Los últimos días de Sartre
Por GERMAN URIBE
GERMAN URIBE nació en Colombia en 1943. Ha publicado
El ideario de una vocación política Vitola,
Literatura y Política (tres tomos), El ajusticiamiento,
Detrás del silencio, El semental, Bruna de otoño,
Con tu perfume de mujer. Actualmente reside en Bogotá,
en donde se dedica de tiempo completo a la literatura, la
filosofía y el periodismo.
Desde Colombia / Librusa
Pocos días después de la
Semana Santa de 1979, los parroquianos del barrio Montparnasse
en París pudieron observar en el interior de La Coupole
o en la terraza del café Dôme, a un hombrecito
ciego, tembleque, mal afeitado y casi decrépito blandiendo
con dificultad su vendada mano izquierda. Era evidente que
quienes lo podían reconocer quedaban asombrados.
Se trataba de Jean Paul Sartre, la más alta expresión
de la inteligencia y el pensamiento del siglo XX, el gran
activista de la libertad en nuestro tiempo, que venía
de ser el protagonista de un caso típico de baranda
policial. Un poeta loco, Gerard de Cléves, de origen
belga, a quien Sartre acostumbraba ayudar de vez en cuando
con algún dinero, en una de las salidas que se le
permitieron de la clínica psiquiátrica resolvió
acosar a su benefactor presionándolo a diario.
Sartre le dio dinero durante varios días consecutivos
hasta que, harto, le advirtió que no le recibiría
de nuevo. Pero ocurrió que un día el hombre
volvió furibundo, y mientras discutían
por encima de la cadena de seguridad de la puerta -que
Sartre no había querido quitar para que aquel no
se entrara-, el poeta enajenado sacó un cuchillo
con el que le cortó su mano izquierda. Luego comenzó
a golpear con violencia el portón que entre Sartre
y su hija adoptiva, Arlette Elkaïm, lograron cerrar
desesperadamente. El forcejeo fue tal, que pese a que la
puerta estaba blindada, estuvo a punto de derrumbarse. Arlette
llamó a la policía. Los gendarmes, sin embargo,
se vieron a gatas para detener al hombre por entre los pasillos
del edificio. La mano de Sartre comenzó a sangrar
profusamente hasta que le fue curada y vendada. Esto ocurría
un año antes de su muerte.
El asedio de las miradas turbias
Los últimos doce meses en la vida
del filósofo de la libertad no debieron ser, además,
muy consoladores para él en lo que se refiere a la
comprensión de sus amigos más íntimos.
Es que hay que pensar en lo que debió haber sufrido
ese viejo ciego y tierno, generoso y sencillo, libre y terco
y por añadidura terriblemente orgulloso, pese a la
capacidad crítica que tenía de autocuestionarse,
de reconocerse en sus propios errores y de corregirlos con
sabia resignación. Porque el orgullo -no soberbia-
que lo acompañó siempre, fue un orgullo inteligente
y racional. Pero este anciano tembloroso y tímido
comenzó a sentirse asediado por las miradas turbias
de sus más próximos (cuánta razón
tuvo al desarrollar sus observaciones sobre la mirada de
los otros y al afirmar que son precisamente ellas, las miradas,
el infierno del otro), a verse regañado, incluso
a sufrir de sus más queridos, viejos y leales compinches
como Pouillon, Simone de Beauvoir, Bost, Lanzmann y
otros, el rigor de la censura a su pensamiento y
la asechanza final a la publicación de sus ideas,
como ocurrió con el último reportaje que concediera
a Pierre Victor para el semanario Nouvel Observateur unas
semanas antes de su muerte. Y ejemplo de esa incomprensión
desmesurada y cruel, es esta declaración de Jean
Pouillon, su grande amigo, a Annie Cohen-Solal: Para mí
era angustioso, cuando comíamos juntos, ver como
se le caía la comida de su tenedor sobre las piernas,
lo que exasperaba al castor (Simone de Beauvoir) y enseguida,
darme cuenta de la dificultad con que él seguía
una conversación normal; se demoraba un cuarto de
hora para respondernos alguna cosa pertinente. Bost, Lanzmann
o yo mismo hubiésemos podido prestarle la ayuda que
le prestaba Victor (su secretario durante los últimos
siete años) pero nosotros no teníamos tiempo.
Con razón Françoise Sagan
en su último libro, Con mi mejor recuerdo, explicando
su emotivo homenaje Carta de amor a Jean-Paul Sartre - Carta
ésta escrita precisamente el día en que Sartre
celebraba su último cumpleaños, el 21 de junio
de 1.979-, expresa indignada: Debo confesar que contrariamente
a lo que relatan sus allegados, a los recuerdos que tienen
de sus últimos meses, nunca me sentí horrorizada
ni molesta por su manera de comer. Por supuesto que todo
zigzagueaba un poco en su tenedor, pero era a raíz
de su ceguera, no por chochez. Me da mucha rabia los que
se han quejado en artículos o libros, afligidos y
despectivamente, de esas comidas. Hubieran debido cerrar
los ojos, si eran tan delicados, y escucharlo. Escuchar
esa voz alegre, valiente y viril, oír la libertad
con que hablaba.
Pero el afán por observar con respeto
y fidelidad histórica los pormenores más sobresalientes
que vivió y padeció durante sus últimos
doce meses, es lo que nos lleva a tratar de irnos de la
mano de la cronología hacia ese memorable 15 de abril
de 1.980 que lo vio expirar, no sin dejar antes de estremecernos
nosotros mismos ante la crapulosa rapacidad de las ambiciones
y la obcecación brutal de las incomprensiones en
que se vio envuelto al final de sus días.
Las mujeres son menos cómicas
que los hombres
El 4 de febrero de 1.980, dos meses antes
de su muerte, Sartre se hace un chequeo médico en
el hospital Broussais de París. Se le encontró
aparentemente normal. Los médicos no sabían,
ni pudieron intuirlo, que habiendo dejado el cigarrillo,
continuaba bebiendo en abundancia y amando más que
nunca a aquellos sus amores contingentes. Siempre, hasta
el final de su vida, estuvo rodeado de mujeres. Fue un mujeriego
irredento. Muchas de esas mujeres, todas inteligentes por
supuesto, ya han dado y seguirán dando sin duda sus
testimonios más encendidos. Por una de ellas precisamente
es que nos enteramos que un domingo por la mañana,
comenzando el mes de marzo de 1.980, es decir, a escasos
treinta días de su muerte, Arlette lo encontró
tirado sobre la alfombra de su habitación, con una
terrible resaca. Supimos -dice Simone de Beauvoir- que se
hacía traer botellas de whisky (1) y de vodka por
sus amigas, ignorantes del peligro. Las ocultaba en un cofre
o detrás de los libros. Aquel sábado por la
noche -la única noche que pasaba solo, cuando Wanda
se marchaba-(2) se había emborrachado. Arlette y
yo vaciamos los escondrijos; llamé a las amigas pidiéndoles
que no trajeran más alcohol e hice a Sartre vivos
reproches. (3)
Alrededor de anécdotas como éstas
se ha desatado dentro de la familia sartriana universal,
luego de su muerte, una encendida polémica. Los unos
no perdonan la divulgación de ciertas escenas que
aunque fueran verídicas, por lo íntimas y
privadas debieron haber sido extrañas al conocimiento
público. Para los otros, el mismo Sartre, totalizador
él, no hubiese aceptado como válido el hecho
de que se arropasen con velo de gasa las tripas de su vida
mundana.
Durante sus últimos años
las personas más cercanas a él fueron todas
mujeres, aparte de su secretario Pierre Victor, y casi todas
ellas sus amores contingentes. Cuántas mujeres no
se cruzarían por la vida del escritor que se confesaba
serenamente polígamo. De ellas decía que le
gustaban ante todo lindas y que las prefería a los
hombres porque le parecían menos cómicas (ya
Lacan había sentenciado que el hombre era particularmente
cómico); que tenían una sensibilidad más
desarrollada (4) y que sus conversaciones, fluidas y naturales,
se oponían a la pesadez del hombre siempre preocupado
por las ideas. Para complicarse la vida un solo pensador
basta y se sobra, debió haber concluido cuando decidió
que prefería su compañía.
Buscaba en ellas una atmósfera sentimental
e intelectual bien equilibrada para que los encuentros sexuales
no fueran degradantes a ninguno de los dos, y veía
enriquecidas sus ideas cuando estaban contagiadas por el
manto de la sensibilidad femenina. Pero nunca claudicó
de su escogencia radical por las mujeres bellas. Cuando
le preguntaron si alguna vez se había sentido atraído
por una mujer fea, respondió tajantemente: si era
real y completamente fea, no, nunca. Veía en la belleza
femenina una manera natural para desarrollar su propia sensibilidad,
y consideraba a la sensibilidad y a la inteligencia paralelas
en el ascendente desarrollo integral del ser humano. Con
los hombres, una vez que se ha hablado de política
o de algo parecido -dijo en cierta ocasión-, gustosamente
me callaría. Me parece que la presencia de un hombre
durante dos horas en un día, aunque no vuelva a verle
al día siguiente, es más que suficiente. Mientras
que con una mujer esto puede durar todo el día y
además continuar al día siguiente.
Pero con todo, hay que reconocer, por encima
de lo que diga Simone de Beauvoir (5), que fueron Victor
y Arlette las personas más cercanas a él durante
sus últimos años y particularmente durante
sus últimos meses.
La sagrada y la nueva familia
En el otoño de 1973 Sartre se enfrentó
a la ceguera definitiva. Pierden entonces interés
para él, por aquella época, las agitaciones
callejeras, los alborotos periodísticos, el Flaubert,
que de hecho abandona, la escritura, la lectura y hasta
su propio aspecto personal.
Poco se inmiscuye en el arreglo de su último
apartamento en el 29 del boulevard Edgar-Quinet y naturalmente
se desentiende de archivos, manuscritos y variados papeles
preciosos. Creí ver a un muerto, le dice Raymond
Aron a Claude Mauriac el 20 de junio de 1979, con ocasión
de una conferencia de prensa en el hotel Lutecia relacionado
con el Comité Un barco para el Vietnam. A los cuatro
años de edad había perdido su ojo derecho
y a los sesenta y siete viene a perder el izquierdo. Aparte
de la hipertensión y de la trombosis de una vena
temporal, el diagnóstico fue preciso: excesos diversos,
entre otros el alcohol, el tabaco, las drogas (coridrina,
mezcalina, etc.). Comenzaban pues
los años de la oscuridad física que vendrían
a abatirlo, a debilitarlo, a hacerle decir: Mi oficio
de escritor está completamente destruido. Y con
ella, con la ceguera que no perdona, se acumularían
los males del cuerpo, las pérdidas de equilibrio,
la mala circulación de la sangre, los dolores atroces
en las piernas. Se necesita ser demasiado inteligente para
padecer lúcidamente todo aquello. Y es entonces cuando
su carácter independiente y orgulloso se derrumba
y cede. Comienzan a aflorarle las muletas, todas ellas a
cual más absorbentes y posesivas. La dependencia
física de Sartre es deplorable aunque se haya propuesto
racionalizarla, dosificarla y soportarla estoicamente. Y
aparecen pues en su vida los dos personajes que a punta
de amor y lealtad, de constancia y sacrificio, de inteligencia
y visión futurista habrían de competirle a
Simone de Beauvoir su privilegiado sitial histórico:
Pierre Victor y Arlette Elkaïm. Victor, su último
interlocutor intelectual y políticamente válido,
el sucedáneo que escogiera él libremente y
con el cual pensaba no solamente revitalizarse, sino remitir
sus sueños de futuro, preservar su proyecto, prolongarse
en su propio pensamiento, era un joven filósofo judío
nacido en El Cairo, militante maoísta que respondía
al verdadero nombre de Benni-Lévi, y Arlette Elkaïm-Sartre,
nativa de Constantina, ciudad del nordeste de Argelia, también
judía, a la que Sartre conoció en julio de
1956 cuando la joven estudiante preparaba en Versalles el
concurso de ingreso a la Escuela Normal Superior de Sévres.
Ella le había escrito hablándole de algunos
trabajos escolares suyos sobre la filosofía sartriana
y detallándole la reprimenda que por ello había
recibido de parte de su profesor de filosofía. Esta
audacia, sumada a las dotes intelectuales que él
le viera y a su simpatía y personalidad, llevaron
a Arlette a convertirse, el 18 de marzo de 1956, en la hija
adoptiva de uno de los hombres más importantes del
siglo XX. Quizás, Arlette para lograrlo, supo hacer
suya la sentencia de Sartre de que la existencia no es
un regalo y que cada cual está obligado a legitimarla
con sus actos. Ella y Victor conocían muy bien
la filosofía sartriana del proyecto (6) y lo hicieron
a él, a Sartre, el suyo propio, habilitando con la
compenetración que alcanzaron con el filósofo,
el derecho a ser reconocidos no sólo como sartrianos
puros, sino también como los dos últimos compañeros
de ruta del sabio anciano ciego. La una como su hija, y
el otro como su amigo y sucedáneo intelectual.
Pero nada en esta vida nace o muere impunemente,
nada alcanza en gratuidad el verdadero color rosa, o el
estado ideal, o la eclosión de una de esas utopías
que añoramos con tanta frecuencia. En el entorno
de Sartre, el aleteo de los celos y las incomprensiones,
de la discordia y la competencia, afloran al tiempo que
ellos dos se acercan con su afecto. La antigua familia sartriana
reclama sus derechos pontificiales y se atrinchera en el
Templo; crea el Alto Tribunal Sartriano que está
representado en lo intelectual por Bost, Lanzmann y Pouillon
y en lo sentimental por Simone de Beauvoir. Sin embargo,
la nueva familia no se detiene y responde: Usted traicionó
a Sartre, dice Arlette a Simone de Beauvoir: ...y
sería una cobardía de mi parte continuar callada.
Yo hice lo posible por convertirme en sus ojos mientras
usted no hizo nada para sentarse a su lado y, leyéndole
punto por punto, le hiciera conocer aquello con lo que usted
no estaba de acuerdo con él. Créame que él
se sorprendió de que usted no hiciera nada...,
etcétera.
La ejecutora testamentaria de Sartre, su
hija adoptiva, Arlette Elkaïm, no sólo estaba
desplazando en los afectos a quien fuera su compañera
de vida durante 50 años, sino que repentinamente
y en forma acusatoria, venía a erigirse como la detentadora
de la verdad, al menos de la última verdad sartriana.
¿A cuál de las dos creerle? Creemos que ni
siquiera Sartre hubiera podido dirimir con justicia esa
querella. Pero también Víctor, cuyos siete
años de secretario y amigo íntimo le habían
dado ciertos derechos -no todos gratuitos por cuanto se
dice que llegó a conocer más a fondo la filosofía
sartriana que el mismo Sartre, e incluso que le condujo
las últimas lecturas al filósofo-, acosado
por insultos como el que le hiciera Goldmann de ser un talmudista
extraviado en el maoísmo, o el hombre de ninguna
parte, que dijera Maurice Clavel, o la prótesis de
naturaleza dudosa de Pouillon y que a sus 28 años
tenía la desfachatez nunca vista de tutear a Sartre,
debió responder que era lamentable que Simone de
Beauvoir no hubiese comprendido que su relación con
Sartre llevaba implícita la sobrevivencia intelectual
de éste.
Cuando Sartre conoció a Víctor,
éste último se encontraba atravesando una
difícil situación política. Era un
apátrida sin documentos legales en ningún
país del mundo. Sartre, a petición suya, resolvió
engancharlo como su secretario y asignarle un sueldo que
le permitiera aparecer ante las autoridades francesas como
alguien a quien podía dársele una carta de
estadía temporal. Pero con el tiempo fueron tales
las simpatías que desató en él, que
Sartre se dirigió al entonces Presidente de la República,
Valéry Giscard dEstaing, en una muy conmovida
y antisartriana nota rogándole su intervención
personal para que se le otorgara la naturalización
francesa a su protegido.
Entre otras cosas le decía: ...mi
vista reducida hará que la lectura y la escritura
me sean en adelante imposibles. Tengo por lo tanto necesidad
de este muchacho para terminar mi obra. Él me ayudará
a rematar mi Flaubert... ¡Y todo este humilde
y quejumbroso ruego dirigido nada menos que a un hombre
de Estado, ex ministro de De Gaulle y presidente de Francia!
Giscard, pese a conocer de la dificultad de la diligencia
por tratarse de un reconocido militante extremista, se apresuró
a complacer al invidente filósofo. Ya De Gaulle había
dicho en su hora que no se encarcelaba a Voltaire cuando
Sartre tuvo dificultades con la policía durante su
gobierno, y ahora Giscard advertía que no había
favores imposibles si se trataba de Sartre, un francés
que con su pensamiento supo fecundar como ningún
otro nuestro siglo. Ahora bien, en 1978 habría de
comenzar el estallido de la crisis última de la gran
familia sartriana. De pronto, Sartre no parece interesarse
más en sus antiguos discípulos, toma sus distancias
frente a Simone de Beauvoir a quien ve demasiado posesiva
y dominante, no quiere saber nada de Les Temps Modernes
y públicamente se le ve feliz, productivo y sereno
junto a sus dos nuevos discípulos. Sobrevive intelectualmente
gracias a ellos, ve por sus ojos, le leen y le informan,
sus mentes le sacuden su mente; Arlette le describe las
imágenes de las películas en T.V., lo lleva
a pasear a la casa que ella tiene en el midi; Víctor
le discute fieramente para que no se duerma, lo conmina
a que se repase y corrija, le alimenta sus sueños
de seguir escribiendo. Los dos le hacen ver que ellos prolongarán
su propio proyecto. Él entonces comienza a hablar
entusiasmado de su próximo libro que, desde luego,
se hará a dos manos con Víctor: Poder y Libertad.
Es para mí un libro sobre la política y la
moral que quisiera ver terminado al final de mi vida, declara.
Está radiante. No quiere que los celos de sus envejecidos
primogénitos enturbien su dicha. Intenta aislarse
un poco de aquellas tensiones pero no lo logra. Está
allí entre la jauría, impotente, casi dócil.
Y es entonces cuando uno imagina sus gestos confusos y su
aire perplejo recubriéndole el rostro de su inteligente
resignación y de su sabia paciencia. Cuando uno vislumbra,
además, su inexorable desconsuelo, lo profundo de
su tristeza y quizá también, por qué
no, su alegría de no poder ver la codiciosa mirada
de los otros posada sobre su endeble humanidad, devorándole
como buitres su propia razón y sus principios en
una lucha feroz por perpetuarlo como una momia histórica,
intocable, inmutable, y pétrea, que nada tiene que
ver con él y que él mismo rechazara en el
64 cuando la Academia sueca creyó recuperarlo con
el Nobel de Literatura desde Las palabras, suponiendo que
con ellas el autor se despedía definitivamente de
su provocadora vida intelectual, arrepintiéndose.
Y tiene que vislumbrarlo uno, por último, envidiando
desde su corazón generoso Una muerte muy dulce, (7)
él, que tendría una muerte tan amarga. Allí
nos parece verlo en el café Dôme, como lo vimos,
sombrío y ensimismado en medio del alboroto.
Un almuerzo sin palabras con Simone de
Beauvoir
Y es precisamente a raíz de una
serie de reportajes que toda aquella antigua unión
fervorosa de su familia se verá quebrantada. Luego
de una gira de cuatro días por Israel en compañía
de Arlette y Víctor, éste lo interroga y prepara
un texto con tres reportajes que envía a Nouvel Observateur
en donde no sólo tutea a Sartre, sino que firma:
Sartre-Víctor. Además, según los antiguos,
con conceptos débiles, ambiguos, contradictorios.
Una nueva filosofía vaga y blanda que Víctor
le atribuye, dicen. Lo arrastró a renegarse de sí
mismo, afirma Simone de Beauvoir, Arlette y Víctor
lo están manipulando, añade.
Ese giro sorpresivo del pensamiento de
Sartre no sería permitido. Se pone en acción
una desafiante fuerza de presión para impedir que
se publicara. Es lamentable, le reclama airada Simone de
Beauvoir a Sartre. Déjalo, yo no le doy ninguna importancia,
afirma ella que le respondió él. Y sin embargo,
la lucha continúa por impedir la catástrofe,
su publicación. Todos a una arrecian en su empeño.
Y es entonces, según parece, en ese mismo instante
en que ella le dice que es lamentable y él le contesta
que lo deje, cuando se produce la ruptura total y definitiva
de los dos viejos amantes del moderno siglo XX, dos meses
antes de que el filósofo de la libertad, de la existencia
y de la vida, muriera.
En medio de toda la barahúnda, dice
Jean Daniel, el responsable de Le Nouvel Observateur, estaba
a punto de llamar a Sartre en presencia de Horst y sin darme
tiempo de que lo hiciera, el mismo Sartre me llamó.
Su voz tenía una nitidez perfecta y hablaba con extrema
autoridad: Creo saber que usted esta atormentado,
me dice, yo sé que mis amigos han hecho
su agosto. Soy yo, Sartre, quien le pide publicar ese texto
y publicarlo integralmente. Si usted por ningún motivo
quisiera hacerlo, yo lo publicaré en otra parte,
aunque le quedaría agradecido si es usted quien lo
hace. Sé que mis amigos lo han prevenido, pero ellos
se engañan. Lo que ocurre es que el itinerario de
mi pensamiento se les escapa a todos, incluida el Castor.
(8)... Muy raras veces, continúa Jean Daniel, Sartre
había sido tan nítido, tan preciso, tan dueño
de su pensamiento y de sus palabras. De otra parte, cuando
le dije que había un pequeño error en el texto
y que yo estaba preocupado porque quería que fuera
corregido por él, le pregunté: ¿Tiene
usted a mano el texto? Me respondió: Lo
tengo en la cabeza. Y, en efecto, se lo sabía
de memoria. Cuento con usted, me dijo
para terminar.
Pero no son Simone de Beauvoir y Victor
quienes chocan directamente en esta ocasión, como
debió ser, teniendo en cuenta que ella le atribuía
a éste una abierta manipulación del pensamiento
y la voluntad sartriana y sabiendo que ya habían
tenido un fuerte altercado con anterioridad. Son, quién
lo creyera, aquella propia pareja mítica, los viejos
amigos, los ancianos e inseparables amantes; él le
mostró en su apartamento del boulevard Edgar-Quinet
los originales de la entrevista provocando en ella un desconcierto
total, la consternación encarnada. Sobre los detalles
de lo que nosotros nos atrevemos a llamar la primera y última
ruptura de los dos grandes escritores, cuenta Arlette Elkaïm
Sartre, la más confiable y cercana de las fuentes:
Sartre no se encolerizaba nunca, era un hombre sólido
que no se contrariaba por nada. Después de esta escena,
y por primera vez, demostró una inmensa contrariedad.
Anteriormente él jamás me habló de
haber tenido contrariedades con el Castor; después
de esta crisis, por primera vez, me dijo que no la comprendía;
que luego de la lectura de las entrevistas, ella se había
puesto furiosa; que había llorado y que había
tirado, regándolos por toda la pieza, los textos
de la entrevista. Que él quiso explicarle: Pero
hablemos de ello, Castor", le dijo, pero que ella
no había querido, no había podido hablar.
Sartre quedó, según la versión de Annie
Chen Solal, profundamente turbado por esta evidente alteración
de sus relaciones con Simone de Beauvoir. Y se pregunta
enseguida: De otra parte, en el curso de los dos meses que
separaban esta escena del fin de su vida, ¿sus profundos
lazos pudieron restablecerse verdaderamente? A lo que responde
Sartre, según versión de Arlette: Yo todavía
he almorzado con esas dos musas austeras (se refiere a Castor
y a su amiga Sylvie) y ni siquiera me dirigieron la palabra.
Simone de Beauvoir en La Ceremonia del
Adiós hace alusión completa de este asunto,
pero se cuida de tocar a fondo el altercado remitiéndose
a atacar duramente a Víctor y a Arlette: Víctor
era apoyado por Arlette, que desconocía por completo
la obra filosófica de Sartre y simpatizaba con las
nuevas tendencias de Víctor; aprendían juntos
el hebreo. Ante este acuerdo, a Sartre le faltó esa
perspectiva que sólo habría podido conseguir
con una lectura reflexiva y solitaria: así pues,
se doblegaba...
¡Cómo no pensar entonces en
el sentimiento despoblado y amargo del anciano y ciego filósofo,
de un hombre que no conoció la gratuidad personal
en esta vida y que, sin embargo, le dio destellos a su siglo
y ayudó a aclararlo, si lo que lo rodeaba en el ocaso
de su existencia no era otra cosa que el conjunto de barrotes
acerados de sus celosos discípulos cercándolo,
el ruido y los entrecejos, los cortantes rictus del odio
y de la envidia! Gris y triste debió verse el
rostro del talentoso y obcecado pensador cuando su propio
pensamiento, al final de su vida, se veía contradicho
y enjuiciado por sus herederos espirituales. Del obcecado
pensador, decimos, porque las palabras fieles de Jean Daniel
confirman su terquedad y también su lucidez, su talento
y su honestidad.
Su formidable humor de hombre grande debió
encerrarse huraño y extrañado entre los pliegues
de su corazón desconcertado. Pero esta obcecación
la interpreta Simone de Beauvoir, después de su muerte,
así, miserablemente: Sartre se entercó porque
estábamos contra él; redobló su entercamiento
por debilidad... pensaba que yo no lo comprendía,
creía que yo lo manipulaba, siendo que él
era manipulado por Víctor y Arlette, hacia la que
se había inclinado hábilmente después
de la crisis del 78. Estaba desgarrado por todo eso y no
tenía deseos de darse cuenta de la verdad... Sartre
no delegaba en nadie la pretensión de ser el futuro
de Sartre, pero él ya no contaba con sus ojos, no
tenía futuro y sabía muy bien que estaba condenado
próxima e irremediablemente a la muerte....
Me trataban como a un muerto que
tiene el inconveniente
de manifestarse
Pero no podemos dar por terminado este
episodio sin traer a colación dos testimonios más.
El primero, de Robert Gallimard, su invariable editor, quien
afirma que Sartre le dijo por esos días: Vamos Robert,
usted no vaya a ser como todos los demás, no vaya
a joderme también. Dése cuenta, condenarme
a nombre de los sartrianos, es como para morirse de la risa.
Y el último, con relación
al asunto, de Arlette: A él no le molestó
tanto la crítica como la apropiación por el
grupo de Los Tiempos Modernos de la verdad sartriana. Me
dijo: Me tratan como a un muerto que tiene el inconveniente
de manifestarse... él acababa de poner en tela
de juicio el libro de Simone de Beauvoir, Final de
cuentas, en donde ella hacía un balance de
sus vidas...
El inmenso Sartre como dijo alguien, aquel
hombre que ocupara su siglo como Voltaire y Hugo ocuparon
el suyo, llegaría también a su final. Había
dicho que quería que su muerte no entrara en su vida,
que no la definiera, por cuanto él quería
ser siempre un llamado a vivir, pero no había previsto
la anarquía y la soledad que le rondarían
durante sus últimos días.
El jueves 20 de marzo de 1980, mientras
aparecían en Nouvel Observateur los famosos reportajes
que le irían a amargar la víspera de su definitivo
descanso, bajo el título de La esperanza ahora, firmados
por Benni Lévy, el verdadero nombre de Víctor,
Sartre es internado en el hospital Broussais. Aquella mañana
a las nueve, Simone de Beauvoir fue a su apartamento del
boulevard Edgar-Quinet a despertarlo. Lo encontró
sentado en el borde de la cama, semiparalizado, en medio
de una atroz crisis que se le repetía y a la que
él había denominado en ocasión anterior
aerofagia.
Llamaron de urgencia a los médicos
y a punta de oxígeno se lo llevaron en una ambulancia
en estado de extrema gravedad. Eran aproximadamente las
11:00 a.m. Simone de Beauvoir confiesa que regresó
al apartamento de Sartre, se arregló allí
por última vez y se fue a cumplir un compromiso de
almuerzo que tenía con Jean Pouillon. Sartre grave,
metido dentro de una ambulancia, atravesaba las calles de
París bajo el ensordecedor ruido de las sirenas y
ella no había indagado siquiera por el sitio donde
sería recluido. Cuando terminó de comer, enterada
ya del nombre del hospital, se dirigió allí
en compañía de Pouillon. Se encontraba en
la sala de reanimación, cuenta después, no
estuve mucho tiempo allí... no quería hacer
esperar a Pouillon... El viernes 21 por la tarde, los médicos
le comunicaron que tenía un edema pulmonar y sufría
de fiebres altas que lo llevaban a delirar. Que, además,
la falta de irrigación en los pulmones, lo tenía
en ese estado de gravedad. Entonces Sartre y Simone de Beauvoir
discutieron. Ella le dijo que todas esas cosas que decía
en medio de su delirio eran puros sueños y nada más.
Me dijo que no, con aspecto enojado, cuenta ella misma que
le respondió él.
A los pocos días volvió a
recaer y fue llevado de nuevo a la sala de reanimación.
Como su vejiga le funcionaba mal, le hicieron una desviación
y podía vérsele llevar cuando se paraba a
caminar, una bolsa de plástico llena de orina que
colgaba de su entrepierna. Fue cuando por primera vez se
habló de uremia. El doctor Housset le hizo una reflexión
científica que interpretada por Simone de Beauvoir
y vista hoy en perspectiva, no deja de ser polémica
e históricamente controvertible. Los médicos
me explicaron después -dice ella- que los riñones
ya no estaban irrigados, y por consiguiente ya no funcionaban.
Sartre orinaba, pero no eliminaba la urea. Para salvar un
riñón hubiera sido necesaria una operación
que no podía soportar; y entonces sería el
cerebro, por donde la sangre no circularía correctamente,
lo que provocaría la chochera. No había más
solución que dejarlo morir en paz.
La falta de circulación sanguínea
hizo que la gangrena le invadiera el cuerpo y que las escaras
o costras lo cubriera todo y le dieran un aspecto repugnante,
que al mismo tiempo lo hacía sufrir a causa de las
constantes curaciones a que era sometido.
Entre tanto, las visitas se fueron sucediendo
bajo el control riguroso de su hija adoptiva, Arlette. Víctor
fue llamado de urgencia a El Cairo en donde se encontraba
por esos días preparando un reportaje para el Corriere
de la Sera y cuenta que cuando entró en su pieza,
Sartre se despertó y le dijo: Ah Víctor, vamos
a mejorarnos pronto, tú sabes. Pero la única
especulación que realmente nos interesa por ahora
es la que se refiere a sus últimas palabras.
Georges Michel asegura que sus últimas
palabras fueron las que le dirigió a Pouillon cuando
éste le alcanzara un vaso con agua: La próxima
vez que bebamos juntos -habría dicho Sartre- será
en mi casa y con whisky. Annie Cohen-Solal ratifica la anécdota
pero como ocurrida un día
y Simone de Beauvoir,
admitiendo la exactitud de las palabras de Sartre a Pouillon,
niega que éstas hubiesen sido las últimas.
Dice que un día Sartre le habló preocupado
sobre los costos del entierro: ¿Cómo vamos
a hacer para pagar los gastos del entierro?, le habría
dicho él ansioso y contenido a la vez, mientras ella
se ponía a explicarle lo de la Seguridad Social y
a desviarlo de esa torturante preocupación.
Ya al otro día, asegura, Sartre,
con los ojos cerrados, la agarró de la muñeca
y le dijo a ella sus últimas palabras: Je vous aime
beaucoup, mon petite Castor. (9)
Pero que sea el contradictorio encanto
de una amor eterno y total, esencial y no contingente, un
amor ambiguo y absorbente, dominante, un amor que, lo admitimos
también, habría que salvar para la historia,
quien nos guíe hacia el itinerario de una muerte
que nos hizo pensar que el siglo XX no tendría una
segunda oportunidad de lucidez y de carácter y se
había encaminado irremediablemente hacia la estupidez
y la locura. Que sea ese amor con todos sus derechos adquiridos
quien nos cuente el final de Sartre a todos aquéllos
que amaron a Sartre, que lo aman o que lo amarán,
pero respetando en todos ellos, en todos nosotros, que quisiéramos
ocupar los tres tiempos, el derecho que también tenemos
a amar la verdad.
Y hay que decirlo ya, de una vez por todas:
a lo largo de esta historia hemos visto la versatilidad
de Simone de Beauvoir para narrar su historia, su afán
por llegar de primera a una versión (10). Y todo
eso nos parece no sólo sospechoso, sino muy difícil
de equilibrar. Pero, en fin, ningún relato, ningún
relato histórico es refractario a ciertas mentirillas,
o a ciertas interpretaciones y descripciones acomodaticias.
Es un sitio muy tranquilo y no está
lejos de Baudelaire
Y por eso habría que descubrir muy
bien, entre líneas, los matices de su humor, de ese
humor con que le dejara impregnada Sartre cuando debió
haberle dicho que no más, que estaba harto de depender
de su poderosa benevolencia, que él no estaba loco
ni chocho, que tenía su mente lúcida y tenía
derecho a dejar que su pensamiento evolucionara, así
fuera por la sola razón de sus interminables diálogos
con el joven maoísta Víctor, o por su postrera
militancia callejera; o cuando ella, según él
mismo lo refiere, lanzó su pensamiento al suelo de
la sala desparramando hojas y derrochando lágrimas
de intransigencia. Y queda, además, por saber qué
hubiese pasado si Víctor y Arlette también
hubieran tenido la oportunidad de su intimidad durante los
cincuenta años siguientes. Ni siquiera el amor pudo
vencer el desarrollo de su inteligencia. El amor así,
absorbente, caprichoso y dominante es una trampa. Fue quizás
ese amor amargo el que le hizo contar los últimos
diez años de Sartre como los contó y el que
le hizo tejer así, con espíritu casi infecto,
el relato de su muerte. Veámoslo:
El 14 de abril, cuando volví, dormía;
se despertó y me dijo unas palabras sin abrir los
ojos: después me ofreció la boca. Le besé
en la boca, en la mejilla. (11) Se durmió. Estas
palabras, estos gestos, insólitos en él, se
situaban evidentemente en la perspectiva de la muerte.
(12)
Housset (13) me afirmó también
que las contrariedades que había padecido no habían
influido para nada en su estado; una crisis emocional violenta
le habría ocasionado, quizá, en un momento
dado, algunos efectos funestos pero, diluidos en el tiempo,
las preocupaciones, los disgustos, no alteraron en absoluto
la causa de la enfermedad
(14)
El martes 15 de abril por la mañana,
cuando pregunté, como de costumbre, si Sartre había
dormido bien, la enfermera me respondió: Si,
pero'; fui enseguida al hospital. Dormía, respirando
con bastante dificultad; visiblemente estaba en coma desde
la noche anterior. Durante unas horas, me quedé allí
mirándolo. Hacia las seis dejé el sitio a
Arlette, diciéndole que me llamara si ocurría
cualquier cosa. A las nueve sonó el teléfono.
Se terminó. Fui con Sylvie. Se parecía
a sí mismo, pero ya no respiraba. Sylvie avisó
a Lanzmann, a Bost, a Pouillon, a Horst, que vinieran enseguida.
Se nos autorizó a permanecer en la habitación
hasta las cinco de la mañana. Rogué a Sylvie
que fuera a buscar whisky y estuvimos bebiendo y charlando
(15) En un momento dado, rogué que me dejaran sola
con Sartre y quise tenderme a su lado, bajo las sábanas.
Una enfermera me detuvo: No, cuidado
la gangrena.
Entonces comprendí la verdadera naturaleza de sus
escaras. Me acosté sobre la sábana y dormí
un poco. (16) A las cinco entraron unos enfermeros. Cubrieron
el cuerpo de Sartre con una sábana y una especie
de funda y se lo llevaron.
Fui a casa de Lanzmann a terminar la noche
y también pasé allí la del miércoles.
Los días siguientes me alojé en casa de Sylvie
Lanzmann,
Bost y Sylvie se ocupaban de todas las formalidades
El viernes comí con Bost y quise volver a ver a Sartre
antes del entierro. (17) Trajeron a Sartre en un ataúd
vestido con el traje que Sylvie le había comprado
para ir a la Opera; era el único traje que tenía
en mi casa y ella no había querido subir a la casa
de Sartre para buscar otro. Estaba sereno, como todos los
muertos, y como la mayoría de ellos, inexpresivo.
El sábado por la mañana nos reunimos en el
anfiteatro
unos hombres cubrieron con la sábana
el rostro de Sartre, cerraron el ataúd y se lo llevaron
Un
inmenso gentío nos seguía: cerca de cincuenta
mil personas
Cuando me bajé del coche, el ataúd
estaba ya en el fondo de la fosa. Pedí una silla
y permanecí sentada al borde de la fosa
Me encontré
en casa de Lanzmann con algunos amigos
Fuimos todos
a cenar a Zeyer, en un salón particular... No me
acuerdo de nada. Dicen que bebí mucho, que fue necesario
ayudarme a bajar las escaleras
El miércoles
por la mañana tuvo lugar la incineración en
el cementerio de Pére-La chaise, pero me encontraba
demasiado agotada para ir
Las cenizas de Sartre fueron
trasladadas al cementerio de Montparnasse
Hay una cuestión
que en realidad no me he planteado y el lector quizás
lo haga: ¿No debería haber prevenido a Sartre
de la inminencia de su muerte
? Hasta aquí la
historia de Simone de Beauvoir.
Lanzamann, Bost y Pouillon, incómodos
en estos días por el remezón familiar dado
por Víctor y Arlette, van pues a encargarse de los
pequeños detalles del entierro. En el cementerio
de Montparnasse los atiende su director. Ya Sartre había
dicho que quería ser incinerado y que sobre todo,
sobre todo, quería escapar al lugar que le habían
reservado en el cementerio de Le Pére-La chaise al
lado de su madre y su padrastro. El director del cementerio
les ofrece una tumba entrando a la izquierda, provisional,
con la promesa de que después será trasladado
definitivamente al primer corredor de la derecha. Ustedes
verán, les dice, es un sitio muy tranquilo y no está
muy lejos de Baudelaire. De otra parte, si no recuerdo mal,
Sartre había escrito un libro sobre Baudelaire, ¿no
es cierto? Todo un señor, el señor director.
E inclinándose un poco hacia el oído de Pouillon,
con un gesto circunspecto, le susurra: Yo sabía muy
bien que él vendría a donde nosotros.
El presidente de Francia, Giscard dEstaing,
al enterarse del rechazo por parte de sus amigos para unos
funerales oficiales, reclama de su familia el privilegio
de una visita suya al hospital para rendir un homenaje personal
al filósofo, no sin antes advertir: Jean Paul Sartre
rechazaba todos los honores. No conviene por lo tanto que
el homenaje del presidente de la República parezca
contradictorio a su escogencia íntima. El 6 de mayo
de 1985, Valéry Giscar dEstaing narra sus impresiones:
Yo llegué al hospital. El director me esperaba para
saludarme; después di vuelta a la izquierda y debajo
de un cobertizo me encontré el féretro de
Sartre junto a otro ataúd. Me quedé allí
durante una hora. Nadie más vino. En la parte de
afuera había mucha agitación de parte de la
prensa. Y yo estaba ahí, solo, recogido delante del
féretro de Sartre, debajo de un cobertizo banal y
anónimo. Al salir, pensé que Sartre hubiera
amado este homenaje sin parada del primer personaje del
Estado.
Aquél sábado 19 de abril
de 1980 a las dos de la tarde, el cortejo fúnebre
comienza su largo y lento recorrido de tres kilómetros
bajo un cielo grisáceo. La tumultuosa y cálida
muchedumbre, de la que se dijera que había sido la
última manifestación del 68, atraviesa las
perplejas y mudas alamedas parisienses. Desde la terraza
del sartriano café La Coupole, en Montparnasse, próximo
al cementerio y a su apartamento, los garçons inclinan
reverentes sus cabezas ante los despojos mortales del hombrecito
ciego, torpe y generoso que durante los últimos años
se les prodigó en propinas y visitas.
Pero como si la parábola sartriana
hubiese sido superior a la inteligencia y al amor de sus
amigos, nadie lo despidió a él con la palabra,
a él que había despedido a tantos, que erguido
sobre sus tumbas había despedido a Camus, Merleau-Ponty,
Nizan, Gide, Togliatti, Fanon
Una tarde brumosa del otoño de 1974,
en París, Jean Paul Sartre, velados sus ojos por
la ceguera pero con aquel mismo espíritu crítico
y lúcido y libre que lo convirtiera en la más
alta conciencia de su siglo, le dijo a Simone de Beauvoir:
la muerte, sin embargo, no me causa miedo y me parece
natural. Natural en oposición al conjunto de mi vida
que ha sido cultural. En última instancia, es la
vuelta a la naturaleza y la afirmación de que yo
era naturaleza
escribí. Eso fue lo esencial
en mi vida.
[1] Fueron muchas las personas que lo hicieron,
particularmente mujeres a las que Simone de Beauvoir no
perdonó jamás. Me gustaba llevarle whisky
a escondidas, confiesa francamente Françoise Sagan
en 1984.
2 Después de leer tanto y conocer
ya sobre una más o menos comprensible parcialidad
en los relatos de Simone de Beauvoir, uno termina por perdonarle
sugerencias como ésta en la que, bien fuera ella
misma o a través de otra persona de su confianza,
siempre se preocupó porque Sartre en ningún
momento estuviera solo durante los últimos meses
de su vida. Sin embargo, veamos lo que dice nuevamente Françoise
Sagan en 1984: Entonces le grabé mis propias declaraciones
(se refiera a la Carta de amor a Jean Paul Sartre) -me llevó
seis horas, tal era mi tartamudeo- y pegué una cinta
adhesiva a la cassette para que la reconociera al tacto.
A continuación, aseguró que la escuchaba a
veces cuando estaba solo en sus noches de depresión
3 A todo lo largo y ancho de los artículos,
libros y publicaciones que se han hecho para contar las
intimidades de Sartre y el Castor durante sus últimos
años, incluyendo lo que ella misma ha referido, es
notorio ver el acoso a que lo tuvo sometido en los últimos
tiempos con todo tipo de reproches, limitaciones, regaños
e incluso discusiones y hasta altercados serios y públicas
escenas, como las que tuvieron por causa del último
reportaje que concediera Sartre para Nouvel Observateur
a Victor, pocos días antes de morir.
4 La sensibilidad y la inteligencia no
están separadas
la sensibilidad produce inteligencia,
o mejor dicho, también es inteligencia. Conversaciones
con Jean Paul Sartre. Simone de Beauvoir.
5 Quien por otra parte no lo desmiente,
por lo menos de manera explícita.
6 La existencia humana es un proyecto que
hay que realizar.
7 El libro de Simone de Beauvoir en el
que relata la muerte de su madre.
8 Apodo cariñoso que Sartre le tenía
a Simone de Beauvoir.
9 Yo la quiero mucho, mi pequeño
Castor. Nótese que ni a ella la tuteaba.
10 18 meses después del fallecimiento
de Sartre aparece en Gallimard La Ceremonia del Adiós.
El afán suyo se ve hoy en día claro. Quiso
establecer de primera, una verdad, la suya.
11 Hay que tener en cuenta que según
su propia versión, en ese momento Sartre estaba totalmente
invadido por la gangrena.
12 Este y los siguientes subrayados son
míos. Nótese cómo para poder imprimirle
credibilidad al hecho, lo sitúa como producto de
la conciencia exterior que podía causar el estado
comatoso.
13 El médico que lo atendió
en el hospital Broussais.
14 La verdad es que no es necesario leer
entre líneas. Aquí simplemente trata de excusarse
a través del médico. Queda absuelta por cuanto
las contrariedades y los disgustos no fueron los que lo
precipitaron a la tumba.
15 Annie Cohen-Solal refiere que todos
ellos estuvieron hablando y bebiendo durante la noche -Sartre
llevaba unas horas de muerto- hasta que a las cinco de la
mañana las enfermeras tuvieron que echarlos de la
pieza, y que Pouillon le había confesado el 7 de
marzo de 1985: yo no diría que yo estuviera alegre,
pero estaba bien; fuimos a buscar whisky y nos reunimos.
16 ¡El infaltable toquecito shakesperiano
de Romeo y Julieta!
17 Téngase en cuenta que Sartre
murió el martes.
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