DETECTAR AL MANIPULADOR

 

Un manipulador es quién emplea a los demás como si fueran cosas. Es quién dice las cosas con la intención de que otra persona reaccione de determinada manera. La marca del manipulador es que esconde sus verdaderos sentimientos. Sus palabras dicen una cosa, y su lenguaje corporal, otra. Manipula a los demás para que le den lo que necesita, pues se considera incapaz de proporcionárselo él mismo. Aprendimos desde pequeños que ésta era la forma en que podíamos conseguir lo que necesitábamos, es cuando nos fuimos separando de nosotros mismos. Pero cuánto más nos servimos de nuestro potencial para manipular a otros, cuánto más culpamos a los demás, al irnos separando más de nosotros mismos, más neuróticos y más enfermos nos volvemos.

Lo opuesto del manipulador es el ser auténtico.

Una persona auténtica confía en sus sentimientos, comunica sus necesidades y sus preferencias, admite sus deseos y sus culpas, ofrece ayuda verdadera cuando se necesita y, entre muchas otras cosas, es honesta y constructivamente vehemente. Por otra parte el manipulador por lo general esconde y disfraza sus sentimientos verdaderos detrás de un repertorio de conductas que recorre la escala desde una hostilidad arrogante hasta una lambisconería servil en su campaña continua por satisfacer sus propios deseos.

La paradoja es que cada uno de nosotros es en parte un manipulador y en parte auténtico, pero que podemos volvernos cada vez más auténticos expresando nuestro verdadero ser, aquello que sentimos y necesitamos.

Hay muchas formas de manipulación, algunas de éstas son:

Con el silencio;

con las enfermedades;

con la fuerza física;

con la agresión verbal;

con la amenaza de muerte;

con la seducción;

con el dinero;

con la indiferencia;

con la sobreprotección;

con las expectativas;

con la represión;

con la debilidad;

con la fortaleza, etc.

Al manipular tratamos de obtener lo que necesitamos de los otros pues tenemos miedo de perder la aprobación de los demás.

El pedirle a los demás que satisfagan nuestras necesidades tiene sus riesgos: pueden negarse a hacerlo, pueden lastimarnos, rechazarnos o abandonarnos. Si los manipulamos, la posibilidad de sufrir un rechazo directo es menor porque, la mayor parte de las veces, la manipulación no permite que la persona que está siendo manipulada se dé cuenta de que la estamos utilizando; sin embargo, con el tiempo puede descubrirlo y mostrar resentimiento a menos de que al satisfacer nuestras necesidades haya satisfecho las propias.

La manipulación indirecta puede tomar la forma de una actuación representando el papel de personas desamparadas, de la formulación continua de preguntas, del intento de parecer estar lastimados o de una infinidad de comportamientos que hacen que la persona manipulada sienta que el manipulador no puede enfrentarse a la vida sin que se le ayude. Desgraciadamente esto se convierte en hábito.

De esta manera, la manipulación que hacemos de los demás sustituye la comunicación genuina que podemos tener con ellos y nos mantiene dependientes de las respuestas que puedan dar a nuestras necesidades.

Nuestra tendencia a utilizar técnicas para manipular disminuye conforme situamos nuestros deseos en una perspectiva clara y comprendemos que existen otras formas de satisfacer nuestras necesidades. Así mismo, los riesgos que implica expresar nuestras demandas de manera directa también disminuyen, en consecuencia, podemos estar más dispuestos a utilizarlas, lo que nos permite tener mayor capacidad para responder.

http://www.fundacionbacc.com/manipular.htm

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