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Es
muy fácil dar el primer paso. Lo hicimos nada más
nacer. Siempre que hemos logrado algo ha sido por que estábamos
seguros de que podíamos hacerlo, de una manera tan
obvia y tan evidente que nunca nos dimos cuenta del poder
de la convicción. Hemos vencido dificultades imposibles,
llevados por un impulso innato a desarrollarnos y a ser lo
máximo que podemos ser. Todo empieza con la determinación,
primero instintiva, después aprendida, a funcionar
en cada situación de la mejor manera posible.
Por
desgracia, también es muy fácil retroceder.
En cuanto olvidamos la decisión de vivir y renunciamos
a nuestro papel en lo que nos ocurre caemos en la pereza,
la dependencia y la queja tonta. Cuando estamos en ese estado,
basta con que la situación nos sobrepase un poco para
que empecemos a sentirnos solos, indefensos e incompetentes.
Si los problemas arrecian, acabamos por verlo todo negro y
negativo, nos dejamos llevar por la angustia, la tristeza,
la apatía y el desánimo, nos volvemos irritables,
hoscos y antipáticos, dormimos mal, perdemos las ganas
de todo y acabamos llegando a la conclusión de que
nadie nos quiere, que todo está en contra nuestra y
que nuestra vida es, en el mejor de los casos, un auténtico
fracaso.
Si
sientes alguno de estos síntomas, por favor, para.
No te dejes llevar por la desesperación. Si estás
en plena crisis, si te sientes perdido o estás siendo
perseguido, atormentado o discriminado, afloja y sonríe.
Unas pocas páginas más y aprenderás a
mantener la calma, a minimizar el daño y a progresar
gracias, precisamente, a quienes te quieren hundir. No digo
que no tengas razones para sentirte mal, sólo que es
importante no sufrir más de la cuenta. Recupera tu
fe en tu poder, porque ese es el primer paso para estar bien
y ser feliz. Luego te explicaré más cosas, pero,
de momento, concéntrate en el primer paso, toma de
nuevo posesión de tu vida, decreta en tu corazón
que eres dueño de tu destino.
Hay
varias razones para retroceder después de haber dado
el primer paso, y tenemos que saber como contrarrestarlas
para seguir adelante. En primer lugar, sentirse dueño
de la propia vida produce cierta inquietud, que, en algunos
momentos, puede acabar convirtiéndose en autentico
pánico. Entender nuestra naturaleza y aceptar el lugar
que nos corresponde entre todo lo que existe nos ayudará
a superar el miedo a la existencia.
El
segundo problema es que no basta con querer. Nos hace falta,
además, encontrar un sentido de propósito en
la vida y un método para llevarlo a cabo, algo así
como un camino que nos asegure que la conquista de la felicidad
es posible. Finalmente, en la escala inmediata y práctica
de la experiencia cotidiana, nos encontramos con el tercer
problema: Todo es tan difícil y tantas veces nos salen
las cosas mal, que es lógico que dudemos de nosotros
mismos y de nuestro futuro. Sólo la combinación
inteligente de nuestro esfuerzo con la inmersión despreocupada
en las fuerzas que nos superan nos permitirá desarrollar
el poder personal necesario para triunfar en nuestras vidas.
1.
La vida humana es un experimento personal en una tarea universal.
No
tenemos muy claro que es lo que quiere el Universo, pero es
evidente que está comprometido en algún tipo
de evolución, de la que somos, por ahora, la expresión
más avanzada. Según los astrofísicos,
todo empezó con una gran explosión de energía.
Luego se formaron los primeros núcleos de materia.
Después, una minúscula estructura cristalina
dio origen a las primeras formas de vida, muy parecidas a
los virus actuales. Finalmente, apareció la consciencia.
El
comportamiento de los primeros seres vivos, igual que el de
los animales inferiores actuales, reproduce exactamente el
de sus antepasados. Cualquier pequeño cambio necesita
cientos de miles de años de evolución y afecta
más o menos por igual a todos los individuos de la
especie. Los reptiles nacen preprogramados, saben lo que tienen
que hacer desde que salen del cascarón, y es probable
que no aprendan nada nuevo en el curso de sus crueles vidas.
Con el desarrollo del cerebro en los mamíferos la situación
cambió y, por primera vez en la historia de la naturaleza,
cada individuo pudo variar su comportamiento en función
de sus experiencias particulares, lo cual fue un gran logro
en el camino hacia la aparición de la inteligencia.
No es que las ratas, por ejemplo, sean Einsteins, pero son
infinitamente más listas que una lagartija. En las
siguientes etapas evolutivas fueron apareciendo nuevas funciones
cerebrales, que ya podemos considerar como auténticamente
inteligentes.
Los
etólogos, que han estudiado mucho la conducta de los
mamíferos superiores, han llegado a la conclusión
de que se dan cuenta de las cosas, que anticipan las consecuencias
de sus actos y que son capaces de cierta creatividad. El perro
de mi amiga Isabel, por ejemplo y sin ir más lejos,
ha descubierto el solito que, si se come el estofado con cuidado
de que no se caiga la tapa de la cazuela y luego la empuja
con el hocico hasta dejarla bien puesta, corre menos riesgo
de ser descubierto y apropiadamente castigado.
La
inteligencia de los seres humanos tiene algunos aspectos que
son comunes con la de los demás animales y otros que
son tan específicos que no se detectan en ninguna otra
especie. Debemos gran parte de nuestra grandeza, y también
de nuestras desgracias, a esta complejidad, que muchas veces
nos hace sufrir contradicciones internas insoportables. Nuestra
personalidad se forma por la superposición de tres
capas de desarrollo sucesivo, que se mantienen activas y en
continua interacción durante toda la vida.
La
primera es innata, viene ya preprogramada en nuestro sistema
nervioso, y está relacionada con funciones como la
alimentación, el movimiento y la lucha por la supervivencia.
La segunda empieza a formarse en cuanto nacemos, o quizás
un poco antes, progresa con el interés y el ejemplo
de nuestros mayores y culmina gracias a la educación
sistemática que ofrece la sociedad. El problema con
esta capa es que, desde niños, estamos sumergidos en
programas de enseñanza que han sido elaborados en base
a criterios y conveniencias que no son los nuestros y en los
que se ha prestado poca atención a nuestras disposiciones
personales. En cierto modo, el proceso de formación
de la segunda capa recuerda al entrenamiento de los animales
domésticos. No está nada claro que contribuya
mucho a nuestra felicidad personal, aunque si es evidente
que resulta imprescindible para nuestra integración
social.
La
tercera capa es estrictamente personal y específicamente
humana. Se forma mediante la experiencia personal, el descubrimiento
y la autoeducación. Gracias a ella podemos aspirar
a la libertad y al autodominio que caracterizan al ser humano
plenamente desarrollado. Aunque está implícita
desde el principio como parte esencial de la condición
humana, la tercera capa empieza verdaderamente a formarse
hacia los cuatro años y medio. El cerebro humano, que
ha venido desarrollándose a marchas forzadas desde
el nacimiento, supera de sobra a esta edad el nivel de complejidad
necesario para procesar e integrar toda la información
que recibe del exterior. Se vuelve entonces hacia su propio
funcionamiento interno, que se convierte en fuente de autoestimulación.
La excesiva capacidad de computación del cerebro ya
no se conforma con encontrarle sentido al ambiente, sino se
aplica a la construcción de un mundo personal, con
sus propias leyes, dinámicas y estructuras. Dicho de
manera más sencilla, el niño entre cuatro y
cinco años se vuelve consciente de si mismo y empieza
a pensar. Es a esta edad, más o menos, cuando aparecen
de manera espontánea la autoconsciencia y el pensamiento
reflexivo, propiedades únicas y exclusivas del ser
humano, fruto de millones de siglos de evolución. El
problema está en que, a partir de ahí, no hay
nada programado. Nuestros actos empiezan a ser creaciones
propias, y cada una de nuestras decisiones inicia un trayecto
vital original.
Una
decisión critica es aquella que marca la coyuntura
entre dos caminos esencialmente diferentes.
Con
sólo cinco años ya estamos en la punta de la
evolución, aunque puede pasar mucho tiempo hasta que
nos demos cuenta de lo que esto significa. Los niños
muy pequeños, como los animales, son naturales y no
pueden evitar ser auténticos. El ser humano autoreflexivo
puede elegir ser otra cosa distinta que sí mismo. De
ahí la angustia del autoconocimiento.
A
veces podemos pensar que hubiera sido mejor no darnos cuenta
de que existimos, pero es igual, porque, una vez que lo sabemos,
no hay marcha atrás. La única salida está
hacia adelante. La autoconsciencia es el árbol del
Bien y del Mal de que habla la Biblia, y el pecado original
es la duda que surge al reflexionar sobre uno mismo. Es en
esta reflexión cuando descubrimos que podemos elegir
entre sentimientos, entre ideas, entre cursos de acción,
entre estados físicos. Puedo elegir programarme de
una manera determinada, entrenar ciertas funciones y otras
no. También puedo fraccionarme, romper y alejar de
mí los aspectos de mi ser que me molestan, que me comprometen
o que no quiero aceptar. El niño o niña inicial
sufre todo entero. Pero, al desarrollar su capacidad de reflexión,
puede dividir su consciencia ante los traumas, los conflictos
y los acontecimientos insoportables, escondiendo lo que de
momento no puede controlar. Los bloqueos y las divisiones
internas son el precio del autoconocimiento. La evolución
continúa en cada uno de nosotros, y requiere tiempo
y esfuerzo personal. Hay un momento en la infancia durante
el que vivimos la vida en directo, en reacción automática
con todo lo que nos ocurre, archivando y procesando información
a un ritmo acelerado, pero respondiendo a ella sin particular
creatividad, siempre de manera instintiva (preprogramada)
o hetero-aprendida (lo que nos han enseñado). Nuestra
enorme capacidad de aprendizaje nos hace descubrir estrategias
cada vez mejores para conseguir que nos den lo que queremos,
pero, aunque lo hacemos mucho mejor que el más inteligente
de los chimpancés, no somos verdaderamente humanos
hasta alcanzar la autoconsciencia y descubrir que tenemos
una mente propia, distinta de la de los demás. Es entonces
cuando empezamos a hacer un uso personal de la razón
y a construirnos un mundo interno personal, en el que podemos
guardar secretos, valorar experiencias, trazar planes para
el futuro y predecir la conducta ajena. A partir de ahí
somos, para bien y para mal, conscientes de nuestra existencia
y de nuestro poder para modelarla.
EJERCICIO
DE COMPROBACIÓN. Busca un lugar tranquilo, sin mucho
ruido y en el que puedas desentenderte de todo lo que te rodea.
Siéntate cómodo y cierra los ojos. Observa lo
que viene a tu mente. Da igual lo que sea, sólo observa,
sin intervenir. Puede que te venga la cara de alguien, o un
movimiento de sombras y luces, o el recuerdo de algo que tienes
que hacer o quizá las páginas de este libro.
No te pongas nervioso, no hay que hacer nada, sólo
observar.
Si
todo ha salido bien, lo que has percibido es un pequeño
panorama de tu mundo interior . Es muy posible que no hayas
podido observar mucho rato sin intervenir, esto es, sin opinar
sobre lo que te viene a la mente, sin criticar y sin juzgar.
Pero, si lo haces algunas veces más, te darás
cuenta de que hay un funcionamiento mental interno que es
automático, que tiene lugar por si mismo sin que tu
tengas que forzar nada. Los ensueños diurnos y los
sueños nocturnos son paseos por el mundo interior.
No te aconsejo que te dediques a soñar despierto, porque
esa no es la mejor manera de utilizar el enorme poder de tu
cerebro. Pero si puedes empezar a practicar este ejercicio
de vez en cuando, quizás antes de dormirte por la noche,
en los breves minutos que pasan entre estar despierto y estar
dormido. No hay que forzar nada, se trata sólo de percibir
el panorama interno, acéptalo tal como viene, hasta
que te quedes dormido.
La
conquista de la felicidad.
LA
CONQUISTA DE LA FELICIDAD ES LA CONQUISTA DE SI MISMO. EL
SENTIDO DE LA VIDA ES LA VIDA MISMA. NO HAY NINGÚN
OBJETIVO PREDETERMINADO QUE TENGAMOS QUE ENCONTRAR, SE HACE
CAMINO AL ANDAR. CONSTRUIMOS NUESTRA VIDA SEGÚN VAMOS
DESARROLLANDO LOS TALENTOS CON LOS QUE HEMOS NACIDO. (SI TE
PARECE QUE VAS DEMASIADO DESPACIO, NO TE PREOCUPES: ES PEOR
IR DEMASIADO DEPRISA Y ENCONTRARSE SIN NADA QUE HACER)
Hace
más de dos mil años, el sabio griego Aristóteles
examinó las distintas formas de buscar la felicidad
y acabó concluyendo que la más eficaz y segura
de todas es el ejercicio y la aplicación de las funciones
más específicamente humanas. En mi opinión,
la tarea más importante es la unificación de
la consciencia, pero es cierto que tenemos que cultivar nuestra
mente para poder ponernos de acuerdo con nosotros mismos,
llegar a ser quien podemos ser y estar a gusto con nuestra
vida.
Para
quien se encuentra en una situación de crisis, acoso
o amenaza, escapar de esas circunstancias es el más
importante de los objetivos. El filósofo inglés
Bertrand Russell ha señalado que no es posible sentirse
desgraciado mientras uno está intensamente ocupado
en algo, como, por ejemplo, luchar valientemente contra circunstancias
adversas. El problema surge cuando uno tiene tiempo para comparar
su estado actual con otro imaginario más agradable
y satisfactorio. Aparece así el descontento, se agrava
la fragmentación de la consciencia, y, si no ponemos
solución a tiempo, podemos ir retrocediendo a estados
mentales infantiles, con una renuncia progresiva al poder
personal que conquistamos al dar el Primer Paso. Sólo
haciendo operativa la aspiración hacia algo mejor que
nuestro estado actual podemos conservar nuestra integridad,
superar la adversidad y persistir en nuestro primer logro
importante: La fe en nosotros mismos. Victor Frankl, Catedrático
de psiquiatría de la Universidad de Viena y superviviente
de los campos de concentración de la segunda guerra
mundial, llamó a esta determinación "voluntad
de sentido" y descubrió que su pérdida
conduce a la neurosis, disminuye la adaptación al estrés
y acaba quitando todo el interés por la existencia.
Dedicarse plenamente a la persecución de objetivos
personales con la seguridad de alcanzarlos es el más
eficaz antídoto contra la pérdida del sentido
de la vida.
Algunas
de las personas más angustiadas que he conocido no
tenían ninguna razón para ello, eran personas
en cuya vida todo estaba bien, excepto que ellas estaban mal.
Un problema común en estos casos es la falta de un
sentido de propósito o, en términos de Frankl,
el fracaso de la voluntad de sentido. Las razones de este
fallo varían, aunque generalmente consisten en una
combinación de ignorancia, educación errónea,
experiencias vitales contradictorias y pura mala suerte. Un
caso especial es la renuncia activa a tomar posesión
de si mismo como medio para forzar a que otra persona lo haga.
Siempre que he estudiado este fenómeno con alguno de
mis pacientes, hemos acabado descubriendo un sentimiento profundo
de falta de amor, combinado con una firme determinación
a no progresar hasta que esa necesidad quede satisfecha. En
cierta forma, parece razonable negarse a tomar posesión
de la propia vida hasta no tener bien clara la sensación
de haber sido aceptado de manera incondicional, es decir,
sin haber hecho nada para merecerlo. Después de todo,
todos hemos nacido sin que nadie nos pidiera nuestro consentimiento,
y es lógico esperar que alguien se responsabilice de
esa ocurrencia. La vivencia del amor básico es tan
importante que, cuando se hecha en falta, la vida se convierte
en una insatisfacción permanente, entregada a la búsqueda
de ese amor que ningún otro logro puede compensar.
Si percibes en ti algo de esto, te diré que la aceptación
incondicional o amor básico es una sensación
propia, que tienes que encontrarla en ti mismo y que, hagas
lo que hagas, no puedes forzar a nadie a que te quiera de
esa manera - aunque mucha gente lo hace cuando menos te lo
esperas . Cierto es que el sentimiento de amor tiene que ser
inducido por otra persona, pero, una vez que lo tienes, sólo
tú puedes mantenerlo. Nadie te quiere de manera perfecta
durante todo el tiempo ni en cualquier condición. Hasta
con la madre más amante hay cortes, interrupciones,
bloqueos.
Si
repasas toda tu vida, siempre acabarás encontrando
momentos en los que has sentido la aceptación positiva
incondicional de alguien. Si no los hubiera habido, no estarías
ahora leyendo esto, ni ninguna otra cosa, porque el amor es
tan necesario para la vida como el aire, el agua y la comida.
También es verdad que ha habido otros momentos en los
que esa sensación te ha faltado dolorosamente, pero
no te fijes en ellos ahora. El amor perfecto es la aceptación
incondicional. Su aprendizaje es como el del abecedario. Parece
muy difícil al principio, andas saltando de letra en
letra, convencido de que te estás perdiendo algo, pero
sin tener ni idea de que va la lectura. Pero una vez que te
lo sabes, ya no se te olvida nunca. Sin embargo, como a leer,
hace falta que alguien te enseñe el amor básico.
En
una sesión de psicoterapia de grupo, Anabel interrumpió,
bastante enfadada, mi rollo habitual sobre nuestra capacidad
para superar circunstancias adversas:
"Vale,
supongamos que me lo creo, eso de que uno puede construir
su vida como quiera y tal. Pero, ¿qué pasa si
yo no quiero cambiar las cosas? Yo no quiero tener ese poder"
Me
quedé perplejo. Nunca había pensado en esa posibilidad.
Sin embargo, otros miembros del grupo la entendieron muy bien
y se mostraron totalmente de acuerdo con ella. Enseguida comprendí
porque llevaban tanto tiempo tan mal y porque se habían
vuelto tan incurables. En su búsqueda por una identidad
personal se habían rebelado contra el Primer Paso:
No querían ser dueñas de sus vidas. Pasamos
algunas sesiones dando vueltas al tema, y, en relativamente
poco tiempo, el crecimiento del grupo fue asombroso. Hablamos
de los sentimientos de ineficacia, de la injusticia de tener
que vivir sin haber sido consultada, de la rebelión
ante tener que ganarse el amor o tener que hacer algo para
sentirse querida... Descubrimos la importancia de la consideración
positiva incondicional y la necesidad de ser aceptada por
que si, sin ninguna razón, nada más que por
existir
Poco a poco, todas fueron encontrando en si
mismas el rescoldo de ese sentimiento y dándose cuenta
de que negarse a si mismas y pretender ser otra persona no
es el mejor camino para sentirse querida. Primero hay que
aceptarse a si mismo, de manera total e incondicional, y después,
ya veremos que posibilidades de crecimiento, ampliación
y desarrollo existen. El sentido de la vida es la vida misma.
No es lo que te dan, ni lo que te pasa, ni lo que consigues,
sino como diriges tu vida. La vida en si es lo que importa,
y tu vida es tuya. El efecto terapéutico de su decisión
de vivir fue portentoso y sigue siendo permanente. Llegamos
así a formular un principio que cambió sus vidas,
de la misma manera que cambió la mía cuando
yo era muy pequeño y cambiará la de todo aquel
que la adopte:
Una
vez que aceptas que tu vida es tuya, sabes que puedes dirigirla,
y decides que quieres hacerlo, ya todo lo demás es
fácil.
EJERCICIO
DE COMPROBACIÓN.
Ve
a tu lugar tranquilo, y siéntate cómodamente.
La mejor postura es la más sencilla, en un sillón
no muy bajo, con la espalda bien apoyada, los pies bien puestos
en el suelo, los brazos apoyados sin esfuerzo a los lados.
Afloja los hombros y el cuello. Cierra los ojos. Según
percibes tu mundo interior, se consciente de la sensación
de existir. Dirige toda la aceptación y consideración
positiva incondicional que hay en ti a esa sensación.
No discutas ni te enfades ni exijas nada, sólo descubre
todo el amor básico que hay en ti.
¿Qué
tal? Es mejor no hacerlo durante mucho tiempo seguido, unos
pocos minutos bastan, pero puedes repetirlo de vez en cuando.
El amor básico es una sensación que todos tenemos
en algún sitio, todos lo hemos sentido alguna vez.
También hemos sentido lo contrario, pero no te ocupes
de eso. Si eres de los que les cuesta levantarse por las mañanas,
ese es el mejor momento para hacer este ejercicio de comprobación.
Intentar seguir dormido cuando es hora de levantarse suele
indicar una insuficiencia de cariño, y es una buena
idea empezar el día recordando la sensación
de amor básico.
El
Poder y la Fuerza
"Estamos
sumergidos en un medio espiritual sin el cual no podemos vivir,
como no podremos vivir sin el universo material, esto es,
la tierra y el aire" (Alexis Carrel)
Mientras
escribo esto, mis hijos están haciendo surf en las
playas salvajes de Lanzarote. Las olas son enormes, inmensas
masas de agua elevadas por fuerzas que no comprendo, sometidas
a poderes que todavía entiendo menos. Pero los surfistas
tienen una técnica. Saben como subirse encima de la
ola y aprovechar todo su ciego empuje para dirigirse hacia
donde quieren, como si cabalgaran un pony doméstico.
Supongo que esto es lo que les gusta tanto, la sensación
de dominio sobre la naturaleza. Cierto es que se dan más
de un revolcón, pero eso sólo les sirve de estímulo
para perfeccionar su técnica, aumentando su motivación
para mejorar el equilibrio y aplicar la fuerza de sus músculos
con mayor destreza.
La
técnica no consiste en máquinas y aparatos,
sino en procedimientos descritos, repetibles, enseñables,
cuya secuencia acaba en la obtención de un fin deseado.
Hay técnica para todo. Su opuesto es actuar como a
uno le parece, según le sale o como se le ocurre. Un
poco mejor es actuar de manera tentativa, por ensayo y error,
"a ver si sale". La técnica da seguridad
en la acción y permite desinterés y desapego
por el resultado. Puede ser rígida y constrictiva,
o puede tener cierta holgura para la improvisación
creativa. Eso es la técnica: un procedimiento estandarizado
para controlar y regular un proceso. Es la técnica
lo que nos da el poder sobre los acontecimientos, naturales
o artificiales, espontáneos o provocados.
Una
de las propiedades esenciales de toda técnica es que
tiene un objetivo, es decir, que se aplica para algo. Cada
técnica es un regalo de aquellos que la descubrieron,
de los que la perfeccionaron y, finalmente, de quienes te
la enseñaron. Es un regalo sagrado, porque trasmite
lo mejor de una cadena de personas dedicadas al perfeccionamiento
de la humanidad. Por eso hay que ejercerla con respeto y corrección.
Pero, por otra parte, ninguna técnica tiene sentido
por sí misma, sino sólo en función de
aquello que se pretende conseguir con ella. Ha de ser practicada
hasta poder prescindir de ella, sabiendo que está destinada
a disolverse en nuestra personalidad hasta desaparecer. Así
es como se adquiere y se acumula el poder personal, que es
cuestión de esfuerzo, técnica, correcta secuenciación
de objetivos, aprendizaje y cooperación.
Tomar
postura a favor de la creatividad y de la expresión
personal, de la afirmación de uno mismo y de la responsabilidad
por la propia vida permite un enfoque activo frente a los
problemas y la construcción personal del sentido de
la vida. Su parte mala es el orgullo y la exagerada independencia
del resto del universo, que llevan a la separación,
a la soledad y a la confusión entre rebelión
y autoafirmación. Hay fuerzas que se nos escapan, y
es mejor no oponerse a ellas. Por eso el sabio se aparta de
los toros en estampida, busca cobijo en la tormenta y observa
atentamente la muralla, hasta encontrar un resquicio para
pasar; el necio, por el contrario, se pone delante del toro,
maldice al rayo y se pega cabezazos contra las paredes que
obstruyen su paso.
Nuestro
Universo esta dominado por fuerzas enormes e incomprensibles
que generan fenómenos sorprendentes, desde el cambio
climático hasta la subida de los tipos de interés,
pasando por los caprichos de nuestra bioquímica cerebral
o el inevitable envejecimiento de nuestro cuerpo. Estamos
acostumbrados a vivir sin plantearnos nuestra posición
en este entramado de energías e intereses. Cuando las
cosas se ponen tan mal que necesitamos urgentemente un cambio
milagroso para sobrevivir, llegamos con frecuencia a la alarmante
conclusión de que nuestro poder personal es minúsculo,
angustiosamente insuficiente. Pero, por pequeño que
sea, existe. Paradójicamente, la humildad es lo que
nos permite valorar nuestro poder. "Mientras hay vida,
hay esperanza" quiere decir que, simplemente con estar
vivos, ya tenemos poder suficiente para cambiar las cosas.
Es
en las situaciones desesperadas cuando más conscientes
somos de que existe una Fuerza ajena a nosotros, que viene
por sí misma, que no podemos controlar y que nos supera,
hagamos lo que hagamos. Todas las culturas han reconocido
este Poder Superior, al que siempre han dado un nombre sagrado
como Divina Providencia, Consciencia Universal, Principio
Supremo
También podríamos decir que es
la suerte, pero la actuación y los efectos de esa Fuerza
son tan consistentes que es difícil negarles la estructura
y la sistematización que generalmente atribuimos a
entidades personales. "Si Dios no existiera, habría
que inventarlo", dijo Voltaire, un pensamiento cínico,
pero sin duda acertado. Desde otro punto de vista, Alexis
Carrel, premio Nóbel de Medicina, afirmaba que cultivar
el sentido de lo sagrado es tan importante como cultivar la
inteligencia. El poder personal se construye con esfuerzo,
y la inteligencia bien aplicada es un buen ejemplo de ello.
La Fuerza aparece por que si, no requiere ningún mérito
especial, es incondicional, incomprensible e incontrolable.
El sentido de lo sagrado nos permite percibirla, pero necesitamos
mucho poder personal para saber como relacionarnos con ella.
El amor a la Naturaleza, la meditación en silencio
y, en general, una actitud serena y confiada nos hace más
receptivos al espíritu del Universo y más susceptibles
a recibir su ayuda.
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