamata,
1999). De forma escueta dichas intervenciones se podrían
pautar de la forma siguiente:
a) Actuaciones individuales por parte de la víctima
De cara a la protección de su salud psíquica,
resulta conveniente que la supuesta víctima de acoso
laboral obtenga ayuda psicológica, antes de que se
llegue a consolidar el proceso de mobbing. Como argumenta
Groeblinghoff (1995), la ayuda psicológica es deseable
lo antes posible.
En el marco de las actuaciones psicológicas destinadas
a proporcionar ayuda a la víctima, podemos distinguir
entre las estrategias a seguir en las primeras fases del proceso
y aquellas dirigidas a la protección de su salud física
y psíquica una vez que el acoso ha sobrepasado las
fases de conflicto y estigmatización.
En las primeras fases debemos concentrar nuestra atención
en trabajar sobre la percepción del conflicto y la
estigmatización, es decir, sobre la concreción
del problema, con la finalidad de ayudar a la supuesta víctima
a identificar lo que en realidad está ocurriendo, ayudándole
a superar la confusión generada en estas primeras etapas
del proceso de acoso (Ellis, 1998).
Si a partir de estos datos se concluye la existencia de acoso
en el trabajo, el tratamiento psicológico se dirigirá
a proteger la salud física y psíquica de la
víctima. Los objetivos prioritarios de su tratamiento
serán desculpabilizarla, sacarla de la situación
de acoso, ayudarla a recuperar su autoestima y a neutralizar
los sentimientos traumáticos acumulados. Para conseguir
estos objetivos, autores como Groeblinghoff y Becker (1996),
proponen la combinación de terapia de grupo con terapia
individual. Por otra parte, y aunque estas recomendaciones
escapan al papel del psicólogo clínico, resulta
conveniente animar a la víctima a recabar y conservar
la documentación que pueda respaldar sus argumentaciones
de acoso laboral y denunciar el delito. En el caso de que
la denuncia llegue a interponerse, los esfuerzos clínicos
y jurídicos deben estar bien coordinados, ya que, en
estos casos, las sentencias judiciales suelen estar influenciadas
por el peritaje psicológico realizado al efecto, cuyo
contenido y objetivos se han citado en el epígrafe
4.1, referente a la evaluación del mobbing.
Finalizado el proceso judicial conviene continuar con un tratamiento
psicológico de profilaxis o, al menos, mantener un
seguimiento pautado en el que se fomentará el contacto
con las redes de ayuda iniciadas desde las asociaciones de
víctimas de acoso moral (Leymann, 1993, 1995; Resch,
1994, 1995).
b) Prevención y actuación por parte de la empresa
Una vez demostrado, a partir de los datos obtenidos en anteriores
investigaciones, que las relaciones interpersonales que se
establecen entre los trabajadores, son un factor de riesgo
laboral con graves repercusiones tanto en los individuos como
en el funcionamiento empresarial, la promoción de la
mejora de dichas condiciones ha sido una cuestión que
ha captado el interés, y ha llevado al esfuerzo y cooperación
de diversos organismos estatales y sindicales, en las últimas
décadas. Concretamente, el hecho de que la el acoso
moral en el trabajo repercuta no solo en la imagen social
de la empresa, sino también en aspectos en aspectos
como el absentismo o la productividad, directamente ligados
a los beneficios económicos de las mismas, ha llevado
a las propias organizaciones a implicarse en la consecución
de mejoras en las relaciones interpersonales creadas entre
los trabajadores, aunque todavía no podemos considerar
esta práctica un hábito extendido en las empresas
(Resch y Schubinski, 1996). Entre las medidas recomendables
para paliar el mobbing desde el ámbito laboral podríamos
destacar:
- La formación del personal sobre el desarrollo y consecuencias
del mobbing, así como acerca de los métodos
existentes para abordar los conflictos de forma no violenta.
- La definición de una política que condene
de forma expresa la violencia. Se podrá constituir
una comisión ética, con una formación
específica en resolución de conflictos, que
aborde las quejas planteadas por los trabajadores.
- La facilitación de los cambios necesarios en los
puestos de trabajo con el fin de evitar estos riesgos.
- La vigilancia de los horarios, la carga de trabajo y el
contenido del puesto realizando un seguimiento del rendimiento
laboral. c) Prevención y actuación desde el
ámbito social
Como hemos mencionado con anterioridad, también la
sociedad se hace eco del problema y desde ella han surgido
algunas medidas que coartan el acoso moral en el trabajo.
En este sentido es importante subrayar la repercusión
de la información proporcionada por los medios de comunicación.
No obstante, la legislación al respecto tiene la última
palabra (Kahale, 2003).
Desde el punto de vista legal, España se sitúa
en desventaja respecto a países como Suecia u Holanda
que, desde 1994, cuentan con una legislación específica
que regula las conductas de acoso laboral, incitando a las
empresas a desarrollar políticas de prevención
y superación de las conductas de mobbing (Soethout
y Sloep, 2000). No obstante, destacamos la importancia concedida
al acoso en el trabajo en la legislación relativa a
la Prevención de Riesgos Laborales (LPRL) existente
en nuestro país (31/1995 de 8 de noviembre B.O.E. nº
269, 10-11-1995) en la que se define el concepto de "prevención"
como "el conjunto de actividades o medidas adoptadas
o previstas en todas las fases de actividad de la empresa
con el fin de evitar o disminuir los riesgos derivados del
trabajo". En este punto, es de señalar que, en
las Directrices europeas, con las que nuestra Ley debe y pretende
explícitamente estar en consonancia, se recogen de
una forma explícita los perjuicios psicológicos
en la definición de riesgos profesionales como "cualquier
situación en relación con el trabajo que pudiese
causar un perjuicio físico o psicológico a la
seguridad o salud del trabajador". Ya, en una encuesta
en 1996 de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) en la
que se comparaba la violencia en el trabajo en los países
de la Unión Europea, se precisaba que "...en la
actualidad se le concede tanta importancia a la conducta psicológica
como a la física y se reconoce plenamente el alcance
de los actos de violencia menor".
Como se puede apreciar, la evolución histórica
en la consideración legislativa de riesgos laborales
ha llevado consigo una extensión de su propio concepto.
Así, en las primeras décadas del pasado siglo,
la ley se limitaba a amparar a aquel trabajador que había
sido víctima de lesiones, para pasar, posteriormente,
a demandar la supresión de todo aquello que pudiera
suponer un accidente o una merma de la salud a través
de la prevención, quedando aún la consideración
de riesgos laborales restringida a aquellos aspectos ambientales
que podían poner en peligro la salud física
e incluso causar la muerte de los trabajadores (XXXI Congreso
de la UGT, anterior a la Ley de Prevención de Riesgos
Laborales). Actualmente, la legislación de riesgo laboral
y la valoración del mismo, aunque continúa centrándose
en el ambiente habitado, acoge también factores referidos
a las relaciones humanas establecidas en el trabajo (Carrero,
2001). Desde esta perspectiva, la necesidad de evaluar unidades
ambientales e interactivas (persona-persona) se convierte
en un foco de relevancia. No obstante, como afirma De la Villa
(2004), la "generalidad" de la ley al respecto,
conlleva la ineficacia de la misma, ya que las obligaciones
casi infinitas vertidas a los empresarios en la LPRL, hace
que su aplicación y cumplimiento en nuestro país
sea prácticamente imposible. El complejo panorama de
la realidad laboral implica enormes dificultades para la toma
de decisiones o sentencias jurídicas. En España,
la primera sentencia sobre acoso laboral del Tribunal Supremo
se emitió el 23 de Julio de 2001, desde entonces han
sido tan numerosos los casos llevados a juicio, como variopintas
las sentencias emitidas en los mismos. Una revisión
de las sentencias dictadas en nuestro país por acoso
laboral hasta el año 2002 la podemos encontrar en la
"Biblioteca básica de práctica procesal"
(Rubio de Medina, 2002). Transcurridos tres años, el
estado de la cuestión legal sobre mobbing continúa
siendo ambiguo. Como ejemplo de la ausencia de consenso en
la materia, cabe citar la conclusión extraída
del estudio de una sentencia en febrero de 2005, en el que
se afirma que el acoso laboral es un delito que no sólo
atañe a la jurisdicción laboral, sino que también
debe ser perseguido por lo penal, de forma que se pueda exigir
responsabilidad al hostigador (Sentencia del TS, 2005).
Haciéndose eco del incremento del acoso laboral en
las empresas españolas y de la problemática
legal en la que se encuentran los casos de mobbing, desde
el ámbito político se han propuesto recientemente
algunas medidas. Es de destacar, en este sentido, la aprobación,
de una Proposición no de Ley presentada por el Grupo
Socialista, el 27 de septiembre del presente año, en
la que, entre otras cuestiones, insta al Gobierno a que desde
el Observatorio de la Salud de las Mujeres del Ministerio
de Sanidad se dé prioridad al análisis, investigación
y el seguimiento de la incidencia de los riesgos laborales
en las mujeres. En dicho documento, se señala como
uno de los riesgos a los que prestar especial atención
el acoso psicológico, ya que según se plantea
en la motivación de la iniciativa: "los abusos
psicológicos en el trabajo, tienden a aumentar en toda
la UE, siendo las mujeres, los jóvenes y las personas
con empleos precarios, los grupos especialmente vulnerables".
Asimismo, la Comisión de Administraciones Públicas
del Congreso de los Diputados también aprobó
el 18 de octubre otra proposición en la que insta al
Gobierno a elaborar un protocolo de buenas prácticas
administrativas para prevenir el acoso psicológico
en el seno de las Administraciones Públicas.
5. Conclusiones
A partir de las observaciones expuestas en relación
con la evaluación, prevención y tratamiento
del mobbing, aspectos considerados como retos para futuros
estudios y actuaciones, podemos resumir la situación
actual de dicha problemática diciendo que, en el caso
de la evaluación, nos encontramos con instrumentos
cuya dificultad radica en estimar un punto de corte objetivo
que nos permita afirmar la existencia de mobbing (González
de Rivera, 2002). Asimismo, respecto a la prevención,
como señalan Resch y Schubinski (1996), nos encontramos
con diferentes parapetos (económicos, sociales, de
imagen...) que coartan a las empresas a la hora de implantar
programas destinados a la prevención de conductas de
acoso entre sus trabajadores. La realización de estudios
encaminados a la valoración de programas llevados a
cabo con este objetivo ayudaría a esclarecer las pautas
más efectivas al respecto y evitaría resultados
como el publicado a partir del Informe Randstad, realizado
en 2003 por el Instituto de Estudios Laborales de ESADE, en
el que además de advertir de la falta de políticas
preventivas para combatir el mobbing, aseguran que las organizaciones
que implementan procedimientos para prevenirlo acaban registrando
más incidencias de acoso que las que no lo hacen.
En la faceta de tratamiento psicológico, el principal
problema radica en que las víctimas de acoso acuden
al psicólogo una vez que han desarrollado depresión,
ansiedad, estrés postraumático... trastornos
que podrían prevenirse desde una actuación en
las primeras fases del proceso de mobbing (Groeblinghoff,
1995).
Finalmente, aunque se reconoce el avance legal que respalda
a las víctimas de acoso en nuestro país, subrayamos
la "generalidad" de la ley al respecto y como consecuencia
la diversidad en sentencias establecidas a partir de datos
semejantes (De la Villa, 2004). Las medidas legales disponibles
en Suecia y Holanda de cara a proteger a los trabajadores
de acoso laboral, podrían servir de referencia para
fomentar la prevención y apoyo a las víctimas.
En definitiva, a partir de la evidencia que nos informa del
daño psicológico en las víctimas de mobbing,
de los efectos negativos en el funcionamiento de las empresas
donde se produce y de los costes sociales que el fenómeno
conlleva, podemos considerar como objetivo deseable la prevención
y control de las conductas de hostigamiento en el ámbito
laboral. Dicho reto debe abordarse de forma multidisciplinar.
Quizá, los primeros implicados en el proceso seamos
los psicólogos cuyo esfuerzo en perfeccionar el concepto
y evaluación de la situación de acoso, sería
agradecida desde otras esferas sociales. A su vez, nuestra
implicación en el que hacer de los departamentos de
recursos humanos de diferentes organizaciones ayudaría
a generar programas de prevención empresarial. Finalmente,
mencionar también el esfuerzo necesario por parte de
los legisladores de cara a aminorar la "generalidad"
de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, de forma
que no puedan ampararse bajo ella decisiones subjetivas por
parte de los jueces que emiten las sentencias.
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