| Clientelismo
(Construcción del concepto en los diarios nacionales)
Por Virginia
Cáneva, Fernando Fuentes y Hernán Mendoza
vircaneva@yahoo.com
/bochafuentes@hotmail.com/ hernan_mendoza@spymac.com
Seiscientas
personas viven en Paraguay y cobran en Argentina los 150 pesos
de los planes Jefas y Jefes de Hogar. A cambio, se les pide
que den su voto al senador del Partido Justicialista José
Mayans, según reveló ayer un informe del programa
Telenoche Investiga. (
) La investigación se basa
en los testimonios de los punteros, que se explayan sin saber
que son grabados (reconocen, incluso, que ejercen otras formas
de clientelismo político); en el cruce de los padrones
y los listados de beneficiarios; y en las denuncias de quienes
no reciben los planes a pesar de cumplir con todos los requisitos
legales y de vivir en el país.
(Formosa:
planes a cambio de votos, Clarín, miércoles
4 de agosto de 2004)
La
intención de nuestro trabajo es analizar cuál
es el concepto de clientelismo que construyen y utilizan los
medios gráficos nacionales. A partir de la lectura
del trabajo de Javier Auyero Clientelismo político
Las caras ocultas (Capital Intelectual, Buenos Aires, 2004),
tomamos al clientelismo como una práctica política
basada en el intercambio de favores que se da entre clientes
(ciudadanos), mediadores (punteros) y patrones políticos
(funcionarios). Auyero explica cómo estos actores mantienen
relaciones constantes en la vida diaria que dan lugar a un
conjunto de creencias y hábitos. En estos intercambios
cotidianos que se producen en las redes clientelares se genera
un conjunto de percepciones que justifican la distribución
personalizada de bienes y servicios, y de este modo, terminan
legitimando estas prácticas. A partir de la búsqueda
por acercarse al punto de vista de los clientes, Auyero comprende
al clientelismo como un evento que forma parte de la resolución
rutinaria de problemas de las clases populares, un elemento
dentro de una red de relaciones cotidianas[1]. Tomamos
en cuenta este punto de vista no porque signifique una exaltación
de los beneficios de la relación clientelar, sino porque
nos parece útil para comprender mejor el contexto en
el que funcionan las prácticas clientelares y la subjetividad
de los actores involucrados en esa relación.
La
noción de clientelismo, según Javier Auyero
ha sido usada en reiteradas ocasiones para explicar las limitaciones
de nuestras frágiles democracias, al igual que las
razones por las cuales los pobres seguirían a los líderes
autoritarios, conservadores y/o populistas[2]. Dado
que se alimenta de la violencia estructural marcada por la
explosión del desempleo, la pobreza y la desigualdad,
no puede negarse que el clientelismo constituye una forma
de control político. Pero al mismo tiempo, el clientelismo
es uno de los principales mecanismos a través de los
cuales los destituidos resuelven sus problemas de sobrevivencia
diaria (desde obtener comida y medicina hasta un empleo público
o un subsidio de desempleo)[3]. El aspecto menos visible
del clientelismo, su cara oculta a la visiones superficiales
y simplificadoras, es que esos favores de tipo personal generan
con el tiempo una red de relaciones que es, al mismo
tiempo, una red de resolución de problemas. En
este sentido, nos resulta interesante el trabajo de Auyero
al mostrar la dualidad del fenómeno clientelar, el
cual constituye sin dudas una forma de control, pero a la
vez es vivida por los desplazados y los excluidos como una
estrategia para sobrevivir a la pobreza y la desigualdad.
Este concepto propone una reflexión acerca de como
las clases populares son capaces de tomar una herramienta
diseñada para su dominación, como el clientelismo
y enfocarla desde una posición que le permita adaptarla
a sus intereses. De esta manera se hace evidente una negociación
de los sentidos en juego, donde las clases subalternas conservan
una cierta, aunque limitada, capacidad de acción e
interpretación.
Con
el objetivo de profundizar aún más en este tipo
de conceptos proyectamos leer otras obras del autor acerca
de la misma temática, como ¿Favores por votos?
Estudios sobre clientelismo político contemporáneo
(Losada, 1997) y La política de los pobres. Las prácticas
clientelistas del peronismo (Manantial, 2001). Por otro lado,
creemos pertinente acercarnos al tratamiento del tema a través
de la lectura del libro de Miguel Trotta, Las metamorfosis
del clientelismo político: contribución para
el análisis institucional (Espacio, 2001), el de Pablo
Torres, Votos, chapas y fideos: clientelismo político
y ayuda social (De la Campana,2002) y por último el
de Marina Farinetti, Clientelismo y protesta: cuando los clientes
se rebelan. (Losada,1997).
Con
el objetivo de efectuar un rastreo del concepto histórico
de clientelismo tomamos como base la definición del
término incluida en el Diccionario de Política
(Siglo XXI Editores, 1982) de Norberto Bobbio, Nicola Matteucci
y Gianfranco Pasquino. En esta obra se sitúa el origen
del concepto en la clientela romana, donde designaba a un
conjunto de relaciones de poder y dependencia política
y económica que se establecía entre individuos
de status desiguales, basadas en el intercambio de favores.
Estas relaciones implicaban la presencia de individuos de
rango elevado, patronus, propietario de la tierra y con influencia
sobre las políticas centrales que ofrecían tierras
y protección a uno o varios clientes, a cambio de su
sumisión y obediencia. Sin embargo, el clientelismo
no es, como se sabe, un fenómeno exclusivo de las sociedades
tradicionales. Como explican los autores, en nuestras sociedades
las relaciones clientelares han logrado sobrevivir y
a adaptarse, tanto frente a la administración centralizada
como frente a las estructuras de la sociedad política
(elecciones, partidos, parlamentos)[4]. De esta manera,
se ha llegado a consolidar un estilo clientelar que involucra
a políticos profesionales que utilizan discrecionalmente
recursos públicos, ofreciéndolos a sus seguidores
a cambio de legitimación y apoyo electoral.
Esta
perspectiva nos ayuda a entender al clientelismo como producto
de un devenir histórico que ha logrado reformular su
prácticas en paralelo a los cambios políticos
y sociales de las democracias occidentales. Creemos que este
rastreo de las raíces históricas del concepto
es útil a nuestro estudio dado que permite incorporar
una análisis diacrónico que da cuenta de la
complejidad de los mecanismos que se ponen en juego en el
clientelismo y que subyacen al conjunto de las prácticas
políticas. Este análisis histórico puede
incorporarse e integrarse al estudio más bien de tipo
sociológico presentado por Auyero, ayudando a conformar
una perspectiva del fenómeno clientelar como complejo
de prácticas sociales definidas cultural e históricamente.
Buscando
enmarcar al clientelismo dentro de un contexto de prácticas
políticas características y particulares del
sistema democrático vigente en nuestras sociedades,
encontramos de suma utilidad las ideas vertidas por Guillermo
ODonnell en Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo
y democratización (Paidós, 1997). En varios
de sus artículos, ODonnell incluye al clientelismo
como un elemento principal, aunque no el único, de
una institución informal y encubierta[5]
con enorme influencia en la mayoría de las democracias
latinoamericanas, el particularismo, al que define como un
conjunto de diversos tipos de relaciones no universalistas,
es decir, basadas en principios personalizados y no en criterios
de ciudadanía[6]. Rescatamos esta idea ya que permite
evaluar al clientelismo como una práctica social y
cultural desarrollada históricamente y que atraviesa
todas las relaciones de poder, es decir, que no puede restringirse
a la simple compra de votos de las clases populares
a través de favores gestionados por punteros políticos.
Por el contrario, al relacionar el clientelismo con un concepto
más abarcativo como el de particularismo, es posible
ponerlo en relación con otras características
de los sistemas democráticos latinoamericanos. ODonnell
define como democracias delegativas[7] a estas sociedades
sumergidas en crisis económicas interminables, en las
que el particularismo es dominante, y cuya única institución
altamente formalizada y que funciona de manera regular son
las elecciones. Estas características dan como resultado
una visión cesarista, plebiscitaria, de un ejecutivo
que se cree investido del poder de gobernar el país
como cree conveniente, lo que afecta seriamente a la
accountabilly horizontal, es decir, el control
de las acciones del gobierno por parte de las agencias dispuestas
por la Constitución.
Por
otro lado, el punto de vista propuesto por este autor demuestra
la imposibilidad de pensar al clientelismo como una práctica
exclusiva de los sectores populares, sino que por el contrario
formaría parte de una característica estructural
vinculada a las relaciones de poder que se dan en todos los
niveles de la sociedad.
Desde el punto de vista comunicacional, nuestra mirada sobre
la construcción del concepto de clientelismo se apoyará
en el paradigma de los Estudios Culturales. Esta corriente,
institucionalizada durante los años 60, establece
a la cultura como el ámbito de convergencia, y la define
como los significados y los valores que emergen entre
grupos y clases sociales diferenciados, sobre la base de sus
condiciones y relaciones históricas dadas, a través
de las cuales manejan y responden a las condiciones
de existencia; y como las tradiciones y prácticas vividas
a través de las cuales son expresadas esas comprensiones
y en las cuales están encarnadas (Stuart Hall,
en Estudios Culturales: dos paradigmas).
Este pensamiento esta ligado a la idea gramsciana de hegemonía
que ha servido para subrayar el rol preponderante de las clases
dominantes en la producción de significaciones generalizadas,
el modo en que se construye un concepto espontáneo
de la organización de las relaciones sociales, dentro
de un proceso que no termina jamás, ya que la hegemonía
nunca es acabada. Creemos que la aplicación teórica
de los Estudios Culturales es la más adecuada ya que
se han esforzado por conocer la manera en que los medios ayudan
a producir consenso y a construir su asentamiento.
Pensaremos el proceso de comunicación como una estructura
producida y sostenida a través de la articulación
de momentos relacionados pero distintivos producción,
circulación , distribución / consumo, reproducción-.
Esto llevaría a pensar el proceso como una estructura
compleja dominante, sostenida a través de la
articulación de prácticas conectadas, cada una
de las cuales retiene, sin embargo, su carácter distintivo,
sus formas propias y sus condiciones de existencia (Stuart
Hall, en Codificar / decodificar).
Desde esta perspectiva podemos establecer que las diferentes
áreas de la vida social están diseñadas
a través de dominios discursivos jerárquicamente
organizados en significados dominantes. Decimos dominantes
y no determinantes porque según este modelo
siempre es posible ordenar, clasificar y decodificar un evento
dentro de más de uno de los dominios. Existe un patrón
de lecturas preferentes que llevan el orden institucional,
político e ideológico impreso en ellos y se
han vuelto ellos mismos institucionalizados. Los dominios
de los significados preferentes contienen el sistema social,
como conjunto de significados, prácticas y creencias.
Según Hall la codificación puede intentar
dirigir pero no puede garantizar o prescribir la decodificación,
que tiene sus propias condiciones de existencia. Sí
tendrá el efecto de constituir alguno de sus límites
y parámetros dentro de los cuales operará la
decodificación. El espectro vasto debe contener algún
grado de reciprocidad entre los momentos de codificación
y decodificación, pero esta correspondencia no estará
dada sino construida, como producto de la articulación
entre dos momentos distintivos.
Sobre los tres tipos de decodificaciones que, según
Hall, pueden construirse tomaremos la categoría de
código negociado que contiene una mezcla de elementos
adaptativos y posiciónales; se reconoce la legitimidad
de las definiciones hegemónicas al hacer las grandes
definiciones (abstractas), mientras en un nivel situacional
(situado) más restringido, se hacen sus propias reglas
fundamentales, se opera con excepciones a la regla. Se acuerda
la posición privilegiada con las definiciones dominantes
de los acontecimientos mientras se observa el derecho de hacer
una aplicación más negociada a las condiciones
locales. Los códigos negociados operan a través
de lógicas particulares que se sostienen por su relación
diferencial y desigual con los discursos y la lógica
del poder.
Uno de los momentos políticos más significativos
es el punto en el cual los acontecimientos que son significados
normalmente y decodificados en forma negociada comienzan a
darse como lecturas oposicionales. Aquí se articula
la política de la significación, la lucha en
el discurso.
También nos parece pertinente tener en cuenta la observación
de Ien Ang quien, si bien comparte esta perspectiva, agrega
que sería ingenuamente optimista confundir la
actividad de las audiencias con un poder efectivo. Ellas no
disponen de hecho de ningún control sobre los medios
a un nivel estructural o institucional durable. Establecen
un dominio marginal. A su vez, Martín Barbero
advierte que esta resistencia cultural implica no sólo
hablar de victorias sino también de sufrimiento, cólera,
frustración o desesperanza.
Por otra parte, no tomaremos el debate entre Estudios Culturales
y Economía Política ya que no nos parece que
pueda agregar nada a la conceptualización comunicacional
del fenómeno en estudio, ya que se basa en miradas
diferentes sobre un aspecto meramente teórico (la interpretación
de la noción de base / superestructura).
Bibliografía
Auyero,
Javier: Clientelismo político. Las caras ocultas. Capital
intelectual, Buenos Aires, 2004.
Bobbio,
Norberto; Matteucci, Nicola y Pasquino, Gianfranco: Diccionario
de Política, 7º edición corregida y aumentada.
Siglo XXI Editores. 1982
Hall,
Stuart; Codificar/decodificar, en Culture, Media and Language.
Londres, Hutchinson, 1980.
ODonnell,
Guillermo: Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo
y democratización. Paidós, Buenos Aires, 1997
--------------------------------------------------------------------------------
[1]
Auyero, Javier: Clientelismo político. Las caras ocultas.
Capital intelectual, Buenos Aires, 2004., Pag29
[2]
Auyero, Javier: Clientelismo político. Las caras ocultas.
Capital intelectual, Buenos Aires, 2004. Pag46
[3]
Ibíd., Pag51
[4]
Bobbio, Norberto; Matteucci, Nicola y Pasquino, Gianfranco:
Diccionario de Política , 7º edición corregida
y aumentada. Siglo XXI Editores. 1982. Págs. 270-273
[5]
ODonnell define así al término Institución:
pautas regularizadas de interacción que son conocidas,
practicadas y regularmente aceptadas (aunque no necesariamente
aprobadas normativamente) por agentes sociales que mantienen
la expectativa de seguir actuando conforme a las reglas y
normas formales e informales- que rigen esas pautas.
(ODonnell, Guillermo: Contrapuntos. Ensayos escogidos
sobre autoritarismo y democratización. Paidós,
Buenos Aires, 1997, Pág. 286
[6]
Ibíd. Págs. 305-333
[7]
Ibíd. Págs. 289-295
http://perio.unlp.edu.ar/seminario/nivel2/nivel3/ponencias/mesa2/Caneva_Fuentes_Mendoza.htm
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