Expertos
universitarios denuncian la deficiente formación
del profesorado
Muchos docentes no están capacitados para afrontar
retos pedagógicos como la multiculturalidad, el fracaso
y el acoso escolar. El Ministerio de Educación tiene
parado desde hace un año el máster que permitirá
ejercer en secundaria.
JUANJO BECERRA
"Se
ríen de mí cuando me equivoco, se meten conmigo
por mi forma de ser o por mi apariencia física, me
chillan y me pegan collejas, puñetazos y patadas".
Imaginen a un niño de siete años dando testimonio
de la humillación que se lleva en la mochila después
de un simple día de clase en el colegio.
LAS
CIFRAS
Ésa
es la realidad cotidiana del acoso y la violencia escolar,
un fenómeno en el que caben las pequeñas y grandes
crueldades de los niños, las agresiones sistemáticas
y los trastornos clínicos graves. Según revelaba
el 'Informe Cisneros X' (ICX), elaborado por el profesor de
la Universidad de Alcalá (UAH) Iñaki Piñuel,
esa heterogénea realidad representa un 23,4% del total
de alumnos matriculados entre segundo de primaria y primero
de bachillerato. Un estudio internacional realizado bajo los
auspicios de la Organización Mundial de la Salud en
32 países cifraba las víctimas españolas
de 'bullying' entre los 11 y los 18 años en un 24,8%
, una cifra alta, aunque menor que la de EEUU, Francia, Alemania
e Inglaterra.
En
cualquier caso, dentro del 23,4% del ICX caben todos los matices
del gris. El negro más turbio es que un 53,6% presenta
síntomas de estrés postraumático.
Más
cerca del blanco, un 55,5% de los 5.804 acosados reconoció
haber sido, a su vez, victimario de terceros niños;
o que las conductas más graves no son tan prevalentes.
Por ejemplo, a un 4% de los encuestados le habían propinado
collejas, puñetazos y patadas, a un 5% le habían
chillado, a un 3% le habían robado sus cosas y un 3,52%
denunció que se metían con él o ella
para hacerle llorar. Además, el acoso y la violencia
escolar se distribuyen de un modo muy desigual a lo largo
del sistema educativo no universitario. Así, el porcentaje
de víctimas es del 43,6% en tercero de primaria, pero
desciende hasta un 10% en cuarto de Enseñanza Secundaria
Obligatoria (ESO).
Este
último dato demuestra que, aunque es conveniente activar
todas las alarmas sociales y educativas frente a este fenómeno,
también conocido como 'bullying', no conviene desestimar
el potencial socializador de las escuelas.
«Lo
importante no es la cifra de víctimas, sino identificar
a los niños cuya salud está en riesgo por la
existencia de un maltrato», destaca Piñuel. «No
debemos esperar a historias como la de Jokin (el niño
víctima de 'bullying' que se suicidó en el País
Vasco) para reconocer que estamos ante un ejemplo de acoso».
«Una
de las circunstancias más interesantes que pone de
relieve el Cisneros X es que el número de acosadores
frecuentes va creciendo con los años porque no se toman
medidas en edades tempranas», denuncia este experto
de la UAH.
«Los
niños aprenden una forma de relación con los
demás tóxica y depredadora que se va consolidando»,
añade. Las cifras apuntan a que el paso por el sistema
educativo transforma el «todos contra todos» de
primaria en el «todos contra uno» que se detecta
en ESO, lo que explicaría la reducción del número
de víctimas en ese segundo tramo de la enseñanza
no universitaria.
El
pasado mes de febrero, el Defensor del Pueblo presentó
un informe con el que pretendía actualizar los datos
de otro similar publicado en 2000 sobre el 'bullying.' Tras
encuestar a 3000 alumnos de 600 centros de secundaria en el
curso 2005-2006, se concluyó que el porcentaje de víctimas
que declararon ser ignoradas por sus compañeros había
pasado del 15,1% al 10,5% en esos seis años; las que
habían sufrido insultos, del 39,1% al 27,1%; los amenazados,
del 9,8% al 6,4% y los sexualmente acosados, del 2% al 0,9%.
Bien es cierto que la reducción se produjo, principalmente,
entre quienes habían sufrido estas conductas de forma
esporádica, más que frecuente.
PROFESORADO
Cifras
al margen, el problema es que el acoso y la violencia escolar
se suman a otros retos pedagógicos como la multiculturalidad,
la elevada tasa de fracaso académico, la crisis de
valores... y que, según los expertos universitarios
en estas materias, los docentes de los colegios e institutos
no están preparados para afrontarlos.
«Claramente,
el profesorado no está bien formado», denuncia
Salvador Peiro, profesor de Teoría e Historia de la
Educación de la Universidad de Alicante. «Recibe
muchas nociones sobre sus especialidades, pero no de los aspectos
procedimentales, como enseñar normas y valores, pasar
de la instrucción a la formación...»,
señala.
Expulsar
a un niño al pasillo y emplear el castigo colectivo
son, a su juicio, ejemplos de prácticas que han demostrado
ser contraproducentes y que, sin embargo, se siguen empleando.
María
Victoria Trianes, catedrática de Psicología
Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Málaga,
matiza algo más su valoración de los docentes.
«A diferencia de los alumnos de Magisterio, los que
llegan a la docencia a través del Curso de Adaptación
Pedagógica (CAP) tienen más dificultades, pero
hacen un esfuerzo por apuntarse a cursos de formación,
jornadas, talleres...», comenta. Con la adaptación
al Espacio Europeo de Educación Superior, la pasarela
hacia las aulas que representa el CAP para cualquier licenciado
se iba a sustituir por un máster de 60 créditos.
De estos, 30 se dedicaban a materias pedagógicas como
Aprendizaje y desarrollo de la personalidad, Procesos y contextos
educativos y Sociedad, familia y educación.
La
profesión de maestro es la única que está
regulada exclusivamente por el Ministerio de Educación
(MEC), por lo que sólo es necesario que se pongan de
acuerdo la Dirección General de Universidades y la
Secretaría General de Educación para aprobar
el máster, circunstancia que ya se dio hace un año,
lo que permitió trasladarlo al Consejo de Coordinación
como paso previo a su aprobación como decreto.
OBSERVATORIO
Sin
embargo, el equipo que llegó al MEC de la mano de Mercedes
Cabrera frenó en seco la aprobación de este
documento para no adelantar la controversia sobre las profesiones
reguladas. «Estamos en conversaciones con el otro lado
del Ministerio para decidir cómo debe ser la formación
de un profesor», comentó la pasada semana Miguel
Ángel Quintanilla, secretario de Estado de Universidades,
en la Comisión de Educación del Congreso.
El
Ministerio sí ha creado (el correspondiente real decreto
se publicó el pasado jueves) un Observatorio Estatal
de la Convivencia Escolar a semejanza de los que ya existen
en algunas comunidades. Este órgano contará
con medio centenar de miembros, de los cuales ocho podrán
ser «personalidades de reconocido prestigio entre especialistas
que hayan trabajado en convivencia escolar».
Trianes
y Peiro podrían estar entre ellos. También Rosaura
González, profesora de Psicología Social de
la Universidad de La Laguna, que está desarrollando
un programa de prevención de la violencia escolar para
las administraciones canarias. En su opinión, la alarma
que activan los medios cada vez que se conoce un caso grave
«no es buena, porque genera inseguridad en el profesorado
y en el alumnado», así que aboga por «tratarlo
con serenidad».
POLÍTICA
INTEGRAL
Eso sí, hay que tomar cartas en el asunto. Aunque «no
hay estadísticas fiables para demostrar una evolución
negativa», González cree que «los indicadores
sí apuntan a que no tendremos motivos para ser optimistas
si no hacemos nada».
Según
su criterio, cuando se toman medidas «se transmite al
alumnado la idea de que es algo normal», por lo que
reclama «una política integral de todas las administraciones
que reduzca los riesgos» que hay en el mundo familiar
y comunitario. «Los cambios acelerados provocan que
los jóvenes no acepten los valores de sus padres y
busquen en los medios y en sus iguales para decidir cómo
quieren ser», explica.
Trianes,
por su parte, opina que «la violencia depende del clima
social en el aula y se puede prevenir formando a los niños
en habilidades de competencia social como respetar al otro,
pedir turnos, resolver los conflictos por consenso... y pidiéndoles
su compromiso para desterrar la agresividad». No obstante,
aclara que los riesgos «son una suma de vulnerabilidades:
la familia que no atiende, el chico que se une a pandillas,
el fracaso escolar y el colegio que no sabe resolver todo
eso».
En
ese sentido, dice que en nuestra sociedad «se ha liberalizado
bastante la respuesta violenta y se han eliminado controles
sociales, morales e incluso religiosos». «Si observas
a amigos de 15 y 16 años te das cuenta de que se relacionan
pegándose e insultándose, sin ningún
contenido de agresión», ejemplifica.
http://www.elmundo.es/suplementos/campus/2007/481/1174431607.html
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