EL PERDÓN NOS HACE LIBRES

por Amelia de Querol Orozco


Gracias y perdón. Palabras cada día más olvidadas en nuestros diccionarios particulares. Tienen en común la humildad y el significar un vínculo positivo con el interlocutor. La pertinaz obstinación por resaltar aspectos negativos en los demás y en las circunstancias suele atrofiar, por desuso, la capacidad de reconocer los bienes recibidos y termina generando el insalubre síndrome del acreedor nunca satisfecho. Pero la convivencia humana se mantiene gracias a la asertividad, a las conductas agradecidas y compasivas de aquellos que entienden ambas palabras.
El perdón, sin entrar en ningún tipo de consideración religiosa, es un acto de libertad, una decisión individual, con unas innegables cualidades de sanación. El perdón no es un acto de resignación, es una decisión consciente que permite que ni la ira ni el rencor se adueñen de los recuerdos. Es una liberación, más que un olvido. En realidad, es una necesidad personal: perdonando liberamos la rabia que nos ha causado la afrenta. No significa olvidar dicha afrenta, sino más bien no vivirla como tal. Recordar es volver a vivir, perdonar es recordar sin sentir. Y en, cualquier caso, supone la ruptura del vínculo doloroso que nos une al agresor.
Las experiencias más dolorosas que otros o sus circunstancias provocan en nosotros van dejando una huella muchas veces imborrable que mina nuestra vida y nubla nuestra paz. Ese dolor sólo puede desaparecer con el perdón, que no es otra cosa que la aceptación, desnuda de emociones, del hecho lesivo y la no implicación afectiva en él, es recordar sin dolor, sin amargura. Podríamos decir que aunque recordamos el frío del invierno, ya no temblamos, pues nos templa el calor de la primavera. Si nos dejamos llevar por las emociones más duras, -rabia, ira, rencor- permitiendo que se adueñen de nuestros actos, los hechos dolorosos crecerán, en lugar de mitigarse, apoderándose de nosotros. El frío del invierno se instalará en nuestros huesos, a pesar del cambio de estación. Por otro lado, el perdón significa la aceptación de uno mismo, de sus limitaciones y faltas. Reconocemos esas emociones antes nombradas en nosotros, permitiendo que fluyan y nos sabemos heridos. Y, perdonando, nos perdonamos a nosotros mismos. La benevolencia con los errores ajenos, facilita la comprensión de los propios.
El perdón es, asimismo, un acto individual, en el que la actitud del perdonado no tiene que importarnos; no es lo mismo que reconciliarse, que es una decisión de dos. Perdonamos en función de nuestra necesidad de liberación del dolor. No significa, ni debemos confundirlo, lo mismo que justificar, excusar u olvidar. No significa no dar importancia a los hechos ocurridos, ni dar la razón a quién nos lastimó. Debemos liberarnos del dominio que la persona que nos ha herido ejerce sobre nosotros mediante el dolor que ha provocado en nosotros y nuestro rencor. Hay que liberar la memoria y permitirnos vivir en el presente. Eso nos aporta el perdón. El mantener las experiencias, por muy dolorosas que sean, en el pasado, viviendo el presente sin la carga recurrente del aquel. El hecho del perdón no borra el mal hecho, no quita la responsabilidad al ofensor ni, en ningún caso, niega el derecho a hacer justicia a la persona herida. El cumplimiento de la justa penitencia por parte del agresor y la reparación del daño son condiciones exigibles, indudablemente. No es cuestión de borrón y cuenta nueva, no. Es incuestionable que las acciones punibles han de ser sancionadas, los agravios han de ser reparados, no por satisfacción personal del agraviado, no como venganza o rencor del agredido por ellos, sino por justicia. Justicia y perdón pueden y deben darse la mano. No son, ni lo deben ser, excluyentes.
Mark Twain, en una frase muy bella, manifestaba "el perdón es la fragancia que la violeta suelta cuando se levanta el zapato que la aplastó". El perdón, en realidad, hace grande al que lo ejerce, que, como la violeta, da lo mejor de sí incluso cuando el agravio es muy duro. El perdón, en realidad, muestra la grandeza moral del ofendido sobre el ofensor.


Publicado el 8 de junio de 2006 en el Diario de El Ferrol

 

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