CASOS REALES
COMPAÑEROS
por Coral
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COMPAÑEROS MALTRATADOS..., Y PROSCRITOS A los que viven, o han vivido,
una historia |
Extracto de un capítulo del libro. Cedido amablemente por su autora.
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Desde hacía algún tiempo, Ramiro pensaba que su trabajo se le estaba haciendo cuesta arriba. No comprendía por qué, de pronto, se sentía tan inquieto y no dejaba de pensar en su compañero de oficina, pese a haber vuelto de las vacaciones estivales con renovados bríos. No era una inquietud en la que se hubiese reconocido antes, si es que era inquietud. Tal vez era desconcierto. El vocabulario no era lo suyo. Ya no había
lugar para debates, pues su carácter resolutivo necesitaba
una casuística. Al menos, su mente acostumbraba a funcionar
así. Pero se sentía mal. Por experiencia sabía
que, en situaciones similares, no descansaba hasta solventar el
problema que le traía de cabeza. Ramiro era un recién llegado al Departamento de Contabilidad, cuyo Jefe necesitaba con urgencia un matemático licenciado y convencido -según le recordaba con hincapié para apartarle del asunto- y no había conocido el proceso previo. Era cierto que siempre había sido profesor, de vocación, de Educación Primaria, y que sólo tenía experiencia con niños pequeños. Debía respetar, pues, las tesis de los compañeros veteranos, pese a no compartirlas. Tesis que validaban la conflictividad laboral que
esa persona provocaba constantemente, sus polémicos juicios
contra la empresa, su inestabilidad emocional marcada por tantas
bajas médicas por depresión, y su caída en
la droga, motivos todos suficientes para considerarlo un proscrito,
y despedirlo cuanto antes como tal. Tenía un rostro llamativo, como salido
de la bruma, y unas manos de un blanco inmaculado que escondían
su nerviosismo bajo unas mangas largas. Era de esa clase de personas
que fascinan porque parecen vivir continuamente en el misterio,
y se rodean de un halo mágico que nadie se atreve a traspasar.
Pero esa proyección era sólo un escudo natural con
el que se protegía. De sus compañeros sólo
obtenía la burla incondicional, puesto que ya lo habían
calificado de "imbécil". Los cerebros adultos le parecían, las más afortunadas de las veces, resucitados, o recalentados. Sin embargo, esta vez se sentía conmovido y abocado a ejercer de alfarero con uno de ellos. Abocado a retomar su praxis personal, sensitiva, poco ortodoxa, según algunos. Sus perspicaces neuronas, entrenadas para componer difíciles rompecabezas, habían vuelto a encontrar un estímulo. Una pieza que no encajaba, le suponía un reto intelectual, y humano. Ya que creía en el orden del universo, y en su espejo terrenal, una oficina desordenada o descabalada le parecía una oficina equivocada. Aunque ahora, con tan escasos datos, adivinó que el asunto se desbordaría si alguien más no intervenía antes de que fuera demasiado tarde.
Ramiro observaba atónito el fenómeno, y cómo Sixto, en medio de tal clamor que producía el escarnio popular, permanecía en su mutismo fiero, ajeno, como si estuviera por encima del bien y del mal. Mejor dicho, parecía que estaba a ese nivel, porque, si se hubiesen fijado mejor, esos crueles compañeros, de irremediable mediocre condición, hubieran percibido que estaba encadenado a un sufrimiento mudo como un preso que arrastra impenitente sus pesadas cadenas, sin quererlas. No tenían ni idea de por qué se aferraba a su tozudo silencio para aislarse de un entorno agresivo que minaba día a día su salud. Y, a veces, sólo sabía llorar. Ramiro tampoco tenía idea, pero siempre optaba por la humanidad y toda su grandeza, por muy cifrada que pudiera manifestarse. Quizá él no la elegía, sino que era elegido por ella. No parecemos elegir el destino, aunque tracemos un proyecto en un papel en blanco y nos sintamos protagonistas. _____________ Enseguida comprendí que no había lugar para las casualidades. Ramiro siempre estaba en el lugar de las discrepancias. Conocí varios ejemplos para avalar esta filosofía, que llamaría correctiva. Me hablaba mucho de su compañero, y terminé tratándole durante mucho tiempo. Me confesó su deseo de tenderle un puente. Al fin y al cabo, él sólo le había tomado cariño, no formaba parte de su familia, y no tenía grandes esperanzas. Pero se había empecinado. Era imposible frenar su energía descomunal cuando se disparaba, y yo intuí que, esta vez, merecía la pena entrar en su fuerza centrípeta. Otros se hubieran adaptado al concilio popular, pero él estaba más cerca de los cismas, y Sixto había despertado su instinto protector, y su curiosidad científica. Sabía que no tenía un compañero
cualquiera. Sabía que era una persona buena, trabajadora
y brillante, pero abandonada a su mala suerte. Lo percibió
con claridad una mañana en la que leyó con avidez
las sorprendentes instrucciones que Sixto había dejado escritas
en un sobre, para la correcta compensación de un agujero
económico detectado en la empresa, y que se había
convertido en el tema central de las últimas reuniones entre
accionistas. "Para Ramiro", podía leerse en el
sobre sellado, con letra de trazado irregular. -Bien ,dijo su amigo con determinación.
Esta información podría resolver tu enigma. - Entonces... ¿Era ésto? -balbuceó Ramiro con gesto de sorpresa. - Sí. Tenías razón en que
algo no encajaba. Sixto está sufriendo Acoso Laboral. Ése
es el verdadero diagnóstico. - Podemos ayudarle, no te preocupes, hay muchas personas como él. Ha padecido una violencia sorda y sin tregua -continuó pensativo y algo melancólico entre tragos de cerveza negra. Es algo con lo que me sensibilizo yo también, pues se está convirtiendo en el asiento endémico del trabajo remunerado actual, o en la moneda de cambio de una sociedad que lo consiente, y me niego a participar en el fraude. Te diré que necesita con urgencia profesionales capacitados, pues deja secuelas imprevisibles. Me alegro de que tú también te hayas solidarizado con este drama candente, que se cobra cada día más víctimas en silencio, como una boa insaciable. Si no actuamos ahora, Sixto podría entrar en un trance suicida. El orden del Universo había vuelto a manifestarse.
Sixto era una persona maltratada, y Ramiro quería ayudarle.
No estaban solos. Este orden universal y numérico, que Ramiro
imaginaba lleno de coordenadas matemáticas, deja un sitio
para todos, sólo hay que confiar en ellas, y encontrar el
punto exacto. Si no se encontraba, a lo largo de la vida había
tiempo para reclamarlo. Sentía que, nada que implique una
lucha, merece ser conquistado. _____________ Desde hace un tiempo, pienso mucho en esta historia. Hoy, desde la distancia, me he decidido a escribirla, o a testimoniarla. No he pretendido describir los detalles cotidianos en los que pudiera reconocerse cualquier víctima de este tipo de violencia, pues sería ahondar en su sufrimiento y dilatarlo en el tiempo. Sólo he deseado rescatar en todos nosotros el espíritu de la solidaridad ante casos semejantes, ante los proscritos anónimos que hay en centros de trabajo y que no merecen ser ajusticiados cada día sin piedad, y porque tengo fe en las personas y creo en la bondad. A veces, basta el ejemplo diario de alguien que
rompe los malos y enquistados hábitos de un grupo para recordarnos
que, para ser mejores, no se necesitan grandes sacrificios, sino
firmes compromisos, aunque sean personales. Como suele suceder, Ramiro, hoy jubilado y autor de libros de humor y comics, no se siente especialmente importante. Tiene un lugar de honor en muchas vidas, pero no se siente responsable de ninguna. A menudo, medito cómo sería la de
Sixto sin la primera asunción de compromiso de un compañero
cualquiera, en una empresa cualquiera; sin su
obstinada determinación por ubicar seres desubicados en un
mundo tan pequeño. Tal vez, aquella terrible realidad laboral
le hubiera adjetivado para siempre, y se hubiera instalado en su
existencia como un daño irreparable. Pero su alfarero, a
quien visité por última vez hace quince días,
sólo piensa ahora en sus próximas vacaciones en una
costa tropical, consciente pero desentendido de la virtuosa imposición
de sus manos. Trabajo diariamente con afectados de mobbing y
conozco otros testimonios parecidos, otras vasijas de barro y otros
alfareros dispuestos a recomponer los trozos de personas rotas por
iguales malos tratos. El trabajo debería dignificar a los
seres humanos, pero nunca envilecerlos. El dolor de alguien que
sufre en silencio una tortura por ejercer un derecho tan básico,
debería golpear las conciencias de todos los que le rodean
e invitarles a una reflexión profunda, en lugar de levantar
instintos de exterminio. CORAL |
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Nota de la webmaster: Coral es el nick de una persona entrañable y querida; afectada y superviviente de mobbing y muy vinculada a ACAL (asociación madrileña contra el acoso laboral )
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