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Lágrimas
que ahogan es el testimonio en primera persona de
una víctima real del maltrato psicológico.
En él, la autora describe, analiza y disecciona
la personalidad de los dos protagonistas de la tragedia.
Presenta
el proceso de destrucción de una pareja de
clase media intelectual y económicamente válidos
y la compleja dinámica del chantaje, que, después
de 33 años de matrimonio, concluirá
en un divorcio traumático y sórdido.
Reflejo
de la actual posición de marginación
y discriminación social de la mujer cuando
decide concluir con el estado de no bienestar marital,
el libro analiza también la situación
en que queda la víctima una vez se libera de
la tutela del que fue su consorte, su reinserción
en el mundo laboral y social y la opresión
que el hombre ejerce sobre la mujer bajo el consentimiento
cómplice de la Administración, el poder
ejecutivo y la sociedad.
Un
testimonio valiente y conmovedor que se convierte
en un instrumento válido para recuperar la
integridad de la víctima y definir estrategias
para cada situación de chantaje emocional.
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DOS
ENTREVISTAS A GISÈLE
"El
maltratador psicológico te convierte en una piltrafa"
«La
pareja se va a hacer gárgaras»

ENTREVISTA
CON GISÈLE CORBOUD, PINTORA
Gisèle
Corboud: "El maltratador psicológico te convierte
en una piltrafa"

Foto: JOSEP GARCÍA TERESA PÉREZ
'LÁGRIMAS QUE AHOGAN'.
Instituto Francés. Moià, 8. Entrada libre.
Gisèle
Corboud (Sant Cugat del Vallès, 1949) se casó
a los 21 años y vivió un tormentoso matrimonio
que acabó tras 33 penosos años en un divorcio
"traumático y sórdido". Ahora le
ha aplicado el bisturí a su historia y el resultado
es el libro Lágrimas que ahogan (Styria). Un calvario
subtitulado Testimonio de una mujer víctima del chantaje
emocional de su matrimonio, que es el relato de un maltrato
psicológico. El libro se presenta hoy en el Instituto
Francés.
--¿Cuál
es su historia?
--Me casé joven con el hombre de mi vida porque siempre
he tenido un deseo tremendo de tener una familia, la mía
vivía en el extranjero. Aguanté. Pronto intuí
que algo no iba bien y tuve un aviso. Perdí peso
y sufrí una úlcera sangrante.
--¿Qué
tipo de aviso?
--Mi pareja decía que me inventaba sus infidelidades
y otras cosas. El maltrato psicológico es difícil
de probar, no hay pruebas físicas. Es desprecio.
Es como la gota malaya, no cesa. Te convierten en un ser
inútil, te anulan. Te dicen que todo lo haces mal.
Llegas a lo más bajo y te convierten en una auténtica
piltrafa. Es el control de dominio en la pareja, quien ostenta
el poder.
--¿Cómo
supo lo que le ocurría?
--Me matriculé a los 50 años en Derecho y
un día el profesor explicó el tema del acoso
moral y entonces me pasó toda mi vida por la
cabeza y rompí a llorar. Lo vi todo, se me cayó
el mundo encima.
--¿Superó
su drama con lágrimas como el título de su
libro?
--No, no podía llorar. Si lo hacía era peor
el escarnio y la burla a la que me sometía mi pareja.
Me aislé en mi pintura, eso me salvó.
--¿Se
escapa de un maltratador?
--Es difícil porque el maltratador es muy hábil,
cuando estás a punto de escapar vuelve a por ti.
Te capta y vuelves a caer de nuevo en sus redes.
6/3/2008 AL GRANO //

Giséle
Corboud: «La pareja se va a hacer gárgaras»
Amilibia
«Si
no se olvida el rencor no se supera el maltrato. Hay que
olvidar el rencor y perdonar al agresor», dice
-Presenta su libro «Lágrimas que ahogan»
(Styria). Es el testimonio de una víctima de maltrato
psicológico en su matrimonio...
-Sí, yo lo sufrí. En el fondo, es un problema
de control de poder. Si uno toma el poder en la pareja,
el otro es la víctima. El poder debe de estar repartido
para evitar sometimientos.

-¿Es peor que el maltrato físico? ¿Habría
preferido una bofetada?
-Los dos son indignos y repudiables. Lo malo del psicológico
es que resulta casi indemostrable ante un juez. Es difícil
que haya pruebas.
-¿Lo peor, aparte de la ausencia de pruebas?
-El sentimiento de culpa que sufre la víctima. Te
domina mentalmente y puede llevarte al suicidio.
-¿Pensó en quitarse la vida alguna vez?
-Muchas veces. Sentí mucho miedo cuando mi marido
me dijo un día: «Por fin entiendo por qué
los hombres se cargan a sus esposas».
-¿Qué le salvó?
-El amor a la vida. Amo mucho la vida. Y me ayudaron mucho
mis perros.
-¿Ha escrito este libro para ayudar o para ayudarse?
-Para ayudarme a mí misma, para recuperar la personalidad
perdida. También para que otras mujeres se reconozcan
en él. Reconocerse ayuda.
-Dicen que la víctima acaba convirtiéndose
en verdugo...
-No es éste el caso. Si no se olvida el rencor, no
se supera el maltrato. Hay que olvidar el rencor y perdonar
al agresor.
-¿Usted ha perdonado a su agresor, a su marido?
-Sí. De lo contrario, no estaría en paz conmigo
misma ni quizá podría hablar con usted.
-¿No le tentó la venganza?
-No. La venganza siempre se vuelve contra uno.
-Al final, el divorcio. ¿Por qué tardó
32 años en separarse?
-Se piensa que el mal comportamiento es temporal, que él
va a cambiar.
-Perdone, pero alguien pensará que le iba la marcha...
-No, no me iba, no soy masoquista. Pero sin darte cuenta
vas aceptando la situación, y entras en una espiral
de aceptación y culpa.
-¿Es posible recuperarse de un golpeo constante
de la dignidad durante tantos años?
-Creo que sí. Yo lo he conseguido con la ayuda de
la meditación, del yoga.
-¿Sabe ahora por qué su marido actuó
con tanta crueldad?
-No lo sé. Eso habría que preguntárselo
a él, aunque le advierto que el acosador no se reconoce
nunca como tal. No cree que es cruel, al contrario: se cree
él la víctima.
-¿Decepcionada de los hombres?
-No. Me salió uno malo, pero no todos son así.
-¿Podría volver a vivir con uno?
-No lo sé. He estado tanto tiempo sola, que me he
hecho a la soledad.
-No sé si se ha convertido en una mujer triste,
depresiva...
-Antes lo era. Ahora estoy bien, tranquila.
-Se pregunta si los vínculos familiares dejarán
pronto de ser lo que fueron.
-Creo que la pareja se va a hacer gárgaras, y la
incorporación de la mujer al trabajo tiene que ver.
Sé que las feministas me odiarán, pero...
-En fin, ¿todavía se siente una víctima?
-Ya no. Ni intención de volver a serlo. He aprendido.
-«Lágrimas que ahogan»: aprendió
a nadar...

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