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NEGACIÓN Y VIOLENCIA SOCIAL
Miguel Angel Gonzalez Torres* Aranzazu Fernandez Rivas**
* Departamento de Neurociencias. Universidad del País Vasco Servicio de Psiquiatría. Hospital de Basurto. Bilbao
** Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil de Portugalete (Vizcaya). Osakidetza / Servicio Vasco de Salud
Thomas Jefferson, padre de los Estados Unidos y que vivió en París el comienzo de la Revolución, decía que todo hombre civilizado tiene dos patrias, la suya y Francia. La Marsellesa suena hoy para muchos de nosotros como el verdadero himno de Europa, que nos hace sentir ese ideal soñado de Libertad, Igualdad y Fraternidad que constituye la base de nuestra civilización y el núcleo del pensamiento ilustrado. ¡Adelante, hijos de la patria, el día de gloria ha llegado !. El día de gloria llegó y pasó y tras el vinieron el Terror y la dictadura napoleónica. Hoy Napoleón descansa en su sobrecogedor sarcófago gigante de granito rojo y la dulce Francia, hogar espiritual de todos los humanistas, llora sin descanso la ausencia de quien causó la muerte de quinientos mil franceses y dejó al encaminarse al exilio un país arrasado, lleno de huérfanos, viudas y mutilados, rodeado por un continente bañado en sangre.
El 3 de Julio de 1866 las tropas de Bismarck y Moltke se enfrentaron a las del Emperador Francisco José en Königgratz reclamando la posesión de un pequeño ducado en Dinamarca. Al final de la jornada cuarenta mil austriacos y quince mil alemanes yacían muertos sobre el barro. Años después, el pueblo vienés recibía con entusiasmo a un sucesor del Canciller de Hierro festejando la fusión de dos pueblos que, según se dijo entonces, siempre habían sido hermanos.
Paseando por el centro de Londres, nos encontramos de bruces con la figura ecuestre del Mariscal Douglas Haig. Este altivo jinete que hoy comparte honores con Nelson y Wellington fue comandante de las fuerzas británicas en Europa durante la I Guerra Mundial y responsable de la desastrosa campaña de trincheras de sus tropas. Su ofensiva en el Somme causó al ejército británico cuatrocientas veinte mil bajas. Siguiendo sus órdenes encontraron la muerte hasta veinte mil soldados británicos en un solo día. Estos éxitos militares llevaron a su graciosa majestad a impedir que todos los mozos de un pueblo sirvieran juntos en el mismo regimiento evitándose así la despoblación instantánea de municipios enteros.
Al final de la II Guerra Mundial el territorio alemán fue literalmente laminado por los llamados bombardeos alfombra. Sólo la RAF arrojó un millón de toneladas en territorio alemán, tres millones y medio de hogares fueron destruidos y más de seiscientos mil civiles alemanes perecieron (Sebald 2002). Un grueso manto de silencio, para muchos facilitado por la barbarie previa hitleriana, ha cubierto este horror y no hay lugar para el dolor o el duelo.
Si nos acercamos al presente la situación no es diferente. Acaban de cumplirse cincuenta años de la muerte de Stalin y son numerosos los intentos de rehabilitar su figura como campeón del progreso del pueblo ruso. Pero este campeón, además de asesinar a sus adversarios más cercanos causó varios millones de muertos entre sus compatriotas, a través de sus planes de reforma agraria, el exilio forzado, los campos de trabajo en Siberia o la ejecución directa a cargo de su eficiente agencia de seguridad interior (Furet 1999).
Las monstruosas matanzas de Ruanda han ocurrido hace solo unos pocos años pero parece como si pertenecieran al reino de Babilonia. Un grueso manto no de silencio, sino de simple olvido e indeferencia envía a esos cientos de miles de individuos asesinados a machetazos a una especie de limbo donde esperamos que sean atendidos por el Altísimo ya que nosotros no disponemos de tiempo o interés para ellos. Aún colea en cierta prensa un tema que imagino central para hutus y tutsis: el debate sobre la misión de las ONG en lugares de conflicto y la cuestión de si el método Médicus Mundi es o no superior al de Médicos sin fronteras.
También entre nosotros, en la civilizada Unión Europea de hoy podemos encontrar fenómenos interesantes. Toni Negri, ideólogo de las Brigadas Rojas experimenta ahora una segunda juventud como autor gracias a su libro Imperio (2002) con Michael Hardt, aclamado por críticos del mundo entero. Su apoyo constante a esa viril violencia liberadora de la clase obrera nos parece hoy una mera decoración de su pensamiento, profundo y erudito.
Algo más al norte, en la verde Erín, Gerry Adams ve como su talla de estadista y hombre clave de la política del Ulster crece por momentos. Es recibido en la Casa Blanca y en el País Vasco como una especie de Robin Hood de los bosques de Sherwood. Pero sólo unos pocos años atrás (OToole 2003), cuando al parecer ocupaba el puesto de comandante del IRA, doce civiles protestantes, ninguno de ellos relacionados con actividades políticas, perecieron por una bomba incendiaria cuando asistían a una reunión de un club canino. El fuego fue tan violento que los cuerpos tuvieron que ser identificados por sus dentaduras o por análisis de ADN realizados a sus familiares.
El plan de batalla de la próxima Guerra del Golfo (Simic 2003) procede, según la CBS, de una institución llamada National Defense University y es denominado Conmoción y pavor (Shock and Awe). Incluye el lanzamiento en la primera jornada de entre trescientos y cuatrocientos misiles crucero, que es la cifra de proyectiles arrojada a lo largo de los cuarenta días de la primera Guerra del Golfo. La idea es causar el mayor impacto posible entre la población iraquí, sumiéndola en un estado de indefensión que provoque una rendición inmediata. Si la anterior edición de esta guerra produjo ciento veinticinco mil muertos (la cifra real se ha mantenido siempre secreta, al menos en occidente), hemos de suponer que se pretende una carnicería todavía mayor para lograr lo que no se pudo conseguir entonces. Muchos gobiernos occidentales, incluido el nuestro, parecen considerar la matanza de miles de inocentes como un simple daño colateral que puede ser moralmente amortizado por el resultado final.
Los ejemplos podrían multiplicarse hasta completar una enciclopedia. Vivimos en medio del horror. El asesinato y la tortura son parte constante de nuestras vidas y no solo en lugares alejados del globo donde impera la ley de la selva, sino incluso entre nosotros, la isla de civilización donde, como decía Churchill, si llaman a las cinco de la mañana a nuestra puerta, se trata del lechero y no de la policía secreta. El Mal no es algo distante, que aparece periódicamente en la historia en momentos de caos y sufrimiento. Es un compañero habitual que camina a nuestro lado. Su origen debe provocar, y a veces provoca múltiples interrogantes. ¿Están la violencia, la agresión o el mal en nuestra naturaleza y son por tanto inevitables?. ¿Sólo podemos aspirar a dominar parcialmente a ese Mr Hyde sanguinario?. ¿O por el contrario esa violencia tiene su origen en las inevitables y a veces intensas frustraciones a las que la sociedad y la vida nos someten desde niños?. El debate sobre la influencia de la naturaleza y el ambiente en la agresividad humana sigue abierto. Podría decirse que todas las ciencias, humanas y naturales, han intentado terciar en él, incluyendo desde luego al Psicoanálisis.
Pero si la constante presencia del horror suscita un sinfín de preguntas, una atención mucho menor ha recibido un hecho paralelo y de importancia en nuestra opinión similar: la enorme facilidad con la que el olvido, la indiferencia e incluso la negación se instala entre quienes padecen sufrimiento e incluso entre quienes son meros testigos. Parece existir una tendencia natural, automática e irrefrenable hacia un aquí nada ha ocurrido que configura la respuesta social e individual ante el atropello y la violencia. Esa respuesta parece ser más intensa cuanto mayor sea el nivel de barbarie de modo que las mayores atrocidades generan los mayores olvidos.
Puede que algunos piensen que la memoria del Shoa, del Holocausto, sería una demostración precisamente de lo contrario. Creemos que no es así; el recuerdo de la tragedia judía es la excepción que confirma la regla y depende además de un doloroso e inmenso esfuerzo por no olvidar y por llamar la atención sobre lo sucedido hecho en contra de muchas fuerzas, dentro y fuera de la comunidad judía, que preferirían pasar página y encarar el futuro con una mirada limpia. Los custodios del recuerdo son además personas que han consagrado su vida a ello, abandonando otras múltiples posibilidades vitales, consagrando su existencia, dolorosa y machaconamente a que cada nombre se acompañe de un rostro y de una historia y a que cada latigazo, cada golpe brutal, cada bala en la nuca tenga un culpable. La memoria del Holocausto es una joya preciada para la humanidad y que debe ser preservada con mayor cuidado que la Capilla Sixtina o la Chanson de Roland. Cada nombre y cada historia debe evocar en nosotros una vida y un sufrimiento personal y concreto y con ello evitaremos quizá caer por la pendiente del olvido de ese horror que sigue presente entre nosotros.
Porque tan fascinante es el Mal como nuestra reacción ante el mismo y es a ello a lo que dedicamos este trabajo. Como punto de partida, escogeremos un suceso ocurrido en el País Vasco hace unos meses. Desafortunadamente, nuestra tierra padece una cuota de horror mucho mayor que la media del entorno. Desde hace treinta años la tortura, el asesinato, el secuestro y el robo constituyen una parte de la cotidianeidad. Esa realidad se acompaña de un clima social aparentemente normal; no hay revueltas en la calle, no hay guerra de bandas, no hay asesinatos en venganza. La gente se ocupa de su vida diaria, de su trabajo, de su vida social, y el horror constituye un telón de fondo para algunos meramente decorativo, como si se tratara de un cuadro del Bosco colgado en el salón. Siempre podemos mirar hacia otro lado y encontrar un bonito bodegón en vez del infierno bosquiano.
Sólo las víctimas directas, a veces, alzan la voz protestando de su sufrimiento, para encontrar la indiferencia de la mayoría y el desprecio de algunos. Es verdad que existen algunos observadores que airean su protesta desde la prensa o la universidad, pero son una exigua minoría. Además en una interesante metamorfosis, los testigos del horror que deciden alzar su voz pasan rápidamente a engrosar la lista de las víctimas del mismo, con lo que literalmente, la figura del testigo/observador que cuenta lo que otros sufren es inexistente hoy en el País Vasco; quien da testimonio es además víctima.
Antes de describir una situación clínica que en nuestra opinión reflejan fielmente un modo de sentir ante la violencia en el País Vasco y en otras muchas partes, queremos revisar, aunque sea brevemente, algunas aportaciones desde el Psicoanálisis sobre el origen de la agresión y el odio. Podemos mencionar de paso que en la controversia respecto al origen de las pulsiones agresivas y la existencia y naturaleza del instinto de muerte se puede ver con toda claridad un profundo problema que contamina toda la teoría psicoanalítica: la ausencia de un corpus doctrinal aceptado por todos o al menos consensuado por una buena parte de los profesionales, que permita el avance gradual del conocimiento mediante un proceso de conjeturas y refutaciones. Como mencionaba Tuckett (2001), editor hasta hace poco del International Journal of Psychoanalysis, en psicoanálisis sobran opiniones y faltan ideas. El investigador interesado sobre la violencia y sus fuentes tiene ante sí un amplio menú teórico donde escoger. Tanto si considera que el ambiente tiene una mayor influencia como si considera que es la naturaleza podemos encontrar autores importantes a favor y en contra de todas las posturas imaginables.
Freud menciona tempranamente en su obra el papel de la agresión. Ya en Tres ensayos sobre una teoría sexual (1905) otorga a esta pulsión un papel en el control sexual de un objeto y en Análisis fragmentario de una histeria (1905) señala su rol como forma de resistencia el tratamiento. Pero su primer intento comprensivo de entender la agresión puede hallarse en la obra Los instintos y sus destinos (1915), en la que explora elementos de amor y odio y su relación con los instintos sexuales y de auto-preservación. Freud arguye que en estadios iniciales de desarrollo, el niño no distingue entre odio y amor y por ello es capaz de permanecer indiferente ante su propio sadismo y el daño que causa a los objetos. Con la introducción del instinto de muerte en Más allá del principio del placer (1920), la agresión pasaría a ser considerada como una manifestación innata del instinto de muerte. Freud tuvo que enfrentarse a las dificultades para entender la compulsión a la repetición en la posguerra de la Gran Guerra y pensó que los seres humanos parecían llevar dentro las semillas de su propia destrucción. Pero Freud nunca llegó a madurar una formulación sobre la agresión definitiva. Para sintetizar, siguiendo a Cartwright (2002), podemos decir que Freud consideró cuatro formas diferentes de manifestaciones de la agresión: la agresión que tiene su origen en la autopreservación y en la protección del yo, agresión flotante, agresión que surge de la externalización del instinto de muerte y la agresión con una localización intrapsíquica y que es absorbida por el superyo y vuelta contra el yo.
A partir de Freud surgen dos grandes corrientes de pensamiento en torno a la agresividad. Una que considera a esta pulsión como fruto del instinto, otra que ve su origen en la reacción ante un entorno frustrante. El instinto de muerte, aunque tiene sus partidarios (M Klein, Segal, Shengold...) continúa siendo un tema muy controvertido en PA. Autores como Zulueta (1993, cit. en Cartwright 2002), lo consideran taxativamente como un constructo cultural que emana de nuestro sistema de creencias cristiano-occidental, sobre todo de nuestra creencia en el pecado original. Kernberg (1980), por su lado minimiza la importancia del instinto de muerte argumentando que no tiene significación clínica y no puede ser observado de un modo adecuado. Las ideas que se derivan del concepto de origen instintual de la agresión se han desarrollado en dos direcciones desde Freud. Por un lado estaría la esuela kleiniana y por otro la psicología del yo. Los kleinianos hacen hincapié en el hecho de que la identificación proyectiva implica siempre una parte del self y por tanto la agresión es dirigida tanto al self perceptor como al objeto percibido. Hartmann, Kris y Lowenstein (1949) por su lado enfatiza la función neutralizadora del yo que sirve para desinstintualizar tanto los instintos sexuales como agresivos. A diferencia de la sublimación freudiana, la neutralización no es una defensa ante las demandas instintuales ni es una deflección sobre otro objeto, sino que representa un proceso de transformación importante para el desarrollo psíquico. Para Hartmann la agresión estaría primariamente determinada por la carga agresiva innata y por una función neutralizadora del yo.
El otro grupo de autores serían aquellos que consideran la agresividad como una reacción , más o menos compleja ante el entorno. La deprivación de una necesidad estaría relacionada con la agresión destructiva. El factor clave que subyace a todos los modelos reactivos es el rol del objeto y en especial de la madre en el desarrollo de la agresividad. Dentro de este grupo, Winnicott (1971)señala el origen la agresión en las formas más tempranas de movimientos infantiles equivalentes a toda la actividad corporal en este estadio. Winnicott pensaba que la tendencia antisocial estaba claramente ligada a la deprivación. Creía que los individuos agresivos habían conocido en el pasado una madre suficientemente buena que luego perdieron. El niño evolucionó hasta adquirir ese falso self tan caro a la teoría winnicottiana, adaptándose por carecer de fuerza yoica suficiente para ser otra cosa.
También dentro de este grupo, Fairbairn representa la desviación más radical del pensamiento freudiano al considerar que los elementos agresivos y libidinales de la psique son primariamente buscadores de objeto y no de placer. Fairbairn (1978) conceptualiza la agresión comenzando en la internalización de un objeto materno rechazante. La internalización de la figura materna-como-objeto malo permite un control interno del objeto y esto nos lleva a la formación de un complejo sistema internalizado de relaciones objetales. El objeto malo internalizado sufre una nueva escisión entre el objeto excitante y el rechazante.. La agresión para Fairbairn tendría dos funciones más destacadas: reprimir el objeto malo que ha sido escindido en dos y a la vez lanzar un ataque interno sobre las partes necesitadas y libidinales de la parte necesitada y libidinales del yo subsidiario. Mitchell (1993), como tantas veces, se coloca a medio camino y formula que la capacidad de agresión es innata, pero la agresión en sí misma sería puesta en marcha por una reacción. Es evidente el atractivo clínico de esta idea.
Vayamos a la viñeta clínica; la narradora es Arantza Fernández, coautora de este trabajo: Portugalete (Vizcaya), 28 de Febrero de 2002, 9.10h de la mañana. Estoy en consulta atendiendo a una niña de doce años. De repente se oye una explosión sobrecogedora, los cristales de las ventanas y las puertas vibran; después le sigue el incesante sonido de alarmas de coches que repentinamente se han conectado. En ese mismo instante, sin un gesto, ni una mueca, sin detener la consulta, sin preguntar nada, sabemos las dos, con certeza, lo que ha ocurrido: un nuevo atentado terrorista, y esta vez ha sido muy, muy cerca. A escasos doscientos metros del ambulatorio donde se encuentra la Unidad de Psiquiatría Infanto-Juvenil ETA ha hecho explotar una bomba contra una concejal del partido socialista. Minutos después, al sonido de las alarmas de los coches se le une el ensordecedor aullido de las sirenas de ambulancias y policía. Además un helicóptero sobrevuela persistentemente por encima de nosotros. Lo que más me sobrecoge en ese momento es la reacción emocional mía y la de la niña con quien estoy en consulta. Ambas seguimos como si nada estuviera ocurriendo, ni siquiera nos levantamos a mirar por el balcón. Me sorprendo al ver que no siento temor alguno, ni angustia, toda emoción displacentera está anulada. Pero no me deja menos perpleja la reacción de mi paciente: ella es una niña muy ansiosa, presenta Trastorno de ansiedad por separación, y tampoco ella exterioriza signos de sufrimiento emocional alguno, ni siquiera hace el menor comentario sobre el estruendoso ruido. En la sala de espera la madre de mi paciente mira por la ventana entretenida el incesante movimiento de ambulancias, policía y tráfico bloqueado. Tampoco ella parece sentir ningún malestar emocional. Comentamos que habrá sido un atentado más, con esa aparente habituación (adaptativa) al terror que lo minimiza e infravalora. Mis compañeros de trabajo también han reaccionado como yo: todos estábamos en consulta y a pesar de la explosión seguimos con nuestros respectivos pacientes sin aparentemente inmutarnos. Tras finalizar esas consultas comentamos unos con otros lo ocurrido, y la secretaria nos da más información que ha escuchado en la radio. Sin más continuamos atendiendo a los siguientes pacientes citados. El siguiente paciente que atiendo sí se encuentra angustiado. Mientras venía por la calle hacia el ambulatorio ha pasado por la acera opuesta a la del atentado. Unos metros y unos pocos minutos le han evitado sufrir directamente la explosión. Ha visto cómo ha quedado demolido parte del edificio donde estaba colocada la bomba. Su madre que le acompaña también está muy angustiada. No obstante, me sorprende que hallan acudido a la consulta (estamos cerca de la zona de seguridad acordonada por la policía) en vez de volver a su casa, la cual se encuentra en una zona bastante alejada del lugar del atentado. Mientras hablo con el joven (14 años) en mi despacho su madre se toma un tranquilizante, se encuentra angustiada y mareada. El no es capaz de dejar de pensar, hablar y rememorar lo que ha presenciado: si son dos los heridos o los fallecidos, cómo había quedado el edificio; etc. Se sigue inquietando. Además en la calle ha oído comentar que la policía sospecha de la existencia de otro artefacto explosivo aún sin hallar. ¿Dónde estará la segunda bomba, cuando va a explotar? Continúa el ruido en la calle, el helicóptero parece que va a entrar en el despacho de un momento a otro . Yo no quiero estar aquí (dice ya sin poder soportar más la tensión). Se va con su madre, ambos aterrorizados. No obstante no piensa en volver a casa sino al colegio, allí se sentirá a salvo lejos de esta zona crítica. Al marcharse este joven y su madre escucho comentarios en la sala de espera de otras madres. Ellas también han oído la información sobre una posible segunda bomba. Minimizan sonriendo: ¡No van a poner una bomba en un Centro de Salud!. Están aparentemente tranquilas manteniendo una entretenida charla entre ellas esperando que finalicen las consultas de sus hijos por otros compañeros del centro. Otro de los pacientes que es atendido poco después de que el atentado halla ocurrido es un niño de siete años. Viene de otro pueblo alejado. El autobús no ha podido llegar hasta la parada del ambulatorio por el cordón policial desplegado. Madre e hijo no dudan en llegar hasta el centro por calles paralelas dando un rodeo. En ninguno se percibe externamente preocupación alguna. No obstante, durante la consulta el niño solicita a la psicóloga que le atiende jugar con coches. Elabora un juego repetitivo en el cual un coche bomba (él así lo denomina) va arrojando desde un armario de mediana altura una fila de coches que él antes ha colocado allí: y viene un coche bomba y lo tiro: ¡bum!, dice disfrutando de la escena y adoptando él el papel del coche bomba. Juego que le divierte y repite una y otra vez durante toda la sesión. Transcurre la mañana con una total y aparente normalidad. Me sorprende incluso cómo ningún paciente anula ni deja de acudir a su consulta, situación, por otra parte, relativamente frecuente en un centro en el que trabajamos varios profesionales. Solamente la madre de un niño que reside en un pueblo lejano llama para preguntar si, dadas las circunstancias, existen hoy problemas para aparcar el coche (ésta es su única preocupación manifiesta). En su pregunta y en la conversación que se establece con ella no hay malestar ni temor. Finalmente es la psicóloga quien le recomienda que hoy, dadas las circunstancias, es mejor que no venga. Esta reacción de excesiva normalidad me sobrecoge también en el caso de una primera consulta. Vienen a las 10 h. Han salido de casa minutos después del atentado. Los padres han llevado al niño al colegio puesto que habíamos quedado en que a esa entrevista vinieran solos. No obstante, les acompaña su hija menor, de diez meses. De nuevo, ningún signo de angustia aparente, todo parece cotidiano. Me pregunto cómo se puede exponer al riesgo de esa supuesta segunda bomba a una hija de diez meses. Y aún comprendo menos cuando el padre (tal vez por un escape de angustia interna) nos informa que es miembro de la policía vasca. No es habitual que determinadas profesiones de los padres sean reveladas a desconocidos como nosotros en nuestro entorno, el País Vasco. Como en el caso anterior, otro padre de un paciente pregunta a una psicóloga del equipo, quien atiende a su hijo, si ella tiene relación familiar con un alto cargo del Partido Socialista de Euskadi dado que comparten el mismo apellido. Esta pregunta sirve de apertura a la confesión de su profesión: escolta de cargos políticos en el País Vasco, en especial, y durante años, de ese alto cargo socialista.
Llama la atención poderosamente en la situación descrita la aparente indiferencia de todos, pacientes, familiares, profesionales, ante la barbarie sucedida. Parece como si la negación fuera un mecanismo defensivo primordial en este proceso. Un solo paciente, que coincide con quien padecía la patología más grave de la jornada y su madre, con un ligero retraso mental son quienes expresan directamente una respuesta emocional que podríamos considerar lógica: temor, angustia y deseo de huir. Es verdad también que ellos son quienes más cerca han estado del peligro. Puede que si no fuera así ni siquiera ellos se hubiesen permitido mostrarse tan emocionalmente abiertos. El resto de los participantes utilizan como mucho vías alternativas para expresar la angustia, bien a través de juegos repetitivos que nos sugieren la presencia de un trauma crónico (Terr 1991) al que el niño se adapta identificándose con el agresor (¡terrible necesidad!) o bien abriendo solo un poco el habitual control local de la información personal que se aporta en el caso del policía y del escolta. Es obligada la reflexión de que muy intensa tiene que ser la angustia diaria vivida para que una mayoría optemos por mecanismos defensivos tan primitivos para poder sobrellevar la realidad.
Esa reacción vasca es simplemente una manifestación local del universal fenómeno de olvido-negación ante el horror. La existencia de este fenómeno tiene indudablemente algún sentido, que puede y debe ser desentrañado. Su comprensión además nos ayuda a entender una respuesta habitual pero muy dañina para la comunidad pues la indiferencia prolonga el sufrimiento y facilita la repetición. El lúcido Santayana nos decía que los pueblos que no recuerdan su historia están condenados a repetirla. Probablemente existe una compulsión social a la repetición que es mantenida por los modelos habituales de reacción social que alivian el sufrimiento actual a costa de mantener la patología grupal en marcha.
Una forma de sintetizar lo que acabamos de plantear podría ser utilizando el modelo que nos propone Kernberg a través de su concepto de díada objetal relacional (1989). Kernberg considera que en cada momento un individuo mantiene activadas una determinada representación de sí mismo y una determinada representación del objeto, vinculadas ambas por un afecto predominante. En la terapia, la situación transferencial activa en el paciente una determinada diada que se manifiesta en el encuentro a través del material verbal, del no verbal, incluyendo las actuaciones del paciente, e incluso a través de la contratransferencia. Es importante la consideración de que estos patrones relacionales son variables y pueden producirse oscilaciones de unas configuraciones representacionales a otras. En algunos casos, una determinada díada objetal relacional puede ejercer una función defensiva, protegiendo por ejemplo al sujeto del dolor que acompaña a la ausencia de una configuración añorada. Podemos hipotetizar que el atentado, cualquier acto de barbarie, evocaría en el sujeto una diada objetal muy dolorosa en la que la representación del objeto tendría un carácter maligno y perseguidor y la representación del self lo tendría de víctima y sujeto pasivo de abusos, exclusión y rechazo. El mundo interno que evoca la explosión es un mundo kleiniano primitivo, un mundo esquizo-paranoide en el que el sujeto se ve rodeado por un ambiente hostil, reactivando todas las fantasías primitivas de objetos sádicos y persecutorios, cargados de las proyecciones del individuo. Pero la presencia de otro que realmente puede matarte es una visión demasiado angustiante por el profundo desamparo e impotencia que provoca. Una vía de salida es la escogida por la mayoría de los pacientes y familias del ejemplo presentado: refugiarse defensivamente en una díada objetal en la que la representación del objeto adquiere un carácter casi impersonal, como si el horror llegara por una fuerza de la naturaleza ciega y no por la voluntad de un individuo concreto. La representación del self cobra un matiz de cierta omnipotencia, de impasibilidad o indiferencia ante el peligro. El hombre asustado e inerme ante el asesino se transforma en el héroe que camina indiferente en medio de la terrible tormenta. El afecto que vincula a estas dos representaciones es casi la ausencia de afecto, la imperturbabilidad.
Pero lo que a corto plazo supone una ventaja para el individuo, a medio y largo plazo no lo es tanto pues bajo esa díada defensiva sigue ocultándose la profunda indefensión ante la barbarie y el enorme desamparo que ello provoca. Y el sujeto además opta por no actuar pues nada se hace frente a las fuerzas de la naturaleza; el junco se comba flexible para adaptarse y esperar a que pase la racha de viento; el aire sigue moviéndose hasta que las fuerzas que lo impulsaron ceden. Todos sabemos íntimamente que el roble que se enfrenta tenaz ante la furia del viento acaba por quebrarse y morir. Esa negación, esa minimización, esa indiferencia ante la barbarie, nos protege a nivel individual, pero impide que como grupo tomemos medidas para impedir su repetición. Hanna Segal (2002) nos señala que el silencio ante la barbarie es el peor crimen.
¿Puede la víctima o el testigo/víctima superar emocionalmente la experiencia vivida?, ¿hay otras formas más saludables de reaccionar ante la experiencia gravemente traumática?, ¿cuáles podrían ser? Salman Akthar (2002) nos sugiere una vía que en su criterio debe transitarse para alcanzar la paz tras el horror. Plantea cuatro fases en el proceso, no necesariamente sucesivas.
En primer lugar se trata de la Repetición, o en otras palabras, el paso del tiempo. La repetición de la misma situación una y otra vez a lo largo de meses y años acaba transmitiendo a todos una sensación de necesidad de cambio, de que las cosas no pueden seguir del modo actual.
En segundo lugar aparece la Venganza. Para Akthar un cierto grado de venganza supone una experiencia necesaria para la víctima, aunque hablar de ello sea políticamente incorrecto. La venganza pone al yo de la víctima en un rol activo y no pasivo además de conferir una sensación de control y autonomía que convierte una destructividad ulterior en algo electivo y no en un mandato interno demoníaco e inevitable. Por otro lado, la venganza supone que la víctima deja de ser completamente inocente y el objeto agresor deja de ser la única parte agresora y maligna. Entonces tanto víctima como agresores son conscientes de haber causado y sufrido daño, lo que abre el camino a la empatía y reduce el odio.
El tercer paso en el proceso lo constituye la reparación, que consiste en el reconocimiento por el agresor de que ha causado daño a la víctima. Cuando el perpetrador niega la existencia de la agresión causa un doble y profundo daño a la víctima, comparable a la de la niña que sufre abusos sexuales de su padre y ve como su madre rechaza creer que haya ocurrido nada. Shengold ( 1989) llama a esto asesinato del alma (soul murder). El que el agresor muestre arrepentimiento, pida perdón y ofrezca reparación emocional, material o ambas da validez al dolor de la víctima y ayuda al proceso del duelo.
Finalmente, Akthar señala la reconsideración como último paso necesario en el proceso. No se trata en su planteamiento de re-evocar lo olvidado-reprimido, sino más bien de una amplificación, elaboración y revisión de lo que sí está en la memoria. Estos cuatro factores mejorarían el contacto con la realidad de la víctima, facilitarían el duelo de las injusticias previas, posibilitarían la asunción de la propia destructividad y permitirían una capacidad de ocuparse del oponente, permitiendo que emerja y se consolide el perdón.
Akthar dibuja al terrorista como una especie de Ahab socio-político, que se siente permanentemente injuriado, poseído por una pasión por la venganza, inmune a la realidad, sin límites en sus expectativas diabólicas, cruel hacia los otros y al final ni siquiera bueno para sí mismo. La tripulación del Pequod se enfrenta a una disyuntiva terrible: sufrir en silencio la tiranía de Ahab tomándola como una galerna más, permanente, eso sí o rebelarse y arrojarle por la borda. No ocurre ninguna de las dos cosas y es Moby Dick, otra fuerza de la naturaleza, quien cubre a capitán y tripulación con el manto de paz de los muertos.
Pero también hemos de considerar que Akthar nos plantea este proceso como vía de solución para una respuesta ante el trauma que pasa por una configuración esquizo-paranoide de la realidad; es decir, su víctima, bien por la magnitud del horror vivido o por otras circunstancias, no acude a representaciones defensivas como las citadas en nuestro ejemplo, sino que vive con plenitud la configuración correspondiente a la realidad de la experiencia vivida: un objeto maligno y perseguidor y un self desamparado y herido. Evidentemente esto supone un mayor dolor para el sujeto pero probablemente es el paso imprescindible para la solución. Diríamos que no hay cicatrización si primero no hay reconocimiento de la herida. Así pues, las maniobras de negación individuales y grupales ante la barbarie no sólo impiden la toma de decisiones grupales que modifiquen la situación sino que de hecho bloquean la superación emocional del trauma al situar la angustia lejos de la conciencia.
En nuestra opinión las figuras públicas que machaconamente llaman la atención sobre el horror cumplen una función imprescindible también a nivel psicológico grupal, dificultando el olvido y la negación de lo sucedido, poniendo rostros a las víctimas y posibilitando el encuentro con la angustia y el desamparo real que se esconde bajo la indiferencia. Esa angustia ha de provocar el acceso a lo esquizo-paranoide, que en este caso supondría una evolución saludable que permitiría luego el proceso que señala Akthar.
Podemos reflexionar también si puede darse alguna acción desde los líderes grupales en una situación como la nuestra, de terror e indiferencia y negación, que ayude a restañar las heridas. Los relatos de las víctimas contienen un elemento común: la queja de no sentirse amparados por las autoridades e incluso de no ver reconocido su sufrimiento. Lamentablemente, parece que sólo el asesinato impone una realidad que la autoridad reconoce y señala. El catálogo de horrores menores, las pequeñas muertes de cada día, son negadas con frecuencia, produciendo el asesinato del alma que antes mencionábamos.
Creemos que los gestos de quienes ocupan posiciones de poder y por tanto evocan en nosotros vinculaciones paterno-filiales, tienen una enorme importancia, tanto práctica-real como emocional. En la Segunda Guerra Mundial, no todos los países ocupados por los nazis respondieron con el mismo entusiasmo a la petición de eliminar su población judía. Algunos no respondieron en absoluto y vieron como su negativa ni siquiera les suponía graves consecuencias por parte de los ocupantes. Volkan (1997), nos describe en detalle un ejemplo excelente. El Rey Cristhian X de Dinamarca y su Gobierno se opusieron taxativamente a la persecución de sus ciudadanos judíos y organizaron el exilio de buena parte de ellos a la neutral y vecina Suecia. Cuando el Gobierno alemán pidió expresamente que se obligara a los judíos daneses a llevar la estrella amarilla, el embajador danés en Berlín les informó que su Rey había decidido que si esa medida era impuesta, él sería el primero en colocarse la estrella infamante en su solapa. Huelga decir que finalmente no se impuso tal medida. El Rey de Dinamarca reconocía así el dolor de sus súbditos judíos y mostraba con un gesto su solidaridad con las víctimas y su disposición si no a luchar por ellas al menos a defenderlas. El gesto del líder muestra a todo el grupo la existencia del daño y de algún modo autoriza y valida la expresión del dolor facilitando la posterior reaparación y la superación del trauma. Cuando el líder-padre acompaña en el sentimiento a la víctima de forma genuina colabora enormemente primero a posibilitar el final de la negación y la asunción de la herida y después a la superación de una posición esquizo-paranoide ante la realidad, pues ya el mundo de los objetos pasa a estar poblado por seres no siempre hostiles y persecutorios. El resultado final puede ser alcanzar una posición depresiva más madura y sana asumiendo la presencia simultánea en nosotros y en el objeto de aspectos positivos y negativos. Estamos desgraciadamente a la espera de que nuestros líderes se pongan la estrella amarilla y no confiamos en que eso llegue a ocurrir alguna vez.
Los poetas expresan esta situación de un modo mucho más rico. Una preciosa balada de Cindy Lauper Time after time, muestra en pocas frases esa vinculación ideal que permite la salida del horror.
if youre lost, you can look, and you will find me, time after time if you fall, I will catch you; I will be waiting, time after time
(si te pierdes, mira y me encontrarás, una y otra vez si caes, yo te recogeré, te estaré esperando, una y otra vez)
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