CARTA DE BASILIO

Hola a todos

Como veis, este mensaje se lo envío a mucha gente. Es una rara ocasión en la que me he acordado de todos a los que considero mis amigos. Alguno no estará por error o despiste, pero todos los que lo recibais lo sois y lo sabeis. Es lo que me sale tras este largo día. Disculpad si el cansancio me hace desvariar (desbarrar)....

Escribo a las 2 de la mañana desde el ordenador del hospital. Me acerqué hoy a las 11 para ver a un conocido (el cuñado de mi novia) y aquí me he quedado. En lo que respecta a Javier, que así se llama, iba en el tren de Santa Eugenia. Afortunadamente, ha salvado la vida. Tiene los tímpanos destrozados aunque oye más o menos, tiene la cara llena de heridas y quemaduras y los ojos llenos de unos cuerpos extraños blanquecinos que parecen ser una especie de plástico que debió entrar muy caliente y que se desmorona al intentarlo extraer con pinzas o con aguja de insulina. En el ojo izquierdo tiene dos fragmentos perforantes. Uno está muy profundo, casi en cámara anterior, y el otro afecta a todo el espesor corneal. Habrá que vigilarlo con atención, aunque tiene un buen oftalmólogo ;-)

Ya que he venido, me he quedado a echar una mano y ha sido atroz. He visto piernas destrozadas, caras abiertas por la mitad, cuerpos enteros quemados, niños, incluso un bebé sin forma, que parecía un montón de carne. He visto cómo se morian dos personas pese a los esfuerzos por reanimarlos, he visto llorar a los sanitarios, enfermeros, médicos, policias, viejos, jóvenes y toda la gente de bien que intentaba ayudar o encontrar algún conocido. He visto a un traumatólogo grandote derrumbarse como un niño ante tanto dolor, una anestesista llorando desconsoladamente y he empezado a ver cosas emocionantes. He visto a médicos que se han quedado, salientes de guardia, a ayudar, personal de todo tipo que venía de sus casas a echar una mano, gente de la cocina haciendo turnos extras para hacer bocadillos y comida para todo el mundo, he visto una enfermera limpiando el cuerpo de un niño mientras lo animaba y le daba la mano, inmigrantes que consolaban a desconocidos, gente que se prestaba el móvil sin conocerse de nada, colas para donar sangre, psicólogos que venían voluntariamente, sanitarios que llevaban horas trabajando sin una queja y, en general, una corriente de solidaridad que lo inundaba todo. Sorprendentemente, no he visto odio y sí una mezcla de pena profunda y hermandad. Una hermandad que no se observa generalmente en nuestras ciudades, en nuestras vidas.
Todo eso me ha llevado a pensar en que la humanidad se divide en dos bloques. De un lado están los menos, los enfermos, los podridos, los que hacen más ruido, que son los que son capaces de meter bombas en un tren y hacerlas explotar. Del otro están los más, la gente de a pié, la que sufre la locura de los otros, la que más abunda, la que sostiene las sociedades, la que se preocupa por el vecino, por el futuro. Nosotros todos formamos parte de esa segunda mitad. Dejando aparte diferencias superficiales, fútbol, política, ganas de discutir un rato, los de la segunda mitad somos el que se queda a ayudar pese a que hay más bombas, el conductor del tren que se baja y, en vez de huir, se queda para advertir de que no se deben pisar ciertos cables de alta tensión, el que tapa con su chaqueta las piernas de un herido, el que da mantas, comida, alojamiento o lo poco que tiene al afectado, el que llora desconsoladamente, el que piensa que cada hijo podría ser el suyo, el que ve en la pena del otro su propia pena, la gente de bien que siente compasión, amor y solidaridad por el afligido y se pone en su lugar. Los del segundo bloque, todos vosotros, no son capaces de odiar, aunque lo digan, a la hora de la verdad no pueden porque no saben. Cuando pasan estas cosas, se ve.
Los del primer bloque, los miserables, los enfermos, sí odian, es lo único que saben hacer, son irrecuperables y esa es su condena. Nunca sentirán lo que nosotros. Nunca recuperarán la capacidad de amar porque nunca la han tenido. No han entendido nada. Han creido generar odio y miedo con su acción. Han generado pena, una pena muy profunda. Y amor. Un amor que lo ha cubierto todo durante unas horas, durante unos días. Un amor triste y extenso que me ha devuelto la fe en el hombre. La fe y la confianza de que la segunda mitad, mucho mayor, silenciosa y callada, nunca, nunca, nunca se dejará dominar por la primera.


Basilio

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Acoso Moral

NOTA DE LA WEBMASTER:

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