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El
género en las ciencias sociales / Rosa Cobo Bedia -
Universidad de A Coruña
INTRODUCCIÓN
El concepto de género es acuñado en el año
1975 por la antropóloga feminista Gayle Rubin y desde
ese momento se convertirá en una de las categorías
centrales del pensamiento feminista. Desde entonces hasta
ahora, esta categoría se ha desarrollado en varias
direcciones y de algunas de ellas hablaremos en este artículo.
En
primer lugar, el concepto de género se refiere a la
existencia de una normatividad femenina edificada sobre el
sexo como hecho anatómico. En segundo lugar, esta normatividad
femenina reposa sobre un sistema social en el que el género
es un principio de jerarquización que asigna espacios
y distribuye recursos a varones y mujeres. Este sistema social
será designado por la teoría feminista con el
término de patriarcado. En tercer lugar, el género
se ha convertido en un parámetro científico
irrefutable en las ciencias sociales.
De
otro lado, hay que señalar que en estos últimos
años se está manejando, tanto en ámbitos
académicos como políticos, la noción
de género desvinculada del feminismo, pese a que este
concepto surge como un instrumento de análisis de la
teoría feminista. Sin embargo, en este artículo
no se argumentará sobre aquellos debates que cuestionan
el concepto de género desde una perspectiva postmoderna
y postestructuralista.
Marx
explicaba en el siglo XIX con gran lucidez el carácter
efímero e histórico de los conceptos y el sociólogo
Peter Berger argumenta en el siglo XX que la utilidad de los
conceptos viene marcada por su capacidad explicativa. Los
conceptos son útiles en la medida en que iluminan la
realidad que designan y aportan elementos para comprenderla
(Berger y Kellner, 1985). En el caso del feminismo, como en
el de todas las teorías críticas y el feminismo
es sobre todo un pensamiento crítico, los conceptos
no sólo iluminan y explican la realidad social, también
politizan y transforman esa realidad. Como señala Celia
Amorós, en feminismo conceptualizar es politizar. La
eficacia de los conceptos se origina en su capacidad de dar
cuenta de la realidad que nombra. Por ello, para comprender
adecuadamente el concepto de género es preciso subrayar
que tras esta categoría hay un referente social: el
de las mujeres como colectivo. La mitad de la humanidad conforma
un colectivo con problemas crónicos de exclusión,
explotación económica y subordinación
social. Por tanto, mientras esta realidad subsista, y parece
que se está acrecentando en una gran parte del planeta,
la noción de género seguirá siendo rentable
para las mujeres.
Ahora
bien, las sociedades están formadas por individuos
y la vida de los mismos se comprenden mejor cuando se les
contextualiza en los colectivos a los que están adscritos.
Las existencias individuales no se explican por sí
mismas: es necesario mostrar las estructuras sociales en las
que esos individuos están inscritos para entender su
significación individual. Las sociedades no sólo
están estratificadas debido a la existencia de clases
sociales, pues no sólo éstas configuran grupos
sociales jerarquizados y asimétricos en cuanto a posición
social y uso de los recursos. También el género,
la raza, la cultura, la etnia o la orientación sexual,
entre otros, constituyen formas de estratificación
de las que resulta la formación de grupos con problemas
de subordinación social y/o marginación económica,
política y cultural (Cobo, 2001: 11-12).
Uno
de los rasgos característicos de las sociedades contemporáneas
es su complejo sistema de estratificación. Las sociedades
modernas constituyen un entramado complejo de redes y grupos
sociales a los que están adscritos obligatoria mente
o se adscriben voluntariamente los individuos. La vida de
un negro en Francia, de un latino en EE.UU. o de una marroquí
en nuestro país, no puede ser explicada en clave individual.
La ubicación social de esos individuos está
condicionada por el grupo social o la minoría a la
que pertenecen. Esas existencias no pueden ser explicadas
sin tener en cuenta fenómenos sociales de fuerte contenido
colectivo a los que dan nombre los conceptos de raza o inmigración.
Pues bien, la idea de que las biografías individuales
deben estudiarse a la luz de sus grupos de pertenencia es
clave para entender el concepto de género, pues esa
categoría tiene gran capacidad explicativa a efectos
de entender la desventaja social de las mujeres como colectivo.
1.
RAÍCES HISTÓRICAS DEL GÉNERO
Aunque,
como hemos dicho anteriormente, el concepto de género
se acuña en los años setenta, la propia historia
del feminismo no es otra cosa que el lento descubrimiento
de que el género es una construcción cultural
que revela la profunda desigualdad social entre hombres y
mujeres. Para entender en su complejidad el feminismo, tanto
en su dimensión intelectual como social, no podemos
olvidar que la histórica opresión de las mujeres
ha sido justificada con el argumento de su carácter
natural. De todas las opresiones que han existido en el pasado
y existen en el presente ninguna de ellas ha tenido la marca
de la naturaleza como lo ha tenido la de las mujeres. El argumento
ontológico, como casi siempre que se trata de opresiones,
ha sido el gran argumento de legitimación. Las construcciones
sociales cuya legitimación es su origen natural son
las más difíciles de desmontar con argumentos
racionales, pues arrostran el prejuicio de formar parte de
un «orden natural de las cosas» fijo e inmutable
sobre el que nada puede la voluntad humana.
Hasta
el siglo de las Luces se había conceptualizado a las
mujeres o bien como inferiores o bien como excelentes respecto
a los varones. El discurso de la inferioridad de las mujeres
reposa sobre una ontología diferente para cada sexo,
en la que la diferencia sexual es definida en clave de inferioridad
femenina y de superioridad masculina. La inferioridad de las
mujeres tiene su génesis en una naturaleza inferior
a la masculina. El discurso de la excelencia subraya, sin
embargo, la excelencia moral de las mujeres respecto de los
varones. La paradoja de este discurso es que la excelencia
moral de las mujeres se origina precisamente en aquello que
las subordina: su asignación al espacio doméstico
y su separación del ámbito público-político.
Lo significativo de este discurso es que la excelencia se
asienta en una normatividad que ha sido el resultado de la
jerarquía genérica patriarcal y que se resume
en el ejercicio de las tareas de cuidados y en la capacidad
de tener sentimientos afectivos y empáticos por parte
de las mujeres hacia los otros seres humanos. Sin embargo,
junto a estos discursos aparece un tercero que Celia Amorós
denomina memorial de agravios y que se hace explícito
en La cité des Dames de Christine de Pisan. Éste
«es un género antiguo y recurren te a lo largo
de la historia del patriarcado: periódicamente, las
mujeres exponen sus quejas ante los abusos de poder de que
dan muestra ciertos varones, denostándolas verbalmente
en la literatura misógina o maltratándolas hasta
físicamente» (Amorós, 1997: 56). Celia
Amorós advierte sobre la necesidad de no inscribir
este género en el discurso feminista, pues como ella
misma subraya no es lo mismo la queja que la vindicación.
La queja reposa sobre el malestar que producen los excesos
de violencia física y psíquica hacia las mujeres
y la vindicación significa la deslegitimación
del sistema de dominio de los varones sobre las mujeres en
sus múltiples dimensiones.
Sin
embargo, el siglo XVIII supone un punto de inflexión
en estos discursos, pues la idea de igualdad se irá
construyendo lentamente como el principio político
articulador de las sociedades modernas y como el principio
ético que propone que la igualdad es un bien en sí
mismo y hacia el que deben orientarse todas las relaciones
sociales. La idea de igualdad reposa sobre la de universalidad,
que a su vez es uno de los conceptos centrales de la modernidad.
Se fundamenta en la idea de que todos los individuos poseemos
una razón que nos empuja irremisiblemente a la libertad,
que nos libera de la pesada tarea de aceptar pasivamente un
destino no elegido y nos conduce por los sinuosos caminos
de la emancipación individual y colectiva. La universalidad
abre el camino a la igualdad al señalar que de una
razón común a todos los individuos se derivan
los mismos derechos para todos los sujetos. El universalismo
moderno se fundamenta en una ideología individualista
que defiende la autonomía y la libertad del individuo,
emancipado de las creencias religiosas y de las dependencias
colectivas. El paradigma de la igualdad es la respuesta a
la rígida sociedad estamental de la Baja Edad Media.
Defiende el mérito y el esfuerzo individual y abre
el camino a la movilidad social. Y no sólo eso, pues
también fabrica la idea de sujeto e individuo como
alternativa a la supremacía social de las entidades
colectivas que eran los estamentos. Esta potente idea ética
y política, de inmediato es asumida por algunas mujeres
en sus discursos intelectuales y en sus prácticas políticas.
El resultado de todo ello es la construcción de un
incipiente feminismo que se alejará de la queja como
elemento central del memorial de agravios y asumirá
la vindicación como la médula política
básica del discurso feminista.
2.
EL CONCEPTO DE GÉNERO
Para
acercarnos a la complejidad de esta realidad material y simbólica
que es el género vamos a utilizar dos definiciones.
En primer lugar, Gayle Rubin define un sistema de sexo-género
como un conjunto de disposiciones por el que una sociedad
transforma la sexualidad biológica en productos humanos
(Rubin, 1975). El tránsito de la sexualidad biológica
a la sexualidad humana es el tránsito del sexo al género.
El sexo lleva la marca de la biología y el género
la marca de la cultura. Sin embargo, Seyla Benhabib, partiendo
de esta categoría acuñada por Rubin, concreta
y explicita el sistema de sexo/género de esta forma:
«El sistema de sexo/género es el modo esencial,
que no contingente, en que la realidad social se organiza,
se divide simbólicamente y se vive experimentalmente.
Entiendo por sistema de género/sexo la constitución
simbólica y la interpretación socio-histórica
de las diferencias anatómicas entre los sexos»
(Benhabib, 1990: 125). En estas definiciones, y muy particularmente
en la de Benhabib, se pone de manifiesto que el sistema género-sexo
alude a que en el corazón de la sociedad existe un
mecanismo que distribuye los recursos (políticos, económicos,
culturales o de autoridad, entre otros) en función
del género. Y que ese mecanismo sobrecarga de recursos
a los varones y les priva a las mujeres de aquellos que les
corresponden: «El género es un principio de orden,
revela la existencia y los efectos de una relación
de poder, de una diferencia, de un encuentro desigual
En el curso de la existencia, cada hombre experimenta una
relación en la cual detenta el poder, aunque sea una
forma microscópica e ilusoria de poder
Aunque
democrático, racional y sinceramente convencido de
la igual dignidad de las mujeres, cada hombre conserva en
el inconsciente las huellas de una fantasía infantil
que alimenta la convicción de tener alguna cosa que
las mujeres no poseen, o bien, una especie de derecho natural
al poder» (Cirillo, 2005: 42).
En
la modernidad, en un lento proceso que comienza a finales
del siglo XVII, se descubre que el género es una construcción
social en el mismo sentido que lo fue el estamento en la Edad
Media o posteriormente ha sido la clase social en las sociedades
contemporáneas. Las mujeres están inscritas
en un colectivo cuyo rasgo común es el sexo. El sexo
es una realidad anatómica que históricamente
no hubiese tenido ninguna significación política
o cultural si no se hubiese traducido en desventaja social.
El elemento anatómico ha sido el fundamento sobre el
que se ha edificado el concepto de lo femenino. Desde los
estudios de género y desde la teoría feminista
se ha criticado la idea de que la singularidad anatómica
se haya traducido en una subordinación social y política
(Pateman, 1995). El concepto de género se acuña
para explicar la dimensión social y política
que se ha construido sobre el sexo. Dicho de otra forma, ser
mujer no significa sólo tener un sexo femenino, también
significa una serie de prescripciones normativas y de asignación
de espacios sociales asimétricamente distribuidos.
Históricamente, esa normatividad ha desembocado en
los papeles de esposa y madre en el ámbito privado-doméstico,
cuya característica más visible ha sido el carácter
no remunerado de todo este trabajo de reproducción
biológica y material.
De
esa forma, puede observarse, en primer lugar, que la categoría
de género tiene como referente un colectivo, el de
las mujeres. Y en segundo lugar, que sobre la marca anatómica
de los individuos de ese colectivo, el sexo, se ha construido
una normatividad que desemboca en un sistema material y simbólico
traducido políticamente en subordinación femenina.
Por tanto, el género es una categoría que designa
una realidad cultural y política, que se ha asentado
sobre el sexo. De esta forma, desde el pensamiento feminista
en los años setenta, se entendió que el sexo
era una realidad anatómica indiscutible e incuestionable,
y el género una construcción cultural prescriptiva
que se ha ido redefiniendo históricamente en función
de la correlación de fuerzas de las mujeres en las
distintas sociedades en que el feminismo ha arraigado social
y culturalmente. Y es que, tal y como señala Lidia
Cirillo, el género no es un concepto estático,
sino dinámico.
La
desigualdad de género y sus mecanismos de reproducción
no son estáticos ni inmutables, se modifican históricamente
en función de la capacidad de las mujeres para articularse
como un sujeto colectivo y para persuadir a la sociedad de
la justicia de sus vindicaciones políticas. El género
es una de las construcciones humanas básicas para la
reproducción del orden social patriarcal. Todas las
sociedades están construidas a partir de la existencia
de dos normatividades generizadas: la masculina y la femenina.
Y sobre estas normatividades se asientan las principales estructuras
de las sociedades patriarcales, entre ellas la distinción
de lo público y lo privado. Para que estas estructuras
se puedan reproducir históricamente y los géneros
no se desactiven como estructuras de dominación y de
subordinación hay que crear sutiles y vastos sistemas
de legitimación. Los argumentos legitimadores surgen
con fluidez de la religión y de la filosofía,
de la política y de la historia. Más aún,
no basta con que los individuos consideren como deseables
y útiles los rasgos básicos del orden social,
es necesario que los consideren inevitables, partes de la
universal «naturaleza de las cosas». Por eso hay
que dotar a algunas realidades de un estatus ontológico.
Cuando se da por supuesto que algunas de esas realidades pertenecen
a la «naturaleza de las cosas» quedan dotados
de una estabilidad e inmutabilidad que fluye de fuentes más
poderosas que los meros esfuerzos históricos de los
seres humanos (Berger, 1981: cap. 1 y 2).
3.
EL PARADIGMA FEMINISTA
El
concepto de género, así como otras nociones
acuñadas para dar cuenta de la desventajosa posición
social de las mujeres a lo largo de la historia, forma parte
de todo un instrumental conceptual y de un conjunto de argumentos
construidos desde hace ya tres siglos y cuyo objetivo ha sido
poner de manifiesto la subordinación de las mujeres,
explicar las causas de la misma y elaborar acciones políticas
orientadas a desactivar los mecanismos de esa discriminación.
La teoría feminista, en sus tres siglos de historia,
se ha configurado como un marco de interpretación de
la realidad que visibiliza el género como una estructura
de poder. Celia Amorós lo explica así: «En
este sentido, puede decirse que la teoría feminista
constituye un paradigma, un marco interpretativo que determina
la visibilidad y la constitución como hechos relevantes
de fenómenos que no son pertinentes ni significativos
desde otras orientaciones de la atención» (Amorós,
1998: 22). ¿Qué significa esta afirmación?
Los paradigmas y marcos de interpretación de la realidad
son modelos conceptuales que aplican una mirada intelectual
específica sobre la sociedad y utilizan ciertos conceptos
(género, patriarcado, androcentrismo, etc.) a fin de
iluminar determinadas dimensiones de la realidad que no se
pueden identificar desde otros marcos interpretativos de la
realidad social. Así, la teoría feminista pone
al descubierto todas aquellas estructuras y mecanismos ideológicos
que reproducen la discriminación o exclusión
de las mujeres de los diferentes ámbitos de la sociedad.
Al
igual que el marxismo puso de manifiesto la existencia de
clases sociales con intereses divergentes e identificó
analíticamente algunas estructuras sociales y entramados
institucionales inherentes al capitalismo, realidades que
después tradujo a conceptos (clase social o plusvalía),
el feminismo ha desarrollado una mirada intelectual y política
sobre determinadas dimensiones de la realidad que otras teorías
no habían sido capaces de realizar. Por ejemplo, los
conceptos de violencia de género o el de acoso sexual,
entre otros, han sido identificados conceptualmente por el
feminismo. En definitiva, lo que este marco de interpretación
de la realidad pone de manifiesto es la existencia de un sistema
social en el que los varones ocupan una posición hegemónica
en todos los ámbitos de la sociedad.
El
feminismo utiliza el género como un parámetro
científico que se ha configurado en estos últimos
treinta años como una variable de análisis que
ensancha los límites de la objetividad científica.
La irrupción de esta variable en las ciencias sociales
ha provocado cambios que ya parecen irreversibles. Aún
así, el cambio fundamental que ha introducido tiene
que ver con la identificación entre conocimiento masculino
y civilización, en el sentido de que el conocimiento
producido por los varones casi en exclusivo, se ha percibido
como un conocimiento objetivo y no sesgado, como la expresión
de nuestra civilización. El feminismo, en su dimensión
de tradición intelectual, ha mostrado que el conocimiento
está situado históricamente y que cuando un
colectivo social está ausente como sujeto y como objeto
de la investigación, a ese conocimiento le falta objetividad
científica y le sobre mistificación. La introducción
del enfoque feminista en las ciencias sociales ha tenido como
consecuencia la crisis de sus paradigmas y la redefinición
de muchas de sus categorías. Seyla Benhabib explica
que cuando las mujeres entran a formar parte de las ciencias
sociales, ya sea como objeto de investigación o como
investigadoras, se tambalean los paradigmas establecidos y
se cuestiona la definición del ámbito de objetos
del paradigma de investigación, sus unidades de medida,
sus métodos de verificación, la supuesta neutralidad
de su terminología teórica o las pretensiones
de universalidad de sus modelos y metáforas (Benhabib,
1990). Por ello, y tal y como señala Amorós,
hay que hacer del feminismo un referente necesario si no se
quiere tener una visión distorsionada del mundo ni
una conciencia sesgada de nuestra especie.
Hoy
ya es prácticamente impensable en las universidades
europeas y en las americanas (del norte, del centro y del
sur) sustraerse al análisis de género en las
ciencias sociales: «En las diversas ramas del saber,
la inclusión del género produce efectos diversos:
el género no sólo revela la asimetría,
sino que es en sí mismo asimétrico. En la historia,
por ejemplo, como historia de las vicisitudes políticas,
militares diplomáticas, las mujeres pueden ser evocadas
sobre todo como ausencia, pero esta ausencia contribuye a
explicar la naturaleza de los fenómenos y de las instituciones»
(Cirillo, 2005: 42). La ausencia de las mujeres en los procesos
intelectuales, el lugar periférico en que se les coloca
como objetos de investigación cuando no están
ausentes, o la asignación de sus tareas tradicionales
como rasgos inmutables de una ontología ajena a la
historia han sido los significados que han nutrido las ciencias
sociales cuando se han referido a las mujeres.
Por
eso, no es de extrañar que en recientes estudios e
investigaciones no solamente introduzcan el género
como una categoría irrefutable sino que también
se «revisen los criterios interpretativos del pasado
para dar testimonio de que las ausencias de parámetros
de género vuelve un conocimiento menos fiable o simplemente
inválido» (Cirillo, 2005: 43).
4.
EL GÉNERO Y LA DESPOLITIZACIÓN DEL FEMINISMO
En
los últimos años, desde determinadas instituciones
internacionales (Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo,
agencias de Naciones Unidas, entre otras) y desde algunas
instituciones gubernamentales se ha extendido el término
«género» como sinónimo de mujeres,
de modo tal que a medida que adquiere mayor popularidad este
término, con la misma rapidez e intensidad pierde visibilidad
el vocablo feminismo.
El
problema surge cuando una categoría como la de género,
acuñada como una herramienta feminista con el objeto
de visibilizar una estructura de dominación, se intenta
sustituir por el propio paradigma feminista del que forma
parte. El problema surge cuando se sustituye el todo por la
parte. Y esto, sin embargo, no es un error metodológico
sino político, es más bien una cuestión
de metonimia política, pues la sustitución indiscriminada
de feminismo por género produce efectos no deseados
para las mujeres porque despolitiza el feminismo al vaciarle
de su contenido crítico más profundo. Y la despolitización
del feminismo debilita a las mujeres como sujeto político
colectivo con los consiguientes efectos de pérdida
de influencia política y de capacidad de transformación
social. En este caso, el género se convierte en un
eufemismo para invisibilizar un marco de interpretación
de la realidad que nos muestra la sociedad en clave de sistema
de dominación.
Ésta
no es una operación ideológica inocente, pues
tiene la intencionalidad de desvincular la historia de las
luchas feministas de las acciones políticas actuales
impulsadas por mujeres. Se trata, pues, de una operación
ampliamente repetida en esta época marcada por las
políticas neoliberales y patriarcales a escala casi
planetaria, que consiste en sustraer a los grupos oprimidos
de su memoria histórica. De esta forma, pierden al
mismo tiempo eficacia y legitimidad política. La globalización
neoliberal intenta reprimir, con todas las armas ideológicas
a su alcance, que grandes sectores de población contemplen
las sociedades en clave de sistemas de dominio, pues si analizamos
la desigualdad de género como inscrita en un sistema
de dominación patriarcal, con las mismas herramientas
conceptuales podemos contemplar la desigualdad económica
como un sistema de dominación económica capitalista.
Y cuando significativos colectivos humanos adquieren conciencia
política crítica sobre las dominaciones de que
son objeto se están dando a sí mismos la posibilidad
de destruirlos. En este sentido, el feminismo aporta un marco
político de interpretación de la sociedad como
dominación. Y la ideología neoliberal prefiere
atribuir el desarrollo social a mecanismos de racionalidad
no intencional y deposita en la economía capitalista
los núcleos básicos de racionalidad que hacen
posible el desarrollo de nuestras sociedades.
Para
ello, es necesario borrar del mapa político el feminismo
y otras ideologías transformadoras de la sociedad.
De esta forma, el neoliberalismo y el patriarcado nos introducen
en el reino de los eufemismos, sustituyendo, por ejemplo,
feminismo por género o igualdad por equidad. Y esta
desvinculación entre género y feminismo esconde
la pérdida de nuestra memoria histórica, una
historia plena de opresión pero también de luchas
políticas. La memoria histórica es un instrumento
necesario en la construcción de una subjetividad política
que tenga como finalidad la irracionalización del sistema
de dominio patriarcal. La pérdida de nuestro pasado
nos introduce en el mundo de la amnesia política, que
es como decir que nos priva de la brújula para encontrar
los caminos de la estrategia política transformadora.
El pasado proporciona legitimidad a nuestras prácticas
políticas, pues tal y como dice Amelia Valcárcel,
nos evita ser permanentemente las recién llegadas.
Y no sólo eso, pues también nos saca del mundo
de la improvisación y nos introduce en el de la eficacia.
Y es que la memoria histórica feminista es una amenaza
para la hegemonía masculina porque rearma ideológicamente
a las mujeres e introduce en la vida pública y política
un principio permanente de sospecha sobre la distribución
de recursos y la apropiación del poder por parte de
los varones. La historia siempre da legitimidad a quién
tiene un pasado político tan bueno en términos
morales y políticos como lo tiene el feminismo. Y es
que el feminismo es el movimiento social de la modernidad
que más ha ensanchado los derechos civiles, políticos
y sociales de la humanidad.
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