Antonio Benavides C.
INAH Campeche-Mexico
El murmullo
del mar trajo el relato. Llegó con un vaivén
suave y acompasado, salpicando de vez en vez la historia
con detalles curiosos, poco creíbles e incluso fantásticos.
Érase
que se era un inflado sapo en un estanque, allá en
tiempos remotos cuando las únicas lenguas habladas
en la costa norte del actual Estado de Campeche eran lo
que hoy conocemos como el maya yucateco, el chontal, un
poco de mixe y de zoque. El estanque era considerado como
el hogar de muchos, de ahí que se le llamara casa
en el agua, o simplemente Haina. En aquella época
en México no había europeos, solamente mesoamericanos,
es decir gente civilizada al igual que en otras regiones
del mundo, si bien con distintas costumbres.
Los
mayas eran los más numerosos, pero también
había muchos emigrantes denominados putunes o chontales
venidos de la región de ríos y lagunas del
noreste de Tabasco y del suroeste de Campeche en la que
todo mundo se movía en cayucos y canoas de distintas
dimensiones por ríos, canales, lagunas y costas.
Ello facilitaba el transporte de múltiples objetos
y agilizaba el intercambio comercial, así como el
de ideas e inventos.
El estanque
era grande, con aposentos distribuidos en dos niveles y
buen número de oquedades en los caprichosos pliegues
de la roca en la que se hallaba. Ahí reinaba el sapo,
pero también en otras "sartenejas o haltunes"
cercanos y lejanos en los que su croar alertaba de su voracidad
y mal genio.
En su
megalomanía el sapo gustaba de verse rodeado de buen
número de oyentes ante quienes exponer sus deslumbrantes
ideas (creía saber de todo y en cuanto asunto podía
metía su cuchara) o su continuo sufrir para conseguir
bienes que aseguraba eran para beneficio de todos y del
propio estanque. La verdad era que mucho de lo conseguido
iba a parar a su panza o a su sucia guarida. Para el sapo
también era importante estar rodeado de muchos, pues
era un hábil engañador que ocultaba sus maldades
ordenando a otros que las llevaran a cabo. Además,
si otros podían trabajar por él, ¿porqué
no aprovecharse?
En un
paraje como aquel, pequeña isla en la costa, había
pocos recursos. Pero por fortuna para el sapo inflado, en
su papel de gran administrador podía disponer de
semillas de cacao o de conchas rojas con las cuales pagar,
por desgracia marrulleramente, a quienes estuviesen a su
servicio. La escasez de empleos obligaba a muchos a mantenerse
en el puesto, a pesar de los frecuentes regaños y
del bajo pago recibido. Pero en cuanto conseguían
otro empleo, desaparecían para no seguir soportando
al sapo. Por esa razón era frecuente el cambio de
personal, sin importar realmente que pudieran desempeñar
o no el papel que se les encomendaba.
Formó
así su corte real, es decir un grupo de ranas, insectos
y arácnidos incondicionales que le facilitaban sentirse
a gusto como si fuese una especie de terrateniente. Contaba
con pajes para acompañarle y pasear por doquier,
incluidos los días que supuestamente debía
supervisar sus dominios o incluso los días que su
agremiados debían descansar. También tenía
damas de compañía, que anotaban recados, soportaban
eructos y redactaban edictos. Otros de sus contratados eran
versados en números, por aquello de las cuentas que
no siempre coincidían con los gastos realizados,
a pesar de que presumía de poner cacao de su propia
parcela.
Para
el transporte de su majestad había varios cocheros,
incluido uno en jefe al que encargaba reparar los carruajes
lo más barato posible; pero eso sí, con buenos
baños de pintura para presumirlos como nuevos. En
ese tiempo no había vehículos rodantes, pero
se usaban palanquines, es decir sillas o sillones colocados
sobre estructuras de madera que eran cargadas por cuatro
o más portadores. El palanquín del sapo siempre
debía estar limpio, reluciente, aunque se manchara
en cuanto lo abordase.
Además
de sentirse lindo, quizá como una flor de papaya,
gustaba de exhibirse en público inventando palabras
que sólo él entendía, usando mal otras
y suponiéndose un ente especial y privilegiado, inteligente
y capaz como el que más.
Por desgracia no todo era coser y cantar para el sapo. Su
afición al balché o bebida sagrada le abotagaba
cada vez más la enorme barriga y su amplia papada.
En los estanques había también hormigas, grillos,
libélulas, tortugas, lagartijas y otros seres que
no participaban de la manera de gobierno del sapo. Se oponían
a sus arbitrariedades y luchaban constantemente por corregir
las malas acciones del sapo o por evitar las consecuencias
de ello derivadas. Muchas veces platicaron con él,
pero era inútil, solo recibían promesas que
nunca se cumplían, malas palabras o total indiferencia.
Ante
esa situación optaron por organizarse para resultar
menos afectados y poco a poco lograron su objetivo. Entre
las cosas más importantes que hallaron para su propia
defensa fue la conciencia de la necesidad de un cambio;
pero no del sapo y de su corte real, sino de ellos mismos
en su quehacer cotidiano. La desaparición del sapo
algún día ocurriría como parte de un
cambio normal, pues en ese mundo bizarro no había
elecciones libres ni mucho menos democráticas. Entonces,
lo relevante fue hacer bien cada quien su labor, sin importar
los disgustos o visajes del sapo.
Poco
a poco el estanque fue cambiando, muy a pesar de las rabietas
y pataletas del batracio y sus allegados.
La
moraleja de este cuento es que no debemos preocuparnos por
las tonterías de los otros, aunque sean grandes y
merezcan otro nombre. Ganaremos más haciendo bien
cada uno su trabajo, con los recursos disponibles y demostrando
el valor de nuestro esfuerzo e ingenio.
-- Costa de barlovento, Campeche, diciembre de 2002