El sapo inflado*
Antonio Benavides C.
INAH Campeche
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* Cuento elaborado con algunos datos procedentes de las
exploraciones del juego de pelota de Jaina, Cam., efectuadas
en la temporada 2001.
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Levantó
el vuelo un blanco pelícano y en breve tiempo llegó
al manglar. Buscó una rama horizontal, descendió
suavemente y se acomodó. Aún era temprano
para dormir. El sol naranja todavía irisaba una ancha
banda del mar, de ese mar inacabable, incansable y que había
sido testigo de tantas historias.
Al pelícano le habían contado, sus abuelos,
de cómo el hombre había creado una ciudad
a orillas del mar, acumulando rocas, tierra, arena y sascab
. Muchos ciclos de lunas enteras habían pasado y
a pesar de ello aún podían verse enormes montones
de piedra y arena cubiertos de una densa vegetación.
En las orillas había miles de conchas y de caracoles
con otros tantos miles de pedazos de ollas y platos, de
cántaros y de figurillas.
Pasaron volando varias garzas, algunas grises, otras blancas;
un grupo de ibis, cuatro cigüeñas, una familia
de espátulas rosadas y un par de águilas pescadoras.
Todos eran buenos vecinos, incluso los cormoranes y uno
que otro rabihorcado, aunque estos últimos, al igual
que las gaviotas, suelen despojar a los incautos.
Siguió recordando lo que había escuchado de
sus abuelos y del mar, de ese poderoso amigo que tanto sabía
y que tantas cosas había visto. El mar le había
contado de las grandes familias de manatíes y de
cómo ahora ya no había ninguno. Ahora sólo
existían en aguas lejanas.
Los tiempos cambian, pero las historias permanecen. Como
aquella leyenda del sapo voraz que no tenía lleno.
Eso pasó en tiempos antiguos, cuando la gente sólo
usaba canoas y cayucos en la orilla del mar y a través
de los canales abiertos en el tupido manglar. Hubo entonces,
contaba la mar, un sapo que corrió con suerte y creció
mucho. Quizá por ello a los sapos de buen tamaño
hoy les llaman "much" .
Pero volvamos al sapo; su apetito era grande y lo mismo
tragaba hormigas, moscas y grillos que abejas, lagartijas,
lombrices, escolopendras y hasta pequeñas serpientes.
Cuando no se los tragaba, gustaba de intimidarlos croando
con fuerza e inflándose como si en verdad fuera gran
batracio. Sea como fuere, se convirtió en jefe de
sapos y ranas. Ya en ese cargo siguió comiendo como
si la mar fuera a secarse.
Tragó tanto y tan vorazmente que casi todo en derredor
suyo se marchitó. Sus compañeros anfibios
temían reclamarle, pues su mal humor desencadenaba
insultos y castigos inmerecidos pero duramente aplicados.
Al fin y al cabo era el jefe de todos ellos, era el sapo
mayor. Su egoísmo se exacerbó y llegó
a creer que el volumen de su barriga denotaba su capacidad
e inteligencia. Así vivió el sapo varios años,
mismos que continuó engordando.
Un mal
día hizo coraje ante el irrespeto que le mostraron
laboriosas hormigas y el hocico se le enchuecó. La
bilis derramada, decían los escarabajos; no, fue
un virus traído por el viento del norte, sentenciaron
las golondrinas. Al final nadie se puso de acuerdo, pero
el sapo inflado continuó con la cara chueca durante
varios días con sus lunas completas.
En la ciudad la vida siguió su curso y los hombres
construyeron, entre otros, dos edificios alargados, uno
enfrente del otro. Fueron alineados tomando en cuenta al
sol y a las estrellas, siguiendo el eje norte-sur y dejando
entre ambos un espacio sin relieves que cubrieron de lajas
o piedras planas, formando un enlosado (5) . Ese lugar especial
sería usado, como lo marcaba antigua tradición,
para jugar a la pelota. Pero antes de inaugurar la construcción
debían dedicarla, con fastuosa ceremonia, a las benditas
deidades que todo permitían y a quienes todo se agradecía.
¿Cómo honrar a los dioses en tan especial
ocasión?
Un grupo de sacerdotes acordó reunir muchas flores
y manjares deliciosos; perfumando el ambiente con aroma
de copal; deleitando los oídos con música
de sonajas, ocarinas y silbatos; trompetas de caracol, tambores
de carapacho y el dulce canto de las doncellas.
El asunto llegó a oídos del sapo, que con
muchos torpes saltos se desplazó hasta llegar con
los hombres. El jefe de los sapos quiso ser la pieza central
de los bienes ofrecidos a los dioses. Estaría en
medio, disfrutaría de todo y con su figura daría
realce al evento. Convenció a los hombres y se dispuso
la fecha. ¿Qué más podía pedir
el sapo? Coincidiría con la reaparición de
la Estrella Matutina, de ese lucero de la mañana
que hoy llamamos Venus y que otras veces ilumina los atardeceres.
Al centro de la cancha del Juego de Pelota varios jóvenes
cavaron cuidadosamente un gran cuadro, con los lados orientados
a los confines del mundo. En el fondo, en el costado sur
colocaron apretados ramos de flores amarillas de xkanlol(6)
y de tah (7); del lado poniente estaban los incensarios,
pintados con chapopote traído de tierras olmecas
y regalando el rico olor del copal; pétalos blancos
de saknicté (8), radiantes flores de naab (9) y tamales
con carne de iguana ocupaban el flanco norte. El lado oriente,
el más importante por el diario renacer del sol,
estaba engalanado con los tonos rojos de las flores de chaknikté
(10) y de kopté (11) rodeados por 20 jícaras
rebosantes de dulce miel. En medio de todo ello, orondo,
se colocó el sapo. Después de todo, batracios,
tortugas y cocodrilos eran considerados por los mayas como
animales especiales que vivían en la tierra y en
el agua; tenían la capacidad de habitar dos mundos
y, en consecuencia, de vincular el plano terrestre con el
inframundo, con la morada de las deidades.
Cubrieron la ofrenda con el verdor de muchas ramas (verde
era el color asociado al centro) y comenzó la música,
entonaron cantos y los danzantes lucieron sus mejores pasos.
En cuanto se vio sólo el sapo, le brillaron los ojos.
Miró a su alrededor y empezó a tragar con
la gula que le caracterizaba. Bocados de tamal, pétalos,
hojas y largos tragos de miel. Comió hasta hartarse
y todavía más. Como era de esperarse, se infló;
en la oscuridad de la noche inclinó el hocico y la
gravedad le colocó cabeza abajo. Llegó raudo
el sueño y se durmió. Soñó con
más comida y que era un sapo lindo.
Arriba, terminada la ofrenda, los cantos y los bailes cesaron.
La gente se dispersó y finalizó el día.
A la mañana siguiente los trabajadores cubrieron
con arena las ramas protectoras de lo ofrendado y encima
colocaron las piedras planas del enlosado. Por el sapo nadie
se preocupó, seguramente ya se había ido.
Más tarde comenzaron a jugar a la pelota.
El sapo había comido tanto que se durmió varios
días y la arena se filtró en su cuerpo; entró
por todos sus poros, por todo hueco natural del presuntuoso
sapo inflado. Cuando despertó, todo estaba oscuro
y ya no podía moverse. Su hinchado cuerpo se había
petrificado y las delicias que le rodeaban iban desapareciendo,
poco a poco, para siempre.
Nadie se percató de lo sucedido y, cosa curiosa (o
quizá no tanto) ningún animal o persona extrañó
al sapo. Los soles y las lunas cambiaron. La ciudad vivió
otros tiempos y el juego de pelota dejó de usarse.
La selva reclamó su espacio y el olvido cubrió
de verde las obras mayas. Muchos siglos después la
ciudad fue visitada por investigadores del pasado. Los arqueólogos
excavaron la cancha del juego de pelota y encontraron algunas
vasijas de barro rellenas de tierra. También hallaron
un sapo de piedra, inflado e inmóvil, con la cabeza
hacia abajo y las cuencas de los ojos vacías. Empezaron
a preguntarse por qué estaba ahí. Poco a poco
reconstruyeron el proceso de la ofrenda y entendieron muchas
cosas, pero nunca supieron que la voracidad del animalito
había sido su perdición.
Hoy los investigadores estudian y protegen la riqueza ambiental
y el patrimonio histórico de esa ciudad a orillas
del mar. Son tesoros que vale la pena conocer y conservar
para nuestras generaciones y para las que vendrán.
Al igual que ayer, Jaina continúa en ese espacio
mágico que une al mar y a la tierra, al pasado y
al presente.
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(1) Especie de arena caliza ("tierra
blanca") generalmente hallada bajo la costra pétrea
de gran parte de la península yucateca y muy usada
en las obras de albañilería de ayer y de hoy.
(2) Estas y muchas otras especies de aves forman parte de
la riqueza faunística de la Reserva de la Biosfera
de los Petenes, superficie localizada en el sector noroeste
del Estado de Campeche.
(3) Trichechus manatus, sirénido también llamado
"vaca marina" (baclam, en maya yucateco) y hoy
prácticamente extinto en las costas del norte de
Campeche.
(4) Bufo sp.
(5) Otros juegos de pelota enlosados y orientados
con su eje longitudinal en sentido norte-sur se han reportado
en Toniná, Chis., y en Copán, Honduras.
(6) Tecoma stans, también conocida
como sauco amarillo, tronador o candelilla.
(7) Viguiera dentata, planta forrajera y melífera,
de pequeñas flores amarillas. Es vegetación
secundaria muy común al borde de carreteras y terrenos
desmontados. Su larga vara es utilizada como soporte de
cohetes o "voladores".
(8) Plumeria alba, popularmente conocida como "flor
de mayo".
(9) Nymphaea ampla, flor acuática conocida como nenúfar
o ninfea.
(10) Plumeria rubra, también conocida como "flor
de mayo roja". Ocasionalmente es llamada "frangipani".
(11) Cordia dodecandra, es decir el ciricote, de flores
color naranja intenso y frutos preparados en almíbar.
Campeche, Cam. febrero de 2002