IN MEMORIAM
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DAVID
Por Josep Otón
Todo le había salido al revés. Se acababa de mudar de piso y
todo estaba patas arriba. Se había pasado el día entero esperando
inútilmente la llegada de los técnicos para instalar el teléfono
fijo y la línea de internet. Además su mujer estaba de viaje
y se había quedado solo. Y ahora, encima, no se encontraba bien. Seguramente
tenía fiebre. Algo de la cena le sentó mal. Había comido
deprisa y los nervios le habían jugado una mala pasada. Llamó
al médico de urgencias. No era nada grave. Un par de días a
dieta, una medicación para controlar la fiebre y un poco de descanso,
que es lo que más le convenía.Antes de volverse a acostar, le
envió un mensaje al móvil de Rubén. Solían ir
juntos al trabajo. Le tenía que avisar. "Estoy enfermo. No me
esperes. Informa al jefe." Desconectó el teléfono y se
puso a dormir plácidamente.

Despertó a la mañana siguiente. Se sentía
mucho mejor. Apenas tenía fiebre. Conectó el móvil. Había
muchas llamadas perdidas y una señal de mensaje recibido. Era Rubén,
como siempre quejándose por todo: "Me dejas solo". David
puso la radio. No entendía qué pasaba. Hablaban de un atentado.
Buscó otra emisora; y, de nuevo, la misma noticia. Entrevistaban a
los testigos. Parecía bastante grave.
Se fue a duchar. Luego, preparó un desayuno suave y, mientras lo tomaba,
puso las noticias. Entonces empezó a ser consciente de la dimensión
de la tragedia. Las cifras eran escalofriantes. Nunca había ocurrido
un suceso de tal envergadura. Pero el rostro de David cambió cuando
conoció el lugar del siniestro: la estación donde se tenía
que encontrar con Rubén para ir a trabajar. De golpe, ya no era una
noticia más, un atentado como tantos otros. Los muertos ya no eran
un número. Era su vida, la vida de su mejor amigo.Corrió hacia
el móvil y llamó a Rubén. Nadie cogía el teléfono.
Siguió insistiendo. "Por favor, responde. Por lo que más
quieras". Pero, aun así, nadie respondía. Presa del pánico
llamó al trabajo. "Hola, Maite. Soy David, ¿me pasáis
con Rubén?" Pero la respuesta de Maite presagiaba lo peor: "David,
qué alegría! ¡Estás vivo! ¿Has salido ileso?""Sí
estoy bien"-respondió, pero rectificó seguidamente- "Bueno
estoy enfermo y por eso no he ido a trabajar. ¿Qué sabéis
de Rubén?" Maite empezó a llorar y entre sollozos contestó:
"No sabemos nada. No ha venido a la oficina. Nos imaginábamos
que tú y él..." Maite no pudo terminar la frase.David no
se lo podía creer. Podría haber sido él quien tomara
el tren y Rubén quien se quedara en casa enfermo.

Inmediatamente telefoneó a todos los que le habían llamado. Ahora entendía la razón de tantas llamadas perdidas en su móvil. Se fueron calmando al escuchar su voz. Pero aunque los suyos ya estuvieran más tranquilos, él seguía preocupado ¿Se pondría en contacto con los padres de Rubén? ¿Llamaría a su novia? ¿Quién sabría algo de él? Y si había ocurrido lo peor, ¿qué les diría? ¿Qué decir cuándo no hay palabras? ¿Qué hacer ante la impotencia? ¿Cómo callar cuándo el silencio duele?Se dirigió a la estación con la esperanza de encontrarlo vivo; a lo sumo ingresado en el hospital con alguna herida leve. ¡Ojalá Rubén hubiera tenido suerte y se hubiera salvado!
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El lugar estaba abarrotado. Los agentes de seguridad habían acordonado
la zona y no le dejaron pasar. Había mucho revuelo: ambulancias, coches
de policía, bomberos, protección civil. Decenas de heridos yacían
ensangrentados mientras eran atendidos por los equipos médicos de emergencia.
Había algunos curiosos, pero, sobre todo, personas que esperaban conocer
el paradero de algún familiar. Sus rostros desencajados expresaban
su extrema angustia; su dolor, su rabia, su indignación, su desconcierto.David
podría haber estado entre los muertos; o herido de gravedad. Sin embargo,
un acontecimiento fortuito había permitido que estuviera vivo. ¿Se
lo tenía que agradecer a alguien? ¿Qué sentido tenía
la vida si todo dependía del azar?En plena tragedia, recordó
el mensaje de Rubén: "Me dejas solo". Unas horas más
tarde de haber sido escrita, esta frase cobraba un nuevo significado. David
no quería dejar solo a Rubén. Allí, perdido en medio
de la multitud, David empezó a entender que la vida era demasiado importante
como para depender de la suerte. ¡Ojalá encontrara a su amigo
sano y salvo, pero ello no disminuiría la tragedia! Aunque de nuevo
la suerte le fuera propicia y su amigo hubiera sobrevivido, continuaría
siendo una terrible desgracia. Otras víctimas, desconocidas para él,
no habrían escapado del zarpazo del dolor. Tal vez él se sentiría
aliviado, pero, objetivamente seguiría siendo una gran tragedia.
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¿Cuántos padres no llegarían hoy a casa para abrazar a sus hijos? ¿Cuántas historias de amor se habían truncado para siempre?Entre la gente, alguien sostenía un cartel: "Cuando muere uno, morimos todos". David se puso a llorar. Se dio cuenta de cómo, en tantas ocasiones, se había sentido indiferente frente a las desgracias ajenas y se había desentendido del dolor de otros. Hoy la desgracia se había acercado a su vida; la muerte le había rozado y, tal vez, se hubiera ensañado con su amigo. Pero ahora, David comprendía que había dejado sola a mucha gente a lo largo de su vida. Quizá, encerrado en sus preocupaciones, no había valorado la importancia de la vida de cualquier ser humano; quizá si todo el mundo fuera consciente de ello, terminarían las matanzas.
Extraído de Aunalia.com
NOTA DE LA WEBMASTER:
Las páginas relacionadas con el atentado en Madrid No tienen música. Permanecen en silencio como señal de respeto a las víctimas y a sus familiares.
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