| Cómo cargarse la universidad y además cobrar
por ello
por Agustín Velloso
Introducción.
Durante los días 20 y 21 de Octubre de 2006 se ha celebrado
en la Escuela Universitaria de Ingenieros Técnicos
de Telecomunicación, de la Universidad Politécnica
de Madrid, el Segundo Congreso sobre la Corrupción
y el Acoso en la Universidad Pública Española,
cuya página web es: http://www.2.uah.es/vivatacademia/congreso.htm
En esta página se encuentra toda la información
sobre este congreso y el primero (celebrado hace cuatro años
en la Universidad Complutense), por lo que no se va a presentar
aquí. Acostumbrada la sociedad española a los
continuos casos de corrupción política y urbanística,
que señala a salas de reuniones de ayuntamientos y
a oficinas de empresas constructoras, se tiende a pensar que
la universidad es un espacio ajeno a esos embrollos y que
en sus aulas y despachos los profesores únicamente
enseñan y estudian.
La realidad es muy otra, tal y como se desprende de las ponencias
de los participantes en los dos congresos, que a su vez son
reflejo del creciente número de denuncias en la universidad
y de demandas en los tribunales de justicia por parte de los
afectados de acoso y corrupción. Esto no es nada nuevo,
aunque sí el que sean cada vez más los que no
están dispuestos a callarse y tragar con todo lo que
les echan encima.
Hay casos de todo tipo, desde el profesor con poder que acosa
a otro que no lo tiene, con el conocimiento y el silencio
de otros profesores e incluso con su participación,
pasando por las oposiciones y contratos de profesorado amañados
en mayor o menor medida, hasta la falsificación de
diplomas, la entrega a empresas de datos personales de alumnos,
así como contratos, convenios y un largo etcétera
que incluye variados desmanes y abusos.
La universidad no es ajena en modo alguno a la corrupción
ni al acoso que se producen en otras instituciones. ¿Se
podría decir que más bien sucede lo contrario,
que abunda? Muy probablemente, pero no hay que olvidar que
varios factores contribuyen a que pase desapercibida:
los acosadores
y corruptos visten chaqueta y corbata, es decir, no tienen
aspecto de chulos ni delincuentes;
llevan muchos años abusando sin ser molestados dentro
ni fuera de la institución, con lo que conductas inmorales
e ilegales han pasado a ser consideradas normales por los
propios universitarios que las aceptan como una parte
más de su carrera profesional- y desconocidas por los
demás ciudadanos;
los resultados de sus acciones los pagan los acosados que
sufren -a veces lo indecible- y la sociedad entera que es
la que corre con todos los gastos -que son en ocasiones elevados
y se mantienen durante muchos años;
incluso en los contados casos en que acosadores y corruptos
comparecen ante la justicia, es el Estado el que cubre los
gastos originados, pues el sistema no les castiga y ni tan
siquiera les exige responsabilidades. Con otras palabras,
los juicios, si llegan, tardan años, las sentencias
no se cumplen o se buscan fórmulas para evadirlas (vía
discrecionalidad, autonomía universitaria, etc.), mientras
que el daño hecho no tiene remedio y la situación
se reconduce siempre a costa del contribuyente.
En
no pocas ocasiones cuesta creer algunas actuaciones de catedráticos,
decanos y rectores que son acosadores y corruptos, pero su
soberbia y su confianza en que no tienen que responder ante
la sociedad y mucho menos pagar por el mal hecho, dan lugar
a relatos que provocan la carcajada en el observador, aunque
ésta sea llanto para la víctima y perjuicio
para el resto de la sociedad. A continuación sigue
una ponencia presentada en el primer congreso, con el fin
de ilustrar este punto:
Que nadie piense que voy a hablar mal del equipo rectoral
de la Universidad a Distancia. A cambio voy a relatarles un
hecho histórico. Cuando Sigmund Freud partía
hacia el exilio en Londres hace más de 60 años,
la GESTAPO (policía político-social de Hitler)
le exigió que firmase antes de salir un documento que
decía que no había sufrido maltrato alguno.
Freud lo firmó y añadió de modo voluntario:
Recomiendo cordialmente la GESTAPO a cualquiera.
Antes de seguir recomiendo vivamente el equipo rectoral de
la Universidad a Distancia a todo el mundo, la GESTAPO incluida.
Con mi exposición ustedes tienen la ocasión
de dejar de lado las graves denuncias que se han presentado
en este congreso y relajarse un rato con los hechos de ficción
que voy a presentar. Como éstos no han tenido lugar,
quizás es superfluo recordar que la Universidad a Distancia,
según el artículo 103 de la Constitución
Española, ha de servir con objetividad los intereses
generales y actuar con sometimiento pleno a la ley y al Derecho,
pero ya está dicho. Por otra parte, es sencillamente
una casualidad que este ponente carga hoy día con un
expediente disciplinario, dos investigaciones reservadas,
una sanción de apercibimiento, el insulto de muchos,
la negativa sin justificación a sus legítimas
aspiraciones profesionales y el torpedeo vengativo de sus
planes de trabajo.
En junio de 1998, un profesor -que conoceremos como A.V.-
fue a examinar a los alumnos del Centro Asociado de esta universidad
en Guinea Ecuatorial. A su regreso entregó al rectorado
y a la Agencia de Cooperación Internacional el informe
preceptivo en el que resaltaba deficiencias graves: los libros
de texto no llegan o lo hacen tarde, igualmente las calificaciones,
no hay contactos profesor-alumno, no hay director, no hay
medios elementales, etc. En septiembre del mismo año
sucede lo mismo. El primero calla y la segunda lo agradece
mediante carta de su director general.
¿Qué hace un profesor cuando el día en
que comienzan los exámenes en febrero de 1999 un alumno
pregunta en voz alta en el aula si falta mucho para que lleguen
los libros? Pues escribe otro informe para que no se diga
de él lo que dijo Alfonso X el Sabio: Los que
dejan al rey errar a sabiendas, merecen pena como traidores.
Aquí las autoridades pierden la paciencia, una cosa
es recibir un informe una vez y otra es que un tío
pesado registre cada cuatro meses uno sobre la ineptitud de
éstas. Aquel director que agradecía los avisos
escribió al rectorado para denunciar a A.V por su falta
reiterada de espíritu de colaboración y buena
voluntad.
Es curioso que A.V. examinaba en Guinea Ecuatorial desde 1989
y, a pesar de tan mala conducta, no existe ni una sola denuncia
de alumnos ni colegas en los diez años que van hasta
1.999. ¿Cómo ve un director general a 5.000
kms. de distancia lo que no ven los alumnos en su casa en
años? ¿Qué gafas usa que no le dejan
ver los millones derrochados por su mala gestión en
Guinea Ecuatorial, pero ven la falta de buena voluntad de
un funcionario? Al marqués de Sade lo encerraron por
mentir mucho menos y tenía mucha más gracia,
sobre todo a la hora de atacar por detrás a traición.
A lo mejor resulta que A.V. sabe que el amigo del director
general, administrador de la Cooperación en aquel país,
entre otros chanchullos, contrató allí a su
novia con fondos destinados al personal local, esto es, para
africanos, no para españoles, mientras cobraba como
funcionaria que es del Ministerio de Cultura. Quizás
sabe que el administrador cobraba del Estado una cantidad
extra por vivienda pero vivía gratis en una vivienda
de la Cooperación. A lo mejor sabe que las administrativas
son conminadas a no archivar ciertos documentos como los contratos
mencionados.
Cuando el vicerrector de Asuntos Internacionales recibió
el escrito, tenía dos caminos a seguir. Pudo decir
a A.V.: ni te defiendo ni te acuso, pero has de explicarte
al respecto. Pero siguió el que convenía a su
carrera: le prohibió examinar en Guinea Ecuatorial
sin mencionar su derecho de contradicción, de audiencia,
sin aporte de pruebas. Entre pedirlas a un director general
que además le facilita sus proyectos y acallar a un
inferior, la elección era fácil. A.V. protestó
con estas palabras: las prohibiciones se comunican por
escrito y motivadas.
El excelentísimo cortó la conversación
con la misma promesa que hizo famoso a Al Capone poco antes
de la matanza de San Valentín de 1929: si vas
por ese camino vas a sufrir mucho. En ese momento A.V.
no entendió el significado de esas palabras, para él
los que sufrían eran los alumnos abandonados y el prestigio
de la universidad. Respondió por escrito con la ingenuidad
propia de la inexperiencia, poco más tarde perdida
para siempre: Con mucho gusto rectificaré el
informe y pediré excusas por mi comportamiento donde
se haga necesario.
Pero ya se sabe que el poder no ilumina a los tontos sino
que los confunde y los hace necios, así que respondieron
a la humildad con el castigo: no se asumirán
las comisiones de servicio de A.V. Éste preguntó
a los alumnos ecuato-guineanos su opinión sobre su
trabajo y obtuvo muchas opiniones como: Es magnífica
su labor y su comportamiento. Deseo que sigas llegando siempre.
Gracias y como conocedor de las dificultades que
atraviesa la universidad, debería interceder cerca
de las autoridades. Luego se las envió a las
mismas autoridades.
Eso fue el acabóse, desde entonces se le prohibió
viajar sin explicaciones. A.V. acudió al Servicio de
Inspección, escribió al rectorado una y otra
vez, incluso al Ministerio, pero no obtuvo respuesta. Se hizo
un silencio oficial al tiempo que se extendieron rumores sobre
A.V. en los que figuraba el tráfico de drogas, actividades
políticas, la lucha con colegas por la dirección
del centro de la universidad en Guinea Ecuatorial, etc. Al
no encontrar justicia en su casa, se fue al Defensor del Pueblo
y luego al Senado y al Congreso. Éstos le escriben
muy espaciadamente para comunicarle que han tomado nota de
su queja y que piden a las autoridades aludidas informes de
lo sucedido.
Eso es todo. Punto final para la Administración. Ni
la universidad ni estas instituciones, mediando amenazas y
castigos allí, buenas palabras y mucho papel timbrado
aquí, han hecho lo más fácil: demostrar
si A.V. tiene o no razón en sus denuncias. Con el paso
del tiempo se entiende la táctica: no investigar lo
denunciado sino desviar la atención al denunciante.
Nadie recuerda las palabras de Cromwell a la Iglesia en 1650:
Yo os ruego, por las entrañas de Cristo, que
penséis que es posible que estéis equivocados.
Desde entonces sucede lo habitual en el acoso moral: el rectorado
no envía los documentos que solicita A.V. para poder
hacer valer su derecho, o lo hace tarde, incompletos, etc.
Pero la vida sigue su curso y una ong le ofrece un puesto
de cooperante en África y pide al rectorado la correspondiente
comisión de servicios. El vicerrector de Asuntos Sociales
responde que ese profesor tiene un contencioso contra la universidad
y que por ello no se la concede, argumento que define perfectamente
la pestífera actitud del equipo rectoral.
Curiosamente, el rector da la razón implícitamente
a A.V., al nombrar un director del centro de la universidad
en Guinea Ecuatorial. Poco después, en septiembre del
2000, éste es denunciado por otros profesores por haber
facilitado las respuestas de los exámenes a las dos
únicas alumnas blancas en un centro universitario
de negros. Qué casualidad que una es esposa
de un cargo de la Unión Europea y que otra solicitaba
una plaza en la embajada española para la que no tenía
la titulación exigida, salvo si aprobaba esos exámenes.
Qué casualidad que ambas habían suspendido los
mismos anteriormente. Qué casualidad que han quedado
fuera aspirantes de más mérito pero sin relaciones
privilegiadas.
A.V. publica el escándalo en la universidad porque
el rector lo mantenía tapado durante meses y no tenía
intención de hacer justicia al respecto. Como respuesta,
el rector ordena una información reservada, ojo, no
sobre el director, sino sobre A.V. Finalmente el instructor
propone su archivo. Pero el rector desoye la propuesta y ordena
un expediente disciplinario, ojo, no sobre los hechos denunciados,
sino sobre el denunciante, es decir, otra vez A.V. A pesar
de peinar canas no tiene empacho en aparecer ante la comunidad
universitaria como un tipo vengativo y un pésimo gestor
o algo peor.
Entonces se produce una reacción que a primera vista
parece propia de una sociedad feudal y no de una comunidad
universitaria: muchos callan y algunos piden la cabeza de
A.V. para acabar con el malestar general, sin saber, mejor
dicho, no querer saber, que la forma de atajar el escándalo
es esclarecer la verdad y no aumentar el castigo, pero la
relación entre vasallaje y corrupción en la
universidad es una cuestión que nos distrae ahora.
Si se observa el asunto con más detenimiento se cae
en la cuenta de que el equipo rectoral ha entronizado un sistema
que se equipara al de la omertá: todo el mundo guarda
silencio, tú no te metes en mis asuntos y yo lo mismo
contigo, yo no entro en tus manejos y tú tampoco en
los míos.
De repente, el claustro guineano escribe al rector refiriéndose
a A.V.: no se debe tolerar un comportamiento que aminore
los denodados esfuerzos desplegados tanto por parte del rectorado
como de la universidad en Guinea. Se trata de una magnífica
muestra de adhesión a los principios inquebrantables
del Movimiento, pero que lamentablemente llega con 40 años
de retraso. Al rector no le quita el sueño que la firma
únicamente un ecuato-guineano a sueldo del director
denunciado y sabe que un claustro es un órgano colegiado,
no unipersonal, y que en Guinea Ecuatorial nunca ha sido constituido
uno en esa universidad.
Lo que el rector intenta esta vez es hacer ver que es en Guinea
Ecuatorial donde no quieren a A.V. y que por ello no lo envía
a examinar allí. El rector y su brazo derecho, el vicerrector
de Asuntos Internacionales, se convierten una vez más
en el hazmerreír general al ocultar que los alumnos
dijeron claramente lo contrario por escrito en la encuesta
citada. Pero como temen más a A.V. que al ridículo,
reúnen a los secretarios de nueve facultades y escuelas,
supuestamente personas con estudios, en torno al escrito y
todos deciden que al haber sido reprobado A.V. por el
claustro de Guinea, no se le comisiona como miembro
de los tribunales de exámenes allí. Ninguno
de los nueve ni la secretaria general de la universidad que
los preside citan la ley del BOE que autoriza a claustros
unipersonales e inexistentes de otros países a reprobar
a profesores funcionarios. Quizás nombren a los diez
reunidos doctores honoris causa en estulticia agradecida y
al rector premio Nobel de daño con escarnio a la cosa
pública. Mientras, las cabezas pensantes de la universidad,
si piensan algo, se lo callan.
En enero de 2002, A.V. declara como imputado en el expediente
disciplinario que se le incoa. Los cargos son: difundir masivamente
acusaciones gratuitas y escritos difamatorios contra autoridades
académicas y causar incidentes en los exámenes.
Cinco meses después un nuevo instructor propone el
archivo porque no se interrumpió ningún
examen, no se ha difundido información confidencial
y no encuentra difamación alguna contra autoridades
académicas, o sea, exactamente lo contrario de
lo que dicen los cargos
¿Quién responde de las acusaciones falsas? Nadie.
¿Quién se retracta? Nadie. ¿Quién
pide disculpas? Nadie. Pero el mal causado a A.V. ya está
hecho, el que se hace a los alumnos sigue haciéndose,
el prestigio de la universidad cae más que la bolsa
y los profesores jóvenes reciben lecciones inolvidables:
allá van leyes do quieren reyes, no te muevas si quieres
salir en la foto, calla y obedece o lo pagarás caro,
etc.
El equipo rectoral, que tiene peor perder que Bush, Blair
y Aznar, no puede ocultar su desagrado con el informe del
instructor y comunica a A.V. el archivo del expediente mediante
estas palabras que firma la secretaria general: no es
normal la difusión pública de una carta que
se ha recibido (se refiere a una denuncia contra la universidad
de un alumno de aquel país) y se revela una notable
falta de compañerismo al hacer pública la denuncia
que otros dos profesores han presentado contra un tercer profesor.
Con otras palabras: si un profesor observa una acción
ilegal ha de primar el compañerismo sobre el cumplimiento
de la ley. Además, si un alumno pide a un profesor
que publique una denuncia, éste ha de negarse porque
lo normal en un Estado de Derecho es tapar las denuncias.
La guinda la pone al final: Pero el que estas conductas
sean reprochables desde un punto de vista deontológico
no significa que puedan ser sancionadas disciplinariamente.
Conclusión: que las autoridades universitarias tienen
un código deontológico que desconocen los demás
mortales, sus propios jueces instructores incluidos. En esas
manos estamos.
El resto hasta hoy es más de lo mismo: se cierra un
expediente contra A.V. y aparece otro, pero nunca sobre sus
denuncias. A.V. fue designado para examinar en Guinea Ecuatorial
en septiembre de 2002, pero ha sido excluido una vez más
sin motivación escrita. A estas alturas parece agotada
la imaginación del equipo rectoral. No puede seguir
acumulando acusaciones contra A.V. que luego se diluyen en
los expedientes disciplinarios. Un aventajado imitador del
rector, el vicerrector de Calidad e Innnovación, ha
debido de ver últimamente en las noticias algo sobre
la guerra contra el terrorismo y ha dicho que no dejan a A.V.
ir a Guinea Ecuatorial por su seguridad, que están
preocupados por si le ocurre algo. ¡Cuánta delicadeza!
Desde luego, qué menos que sigan cobrando por ello,
¡que les suban el sueldo ya!
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