Enfermeras.
Sin vacuna contra la ira

El tipo, rojo como un tomate y descompuesto después
de escupir «hijas de puta» y otras lindezas
mezcladas con perdigones de baba, se toma un par de segundos,
mira con odio a las enfermeras y se pasa el dedo índice
por el cuello. Éstas llaman a seguridad del hospital
y acuden un par de vigilantes jurados. El agresor vuelve
rabioso a la habitación donde está su hermano
ingresado. «Quería que le cambiáramos
la cuña, pero estábamos agobiadas con otras
tareas más urgentes. Le pedimos que tuviera un poco
de paciencia». No era la primera vez que el sujeto
insultaba al personal de este hospital madrileño,
pero nunca había llegado tan lejos, a las amenazas
de muerte. Horas después se oyó una escandalera
al final del pasillo. El tipo y su pariente rodaban por
el suelo enzarzados en una pelea. Tuvo que acudir la Policía
nacional y llevárselo. Una de las enfermeras estuvo
varios días de baja a causa de un ataque de nervios.
El caso no tiene la categoría de noticia. Probablemente,
ni de chisme de hospital. Como mucho se comentó durante
un par de días en la planta y se fue apagando, como
un eco. Porque es el pan nuestro de cada día para
miles de profesionales españoles de este sector.
Según un reciente estudio del Consejo General de
Enfermería, un 33 por 100 ha sufrido una agresión
física o verbal en los últimos doce meses.
En concreto, 2.998 enfermeros fueron atacados físicamente
en este periodo. Los responsables han sido los propios pacientes
(47,3 por 100 de los casos), sus familiares y acompañantes
(49,8) y otros individuos sin identificar (2,9). Las causas
más citadas, la frustración de no ver satisfechas
sus expectativas de atención sanitaria en cuanto
a tiempos y pruebas (41 por 100), el desacuerdo en valoraciones
o diagnósticos (27) y la no aceptación por
parte del personal de demandas específicas (12).
Recursos y formación
«Hay un problema de fondo importante: la frustrada
posibilidad de conseguir un derecho de forma inmediata»,
señala José Ángel Rodríguez,
vicepresidente del Consejo General de Enfermería.
«El nivel de exigencia de los usuarios españoles
ha subido mucho en los últimos años sin que
los recursos hayan mejorado en la misma proporción.
De todos modos, eso no justifica las agresiones».
La tensión se hace más dramática en
el servicio de urgencias, donde se mezclan pacientes con
patología banal con otros que sufren «averías»
serias. Un panorama clásico en los hospitales de
nuestro país. El atasco termina por cabrear a la
gente, que pide atención inmediata. «Es preciso
montar un buen sistema de información que tranquilice
a los pacientes y sus familiares.
Cambiar
el modelo
Eso
requiere invertir en la formación de las enfermeras»,
continúa Rodríguez. «Al mismo tiempo,
mejorar los sistemas de seguridad, con cámaras y
efectivos de vigilancia. No es de recibo que haya individuos
que quieran fumar en urgencias junto a bombonas de oxígeno
y monten una bronca cuando les llamas la atención.
Por desgracia, la respuesta de las administraciones es más
bien fría. Hasta que no haya una desgracia no se
producirá una reacción».

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La
epidemia del «mobbing»
El psicólogo sueco Heinz Leymann, uno de los grandes
gurús del «psicoterror laboral» (hasta
su muerte, en 1999, atendió a casi un millar de víctimas),
realizó el siguiente diagnóstico: «En
las sociedades de nuestro mundo occidental altamente industrializado,
el lugar de trabajo constituye el último campo de batalla
en el que una persona puede matar a otra sin ningún
riesgo de llegar a ser procesada en un tribunal». A
las agresiones al personal sanitario hay que añadir
una lacra que ha adquirido la categoría de epidemia:
el «mobbing». Hace un lustro, el informe Cisneros
III, realizado por la Universidad de Alcalá de Henares
y el Sindicato de Enfermería (SATSE), revelaba que
una de cada tres enfermeras era víctima de acoso; el
80 por 100 decía padecer problemas físicos por
este motivo, y un 32 por 100 refería secuelas graves
o muy graves para su salud. El caos organizativo, el peso
específico que tienen las mujeres en esta profesión
(con una proporción de 9 a 1 con respecto a los hombres
que, por cierto, también están en la línea
de fuego) y la dependencia jerárquica múltiple
son factores que explican el hostigamiento.
«Las cosas están igual, o peor», reconoce
Iñaki Piñuel, autor de «Mobbing. Cómo
sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo»
(Sal Terrae) y director de los informes Cisneros. «Un
sanitario atenazado por el miedo no funciona bien, su cerebro
sufre un cortocircuito, una «indefensión aprendida»:
se sabe a merced de cualquiera y su sistema nervioso está
siempre en alerta».

Los
brillantes
Al
contrario de lo que pudiera parecer, el «mobbing»
no lo sufren los mediocres, sino los brillantes. «Los
psicópatas organizacionales van a por los que no son
sumisos, los librepensadores, los solidarios, los carismáticos.
Las enfermeras, al desarrollar una labor asistencial y humanitaria,
tienen una actitud conciliadora; no desarrollan barreras.
Son víctimas perfectas. El hostigador se las arregla
para enconar a todos contra uno: a ése envidiamos,
a ése odiamos», añade Piñuel. A
veces jefes, habitualmente compañeros, siempre manipuladores
que actúan en la sombra, estos individuos sin escrúpulos
ningunean, aíslan, asignan misiones sin sentido, cargan
de trabajo (o todo lo contrario), gritan, insultan, se mofan...
para tapar sus propias deficiencias.
Iñaki Guerrero, psicólogo especializado en «mobbing»,
habla de una terrible espiral: «Las víctimas
creen que nadie es perfecto, buscan las razones de sus fallos,
aumenta la ansiedad, disminuye el rendimiento, cometen más
errores... Lo esencial para escapar es creer, primero, que
ellas no tienen la culpa; después deben controlar las
emociones, evitar las reacciones violentas e intentar trasladar
la inseguridad al acosador».

Protocolo anti violencia
Hasta aquí, el rearme moral. ¿Y qué hay
de la extirpación del tumor? «Las organizaciones
tienen que implementar protocolos anti violencia partiendo
del principio de tolerancia cero. Es la única forma
de acabar con la impunidad de los acosadores», propone
Piñuel. «Allí donde se imponen medidas
de sanción a los culpables -incluyendo los cómplices
y testigos silenciosos- y de protección a las víctimas,
los casos caen a cero, porque los malos podrán ser
muy malos, pero no son tontos». La Ley de Igualdad de
Género aprobada en marzo obliga a estos protocolos.
Además, el Gobierno maneja un borrador de la reforma
del Código Penal para tipificar el delito de acoso
psicológico en el trabajo, que incluye penas de cárcel
y de inhabilitación profesional. Pero falta pasar del
papel a la decisión.

La
inicial M
Entretanto, detrás de la inicial M se esconde una tragedia
real: «Trabajaba en un organismo público. A causa
del brutal acoso sufrido a manos de mis compañeros
tuve varios accidentes laborales y fui expulsada. No hubo
evaluación de riesgo: simplemente fui considerada una
persona inestable, casi una lunática. Ahora estoy en
tratamiento psicológico por estrés postraumático
y he puesto una demanda a la empresa: quiero reivindicarme
como profesional. Quiero recuperar mi empleo. Lo hago por
mí y por otros estigmatizados que eran los mejores,
los más trabajadores».
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