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Cuando
llegué a Canadá para especializarme en psiquiatría
yo era un individuo extremadamente tenso y ansioso. La constitución
natural de mi sistema nervioso es del tipo hiperexcitable,
lo cual no ayuda a superar el estrés de adaptarse a
una nueva cultura ni las exigencias de una formación
médica postgraduada. Cuando estaba de guardia, no podía
comer por que los nervios me impedían tragar. Cuando
tenía que presentar un caso clínico o hablar
en público por cualquier otra razón, oía
mejor latidos de mi corazón que mi propia voz, las
piernas me temblaban y tenía la impresión de
que me iba a desmayar de un momento a otro. Por eso me interesó
mucho una clase de Wolfgang Luthe, discípulo directo
del médico alemán J.H. Schultz, sobre la posibilidad
de modificar la actividad del sistema nervioso con técnicas
de concentración mental. Sus teorías me recordaron
una famosa frase del premio Nóbel español Santiago
Ramón y Cajal:
"Todo
hombre puede ser, si se lo propone, el arquitecto de su propio
cerebro".
La
idea de ser "arquitecto de mi cerebro" me había
dado mucha moral y esperanza durante la carrera de medicina,
pero nadie hasta entonces me había enseñado
como se hace. Al poco tiempo de practicar diariamente las
técnicas básicas de Luthe, mis síntomas
desaparecieron y mi temperamento se fue transformando desde
ser "un tipo nervioso" hasta convertirme en una
persona con un nivel de reactividad ante el estrés
sensiblemente mejor que la media.
La
calma, como el estrés, es un estado natural del organismo.
Nuestro
cerebro está dotado de mecanismos automáticos
que se activan cuando percibimos la necesidad de llevar a
cabo una tarea o de conseguir un objetivo. En el menor de
los casos, el objetivo es saber lo que pasa a nuestro alrededor,
y el estado que se produce es el de alerta. Cuando la activación
es mayor aparecen los estados de hipervigilancia, inquietud,
ansiedad, agitación y pánico. En situaciones
de peligro todo este sistema se activa rápidamente,
preparando al organismo para luchar o para huir. Al mismo
tiempo, aumenta la secreción de hormonas como la adrenalina
y el cortisol, y se produce una reacción de estrés,
con tensión muscular generalizada, mayor necesidad
de oxigeno, taquicardia y aumento de la tensión arterial
(para enviar más sangre a los músculos) y estrechamiento
de la atención (para concentrarse solamente en la amenaza).
Todo
esto resulta muy útil cuando de verdad estamos ante
un peligro que requiere una respuesta física masiva,
por ejemplo, el ataque de un león o de un grupo de
salvajes blandiendo lanzas. Por fortuna, la situación
general en que trascurren nuestras vidas ha variado enormemente
desde el comienzo de los tiempos. Ya no es habitual para el
hombre moderno encontrarse ante peligros de este tipo, que
si debían ser frecuentes para el hombre primitivo.
Por desgracia, nuestro cerebro todavía no se ha enterado
del cambio, y continúa reaccionando instintivamente
como hace cien mil años, a pesar de que la mayoría
de los peligros que nos acechan hoy en día requieren
otro tipo de acción. Por eso cuando un vecino nos desprecia,
el jefe nos mira mal, un coche nos adelanta por mal sitio
o nuestra pareja se muestra desatenta nos sentimos como si
tuviéramos que pelear con un dinosaurio. A veces lo
hacemos, no hay nada más que leer los periódicos
para enterarnos de lo salvaje y violenta que puede llegar
a ser la gente. Sin embargo, la mayoría de las veces
conservamos la suficiente cordura para darnos cuenta de que
la reacción natural es inapropiada, nos contenemos,
y no pasamos a las manos ni salimos corriendo. Pero la activación
está hecha, el corazón va demasiado deprisa,
la presión arterial sube hasta enfermarnos, los músculos
se agarrotan, el exceso de respiración nos produce
mareos y el estrechamiento de la atención nos impide
buscar soluciones alternativas.
Junto
al sistema del estrés, nuestro cerebro tiene otros
mecanismos cuya activación produce tranquilidad, calma,
serenidad y, finalmente, sueño. Este "sistema
de la calma" se activa automáticamente cuando
no hay nada que hacer, y favorece la recuperación de
energías, la incorporación de sustancias nutritivas
y la reorganización mental. Hace que disminuye la secreción
de las hormonas estrés, (cortisol y adrenalina), aumenta
la secreción de insulina (la hormona de la digestión),
se relajan los músculos, el corazón va despacio,
la tensión arterial baja y la consciencia se amplia,
facilitando que nos demos cuenta de todos los diferentes aspectos
de las circunstancias que tengamos en mente. El afecto incondicional,
la estimulación suave de una caricia y, en general,
los entornos que nos dan sensación de seguridad, protección
y congruencia también estimulan el sistema de la calma.
Normalmente,
los dos sistemas están en equilibrio, de tal manera
que el aumento de activación de uno de ellos se corresponde
con una inhibición relativa del otro. Con el entrenamiento
apropiado es posible llegar a niveles muy finos de interacción
entre ambos. El experto en artes marciales, por ejemplo, coordina
una gran amplitud de la atención y una profunda relajación
psíquica, ambas propias del estado de calma, con los
reflejos instantáneos y la enorme actividad muscular
del estado de estrés. La persona normal sin entrenamiento
no es capaz de tanta finura, pero si puede alternar rápidamente
entre niveles moderados de activación de cada sistema
según lo requieran las circunstancias. Algunos ejemplos:
Estoy
dormido (estado de calma) y de repente se cae abre una ventana
que estaba mal cerrada. Mi subconsciente percibe el ruido
como un peligro, el sistema de estrés se pone en marcha,
me despierto con sensación de alerta y vigilo rápidamente
la habitación. Veo la ventana abierta, me levanto,
la cierro bien, me acuesto y me vuelvo a dormir.
Voy
paseando por el campo y un desconocido se me acerca corriendo.
Mis músculos se tensan e inspecciono atentamente su
rostro en busca de señales amenazantes y sus manos
en busca de algún tipo de arma. El buen hombre pasa
de largo por mi lado y me dio cuenta de que sólo está
haciendo ejercicio. Mi cuerpo se relaja y sigo paseando tan
feliz.
En
ocasiones, el cambio de un sistema a otro no es tan rápido
ni tan sencillo. Si tengo un sistema de estrés hiperactivo,
y durante el día lo he usado en exceso, estaré
demasiado cansado por la noche para mantenerlo en "standby"
y es posible que no me despierte cuando se abre la ventana.
Pero si me despierto, la hiperactivación va a dificultar
que me vuelva a dormir y seguramente me quedaré intranquilo
y desvelado durante horas.
Cuando
se me acerque un extraño, puede que mi contracción
muscular sea excesiva, que mi corazón me de un vuelco,
que se me ponga un nudo en el estómago y que me lleve
un susto que me estropee el paseo.
Un
problema sobreañadido procede de nuestra capacidad
de recordar, anticipar, extrapolar y, en general, crear una
estimulación estresante en el mundo interno de nuestra
mente, independientemente de como estén las cosas a
nuestro alrededor. En el ejemplo del sueño, puede que
no solamente no me duerma, sino que, además, empiece
a dar vueltas a lo mal que está construida la casa,
con ventanas que no cierran, me amargue pensando en la hipoteca
y me entren ganas de pegar al constructor, todo ello estímulos
estresantes que no vienen a cuento en absoluto. Los efectos
nocivos de la tendencia al autoestrés son tan importantes
que les he dedicado un apartado entero en el Paso Tercero,
minimizar el daño.
Entrenamiento
del sistema de la calma. Todavía no he encontrado a
nadie que tenga excesivamente activo el sistema de la calma,
por lo menos a nadie que se queje de ello. Lo que si tenemos
hiperactivo casi todos los habitantes del mundo occidental
es el sistema del estrés, por lo cual no es necesario
desarrollar técnicas para entrenar este sistema. La
vida misma que llevamos hace que funcione muy bien, demasiado
bien, y podemos desentendernos de él y dedicarnos a
entrenar el sistema de la calma, que es el que necesita fortalecimiento.
De paso, mientras estamos aprendiendo a activar el sistema
de la calma, vamos acostumbrando a nuestro organismo a cambiar
flexiblemente entre los dos sistemas, con lo cual perfeccionamos,
casi sin darnos cuenta, la finura de su interacción.
Todas
las técnicas de concentración mental que activan
la calma requieren un entrenamiento de la atención
y una perseverancia en el procedimiento correcto. Después
de todo, se trata de fortalecer un sistema que está
infrautilizado, y eso requiere una constancia en su uso. Excepto
el individuo ocasional que tiene gran habilidad para entrar
en estados de calma, la mayoría de las personas encuentran
dificultades al principio. La secuencia del aprendizaje de
la meditación es parecida a la de, pongamos por ejemplo,
patinar sobre hielo o a conducir un automóvil: Parece
imposible cuando uno no sabe como hacerlo, es difícil
al empezar, luego cada vez más fácil según
se va aprendiendo la técnica, y acaba formando parte
de la propia naturaleza cuando se adquiere la práctica
suficiente.
Ante
todo, hay que deshacerse de dos errores muy frecuentes que
entorpecen el aprendizaje del método:
El
nombre popular de "Técnicas de Relajación"
lleva fácilmente al error de creer que tienen que producir,
obligatoriamente, un estado de relajación, o si no,
no funcionan. La realidad es un poco más compleja.
Es cierto que la relajación, que se define como "sentimiento
difuso de seguridad y protección, de que todo está
bien y en orden" aparece regularmente durante la práctica
de los ejercicios de meditación. Pero no siempre es
así. Hay otras manifestaciones que se producen durante
la activación del sistema de la calma que, aunque generalmente
pasan desapercibidas, pueden a veces ser muy notables. Por
ejemplo, durante la meditación aumenta la sensibilidad
a la percepción de estados internos. Si partimos de
un estado negativo por ejemplo, cierta tensión,
ansiedad, irritación, tristeza la mejor percepción
de esa emoción desagradable obscurece la sensación
de relajación durante los primeros minutos. En otras
ocasiones, la percepción de estados negativos no es
inmediata, sino que se produce de repente durante el ejercicio
de la meditación, como si fuera una descarga súbita
de tensiones contenidas. Aunque en el momento suelen experimentarse
como desagradables, todos estos fenómenos son beneficiosos
a la larga, aunque para su manejo terapéutico podemos
necesitar un profesional cualificado.
Algunas
personas aseguran que no pueden aprender las técnicas
para mantener la calma, sea porque son muy nerviosas, sea
porque no son capaces de concentrarse. La verdad es que lo
único que les ocurre es que no acaban de ponerse seriamente
a ello, o que se desaniman antes de empezar. En otros casos
más graves, la resistencia al ejercicio indica un fallo
en el Primer Paso, cuando la persona no se da cuenta de su
poder o renuncia a él, y prefiere entregarse a la desesperación
resignada o al lamento continuo, en vez de decidirse a ir
construyendo su vida. Este era el caso de Anabel, que he comentado
en el capitulo anterior. Como ocurre en otras personas en
situación similar, la autoinducción de la experiencia
de calma reforzó su motivación a tomar, definitivamente,
la responsabilidad de su vida en sus manos. Pero antes fue
necesario que alcanzara un cierto nivel de posesión
de si misma antes de que se decidiera a desarrollar su capacidad
de mantener la calma.
Por
qué la atención modifica nuestro estado emocional.
Normalmente,
no somos conscientes de ejercer ningún control sobre
nuestra atención. Las cosas que pasan "nos llaman
la atención", es decir, solemos tener nuestra
"facultad de darnos cuenta" disponible para que
cualquier estimulo que sobresalga un poco sobre los demás
la atraiga o se la lleve. Esta es la atención difusa,
muy útil para escanear el entorno en previsión
de posibles anormalidades o peligros. Cuando los estímulos
son demasiados y nuestra atención salta continuamente
entre ellos, sin quedarse con ninguno, tenemos la atención
dispersa. Mucha gente vive en perpetuo estado de atención
dispersa, no sólo por todas las cosas interesantes
que pasan a su alrededor sino, sobre todo, por que se dejan
llevar por toda la actividad interna de su mente, llena de
imágenes, recuerdos, pensamientos, preocupaciones y
ocurrencias. En su expresión máxima, es lo que
se llama "ornitofrenia", tener la cabeza llena de
pajaritos o tener la cabeza a pájaros. Gracias a la
insistencia de nuestros profesores, todos hemos aprendido
en la escuela a focalizar la atención, es decir, a
fijarla en algo concreto, como en una lección o en
la resolución de un problema de matemáticas.
No distraerse quiere decir no hacer caso de todos los demás
estímulos, y mantener nuestra atención concentrada
en lo que estamos haciendo. La atención así
focalizada tiene una finalidad, sea enterarnos de lo que nos
dicen, sea resolver un problema de cálculo o, en general,
conseguir el resultado que nos proponemos. Por eso se llama
"atención concentrada activa" o, más
simplemente, concentración activa. Cuando la concentración
activa se mantiene mucho tiempo, o con mucha intensidad, se
empiezan a disparar las zonas cerebrales que sustentan la
respuesta de estrés. De hecho, una de las razones por
las que tenemos hiperactivo el sistema del estrés es
porque nuestra educación nos ha obligado a hacer un
gran uso de la concentración activa.
El
estado de atención que vas a aprender y practicar ahora
para activar el sistema de la calma se llama "concentración
pasiva". Es concentración porque tienes que focalizar
la atención en algo, y es pasiva porque, al contrario
de la activa, no se persigue con ella ningún fin determinado,
ni se pretende conseguir nada, ni llegar a ningún resultado.
Normalmente no practicamos este tipo de atención porque,
¿para que vamos a hacer el esfuerzo de concentrarnos
para nada?. Bueno, ahora vas a practicarla porque quieres
desarrollar tu capacidad de mantener la calma, pero antes
déjame que te explique una paradoja de la técnica:
No
es posible producir un estado de calma aposta, no en el mismo
sentido en el que si es posible levantar una silla o rascarte
la cabeza cuando quieras. El estado de calma es la consecuencia
de la activación de determinadas zonas cerebrales,
y, por mucho que nos empeñemos, no podemos conseguir
que esas zonas se enciendan a voluntad. De hecho, suele ocurrir
lo contrario: cuanto más esfuerzo y voluntad ponemos
en relajarnos, más tensos y nerviosos acabamos estando.
Recuerda que la concentración activa, es decir, la
atención focalizada en algo para conseguir un determinado
resultado, pone en marcha los circuitos del sistema del estrés.
Por
el contrario, la concentración pasiva, es decir, concentrarse
en algo sin ninguna exigencia y sin esperar ningún
resultado, pone en marcha los circuitos del sistema de la
calma. La paradoja es que sólo podemos "conseguir"
relajarnos cuando no pretendemos conseguirlo. Naturalmente,
si nos ponemos a practicar la técnica es porque queremos
un resultado, pero, una vez que empezamos la concentración,
renunciamos a toda exigencia, pasamos de todo lo que ocurra,
aceptamos sin discutir todos los pensamientos, imágenes,
sensaciones o lo que sea que se nos venga a la mente.
Hay
situaciones naturales en las todos hemos practicado la concentración
pasiva sin darnos cuenta. Mirando al mar en un día
de moderado oleaje, por ejemplo, puede ser que nos concentremos
en el movimiento de las olas, sin protestar porque unas sean
mas altas, otras dejen más espuma y otras hagan más
ruido, ni incomodarnos porque pase una gaviota o porque sople
la brisa. El estado de calma que se produce con esta actividad
explica porqué a mucha gente le gusta mirar al mar.
Otras personas pueden alcanzar un estado similar viendo como
el aire mece las copas de los árboles o como discurre
el tráfico desde su ventana. Lo único que necesitamos
es algo en que concentrarnos y una actitud de absoluta aceptación
de todo lo que percibimos.
Lógicamente,
si estás en un velero y el mar empieza a picarse es
muy difícil que mantengas la misma actitud que si estás
cómodamente sentado en el mirador del puerto. Por eso,
para empezar, hay que buscar un sitio y un momento en el que
sea fácil mantener la concentración pasiva.
Con un poco de práctica, podremos entrar en estado
de calma hasta en medio de un bombardeo (de hecho, mi maestro
Luthe, que estuvo en la segunda guerra mundial, me contó
historias de este tipo), pero de momento es mejor ir poco
a poco.
EJERCICIO
DE COMPROBACIÓN: Asegúrate que tienes un rato
para ti solo, en el que nadie te va a molestar. Siéntate
en un sillón o en una silla cómoda. Cierra los
ojos y no hagas nada. Si hiciste el primer ejercicio de comprobación
del Paso Uno, seguramente te diste cuenta de que la mente
está funcionando todo el tiempo. Hay que dejarla, es
imposible pararla, pero si no le haces caso suele acabar por
detenerse y quedarse vacía por si misma. Practica ahora
conscientemente la actitud de aceptación pasiva. Si
se te queda la mente en blanco, bien. Si vienen imágenes,
recuerdos o proyectos, bien. Da igual. Se trata de estar con
los ojos cerrados sin hacer nada, pasando totalmente de lo
que haga tu cerebro. Si te distraes, bien. Deja la distracción
y vuelve a lo que estabas haciendo, o sea, nada.
Casi
nadie dura más de un minuto con este ejercicio. Los
primeros segundos parece bastante fácil, pero luego
las distracciones cada vez nos van incomodando más
y, si uno se empeña en insistir, acaba siendo contraproducente.
Déjalo en cuanto empiece a resultarte difícil,
con unos segundos de concentración pasiva es suficiente
para darse cuenta de como es. Ya irás mejorando con
la práctica.
En
el ejercicio que acabamos de hacer no hay un foco definido
de concentración, sólo te he pedido que "no
hagas nada". Sirve para iniciarse en la comprensión
de lo que es la aceptación pasiva y darse bien cuenta
de la diferencia entre lo que tú haces ("nada")
y lo que hace tu cuerpo por su cuenta (el corazón palpita,
el pecho se mueve para llevar la respiración, el cerebro
da vueltas a montones de imágenes, ideas y sentimientos
).
Reflexiona en lo que acaba de pasar, y te darás cuenta
que hay cantidad de automatismos que vienen solos, sin que
tú los llames ni pretendas producirlos. Puede que hayas
notado un picor, o una tensión en algún sitio,
o un pequeño temblor, o hayas tenido la necesidad de
moverte o qué se yo. Con un poco de suerte, puede que
alguien haya hecho algún ruido, o que haya sonado un
timbre
, lo cual te da una oportunidad extra de pasar
y desentenderte de la repentina excitación que se haya
producido. Lo importante es que has empezado a diferenciar
entre lo que tú haces con tu atención y lo que
hacen los estímulos - los que vienen del entorno y
los que surgen dentro de ti - , que intentan atraer tu atención
para que les hagas caso. En situación normal te hubieras
distraído con cualquier cosa, te hubieras puesto a
pensar en algo, tus pensamientos se habrían ido asociando
unos con otros
. En la situación del ejercicio
de concentración pasiva eso no pasa, y si pasa sales
enseguida de la distracción y vuelves a pasar de todo.
Ya sé que es difícil. Hace falta ser un lama
del Tibet para mantener este estado mucho tiempo, pero un
minuto esta al alcance de cualquiera.
EMPEZANDO
A MEDITAR.
Una forma de mantenerse en el estado de concentración
pasiva más tiempo es fijar la atención en algo
concreto. Hay tantas técnicas de meditación
como objetos posibles de concentración. La meditación
trascendental, por ejemplo, toma como foco de concentración
un sonido imaginario, generalmente "OM", pronunciado
mentalmente como "OOOMMM". Los meditadores yogis
forman una imagen mental de algo, fácil al principio,
como un punto de luz, una perla o una flor, luego más
complejo, como un loto con mil pétalos o la imagen
de una persona, generalmente el Buda o un gurú vivo
que conocen .
Como
lo que buscamos es el entrenamiento de una capacidad personal
que queremos tener siempre disponible, es importante independizarnos
desde el principio de estímulos externos y concentrarnos
en algo que dependa sólo de nosotros. No recomiendo
"relajarse" oyendo música está
bien oír música, sobre todo clásica,
primero por puro placer artístico y luego por los beneficiosos
efectos que tiene sobre las emociones, pero eso es otra técnica
- ni tampoco poner una cinta con frases grabadas, ni, mucho
menos, fijar la vista en una vela o en un florero. Esos son
métodos que pretenden facilitar la meditación
a los principiantes, dándoles un estadio externo preparatorio
a la fase mental de la meditación propiamente dicha,
pero es perfectamente posible empezar directamente con la
técnica buena desde el principio.
El
entrenamiento autógeno es una forma de meditación
que emplea como foco de concentración las sensaciones
propioceptivas (propioceptivo = que procede de la actividad
normal de nuestro cuerpo). Tiene sobre otras técnicas
la ventaja de no requerir ningún esfuerzo de imaginación,
por lo que permite dedicarse exclusivamente al entrenamiento
de la atención. Además tiene efectos terapéuticos,
tales como mejorar la percepción de la imagen corporal
por eso la utilizo en el tratamiento de la anorexia
nerviosa la regulación de las funciones vegetativas
por eso es tan eficaz en medicina psicosomática
y la facilitación del autoconocimiento
por lo que sirve de base para métodos avanzados de
psicoterapia.
EJERCICIO
DE ENTRENAMIENTO AUTOGENO
En
una habitación razonablemente tranquila, siéntate
en una silla cómoda o un sillón no muy bajo,
con los pies bien puestos en el suelo, ligeramente separados,
los brazos naturalmente flexionados, apoyados en los muslos
o en los brazos del sillón, la espalda apoyada en el
respaldo, el cuello relajado, dejando que la cabeza se incline
ligeramente hacia delante. Cierra los ojos. Permite sentir
sin ningún esfuerzo todas las sensaciones que vienen
del brazo derecho, tomado en bloque desde el hombro hasta
la punta de los dedos. Date cuenta de la sensación
de peso, que siempre está ahí. Para ayudar a
la concentración repites mentalmente, por dentro, en
silencio, la frase "mi brazo derecho es pesado".
Es la pura verdad que tu brazo derecho es pesado, no te estás
inventando nada ni haciendo ningún esfuerzo de imaginación
ni sugestionándote con nada. Simplemente acepta la
sensación de peso que sientas, sin meterte en discutir
contigo mismo si es mucho o poco, o si es otra cosa. Si viene
cualquier otra idea, sentimiento o sensación, aplica
la "aceptación pasiva" y pasa olímpicamente
de ella.
Después
de unos cinco o diez minutos, calculados a ojo, termina en
tres etapas sucesivas: 1) Respira hondo, toma aire a conciencia
y déjalo salir. 2) Cierra los puños y flexiona
los brazos con fuerza, después estíralos como
si te estuvieras desperezando 3) abre los ojos.
¿Qué
tal? Como habrás visto, el ejercicio en sí es
muy sencillo, pero los efectos que produce son muy variados.
Haz memoria y compara como te sientes ahora con como te sentías
justo antes de hacer el ejercicio. Lo más probable
es que notes una mayor tranquilidad, lo cual demuestra que
ha tenido efecto. En el raro caso de que te sientas peor es
posible que hayas cometido alguno de los errores técnicos
que explico más abajo y en las notas. También
puede ser que hayas experimentando las consecuencias de una
mejor percepción de tu estado de tensión o que
se haya producido la liberación de algún trauma
enterrado en tu subsconsciente, dos fenómenos bien
conocido y de gran interés terapéutico.
Recuerda,
no tienes que comprobar durante el ejercicio si está
funcionando o no. No hay que relajarse, ni sentir peso en
el brazo, ni nada. Tampoco importa si has sentido el peso
en el brazo izquierdo en vez del derecho, o en cualquier otro
sitio. Solamente hay que aceptar lo que ocurra, sin discutir
ni contrariarse ni extasiarse ni pretender que la experiencia
sea o deje de ser de una manera determinada. Naturalmente,
hay que hacer la técnica exactamente como la he descrito.
Esta es otra paradoja del ejercicio, tienes que seguir rigurosamente
el procedimiento sin permitirte ninguna variación,
pero al mismo tiempo dejas totalmente libre tu cerebro para
que haga lo que le parezca, aceptas todos los contenidos que
vengan solos a la consciencia, sin luchar contra ellos y sin
tampoco ponerte a pensar en ellos. Si te parece, puedes leer
ahora las notas a pie de página que he ido poniendo
mientras describía la técnica por si alguna
te resulta de utilidad. Son aclaraciones a las dudas y preguntas
más frecuentes que suelen surgir mientras se aprende
el primer ejercicio de entrenamiento autógeno.
Además
de inducir el estado de calma, el entrenamiento autógeno
tiene otros dos efectos, que es conveniente saber aunque quizás
no te hayan ocurrido aún. Son el aumento de la capacidad
de percepción y la descarga de tensiones acumuladas
y traumas reprimidos.
Tres
son los efectos del estado autógeno:
1.
El tono afectivo básico de calma y bienestar, consistente
en la sensación de que todo está bien y de que
los temores y las preocupaciones no tienen razón de
ser. En ocasiones se acompaña de sentimientos de trascendencia,
de estar en contacto con algo más amplio que la propia
personalidad, y experiencias muy profundas de paz, protección
y seguridad.
2.
El aumento de la percepción interna, con ampliación
de la consciencia, que permite la revivencia de acontecimientos
recientes, la recuperación de recuerdos y el descubrimiento
de relaciones y asociaciones entre acontecimientos, informaciones,
conceptos, etc. Uno puede darse cuenta de actividades pendientes,
como una llamada de teléfono, un trabajo a completar
o una gestión importante, y también de estados
emocionales internos, como ansiedad, tristeza, etc, o de estados
fisiológicos, como hambre, cansancio
Es importante
no dejarse arrastrar por estos fenómenos, porque si
les hacemos caso interrumpimos la concentración pasiva
y, con ella, los efectos del ejercicio.
3.
Las descargas autógenas, auténticos fenómenos
paroxísticos de descarga nerviosa, que pueden ser pequeños
movimientos o temblores, hormigueos, sensaciones extrañas
como flotar o cambiar de tamaño, o descargas emocionales,
como llanto, risa, ansiedad o imágenes mentales de
algún acontecimiento o situación más
o menos traumático. No hay que asustarse si pasa algo
de esto, por que es una evidencia de que el ejercicio de concentración
pasiva ha puesto en marcha los mecanismos de neutralización
de registros traumáticos y sobrecargas nerviosas. Si
estos fenómenos son muy intensos o no desaparecen en
poco tiempo aconsejo consultar a un especialista del Instituto
de Psicoterapia e Investigación Psicosomática,
donde se imparten regularmente cursos de entrenamiento autógeno
y se llevan a cabo tratamientos de psicoterapia autógena.
El teléfono es 902 10 52 10 y la pagina web es www.psicoter.es
PROGRAMA
PARA DESARROLLAR LA CAPACIDAD DE MANTENER LA CALMA
Ahora
que ya conoces la técnica de mantener la calma, es
cuestión de que la practiques de manera regular hasta
convertirte en un auténtico experto. La aparente sencillez
de la técnica puede engañarnos sobre la enorme
eficacia de sus efectos, y hacernos creer que sirve sólo
de truco ocasional para eliminar momentos puntuales de estrés
o tensión. Aunque ésta es una aplicación
legitima y muy útil, no es nada aconsejable contar
con ella desde el primer momento, ni aprender el método
sólo para eso. Los primeros estadios de aprendizaje
requieren práctica regular, preferiblemente a horas
fijas y con un estado de ánimo reposado y tranquilo.
Luego, si que resulta conveniente que el meditador avanzado
vaya introduciendo el ejercicio en momentos de tensión,
no sólo para contrarrestarla, sino, sobre todo, para
aumentar su capacidad de mantener la calma incluso en medio
del más intenso estrés.
Calcula
que hacen falta entre tres y seis meses para que los cambios
producidos por la mejor regulación del sistema nervioso
se hagan permanentes. Esto no quiere decir que el ejercicio
no sea efectivo desde el primer día, que si que lo
es, sino que ese es el tiempo que necesita un sistema de calma
infrautilizado en adquirir la fortaleza necesaria para equilibrar
un sistema del estrés hiperactivo. En pocos días
ya empezarás a notar la diferencia, pero no te despistes,
porque los efectos se pierden enseguida si uno deja de hacerlo
con regularidad.
El
primer día, practica en cuatro ocasiones distintas
la concentración en la sensación de peso en
el brazo derecho (o en el brazo izquierdo, si eres zurdo total).
Para entrenar la calma es más importante la frecuencia
de los ejercicios que su duración, que al principio
suele ser de unos cinco minutos, más o menos. Los momentos
en los que se hace el ejercicio pueden ser a primera hora
por la mañana, poco antes o después de comer,
a media tarde, y al final del día, antes de acostarse.
De todas formas, el horario preciso de meditación lo
fijas tú, lo único que importa es que las horas
que elijas :
Sean
propicias para hacer el ejercicio, que puedas evitar interrupciones,
molestias excesivas y compromisos durante los cinco minutos
aproximados que dura el ejercicio, y
Que
puedas mantenerlas con regularidad, de manera que se sean
"islas de tiempo" fijas en tu jornada, dedicadas
exclusivamente a la concentración.
Al
tercer día, puedes ya añadir la concentración
de peso en el brazo izquierdo, de la manera siguiente:
Empiezas
como siempre, permites sentir todas las sensaciones del brazo
derecho, te fijas en la sensación de peso, y repites
mentalmente la fórmula
"mi
brazo derecho es pesado". Es verdad que es pesado, es
una propiedad que tiene, y lo único que haces con la
repetición de la fórmula es acompañar
la vivencia de peso que siempre está en el brazo, aunque
a veces no la notes o se note de manera distinta. Al cabo
de un rato, haces como si pasaras la concentración
del brazo derecho al brazo izquierdo (o al derecho, si eres
zurdo y empezaste por el izquierdo), permites sentir todas
la sensaciones que vienen del brazo izquierdo y repites mentalmente
la nueva fórmula "mi brazo izquierdo es pesado".
A veces, uno sigue sintiendo el brazo derecho en vez del izquierdo.
Es normal, porque llevabas rato concentrado en ese brazo,
y con el izquierdo acabas de comenzar. No hagas ni caso, acepta
sin más lo que ocurra, y continua con "mi brazo
izquierdo es pesado". Acaba de la manera estándar,
con una respiración profunda, un flexión de
brazos, como si te desperezaras al despertar, y finalmente
abres los ojos.
Tres
días después puedes añadir el tercer
paso: después de concentrarte en el brazo izquierdo
un rato, cuando notas que está más o menos como
el derecho, repartes la concentración en los dos brazos.
Es como si estiraras la concentración, para ponerla
en el brazo derecho y en el brazo izquierdo simultáneamente.
La nueva fórmula es: Mis brazos son pesados. Termina
siempre el ejercicio de la manera estándar.
Tres
días más tarde, añades la pierna derecha.
Empiezas igual que siempre, te concentras un rato en los dos
brazos, y después dejas los brazos como estén
y cambias la concentración a la pierna derecha. Permites
sentir todas las sensaciones que vengan de la pierna derecha,
y repites la nueva fórmula "mi pierna derecha
es pesada". Termina como siempre. A estas alturas, la
duración del ejercicio puede estar alrededor de diez
minutos. Está bien, no lo hagas más largo que
eso.
Tres
días después ya hace 12 días que empezaste
el método. Puede que hayas tenido cantidad de experiencias
interesantes o puede que no hayas sentido nada más
que el peso, o puede que no hayas sentido nada de nada. Da
igual, el ejercicio funciona pase lo que pase, de lo único
que se trata es de mantener la concentración pasiva
en lo que estés haciendo, pasando de todo lo demás.
Añade ahora la pierna izquierda, desde la cintura hasta
la punta de los dedos de los pies. La nueva fórmula
es "mi pierna izquierda es pesada". No te olvides
de terminar de la manera estándar.
Tres
días más, y, después de concentrarte
un ratito en la pierna izquierda, amplias la concentración
para añadir la nueva fórmula "mis piernas
son pesadas". Después de practicar esto durante
tres días, amplias la concentración para incluir
los brazos y las piernas, y añades la última
fórmula "mis brazos y piernas son pesados".
No
tiene que durar el ejercicio en su forma completa más
de quince-veinte minutos. Si dura mucho menos, es que vas
demasiado deprisa, o que te saltas algún paso. Después
de algún tiempo, puede que sientas el peso enseguida
y tiendas a pasar poco rato en cada etapa, hasta llegar en
breve a la última fórmula, "mis brazos
y piernas son pesados". Está bien. Puedes permanecer
un rato más en esa última etapa, y menos en
las anteriores. No hace falta que la distribución del
tiempo sea idéntica en cada etapa, sólo se trata
de ir recorriendo brazo derecho-brazo izquierdo-los dos brazos-pierna
derecha-pierna izquierda- las dos piernas- brazos y piernas.
El hecho de ir cambiando entrena tu capacidad de mover tu
concentración donde quieres, y va aumentando tu control
sobre la atención. Si quieres, después de un
tiempo y para simplificar, puedes empezar el ejercicio concentrándote
en ambos brazos directamente, con la fórmula "mis
brazos son pesados", y al cabo de un rato ampliar a "mis
brazos y piernas son pesados". Reducir así el
ejercicio a dos pasos resulta más cómodo y ahorra
tiempo, pero asegúrate de que has entrenado primero
el cambio de atención paso a paso.
Con
frecuencia, sólo con ponerse en posición, sentado
en la postura estándar y cerrando los ojos, ya se experimentan
las sensaciones propias del estado autógeno, lo cual
se conoce como "estadio reflejo" del entrenamiento
autógeno. Practica de vez en cuando la producción
del estadio reflejo, primero recordando con todo el cuerpo
la sensación de relajación más profunda
que hayas tenido, justo antes de empezar, o unos minutos después
de terminar. Luego, toma la posición estándar
en cualquier momento durante el día, independientemente
de las horas de hacer el ejercicio, y recuerda el estadio
reflejo. Cuando estés bien entrenado en el "recuerdo
de la sensación de relajación" hazlo siempre
que se te ocurra, en cualquier momento y posición.
El recuerdo es muy breve, cuestión de segundos, y pronto
llegará un momento en que podrás recordar la
sensación de relajación sólo con pensar
en ella, aunque las circunstancias exteriores sean de lo más
estresantes y agobiantes.
A
partir de ahora, además de practicar en los cuatro
momentos establecidos en tu jornada diaria, ya puedes utilizar
el ejercicio de manera ocasional cuando te haga falta, sea
porque estés a punto de perder los nervios, o porque
te estés angustiando, o, simplemente, antes de una
actividad que por experiencia sabes que puede alterarte. Ten
en cuenta, sin embargo, que, si el sistema del estrés
está muy activado cuando empiezas a hacer el ejercicio,
lo primero que notas es esa activación y puede parecerte
que el ejercicio no está funcionando. Continua, porque
hay que dar tiempo a que se disuelva esa barrera emocional
negativa para notar bien los efectos de la calma, aunque en
realidad están presentes desde el primer instante,
mezclados con la tensión que tengas en ese momento.
El
sistema de la calma empieza a activarse en cuanto empiezas
la concentración pasiva, a veces incluso en cuanto
te pones en la posición estándar para hacer
el ejercicio. Su nivel de activación va aumentando
poco a poco, hasta que en un determinado momento supera el
nivel de activación del sistema del estrés.
FORMACIÓN
PRESENCIAL EN PSICOTERAPIA AUTÓGENA
En
el Instituto de Psicoterapia e Investigación Psicosomática
de Madrid se imparten cursos básicos de 16 horas, en
clases semanales durante 8 semanas o intensivos en fin de
semana. El contacto para información e inscripción
es por fax 91 5548995 o por teléfono 902 10 52 10.
OTRAS
TÉCNICAS.
Son
muy interesantes las técnicas de concentración
en el movimiento, tal como la practican los Sufies con el
baile de los derviches o los chinos con el Tai Chi. Esta última
técnica, que consiste en la repetición de una
secuencia de movimientos a medio camino entre la danza oriental
y las artes marciales, viene muy bien para algunas personas
que tienen dificultades con la concentración mental,
aparte de ser de gran eficacia fisioterapéutica para
tensiones y lesiones musculares y articulares. Algunas técnicas
Zen consisten en la concentración en una tarea estereotipada
que debe realizarse en estado de concentración pasiva,
como la ceremonia del té, el ikebana o arreglos florales
y el tiro con arco . El mayor inconveniente de todos estos
procedimientos es la dificultad de integrarlos en una vida
occidental ajetreada.
Hay
algunas otras técnicas muy sencillas que, aunque no
son las mejores para obtener los efectos de una práctica
continuada, son útiles como una primera aproximación
a mantener la calma. Tienen poco poder para facilitar la auto
percepción desapegada y sin auto engaño, pero
sirven para ganar un cierto control sobre los mecanismos de
estrés y pueden ser provechosas para personas que tienen
dificultad para aprender las técnicas de meditación.
Relajación
muscular de Jacobson. Se apoya en el principio básico
de que no podemos controlar lo que no conocemos e, inversamente,
cuando sabemos hacer algo de manera consciente y aposta, también
podemos dejar de hacerlo cuando queremos. Una de las señales
más notorias y frecuentes de la activación del
sistema del estrés es la contracción muscular,
más marcada en general en la frente, la boca, los hombros
y el cuello. Por eso es tan frecuente que las personas estresadas
tengan dolores de cabeza, que rechinen los dientes y que les
duela la espalda. La técnica descrita por Jacobson
empieza contrayendo de manera voluntaria algunos grupos musculares,
por ejemplo los del brazo derecho. Una vez que somos bien
conscientes de la tensión muscular, aflojamos el brazo,
fijándonos bien en la sensación de relajación
muscular que se produce. Si hacemos lo mismo paulatinamente
con todo el cuerpo, acabamos dándonos cuenta con facilidad
de los estados de tensión y, una vez que sabemos como
apretar los músculos, podemos aflojarlos, adquiriendo
así un estado de relajación muscular. Como el
estado de estrés se asocia mentalmente con la tensión
muscular, la relajación muscular voluntaria tiende
a recorrer el camino inverso e induce una cierta relajación
psíquica.
Contar
las respiraciones. Esta es una técnica preparatoria
favorita de la meditación yoga. Consiste en tomar consciencia
del movimiento respiratorio, tomando aire profundamente, primero
con el movimiento habitual de ensanchamiento torácico
y a continuación con el desplazamiento hacia abajo
del diafragma, lo que se conoce como respiración abdominal.
Se deja salir el aire lentamente, procurando que dure más
o menos la expiración lo mismo que duró la inspiración.
Mentalmente, se cuenta "uno". En la siguiente respiración
se cuenta "dos", y así sucesivamente, hasta
llegar a contar diez respiraciones.
Técnica
de la flauta andina. Esta técnica me la enseñó
mi hijo Jose Justo, que la descubrió un día
que estaba castigado en el colegio. Se puede hacer con una
botella vacía de refresco o similar. Consiste en apoyar
el borde de la botella en el labio inferior y soplar por el
agujero, variando la inclinación de la botella hasta
conseguir un sonido, perecido al de la flauta andina. No es
conveniente hacerlo mucho tiempo seguido, ni con demasiada
frecuencia. No sólo relaja en segundos, sino que acaba
produciendo una cierta hilaridad o risa sinsorga, lo cual
indica que nos estamos pasando de tiempo. Sus efectos se explican
por dos mecanismos diferentes y simultáneos:
1.
La fijación de la atención en el sonido de la
botella nos separa del dialogo interior con nuestras preocupaciones
y crea condiciones próximas a la concentración
pasiva.
2.
Al cabo de un rato se va produciendo una ligera hipercapnia
o aumento de la concentración de dióxido de
carbono en la sangre, fenómeno similar al que ocurre
al respirar dentro de una bolsa de papel, técnica conocida
en todos los servicios de urgencias médicas para tratar
la hiperventilación que acompaña los ataques
de ansiedad.
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