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Vivimos
en una época simplista. Da la impresión de que,
de tanto alabar el método científico como único
camino para conocer la realidad, no sabemos despegar el ojo
del microscopio. De la misma manera tratamos de analizar los
casos de la mal llamada violencia doméstica.
Todos estamos preocupados por el incremento de estas situaciones,
en las que, lógicamente, la mujer, le guste o no, es
el sexo débil, es la que lleva la peor
parte. Cada vez que un hombre ejerce violencia contra una
mujer, sea quien sea, (novia, amante, conocida, empleada
)
salta a los titulares bajo el epíteto de violencia
doméstica. Inmediatamente la conclusión
que se saca es: para erradicar este problema hay que castigar
al culpable. Pero antes de llegar al castigo habría
que preguntarse ¿Por qué actuó así?
Nuestra sociedad ha ido legitimando algunos tipos de violencia,
a base de alabar las conductas que las protagonizan:
Violencia contra las cosas, que el individuo puede destruir
a su antojo en el consumo. Usar y tirar.
Violencia ecológica, a base de no respetar la naturaleza
y explotarla más allá de lo necesario para su
sobrevivencia.
Violencia sexual del hombre contra la mujer a la que hay que
atrapar y retener; pero también teorizada por las feministas
radicales, como el imperio de la mujer que ejerce su poder
sexual sobre el hombre, al que hay que seducir y subyugar,
y del cual hay que vengarse para triunfar sobre el machismo.
Violencia del individuo contra sí mismo si decide que
es en el suicidio donde encuentra la expresión de su
libertad.
Violencia general contra los demás a quienes el individuo
fuerte puede reducir a esclavitud o dar muerte. (Violencia
social, comercio de explotación sexual
)
Una sociedad que tan sutilmente preconiza la violencia, es
lógico que la sufra en su seno íntimo, en su
misma casa. Abramos un poco más los ojos y hagamos
un análisis algo más objetivo de la realidad.
Poner etiquetas es muy fácil, pero quitarlas es una
tarea titánica. Los periódicos pregonan: El
varón tiende a la violencia
, es un agresor potencial
por el sólo hecho de ser hombre
, cuando el enemigo
está dentro de la casa
Las reacciones violentas
que un hombre tiene hacia una mujer ¿realmente son
causadas por la sexualidad masculina? ¿La mujer no
reacciona con violencia también aunque lo demuestra
de otra forma, menos obvia físicamente, por supuesto?
Erin Pizzey es profesional en la atención a mujeres
maltratadas desde 1971. Es responsable de más de 62
albergues que cuidan de mujeres maltratadas. Cuando habla
de la violencia doméstica sabe de qué está
hablando.
Aquellos de nosotros que trabajamos en el campo de la
violencia doméstica nos enfrentamos diariamente con
la difícil tarea de trabajar con mujeres dentro de
familias problemáticas. En mi experiencia con la violencia
familiar, he llegado a reconocer que hay mujeres implicadas
en relaciones violentas de carácter físico y/o
emocional las cuales muestran y exhiben trastornos más
allá de lo esperado (y de lo aceptable) en una situación
de estrés. Estas mujeres, motivadas por profundos sentimientos
de venganza, rencor y animosidad se comportan de una manera
particularmente destructiva; para ellas mismas pero también
para los restantes miembros de la familia, de tal manera que
complican una situación familiar, ya de por sí
mala, en algo mucho peor.
El ser humano, hombre o mujer, nos guste o no reconocerlo,
es un ser que puede tener un comportamiento violento. No es
una cuestión de género. No ha habido época
de la historia, ni cultura que tristemente no haya conocido
las secuelas de la guerra, los conflictos entre vecinos, entre
pueblos contiguos, entre miembros de la misma familia. La
proximidad pone de manifiesto la tendencia a la violencia.
El conflicto de libertades se da en el trato cercano.
Esta es una realidad de la misma naturaleza humana, que hay
que aceptar para poder superar. Pero si además la sociedad
la alimenta a base de ideología haciéndonos
creer que lo peor que puede sucederles a hombres y mujeres
es ser diferentes entre ellos, porque la diferencia conlleva
inevitablemente un conflicto, estamos alimentando las tristes
situaciones que leemos casi diario sobre la violencia intrafamiliar.
Las diferencias no son en sí malas por el sólo
hecho de serlo, son fuente de riqueza. La igualdad forzada
sería una injusticia mayor, ya que no respetaría
lo natural de cada ser. Las relaciones entre hombre y mujer
conducen naturalmente a la complementariedad porque ésta
reconoce las diferencias entre ambos sexos como posibilidades
de crecimiento mutuo en todos los órdenes.
No desconocer las dificultades en las relaciones no significa
que haya que generalizarlas. Generalizar es peligroso para
la justicia. ¿Todos los hombres son agresores en potencia?
Algunas leyes contra violencia doméstica sólo
suponen como sujetos de violencia al sexo masculino.
Es de sentido común aceptar la existencia de dificultades
en la relación entre hombres y mujeres; es de demagogos
el exagerarlas, y es antinatural negar que esta relación
sea, sencillamente, la tendencia más fuerte que tiene
el ser humano en la búsqueda de su realización.
La humanidad ha progresado gracias a las diferencias complementarias
entre hombre y mujer.
mobbingvzla@yahoo.com.ar
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