ACOSO MORAL: DE ESTO SÍ SE HABLA

 

Acoso moral: de esto sí se habla

Colaboración: Marta Miskoff


"En las sociedades altamente industrializadas el lugar de trabajo es el único campo de batalla que queda, donde la gente puede matar a otro sin correr el riesgo de enfrentarse a los tribunales". Leyman

Las adhesiones recibidas luego de la columna dominical publicada el 27 de abril titulada "Asesinato psíquico", me alentaron a retomar el tema para aportar nuevos datos esclarecedores. El ejercicio del poder está presente en cualquier tipo de relación humana por lo que debemos estar alertas en tanto su mal uso o abuso tiene consecuencias nefastas en la salud física y psicológica de las personas. Analizar la relación perversa que establece el agresor con su víctima puede ayudar a prevenir cualquier intento de trivialización y actuar preventivamente.

Por acoso moral en el trabajo se entiende "toda conducta abusiva (gesto, palabra, comportamiento, actitud) que atenta, por su repetición o sistematización, contra la dignidad o la integridad psíquica o física de una persona, poniendo en peligro su empleo o degradando el ambiente de trabajo". Fue Marie Hirigoyen quien acuñó este concepto para describir un proceso de maltrato psicológico en el que "un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro". Se practica acosando de tal manera que la víctima "estigmatizada" no puede defenderse. "La indefensión de la víctima proviene de la pasividad de los testigos de la violencia, que permiten la destrucción de otro ser humano de manera indignamente cobarde" (Marina Parés, 2005)

El objetivo del acosador es librarse de una persona porque resulta incómoda, obteniendo su salida de la organización a través de la destrucción de su reputación, de sus redes de comunicación y de su profesión o trabajo. El acoso moral es más probable en organizaciones relativamente cerradas, que consideran el poder y el control como valores prioritarios. Los estudios indican que dentro del ámbito laboral, parece darse con más frecuencia en universidades, hospitales y ONGs.

Es común que la expulsión se produzca en una organización en la que existen identidades compartidas entre sus miembros, situación que el agresor no puede tolerar. Schuster (1996) considera que "el acoso institucional es una de las experiencias más devastadoras que puede sufrir un ser humano en situaciones sociales ordinarias. Se trata de una violencia indirecta sin marcas ni heridas, con daños psicológicos que pueden ser de por vida". Es una repetición frecuente, intencionada, destructiva e invisible. Un fenómeno de destrucción de otra persona a lo largo del tiempo".

Para que se dé, es necesario que existan dos elementos: una persona que asuma el papel de perseguidor principal, con suficiente autoridad o carisma como para movilizar las dinámicas grupales de acoso y la colaboración o permisividad del resto de la organización. La persecución psicológica se desarrolla en medio de un sorprendente SILENCIO e INHIBICION de los observadores, que convertidos en "testigos mudos" aunque sean conscientes del abuso e injusticia de la situación, SE ABSTIENEN de intervenir por complicidad implícita con el plan de eliminación del acosado o para evitar convertirse ellos en objeto de represalia.

El agresor niega su agresión o su responsabilidad y se justifica poniéndose en rol de víctima. Para ello, "da a entender que la víctima tiene PROBLEMAS PSICOLOGICOS, la desacredita públicamente atribuyéndole errores, despreciando o criticando su trabajo, aspectos de su personalidad o vida privada, hablado mal a sus espaldas, y ridiculizándola, ocultando sus logros y éxitos, exagerando y difundiendo fuera de contexto sus fallos, tanto reales como aparentes, ejerciendo una constante presión que compromete su salud física y psíquica" (Anahí Fernández, secretaria general de la CONADU).

"Miente que algo quedará" sería su consigna. Contrariamente a lo que los agresores pretenden hacer creer, las víctimas no son personas débiles o afectadas de alguna patología. Por el contrario, el agresor intenta absorber "algo" que siente que la víctima tiene y que él desea expropiárselo. Ese algo de más, puede referirse a una cualidad personal o condiciones morales que él carece, un cargo, amigos, popularidad, carisma, contactos sociales. Es por eso que a través de este mecanismo perverso, las organizaciones suelen perder sus recursos humanos más valiosos. Las consecuencias serán: para la víctima, arrebatarle algo que le pertenece (despidiéndola de su trabajo por ejemplo) y para el entorno, ser engañado para que valide esa apropiación.

Durante la primera fase, el agresor adopta los comportamientos de acoso de manera secreta, oculta o sutil. El acoso puede empezar cuando una víctima reacciona contra el autoritarismo de un superior y no se deja avasallar (en el caso de una relación de pareja Hirigoyen señala que el detonante puede ser el divorcio o separación: el agresor siente que "su presa se le escapa"). La capacidad de la víctima de RESISTIR a pesar de las presiones es lo que la señala como blanco.

Como en otras conductas patológicas, no hay acoso moral sin una etapa previa de seducción, etapa en la cual el acosador aún no ha manifestado su potencial violento. La seducción puede ir dirigida a la víctima o a su entorno próximo (familiar, laboral, de amistades) de manera de incidir sutilmente sobre el juicio de los otros y buscar aliados que luego justifiquen o avalen su accionar perverso.

Los especialistas sostienen que quien esté atravesando por esta situación NUNCA debe callar. Es necesario socializar el tema. Hay que evitar luchar SOLO. Hacernos los distraídos mirando para otro lado cuando debiéramos actuar con valor, legitima la violencia. Frente a esta situación el desafío consiste en no silenciarla de manera cómplice, delegando la propia responsabilidad con tibias justificaciones sino denunciarla ejerciendo una ciudadanía activa para construir una sociedad más justa.
(e-mail: marta.miskoff@speedy.com.ar)

http://www.diariolareforma.com.ar/edimiskoff.htm / Mayo 2008

 

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