Mirar la vida

por Vicente Torres


No es igual la mirada de Miquel Navarro, artista, que la de Emilio Botín, financiero, sobre el mismo objeto. Ni ven igual las cosas el reflexivo y sincero periodista Rafa Marí que esos colegas suyos que siempre están dispuestos a disculpar y comprender lo que hacen los políticos de su cuerda. Tampoco capta las mismas cosas el científico Santiago Grisolía, que el constructor Francisco Roig. ¿Por qué comienzo de este modo? Algún día escribiré acerca de lo que le hicieron, en su anterior puesto de trabajo, al escritor Luis Melero.
Cada uno tiene su propio modo de ver las cosas, que lleva a actuar de una manera y no de otra. Pero el modo de actuar debería estar limitado por la zona de mínimos y un límite adecuado es el que marca la Constitución. En cuanto a la generosidad, ni hay ni debe haber limitaciones de ningún tipo.
Luis Melero, por cuestiones que no vienen al caso ahora, tuvo que emplearse, para poder comer. Las humillaciones que le infligieron, para acabar despidiéndolo, definen a los propietarios de la empresa. La difencia entre la capacidad de expresión y redacción de Luis Melero con quienes le vejaban continuamente es extraordinaria. Estoy seguro de que ellos no pueden bajar de dos faltas de ortografía por línea. Tampoco estoy seguro de ellos se hayan enterado de que pronto va a publicar otro libro.
Este trato a las personas, claramente inconstitucional, ocurre porque la Administración lo consiente. Al observar el sitio que Marina Parés le dedica al asunto y las visitas que recibe se puede tener noción de su importancia y de la necesidad de que el Ministerio de Trabajo aborde la cuestión más seriamente.
Sé de alguien, también afectado por el idealismo, que trabaja en una empresa grande, que transcurre sus jornadas laborales marginado totalmente por sus compañeros, pues nadie la habla ni quiere saber nada con él, a quien un representante de la empresa le dijo: es que tú te autovaloras (sic) mucho. Me aventuro a adivinar que este trabajador se sabe incapaz de participar en ninguna conjura de los necios y también de dejar que su pecho albergue lo que Julían Marías llamó rencor contra la excelencia. Hay quien no comprende que este pequeño detalle genera mucha autoestima.

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