Mobbing:
cuando el trabajo se vuelve un suplicio
El trabajo, todos lo sabemos, es una obligación,
más o menos llevadera, pero obligación al
fin y al cabo. Fue concebido además como un castigo
bíblico: «Ganarás el pan con el sudor
de tu frente», le dijo Dios a Adán tras comerse
la dichosa manzana prohibida.
También el refranero, sabiduría popular en
estado puro, nos obsequia con sentencias del tipo «
A Dios rogando y con el mazo dando» o «A quien
madruga Dios le ayuda». Tan es así, que el
cese definitivo de la obligación de trabajar se llama
jubilación, palabra etimológicamente derivada
de «júbilo».
Pero no podemos perder de vista que el lugar donde se trabaja
es el lugar donde permanecemos más horas en nuestra
vida consciente, mientras tenemos edad laboral -siempre
y cuando hayamos tenido la suerte de conseguir un empleo,
claro-. Así, resulta que de las veinticuatro horas
que tiene el día, pasamos una media de ocho durmiendo,
o al menos intentándolo, y en el mejor de los casos
ocho más trabajando, lo que, unido a los tiempos
para almorzar y comer y el invertido en ir y volver, hacen
que definitivamente, se pase más tiempo en el lugar
de trabajo que en ningún otro sitio. Por eso, cuando
el trabajo se vuelve insoportable, la vida se hace insufrible.
Es obvio que se ha recorrido un largo camino desde que las
Cortes de Cádiz abolieran la esclavitud. Cada vez,
las condiciones de trabajo mejoran y la dignidad en el desarrollo
del mismo se garantiza de tal manera que cobra naturaleza
de derecho constitucional. Pero no es suficiente. En ocasiones,
más de las que a primera vista pudiera parecer, aun
cuando las condiciones materiales para trabajar sean óptimas,
la conducta abusiva de determinadas personas en el desarrollo
de la relación laboral hace que el trabajo, efectivamente,
se vuelva u suplicio. Es el acoso laboral, el denominado
«mobbing», término de difícil
transposición al castellano pero que no consiste
en otra cosa que en hacer la vida imposible a alguien en
el ámbito de su trabajo diario.

El acosador es generalmente una persona sin escrúpulos,
dispuesta a pasar por encima de quien sea con tal de obtener
una ventaja para sí, sea cual sea ésta. La
víctima es, precisamente, el obstáculo que
se interpone entre esta persona y su objetivo. Pero no siempre
presentan perfiles tan evidentes: ni el acosador es a primera
vista un desalmado ni la víctima es un pusilánime
que se deje fácilmente atropellar, sino que la cuestión
es más compleja, e incluso puede pasar desapercibida
para aquellos que no la están padeciendo. Sin embargo,
para el que la sufre, puede llegar a ser una auténtica
tortura.
Los modos de llevarlo a cabo son variados, comúnmente
sibilinos, aunque a veces evidentes. Consisten en la humillación
sistemática del otro, tanto con palabras de menosprecio
a él o a su labor, como con hechos, generados desde
una situación de poder, tales como imposición
de las peores condiciones de trabajo, atribución
de funciones por debajo de su capacidad, cambios frecuentes
e imprevistos de los tiempos de descanso, denegación
de permisos y, en fin, cualquier otro que contribuya a minar
la moral de aquel sobre el que se ejerce este abuso.
Las opciones de la víctima no son muchas. Aunque
desde un punto de vista simplista podría decirse
que denunciarlo sería la solución, la cosa
no es tan sencilla. Cierto es que ya existen resoluciones
judiciales, afortunadamente cada día más,
que contemplan el «mobbing» como un delito o
al menos como un hecho indemnizable. Pero en los tiempos
que corren, en los que el fantasma del desempleo se cierne
sobre tantas cabezas, no es fácil arriesgar un puesto
de trabajo con una denuncia de resultados inciertos. Y es
todavía más difícil lograr que alguien
pueda testificar a favor del perjudicado porque también
la sombra del desempleo planearía sobre él.
Pero, al menos, no cerremos los ojos. Quienes sufren este
suplicio pueden acabar hundidos, con problemas psiquiátricos
en muchos casos, con graves repercusiones en su vida personal
y familiar, en la calidad de su trabajo, en sus relaciones
personales y, en fin, en toda su vida, porque, por más
que se diga alegremente que no hay que llevarse los problemas
de trabajo a casa, es imposible delimitar los diversos aspectos
de la vida en compartimentos estancos. Lo que sucede en
ese lugar donde pasamos más tiempo de vida consciente
que en ningún otro, afecta a toda nuestra existencia,
y quien diga lo contrario miente.
Miremos a nuestro alrededor. Quizás haya alguien
en esta situación y nos haya pasado inadvertido.
Y quizás podamos hacer algo por él, siquiera
brindarle una sonrisa solidaria. O quizá más.
http://www.abc.es/20080204/valencia-valencia/mobbing-cuando-trabajo-vuelve_200802040315.html