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Gracias y perdón. Palabras cada día más
olvidadas en nuestros diccionarios particulares. Tienen en
común la humildad y el significar un vínculo
positivo con el interlocutor. La pertinaz obstinación
por resaltar aspectos negativos en los demás y en las
circunstancias suele atrofiar, por desuso, la capacidad de
reconocer los bienes recibidos y termina generando el insalubre
síndrome del acreedor nunca satisfecho. Pero la convivencia
humana se mantiene gracias a la asertividad, a las conductas
agradecidas y compasivas de aquellos que entienden ambas palabras.
El perdón, sin entrar en ningún tipo de consideración
religiosa, es un acto de libertad, una decisión individual,
con unas innegables cualidades de sanación. El perdón
no es un acto de resignación, es una decisión
consciente que permite que ni la ira ni el rencor se adueñen
de los recuerdos. Es una liberación, más que
un olvido. En realidad, es una necesidad personal: perdonando
liberamos la rabia que nos ha causado la afrenta. No significa
olvidar dicha afrenta, sino más bien no vivirla como
tal. Recordar es volver a vivir, perdonar es recordar sin
sentir. Y en, cualquier caso, supone la ruptura del vínculo
doloroso que nos une al agresor.
Las experiencias más dolorosas que otros o sus circunstancias
provocan en nosotros van dejando una huella muchas veces imborrable
que mina nuestra vida y nubla nuestra paz. Ese dolor sólo
puede desaparecer con el perdón, que no es otra cosa
que la aceptación, desnuda de emociones, del hecho
lesivo y la no implicación afectiva en él, es
recordar sin dolor, sin amargura. Podríamos decir que
aunque recordamos el frío del invierno, ya no temblamos,
pues nos templa el calor de la primavera. Si nos dejamos llevar
por las emociones más duras, -rabia, ira, rencor- permitiendo
que se adueñen de nuestros actos, los hechos dolorosos
crecerán, en lugar de mitigarse, apoderándose
de nosotros. El frío del invierno se instalará
en nuestros huesos, a pesar del cambio de estación.
Por otro lado, el perdón significa la aceptación
de uno mismo, de sus limitaciones y faltas. Reconocemos esas
emociones antes nombradas en nosotros, permitiendo que fluyan
y nos sabemos heridos. Y, perdonando, nos perdonamos a nosotros
mismos. La benevolencia con los errores ajenos, facilita la
comprensión de los propios.
El perdón es, asimismo, un acto individual, en el que
la actitud del perdonado no tiene que importarnos; no es lo
mismo que reconciliarse, que es una decisión de dos.
Perdonamos en función de nuestra necesidad de liberación
del dolor. No significa, ni debemos confundirlo, lo mismo
que justificar, excusar u olvidar. No significa no dar importancia
a los hechos ocurridos, ni dar la razón a quién
nos lastimó. Debemos liberarnos del dominio que la
persona que nos ha herido ejerce sobre nosotros mediante el
dolor que ha provocado en nosotros y nuestro rencor. Hay que
liberar la memoria y permitirnos vivir en el presente. Eso
nos aporta el perdón. El mantener las experiencias,
por muy dolorosas que sean, en el pasado, viviendo el presente
sin la carga recurrente del aquel. El hecho del perdón
no borra el mal hecho, no quita la responsabilidad al ofensor
ni, en ningún caso, niega el derecho a hacer justicia
a la persona herida. El cumplimiento de la justa penitencia
por parte del agresor y la reparación del daño
son condiciones exigibles, indudablemente. No es cuestión
de borrón y cuenta nueva, no. Es incuestionable que
las acciones punibles han de ser sancionadas, los agravios
han de ser reparados, no por satisfacción personal
del agraviado, no como venganza o rencor del agredido por
ellos, sino por justicia. Justicia y perdón pueden
y deben darse la mano. No son, ni lo deben ser, excluyentes.
Mark Twain, en una frase muy bella, manifestaba "el perdón
es la fragancia que la violeta suelta cuando se levanta el
zapato que la aplastó". El perdón, en realidad,
hace grande al que lo ejerce, que, como la violeta, da lo
mejor de sí incluso cuando el agravio es muy duro.
El perdón, en realidad, muestra la grandeza moral del
ofendido sobre el ofensor.
Publicado el 8 de junio de 2006 en el Diario de El Ferrol
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