ENVIDIA e INFERIORIDAD

La envidia
Por M. VIDAL GARCÍA
(extractos)
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Envidia e inferioridad
El Diccionario de la Real Academia dice de la envidia que es "la tristeza o pesar del bien ajeno", pero esta definición parece algo pálida si consideramos las múltiples manifestaciones de este fenómeno psicológico. Para empezar, señalemos que de la tristeza del bien ajeno a la alegría por el mal ajeno sólo hay un paso, y a esta última también la categorizaríamos como envidia. Hay muchas formas de envidia y los sentimientos de inferioridad constituyen su piedra angular.
La envidia no puede ser entendida en todo su espectro sin considerar las sensaciones de precariedad narcisista y las vicisitudes de las pulsiones agresivas en la infancia, dentro del seno familiar. En efecto, las diversas modalidades de envidia no son sino un eco de los sentimientos de inferioridad y rivalidad sufridos por el niño en su desarrollo psicológico, con padres, hermanos y otras figuras significativas. La envidia instaurada en el carácter del adulto es, por lo general, una reacción ante las experiencias de pequeñez y desvalimiento de la infancia. Esto da cuenta de su universalidad y su frecuente irracionalidad. En cada persona, la intensidad de la envidia estará en función de sus sensaciones reprimidas de insignificancia. Las manifestaciones de la envidia generalmente nos dirán más de los sentimientos de inseguridad del envidioso que de la personalidad del envidiado.
La envidia es maladaptativa porque estropea y, en ocasiones, anula completamente el placer de la admiración, el gozo de la amistad, la utilidad del compañerismo y la solidaridad, el júbilo por los logros de otros, la contemplación de la belleza, de la habilidad, del ingenio y, también a veces, el simple deseo de emular al mejor. La envidia, pues, puede suponer un impedimento psicológico muy serio y siempre es fuente de sufrimiento.
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Formas de envidia
Pueden hacernos sentir envidiosos numerosas cualidades de
otras personas: su talento, su juventud, su renombre, su belleza, sus posesiones
y hasta su virtud
Es común que un sujeto sienta envidia, en alguna de sus numerosas
manifestaciones, hacia alguien y, simultáneamente, profese adoración
acrítica hacia otra persona. Se trata de las dos caras de una misma
moneda. Este fenómeno es consecuencia del mecanismo psicológico
de la escisión, al que suele añadírsele la defensa psicológica
de la racionalización, que permite al sujeto dar cuenta de por qué
cierta persona con atributos superiores es merecedora de descalificaciones,
mientras que otra lo es de adhesión incondicional (léase identificación
con su grandeza real o imaginaria).
El proceso de la escisión tiene su origen en los sentimientos de dependencia del ser humano en su infancia. De los poderosos adultos que le rodean hay acciones que le gratifican y acciones que le frustran; las primeras generan amor, las segundas, odio. Una manera típica de liberarse de la tensión que esto le provoca es escindiendo las figuras significativas en "buenas" y "malas"; por ejemplo, en una "madre buena", objeto de veneración, y una "mala", objeto de rencor. El paso siguiente es el que llevan a cabo los mecanismos psicológicos del desplazamiento y la generalización a otras personas inconscientemente representativas de las figuras significativas de la infancia.
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Envidia y odio
Es odio lo que, de forma natural, sentimos hacia aquéllos que nos maltratan o nos humillan. El odio es, o así nos parece, una pasión reactiva a una ofensa y, como tal, nos resulta más admisible que la envidia. Así, con frecuencia, procuramos hacer pasar a ésta por aquél, del modo en que Yago, alférez de Otelo, intentó disfrazar su envidia al gran moro de Venecia de odio "justificado". Los malos deseos resultan entonces mucho más tolerables al Superyó y se reducen los sentimientos de culpa.
En el odio puede haber un componente muy importante de placer,
sobre todo si se perpetra una venganza que creemos que reparará alguna
situación de indignidad. La envidia, sin embargo, como se ha visto,
no constituye nunca una experiencia placentera: nos pone en contacto con nuestras
sensaciones de inferioridad de forma demasiado directa. La envidia siempre
supone sufrimiento.
Ocurre, tanto con el odio como con la envidia, que tienden a ser más
intensos cuanto más conocidas o próximas son las personas objeto
de dichos sentimientos.
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Soluciones
La mente humana tiene que recurrir a diversos mecanismos de defensa inconscientes, para restaurar la autoestima lesionada en las comparaciones envidiosas y equilibrar así la homeostasis narcisista. Estos mecanismos pueden ser más o menos adaptativos. Llamamos patológicos a aquellos patentemente maladaptativos. Un caso extremo de éstos puede ser el de los individuos que cometen actos "grandiosos" de terrorismo o el de aquéllos que atentan contra celebridades admiradas/envidiadas.
En el estudio de las múltiples formas de presentación de la envidia es crucial comprender que todos los seres humanos tenemos que negociar intrapsíquicamente de alguna manera el dolor de nuestra vanidad herida en las comparaciones desfavorables. Ninguno nos libramos. El refrán "Si los envidiosos volaran, no nos daba nunca el sol" es inexacto; la conclusión correcta seria, "¡No quedaría nadie con los pies en la tierra!". Aquéllos que aseguran no haber sentido nunca envidia están afirmando lo imposible. Como mucho, puede que no hayan estado conscientes de ella.
Los modos en que nos protegemos de la aflicción de la envidia dependen de la intensidad de ésta y del repertorio de las defensas psicológicas a nuestra disposición. Éstas pueden dividirse en dos grandes grupos:
1)
el de aquéllas encaminadas a eliminar las características envidiadas
o al individuo mismo que las posee, y
2) el de aquéllas destinadas a lograr una fusión fantaseada
con la grandeza del individuo envidiado.
El primer grupo de defensas es característico de la envidia propiamente dicha. Las del segundo están más relacionadas con la admiración.
La psicogénesis de la admiración -comúnmente
tipificada como "envidia sana"- se debe a la misma motivación
que la envidia "malsana", pero en lo manifiesto se trata de soluciones
defensivas muy distintas; diríanse opuestas.
Puede mencionarse algo también acerca de las reacciones defensivas
no del envidioso, sino del envidiado. Éste, por prudencia, puede ocultar
o disimular sus cualidades o posesiones; "Si tu dicha callaras, tu
vecino no te envidiara", dice un refrán castellano.
El envidiado puede optar por soslayar conscientemente o ignorar inconscientemente las malas intenciones de sus semejantes. Puede inclinarse por pensar que la envidia del prójimo es señal de su propia superioridad; "¡se apedrean las plantas que dan fruto! ¿Quién del árbol estéril hace caso?". O puede preferir creerse invulnerable o sentirse despreciativamente indiferente a la rabia de otros; "¿Qué le importa a la luna, allá en los cielos, Que le ladren los perros de la tierra?" (Marcos Zapata, 1958).
Los atributos destacables y los logros excepcionales son los que atraen la envidia, "polilla del talento", como la llamara Campoamor. Pero la calidad y cantidad de ésta reflejan indefectiblemente los orígenes y el estado actual de la autoestima del envidioso, y es esto lo que descubrimos, una y otra vez, en el psicoanálisis clínico.
En los pacientes en análisis se observa cómo emergen de la represión las sensaciones de defecto, insuficiencia y privación que subyacen a la reacción envidiosa. La consiguiente toma de consciencia de estas sensaciones asociadas a los recuerdos de la infancia suele ser muy dolorosa, pero, por otra parte, posibilita al paciente el no acudir automática y regresivamente al recurso psicológico de la envidia: le libera de la compulsión a desear el mal al prójimo, distónica para su Superyó. Cuando menos, le atenúa lo forzoso de su propensión a arrastrar a otros hasta el nivel de su propia inferioridad (o por debajo), y le permite poder gozar, a veces por primera vez en su vida, de oportunidades y de placeres estéticos y morales antes bloqueados por la envidia.
Extraído de la web de anamib
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