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La
culpa de que esté escribiendo estas páginas
la tiene la ex de mi novio. Bueno, ella y mi terapeuta, quien
sugirió que le contara mi vida al papel, ya que era
incapaz de explicársela en la consulta. Y es que, a
pesar de que mientras escribo se me caen lágrimas del
tamaño de unas albóndigas, soy de las que piensan
que eso de deprimirse es una indecencia para los que vivimos
en un país que se permite el lujo de tener psicólogos.
Además, yo siempre he sido una persona fuerte ante
mis problemas y demasiado blanda con los demás, la
muleta en la que otros se apoyan. La que escucha y no necesita
desahogos. Para colmo, encarno a ese tipo de mujer que otras
desearían ser: la que vive de la profesión que
ha elegido y comparte hipoteca con su pareja. Por eso, cuando
el médico dijo depresión, creí
que hablaba de otra, y ahora, un par de meses después
de mi hundimiento, sigo sin entender cómo he caído
en una crisis emocional de estas dimensiones.
El caso es que la psicóloga me exige sinceridad absoluta
si quiero salir de ésta. De ahí que, por muy
ofensivo y desagradable que parezca, tenga que acusar a Elvira,
la ex de mi pareja, de todo lo que me ocurre.
Mi madre suele decir que una mujer, cuando es mala, es más
mala que la quina, y Elvira es una de esas. Suena muy feo,
lo sé. Pero es la pura verdad. He necesitado cinco
años para averiguar en qué fregado me había
metido. (Nota: tengo que enterarme de una vez por todas de
qué es la quina; es imperdonable en una
periodista que consulte el diccionario con tan poca frecuencia).
Si alguien me preguntara con qué animal me compararía
en estos momentos, diría con el mosquito hembra
dicen que son las hembras las que pican, que volaba
con la seguridad de quien posee un arma de ataque portentoso,
que domina el espacio aéreo, y fue a quedar atrapado
en una tela de araña que habían tejido lenta
y concienzudamente. De pronto, fue como estar cubierta de
un líquido pegajoso y agoté mis fuerzas intentando
liberarme de aquella viscosidad hasta caer grogui.
Así llegó el día en que decidí
que no podía con mi vida y que pasaría el resto
escondida bajo la manta. ¿Qué tuvo de extraordinario?
Pues, sinceramente, nada. No pasó nada trascendental.
Ni recibimos un paquete bomba ni llegó un fax del grupo
editorial comunicándonos el despido de toda la plantilla.
Qué va. Fueron los problemillas de siempre, los que
tenemos todos, que a veces se funden hasta crear una bruma
que te impide ver los auténticos motivos de tu malestar,
los que te tiran al pozo, tan invisibles como los hilos de
esa trampa.
Ese día era, por supuesto, un lunes. Había llegado
al Week Magacín una hora antes para quitarme de encima
una de las secciones de las que me encargaba desde hacía
seis meses. Se trataba de responder a las consultas sexológicas
que los lectores enviaban a la revista creyendo que la escribía
una actriz porno. Pregúntale a Candice se llamaba la
sección, ilustrada con las fotos eróticas de
la artista.
Tienes que utilizar un tono morboso, pero elegante me
indicó Javier Benítez, el jefe de redacción,
sin abandonar su habitual aire de suficiencia.
Morboso, como lo que se esperaba de una actriz como Candice,
y elegante para que los anunciantes no consideraran que sus
relojes elegantes, sus coches elegantes y sus trajes elegantes
no eran dignos de publicitarse en aquellas páginas.
A mí me da igual prosiguió Javier,
pero ya sabes cómo son esos señores de los consejos
de administración. Se reúnen alrededor de su
larga mesa de madera maciza, hojean nuestro semanario y, de
repente, alguno pregunta enfadado que cómo es posible
que publiquen un anuncio de su producto en una revista que
usa expresiones como chupar la polla.
¿Y no les importan las tetas siliconadas de la
portada?
Javier me penetró con la mirada, una penetración
sin connotaciones lascivas.
No, las fotos no les importan sus palabras sonaron
tan secas y duras como suelo encontrarme la bayeta de la cocina
a la vuelta de vacaciones.
Las primeras tres semanas desde el estreno del consultorio,
llamé a Candice para conocer qué respondería
ella. Me pareció lo más correcto, pero no lograba
entenderla. No porque fuera extranjera, de hecho la chica
había nacido en Murcia, sino porque, aunque yo no era
ninguna diosa del sexo, mi intuición periodística
me decía que, si no quería que algún
lector saliera lastimado con aquellos consejos, tendría
que asesorarme con otros especialistas en la materia.
Así fue como me hice con varios manuales de sexualidad
que ocuparon el poco espacio del que disponía en el
trabajo, y con una de las mejores agendas de sexólogos
que deben existir en el país. Un exceso de información
en realidad, ya que los lectores hacían, semana tras
semana, las mismas preguntas, y mi dificultad estribaba en
encontrar palabras diferentes para decir exactamente lo mismo.
Para colmo, el encargo del jefe de redacción no ayudó,
como esperaba Ernesto, a sacar mi libido del congelador. Más
bien, al contrario. Tratado desde una pseudointelectualidad
periodística, el sexo acabó provocándome
auténtico hastío.
Ernesto es mi pareja, el que tiene esa ex... Pero sobre él
hablaré luego.
A las nueve y media, mientras respondía por enésima
vez a la consulta Me gusta el coito anal, pero a mi
novia le duele. ¿Cómo tengo que hacerlo para
que no le cause daño?, Berta, la secretaria y
pelota honoris causa de la directora, se acercó a mi
mesa y me miró concupiscente a través de sus
lentes progresivos.
Días atrás, se había fotografiado con
diferentes modelos de gafas para enseñárselas
a Pilar Galdón, la directora, que después de
contemplar unas veinte instantáneas en la pequeña
pantalla de la cámara digital, se decidió por
unas con el frontal plateado y las patillas de color blanco.
Las que ahora descansaban sobre su nariz puntiaguda y altiva.
Gloria, creo que tendrías que venir a los servicios.
La miré sin entenderla. Mi mente aún permanecía
sumergida en la estimulación de los esfínteres.
Es Sara. Se ha encerrado en el lavabo y no deja de llorar.
He intentado hablar con ella, pero no me escucha.
Miré el reloj. Era la hora en la que Sara Villanueva
y yo desayunábamos cada mañana. Moví
el ratón para guardar el texto y me levanté
en dirección a los servicios. Berta me seguía.
Nada le causaba más morbo que los disgustos ajenos,
especialmente si eran de otras mujeres. Busqué entre
mis células grises un argumento para apartarla del
camino, pero no hallé nada. Mi amiga Sara sollozando
en uno de los cubículos de los servicios
Buf,
hubiera necesitado un tanque para frenarla.
Además, Berta era una trepa ávida de información
manipulable. Algunos sospechábamos que ejercía
de espía de la directora, y que su próximo objetivo
era el puesto de Sara en la redacción. Por lo visto,
Berta creía que escribir cartas sin faltas de ortografía
ni errores gramaticales era suficiente para trabajar como
periodista, y si había unas páginas de la publicación
que codiciara eran, sin duda, las que redactaba Sara: unos
breves sobre el mundillo del famoseo.
Sara, cariño, sal de ahí, anda. Vámonos
a desayunar.
Sara continuaba sollozando, sentada sobre la tapa del váter,
y se negaba a abrir la puerta que yo golpeaba con los nudillos
una y otra vez.
¡Es un cabronazo, Gloria! Hip, hip. Un auténtico
cabronazo egoísta. Hip, hip.
La presencia de Berta, que se relamía de gusto tras
aquella careta de supuesta preocupación, me impedía
animar a Sara para que me explicase qué había
sucedido.
Vale, ¿por qué no me lo cuentas aquí
fuera?
Los sollozos de Sara se volvieron más suaves, pero
continuaba atrincherada en su escondrijo. Mi masa encefálica
seguía sin encontrar la fórmula para eliminar
a la secretaria del escenario, cuando la solución quita-Berta
se acercó por el pasillo dando instrucciones a la recepcionista.
Tengo que estar en maquillaje dentro de media hora.
Avísame en cuanto llegue el coche.
Era la voz de la directora, que, cual arpón cazatiburones,
sacó a Berta de los servicios de mujeres para interponerse
entre la lengua de la recepcionista y el culo de la jefa,
imagen mental que intenté apartar de mi cabeza lo antes
posible.
La secretaria veía en cada empleado a un rival que
podía arrebatarle su puesto de planta trepadora, desde
el vigilante del vestíbulo hasta la mujer de la limpieza,
y como una fan loca que cree ver a su ídolo, salió
disparada al pasillo.
¡Pilar! ¡Por fin tengo las gafas! se
hizo un pequeño silencio. Son las de Loewe, las
que te gustaban.
No recuerdo. Te quedan muy bien, dan mucha luz a tu
cara.
Tenía que actuar con rapidez.
¡Vamos, Sara! ¡Sal inmediatamente de ahí,
antes de que entre nadie más!
Mi tono de mamá autoritaria despegó sus nalgas
de la tapadera del váter.
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