Nadie
que no lo haya experimentado en su carne, o que lo haya
visto aparecer en su casa, será fácil que
entienda en su verdadera dimensión de lo que aquí
se habla. Se va a tratar de un mal de nuestro tiempo, de
una forma de maldad. La maldad es una de esas palabras que
nos da reparo pronunciar, nos hace sentirnos infantiles,
simples e inocentes: incómodos. Y sin embargo simples,
tiernos e infantiles son aquellos que no la identifican
como algo vivo entre nosotros, como parte de nuestro entorno
y de nuestra sociedad... de nuestra mente... está
ahí y seguirá estando: aunque miremos a otro
lado, ella nos vigilará de lejos o de cerca pero
nos contemplará y acechará esperando un descuido,
un flanco desprotegido, una oportunidad para manifestar
todo su potencial destructor.
Una
de sus caras es el acoso moral, el mobbing, la caza del
hombre. Un circo romano sin panteras ni gladiadores, con
una sola víctima que se renueva día a día
y en el que la modernidad ha hecho que los espectadores
sean ahora cómplices unos, otros contempladores,
cobardes invitados, también amigos paralizados y,
el que nunca falta, el acosador, minotauro insaciable de
nuestros días.
Pocos
acontecimientos vitales pueden ser más terribles
y pavorosos como ser objeto de acoso moral sistemático
durante un tiempo prolongado, de ser víctima de una
calculada acción de destrucción diseñada
de forma fría y ejecutada con todo el potencial que
la mente humana pueda desarrollar. La necesidad de desatar
esta violencia por parte de quien la lleva a cabo es insoslayable,
necesita ejecutar su plan para seguir viviendo: el vampiro
se nutre del fluido vital de sus víctimas, sin la
sangre de ellas muere y desaparece, es vampiro en tanto
que existe en los demás sangre que le da identidad
y definición de lo que él es: chupador de
sangre.
A plena luz se desarrolla el acoso moral y a plena luz se
asesina, poco importará ya si acaba con la víctima
por suicidio o por haberla convertido en un zombi, en todo
caso habrá conseguido sus fines eliminar la excelencia
que pudiera transmitir su victima, ofensivamente,
a los ojos de su acosador perverso.
Una
de las facetas más diabólicas del proceso
de acoso moral es que se realiza a la luz del día,
ante todo tipo de testigos sin que nadie parezca darse cuenta
de lo que está pasando, sin que nadie acuse estar
presenciando que una persona está siendo sacrificada,
desaparecida de su entorno. Nadie parece darse cuenta
del proceso, ni aun la víctima misma es consciente
de su propia destrucción. Es una gran paradoja. Toda
la información está ahí, al alcance
de cualquiera que quiera visionarla, estudiarla y sin embargo
los que participan en el proceso unas veces se incorporan
a él, activamente participan en la aniquilación
del chivo expiatorio que otorgará al grupo protección
y garantías de subsistencia y otras sin embargo simplemente
observarán, haciéndose testigos mudos de una
tortura injustificada, de un espectáculo
sádico, que debería resultar repugnante
y que sin embargo llega a ser morbosamente atractivo
para el grupo.
Y
es que la información sin la comprensión humana
es como una respuesta sin pregunta, carece de significado.[1]
No nos enteramos de lo que pasa porque no nos preguntamos
siquiera si es que está pasando algo. Si no nos preguntamos
como se llama y a qué responde aquello que nuestros
sentidos nos ofrecen a la vista, no lo encajaremos en nuestra
clasificación de cosas ocurribles, de conceptos conocidos,
de lo que puede suceder: sencillamente no tiene existencia
lógica.
Si
además quienes podrían avisarnos tienen debilitado
su código ético, o simplemente suspendido
en algunos terrenos porque no se pueden no podemos-
permitir estas debilidades en un mundo en el que sobre todo
hay que conseguir cosas, dinero, posición, poder...,
tendremos el escenario de una tragedia cotidiana, previsible,
fatal.
En cuanto a la víctima, desde los primeros momentos
no puede percatarse de lo que pasa a su alrededor,
lo primero que hará su verdugo es desorientarle,
privarle de brújula y gobierno. Una vez conseguida
la privación de sus sentidos de orientación
y de su instinto de supervivencia,
iniciará sus ataques sistemáticos. No parará
nunca, la necesidad de exterminio en su devorador es absoluta,
no solo debe desaparecer de su vista el acosado, no es suficiente:
debe dejar de existir.
Para
ello ha desarrollado el más temible de los sistemas
de ataque y aniquilación, el de volver las armas
de su enemigo contra él. Una vez que su víctima
ha perdido la autoestima la batalla está virtualmente
ganada, la mente, que busca demasiado ávidamente
la lógica de los acontecimientos hace el resto, al
no encontrar razones para esta situación, la víctima
se culpabiliza y le hace el trabajo sucio a su verdugo al
acosador perverso y narcisista que ya solo tiene que sentarse
a disfrutar del espectáculo.
Pocas
afirmaciones describen mejor este fenómeno como la
del profesor Leymann: En las sociedades de nuestro mundo
occidental altamente industrializado, el lugar de trabajo
constituye el último campo de batalla en el que una
persona puede matar a otra sin ningún riesgo de llegar
a ser procesada ante un tribunal.
No
es sensacionalismo que los estudiosos de este tremendo fenómeno
describan como psicoterror o asesinato psíquico lo
que comete un acosador, ni el calificativo perverso está
fuera de contexto: La perversidad no proviene de un trastorno
psiquiátrico, sino de una fría racionalidad
que se combina con la incapacidad de considerar a los demás
como seres humanos. [2]
También
nos resulta chocante que se atribuya como motivación
de las acciones de acoso la pura y simple envidia. Para
las mentes razonablemente sanas la envidia nunca puede constituir
móvil para un asesinato, ni psíquico de ninguna
otra naturaleza, a lo más para una actitud vil que
reconcome a quien la siente y que sencillamente parece que
no afecta al envidiado: solo la padece quien la genera.
¡Craso
error!,
la
maldad existe encarnada en personas; las personas perversas
además pueden ser envidiosas; un acosador perverso
que sienta envidia necesitará ir devorando uno tras
otro a todo aquel que le suscite ese malestar, no será
una venganza, será un puro acto de depredación,
lo que hace el vampiro para pervivir: chupar sangre, solo
alimentarse.
El problema del mobbing es el problema de la falta de ética,
de la carencia de moral. El acoso psicológico existe
porque existen personas para las que vale todo con tal de
seguir subiendo por su escalera que no les llevará
nunca a parte alguna; a lo más a dejar tras de sí
un reguero de cadáveres laborales. Podrán,
eso sí, contemplar cómo los demás viven
más abajo donde se hace necesario apoyarse unos a
otros para pasar las noches frías, que así
se hacen llevaderas, y lo harán desde su inmensa
y triste soledad, desde el desolador conocimiento de su
propia mediocridad, desde la lacerante necesidad de destruir
todo lo ofensivo a sus grises ojos vulgares.
El problema del acoso moral en la administración
es el problema de la aceptación de la burocracia
como fin en sí misma, del imperio del sistema de
cambiar los papeles de mesa como medio de eludir las responsabilidades
profesionales, como mejor forma de garantizar la estabilidad
de una retribución que está ya garantizada.
Es el problema de la cobardía, de la indiferencia,
de la contemplación dolosa y hasta gozosa a veces,
del daño ajeno, de la complicidad y también
del sádico disfrute de un sacrificio que equivocadamente
se cree útil, eficaz para la comodidad, para la seguridad
de un grupo ante el depredador.
Pero
también es la oportunidad de revisión al alza
de conceptos aparentemente fijos como la amistad, la soledad,
lo necesario y lo superfluo, el amor, el crecimiento...
Es,
para los supervivientes, un profundo estudio sobre lo desconocido,
sobre uno mismo. Una oportunidad única para crecer
por donde deben crecer los hombres: por dentro. Por aquellos
recónditos lugares donde sólo la propia mirada
de uno puede llegar; por los vericuetos de la propia aceptación
y de la seguridad verdadera, esa que nace en la persona
y que carece de vocación de ser transmitida ni comunicada,
que solo aspira a ser apreciada por aquel en que florece.
Es una sima profunda en un mundo plano donde uno puede quedar
sepultado por el desconocimiento de los otros y por la peor
y más pesadas de las losas mortuorias: su propia
incomprensión.
Es
también el descubrimiento de que el mal es de carne
y hueso y de que no se quedó en aquellos crueles
cuentos que de pequeño creíamos innecesarios.
Es la confirmación de eso que nunca hemos querido
acabar de entender por más que nos lo han dicho:
que hay personas malas, que hay quien careciendo de ningún
motivo contra ti, te ataca, vuelve tus debilidades contra
tus propios muros y hace que los socaves tu mismo al ritmo
que te fija. El descubrimiento de que hay quien es capaz
de aniquilarte sin perder la sonrisa; esa sonrisa que no
es tal, porque no es reflejo de nada en el interior y sí
un maquillaje con el que ir por la vida de paso, sin anidar
en ningún rincón templado y acogedor de esos
que hay en todas las esquinas.
La
historia del acoso moral es el relato de que nadie podría
haberte hecho eso a ti, víctima, sin tu colaboración,
de que nadie podría haberte hecho eso sin que te
hubieras abandonado un poco a ti mismo, de que has debido
de ser menos compañero de ti que de los demás;
que en ti también son exigibles y necesarios todos
aquellos derechos y principios que merecen los otros.
Es
la historia de un actor y de una víctima. Es la confirmación
de que Superman no viste de azul y rojo y que a veces llora
y de que sus lágrimas también saben a sal
y que su apellido, que lo tiene, puede ser el tuyo; pero
que existe y que hace cosas más difíciles
que las del comic: se levanta a las siete y lleva a los
niños al colegio, consigue, un día más,
llegar a la oficina y resistir hasta mañana... ,
y volver a empezar. Y que todo eso lo ha podido hacer cuando
le habían robado el espíritu, eso que hace
que la gente salga de su caliente cama hacia la helada y
a la guerra diaria con ánimo, con moral. Que la h
de héroe se escribe con minúscula, con una
de esas letras familiares de la sopa de toda la vida.
Es
también la historia que nos cuenta que, incluso cuando
no nos vaya la vida ni la muerte en ello, a aquellos capaces
de dañar hay que apartarlos de donde puedan desarrollar
sus faltas a la humanidad, sus ataques injustificados
y que aunque ni nuestra vida ni condición dependan
de ellos, no debemos dejarlos seguir atentando contra la
inocencia. Porque pasar página nunca es olvidar,
sino superar y porque un poco de nosotros está en
cada víctima del fúnebre reguero que puede
dejar en su camino un acosador, y si podemos debemos eliminarlo
con la serena acción del que mata una tarántula
de la cabecera de la cuna de un bebé. Si podemos,
si supiéramos hacerlo, la meteremos en una urna para
estudiarla, es bueno poder saber del cómo y por qué
de estas cosas, quizá haya quien las pueda sanar.
Pero si no está garantizada la supervivencia de los
que están en su radio de acción se debe eliminar
con astucia, precaución y mucho valor. Todo lo que
merece la pena en la vida empieza con algo de valor...,
¡no saben lo que se pierden los cobardes!.
No
hay que confundir esto con correr riesgo, no merece la pena
ningún riesgo más, el tiempo dará las
oportunidades que hagan falta, si no podemos nosotros otros
lo harán después. Lo importante es saberlo
y advertir a quien pueda caer en la telaraña. Una
vez superado, cuando ya el antídoto de la seguridad
ha hecho su efecto sobre su picadura, puede llegar a ser
hasta entretenido, incluso divertido si se ha llegado más
allá, poder estudiar a la fiera, fuera ya de su alcance,
observar sus reacciones de ataque a nuestros señuelos.
Si lo hacemos de buena fe y en el momento oportuno, sin
ánimo de dañar sino solo de destapar su disfraz
podrá ser hasta divertido, pero solo si se hace con
espíritu deportivo y noble, como un arte marcial,
tendremos el reconocimiento del entorno y el más
exigente: el nuestro. Así estaremos legitimados para
interpretar, para engañar, para generar ataques de
envidia, de rabia, de impotencia, pues en eso se convertirán
ya sus reacciones cuando las hagamos previsibles y podamos
controlar su alcance, solo al final de todo este proceso.
No podemos caer en la venganza o ese yelmo mágico
que nos cubre desaparecerá y todos podrán
ver nuestra vergonzosa desnudez, exenta de fortaleza justiciera.
======================
Ricardo Pérez-Accino Picatoste
rpaccino@wanadoo.es
--------------------------------------------------------------------------------
[1] Archibald McLeish
[2] El Acoso Moral. Marie-France Hirigoyen