Por Leonardo Boff
Hace años, cuando escribí
el libro El águila y la gallina, una metáfora
de la condición humana, estudié a fondo el
comportamiento de las águilas y percibí que
hay en él grandes lecciones que podemos aplicar a
situaciones actuales. Hoy me propongo retomar una de ellas
que no pudo ser explorada en dicho libro: la forma como
las águilas enseñan a sus aguiluchos a ser
autónomos y a volar con sus propias fuerzas.
Como sabemos las águilas hacen sus
nidos en lo alto de las montañas o en la copa de
los grandes árboles. El tamaño del nido es
considerable: un metro de alto, tres de largo y dos de ancho.
Después de nacidos, los aguiluchos permanecen en
él dos meses, alimentados por su madre, hasta que
están listos para volar.
Pasado un tiempo, la madre les escatima
la comida. A cambio, comienza a volar largo rato sobre el
nido a fin de mostrar a su cría el vigor de sus alas
y su capacidad de volar. Luego desciende hasta el nido y
va empujando al aguilucho contra el borde hasta hacerlo
caer. Cuando cae, se apresura a ampararlo sobre sus alas
extendidas. Y después lo devuelve al nido. Repite
varias veces la escena, volando sobre el nido, haciendo
círculos para desafiar a los aguiluchos a superar
el miedo, a confiar en sus jóvenes alas y tratar
de volar. Y hace esto hasta que los aguiluchos se liberan.
Curiosamente el libro del Deuteronomio atestigua este hecho:
«Dios es semejante al águila que despierta
a su nidada, volando sobre sus aguiluchos, extendiendo las
alas para sostenerlos y llevarlos sobre sus plumas»
(32,11).
La madre-águila somete a su aguilucho
a esta prueba de riesgo y coraje para que adquiera confianza
en sus propias fuerzas y comience a volar autónomamente.
A fin de impedir que vuele al nido, remueve las hojas y
las ramas para hacerlo no habitable ya. Finalmente, el aguilucho
empieza a volar y busca por sí mismo su alimento.
Ahora es ya águila adulta.
La lección es cristalina: no podemos
quedarnos eternamente en la cuna y bajo las alas de los
padres. Hay que enfrentarse a la vida con sus desafíos
que muchas veces nos hacen decir: «Dios mío,
¿estaré a la altura?» Nos damos cuenta
del peligro y de la posibilidad de fracasar. Pero aunque
fracasemos, siempre podemos aprender. Por otra parte, nunca
faltará un ala que nos ampare y algún hombro
amigo en el que poder apoyarnos. Resumiendo: vamos adquiriendo
coraje para volar por nosotros mismos y seguir el rumbo
que nosotros mismos trazamos.
Otra lección: las tareas que nos
proponemos deben contener exigencias que parecen ir más
allá de nuestras fuerzas. De lo contrario, no descubrimos
nuestro poder, ni conocemos nuestras energías escondidas
y no crecemos.
Esta lección la aplico a la actual
política económica del Gobierno. Es bien sabido
que se ha mantenido la macroeconomia neoliberal, aceptando
el recetario del FMI y del Banco Mundial, lo que obliga
a sacrificar las políticas sociales castigando a
los pobres. Es la opción perezosa de los que prefieren
ser gallinas a ser águilas. Rechazan la difícil
alternativa de discutir, negociar y presionar hasta abrir
un camino nuevo que haga de la economía un instrumento
de la política social enfocado hacia las mayorías.
Esta actitud haría que fuesen águilas y no
gallinas. Ésos son los que garantizan las transformaciones
sociales imprescindibles para superar las desigualdades
gritantes. El destino de un pueblo es ser águila
y volar autónomamente. Misión de los políticos
es hacer lo que hacen las águilas con sus aguiluchos:
estimular al pueblo a vivir libremente y a plasmar el destino
de su país.
Tomado de http://www.leonardoboff.com/