Mi
amiga Marina, aguerrida abanderada de la lucha contra el
acoso moral en el trabajo, escribió un artículo
titulado Mobbing inmobiliario, que fue publicado en Mobbing
Opinión. Comienza hablando del acoso moral a propietarios
de viviendas y luego explica que esta práctica se
está extendiendo a todos los sectores de la vida
española.
El artículo fue contestado en el mismo lugar. La
respuesta consistió en un furibundo ataque personal.
Los ataques personales están excluidos en los lugares
civilizados.
Una víctima de acoso moral se siente indefensa, porque
las leyes con las que se puede proteger son insuficientes
y porque ha comprobado que los acosadores no tienen escrúpulos,
juegan con ventaja y además utilizan todos los trucos
que pueden. Si una víctima de acoso ve que en los
lugares en los que se trata de combatir esta lacra se producen
ataques personales, lo lógico es que desconfíe
y se retraiga. Incluso puede que piense que hay infiltrados.
Aclaro que este no es el caso de mi amiga.
Si los ataques personales son reprobables en cualquier lugar,
mucho más deberían evitarse en lugares específicos
para la lucha contra el acoso moral.
He hablado con Marina varias veces por teléfono y
he intercambiado muchos correos con ella. Es una de esas
raras personas que en los tiempos actuales cultivan la elegancia
moral. Es muy capaz de aceptar la discrepancia y no le cuesta
trabajo ponerse del lado de la víctima injusta, aun
cuando no comparta con ella sus criterios en otros órdenes
de la vida.
Que yo sepa, jamás ha realizado ningún ataque
personal. Tampoco la creo capaz de hacerlo.
Ver
artículo completo
también
en libertad digital