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El
futuro del trabajo: ¿bendición o maldición?
Universidad
de Deusto
Profesora
Arantza Echaniz Barrondo
Sin
el trabajo, la vida humana semejaría un buque sin lastre.
El trabajo es el padre del placer Stendhal
Lo más triste es que la única cosa que
se puede hacer durante ocho horas al día es trabajarFaulkner
Todos,
de una forma u otra, somos trabajadores, dedicamos una parte
de nuestra vida a la actividad física o intelectual.
Las dos citas anteriores reflejan muy bien las posturas extremas
que existen con relación al trabajo. Hay quien entiende
el trabajo como un bien y hay quien lo vive como una maldición,
o a lo sumo como un mal necesario. Yo me sitúo más
cerca de la primera postura. Veo el trabajo como un pilar
importante en mi vida, que me ayuda a sentirme bien, a sentirme
útil, a ofrecer algo a la sociedad y que contribuye
a que me vaya convirtiendo en la persona que aspiro a ser.
Entiendo que por el trabajo que realizo, soy profesora universitaria,
esto puede resultar más fácil que en otros trabajos.
No obstante, también tengo el convencimiento de que
lo que le da dignidad al trabajo es el hecho de que lo realiza
una persona. Y creo que a todos los trabajos se les puede
encontrar el sentido y le pueden ayudar a uno a crecer, lógicamente
siempre que se realicen actividades lícitas y en unas
condiciones mínimas. Resulta difícil autorrealizarse,
por ejemplo, cuando se está sometido a explotación,
versión moderna de la esclavitud.
Cuando
pienso en cómo será el trabajo del futuro quiero
creer que posibilitará el desarrollo de valores fundamentales,
que están en línea con lo que muchos dicen que
caracteriza la sociedad de la información (descentralización,
flexibilidad, autonomía, creatividad, etc.). Las personas
cada vez están mejor cualificadas, cada vez son más
conscientes de sus derechos, valoran el poder desarrollar
todos los ámbitos de su vida y esto difícilmente
es compatible con modos de trabajar que se dan en este momento
(estilos de dirección autoritarios, pocas posibilidades
de participación, jornadas interminables, ambientes
enrarecidos, etc.).
Y,
¿cuáles son esos valores para mí, y entiendo
que para muchas otras personas, fundamentales? [1]
El
principal de todos es la autorrealización. Mi máxima
aspiración es ser feliz y autorrealizarme. Y para ello,
el trabajo, junto con mi familia, mis amistades, y mi salud
(física y mental-espiritual), son los pilares fundamentales.
El resto de los valores están estrechamente relacionados
con este.
Armonía
psicofísica: la jornada diaria no debería
sobrepasar las diez horas, debería permitir una alimentación
y un descanso adecuados, debería posibilitar el disfrutar
de la familia, las amistades y las aficiones. En
la sociedad actual hay un fenómeno que pone en peligro
esta armonía: la adicción al trabajo. Cuando
una persona cae en esta adicción se desequilibran todos
los ámbitos de su vida y se aleja a la velocidad del
rayo de la necesaria armonía psicofísica, con
el problema añadido de que la adicción al trabajo
no es una conducta reprobada socialmente.
Autonomía:
el trabajo debería permitir un margen de autonomía
que ayude a crecer y superarse, lo cual nunca debe confundirse
con un abandono por parte de los superiores (esto último
puede ejercer un efecto muy negativo sobre la persona). En
la medida en la que las personas cuentan con libertad y retos,
responde ante los mismos (evidentemente, siempre que dichos
retos no sobrepasen la capacidad o la situación vital
de la persona). Esto es a lo que se suele llamar Efecto
Pigmalión (todos tendemos a cumplir las expectativas,
tanto positivas como negativas que otros tienen sobre nosotros).
Creatividad:
un trabajo que ayuda a autorrealizarse es aquél que
permite un margen de creatividad, de desarrollo, de novedad,
de creación, de riesgo (el peor enemigo de la creatividad
es un entorno en el que no se permiten los errores).
Comunicación: la comunicación es el aceite
que engrasa las relaciones. Igual que en las relaciones personales
uno de los factores clave es una buena comunicación,
en el entorno de trabajo es necesario tener una buena comunicación
con las personas que están por encima, por debajo,
al mismo nivel; con las personas tanto de dentro, como de
fuera de la organización. Y, por último,
Optimismo: no concibo un trabajo que le hunda a uno
en la tristeza, la inseguridad o el miedo. Eso no es bueno
ni para la persona ni para la institución en y para
la que trabaja. Aspiro a realizar un trabajo que me permita
vivir con optimismo las personas, las relaciones y las situaciones.
¿Forma
parte de un sueño? ¿Es una declaración
de intenciones? Desde luego, es algo que no quiero perder
de vista y que creo que haría avanzar la sociedad hacia
un modelo mejor.
Y
pensando en mi trabajo concreto como profesora universitaria
veo una serie de retos que tenemos que afrontar en un futuro
inmediato. El principal reto que tenemos el profesorado universitario
es el cambio a un modelo basado en el aprendizaje del alumno.
Los estudios no van a pivotar en el profesorado sino en el
alumnado. Para poder afrontar este gran reto vamos a tener,
necesariamente, que cooperar, colaborar y coordinarnos entre
profesores. Y esta coordinación es también un
gran reto porque no estamos acostumbrados (por eso de la libertad
de cátedra). Vamos a tener que poner al día
nuestras metodologías de enseñanza-aprendizaje
y acostumbrarnos a metodologías no presenciales, formación
on-line, etc.
Y,
a pesar de mi tendencia a ver la botella medio llena,
no puedo negar algunos problemas o dificultades. No existen
modelos en los que fijarse para dar respuesta a los retos
mencionados. En todo caso, existen algunas buenas prácticas
que estamos empezando a compartir entre colegas, pero que
no dejan de ser prácticas aisladas, o al menos no generalizadas.
También hay algunos vicios que hay que desterrar: la
metodología no puede fundamentarse en las clases magistrales
(modelo en el que el profesor es el que sabe); existe un mal
concepto de la autonomía del profesorado (también
llamado libertad de cátedra) que se traduce
en que al final cada uno hace lo que quiere y no permite que
otros entren en sus contenidos y sus modos de hacer; los alumnos
están mal acostumbrados, descargan todo el peso y la
responsabilidad en el profesor.
Y
para terminar algunas preocupaciones que aparecen en el momento
presente pero que también van a condicionar el trabajo
del futuro: Las mujeres, ¿vamos a seguir viviendo el
peso de la doble jornada?; ¿Vamos a seguir
ordenando la sociedad de modo que los abuelos son el gran
sustento de las familias con niños pequeños?
¿El día que me jubile voy a tener que encargarme
de mis nietos (como ahora lo hacen mis padres con los suyos)?;
¿Qué va a pasar con enfermedades, como el mobbing
o el burnout que empiezan a ser cada vez más frecuentes
y que tienen efectos muy negativos para quienes las sufren
y para las propias organizaciones?
¿Y
qué pasará cuando el trabajo llegue a su fin?
¿Qué ocurrirá con la tan temida o tan
deseada jubilación? Espero poder llegar en plenitud
y con habilidades y ganas para seguir disfrutando de la vida
y aportando a la sociedad.
¿Un
sueño? Mejor soñar que vivir sin esperanza e
ilusión. El trabajo, ¿bendición o maldición?
En gran medida depende de uno.
Los
pesimistas no son sino espectadores. Son los optimistas los
que transforman el mundo FranVois Guizot
La esperanza es el sueño de los que están
despiertosCarlomagno
[1][Recomiendo fervientemente un libro cuya lectura ha inspirado
muchas de las reflexiones aquí vertidas: Tierno Jiménez,
Bernabé y Tierno Centella, Jesús (2002): Valores
en el trabajo: Estrategias para afrontar y superar los nuevos
retos laborales. Madrid: La esfera de los libros.]
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