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Justicia
y principios éticos 17-07-2008
El ordenamiento legal en el que debiera basarse la Justicia
en un país democrático no coincide generalmente
con unos principios éticos y morales universales. Es
más, en muchos casos, la diferente interpretación
de una ley, las posibilidades de defensa del presunto reo,
el propio extracto social del que proviene, el momento social
o político en que se juzgan unos hechos, su trascendencia
en el cuerpo social, los intereses y convicciones propios
del juez, etcétera... conducen a actuaciones o sentencias
que despiertan el rechazo moral en sectores de la sociedad.
Estamos
asistiendo con demasiada frecuencia a sentencias aberrantes,
en casos de violencia de género y acoso laboral;
a graves negligencias judiciales ante asesinos pederastas,
a la desproporcionalidad entre el castigo por delitos comunes
a personas de clase media y baja con respecto a otros de mayor
cuantía y trascendencia social cometidos por élites
del mundo de las finanzas o de la política institucional.

A
todo ello viene a sumarse algo tan desacertado como la línea
de actuación iniciada por la superestrella mediática
de la judicatura, el juez Garzón, empecinado en aplicar
el peso de ley a quienes han sido víctimas de la extorsión
etarra, convirtiendo de esa perversa forma a las víctimas
en victimarios o presuntos colaboradores de ETA.
Las
sentencias judiciales se acatan, pero ello no obsta para que,
desde una posición sustentada en otros criterios éticos,
se pueda criticar y cuestionar, porque ni toda ley es justa
ni todas sus aplicaciones coherentes. Es desde este posicionamiento
desde donde no comparto la actuación del mencionado
juez, al que nada se debe objetar con respecto a su obligación
de indagar las posibles pistas que la acción policial
vaya señalando.
Tras
incautar documentación al etarra López Peña,
dos empresarias vascas fueron interrogadas y encarceladas
por el juez Garzón, acusadas de pagar 6.000 euros a
la organización terrorista de forma voluntaria.
De nada sirvió que el padre de ambas mujeres, Andrés
Bruño, propietario de una empresa de pescados, rechazara
los cargos judiciales y denunciara sufrir extorsión
continuada de ETA durante los últimos 28 años.
Hace unas semanas, por orden nuevamente del juez, la Guardia
Civil retuvo e interrogó durante varias horas a José
Antonio Jainaga, consejero delegado de Sidenor, el principal
fabricante español de aceros especiales, registrando
su casa y despacho laboral. De momento ha quedado en libertad,
pero veremos en qué finaliza la historia. El nombre
de este empresario figuraba en la documentación intervenida
al dirigente etarra Javier López Peña, Thierry,
detenido en el operativo del 21 de mayo en Burdeos.
La
pregunta más inmediata que uno puede formularse, mas
allá de que la ley indique que un ciudadano no debe
plegarse al chantaje, es: ¿Es superior el mandato legal
a la necesidad personal de garantizar la seguridad para sí
y para el entorno familiar? ¿Qué haría
usted amigo lector? Porque lo que es real y constatado en
los hechos es que la extorsión etarra va más
allá de la destrucción de las propiedades, fabriles
o domiciliarias, para alcanzar a destruir la vida del extorsionado
o de sus familiares. ¿Miedo? Todo el del mundo, ante
unas amenazas directas y pausibles. ¿Colaboración
con banda armada por pagar un chantaje? No, desde mi óptica,
aunque ese fondo sirva para posteriores actos delictivos.
Es pura superviviencia ante una amenaza real y ante la insuficiencia
del Estado en garantizar la seguridad física de todos
los extorsionados. ¿Debe pagar con prisión un
ciudadano ante unos hechos en los que parte de la responsabilidad
habría que achacarla al propio Estado? Otra pregunta
no menos importante desde el punto de vista ético y
moral: ¿Hay extorsionados y secuestrados de primera
y segunda? Porque es público que para rescatar a nuestros
pescadores secuestrados en aguas somalíes, Gobierno
y armador pagaron un fuerte rescate. Finalmente, aunque les
desvele un hecho bien guardado por los gobiernos de este país:
el que fuera ministro de Interior, señor Rosón,
pasó la frontera con maletín repleto de contante
metálico para liberar a un alto militar español
secuestrado por ETA. No me plugue callarme ante esta discriminación
judicial que convierte en criminales a las víctimas
o al menos pone su honradez en entredicho.
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