¿QUÉ NOS PASA CON LA ENSEÑANZA?

 

¿Qué nos pasa con la enseñanza?

VITAL DE ANDRÉS

Con el «informe PISA» y sus resultados vuelve a los titulares el sistema de enseñanza español. Somos de los países europeos más desaventajados en diversas áreas, pero principalmente la lectura y comprensión. Surgen de nuevo millones de comentarios, reflexiones y opiniones sobre la enseñanza y sus posibles fallos. Qué hacemos bien o qué hacemos mal es la preocupación de muchos y es bueno que así sea. Otra cosa es si acertamos con el diagnóstico y, de acertar, que seamos capaces de hacer las rectificaciones pertinentes. Algo muchísimo más difícil.

Muchos miran a Finlandia como referente, por ser este el país que mejores resultados obtiene. ¿Por qué no hacer como Finlandia? Más inversión, más preparación del profesor, más participación y un involucrarse por parte de los padres en el sistema de enseñanza; más medios y mejores metodologías educativas, etcétera. Personalmente creo que no es una buena idea poner como referente un país con unas experiencias históricas y culturales muy diferentes a la nuestra. Si bien es verdad que todo lo dicho arriba es también necesario en el sistema de enseñanza español, las interpretaciones y prácticas que podamos hacer en nuestro país basadas en el modelo finlandés podrían resultar muy diferentes a lo esperado. Los dos países partimos de una doctrina democrática, pero cómo entendemos nosotros la democracia en el día a día de nuestra sociedad civil puede resultar muy diferente a cómo la desarrollan y la practican los ciudadanos de ese país nórdico.


Una conciencia democrática madura parte de principios muy claros de deber, responsabilidad, transparencia, trabajo bien hecho; honestidad, respeto al saber y el conocimiento y valoración de la inteligencia. Las consecuencias en la enseñanza de una madurez democrática se hacen notar en la inculcación de unas normas de cortesía, en la relación amable y respetuosa con las personas, en la firmeza e imparcialidad a la hora de aplicar la ley y las normas; en la capacidad de mantener al margen el partidismo y sectarismo político en la enseñanza; no hablemos ya del sectarismo religioso o abiertamente ideológico que pueden envenenar la objetividad o el sentido común racional y equilibrado que requiere la formación de los jóvenes. Yo creo que es aquí donde fallamos de forma clara los españoles.

Nuestro sistema de enseñanza se mueve bajo coordenadas un tanto travestidas y distorsionadas de lo que ha de ser una educación democrática ya que nuestra forma de entender la democracia es un tanto sui géneris. Lo intentamos, pero nuestros vicios seculares de picaresca, del todo vale mientras uno pueda aprovecharse de ello o pueda sacar tajada de la situación, son mucho más fuerte que mantener una honestidad que exija esfuerzo continuado. Esfuerzo, incluso a costa de la renuncia a tentadores favores y corruptelas; con la fuerza moral de rechazar la comodidad y la irresponsabilidad ventajosa enfrentándose con firmeza a la dejadez e indisciplina, a la demagogia, a la presión del oportunista o el manipulador de turno que tanto abunda por nuestros pagos y que tanto daño hace. Nuestro sistema de enseñanza refleja todos estos vicios y además sabemos disfrazarlos muy bien con justificaciones ideológicas hipócritas de tinte populista o bondadoso.

Vayamos al grano partiendo de mi experiencia en los institutos de Enseñanza Secundaria. Cuando en un instituto los alumnos menores de edad pueden, a partir de 3.º de la ESO, abandonar las clases para ponerse en huelga por cualquier pretexto, esto quiere decir que algunos mayores con poder social o político están manipulando conscientemente a los menores para ser utilizados políticamente llegado el caso. Toda sociedad democrática legisla a favor de la protección del menor porque considera que el joven en esta edad carece de la madurez necesaria para defenderse de ciertos abusos y explotaciones, o para comprender y juzgar ciertas situaciones. Una regulación del derecho de huelga, que incluya a los menores de edad, está favoreciendo la utilización y explotación de dichos jóvenes a favor de una causa política o social determinada que por necesidad corresponde a personas adultas mayores de edad el manifestarla en forma de huelga. Regular un supuesto derecho de huelga a menores es pervertir de un modo consciente la condición jurídica del menor dando con ello luz verde a las conductas irresponsables e inmaduras con todas sus consecuencias. El hecho de que muchos seamos cómplices de ello muestra que confundimos fácilmente (a veces sin escrúpulos) demagogia y populismo con democracia. Parto de este ejemplo porque refleja cuál es el talante y marco en el que se mueve la Enseñanza Secundaria.

Todos estamos de acuerdo en el derecho de escolarización del menor por razones democráticas profundas, pero una enseñanza democrática implica orden y disciplina por necesidad. El menor necesita saber e interiorizar como suyas las normas de respeto y cortesía que han de regular una clase o un centro educativo. En mi último viaje a Francia estuve observando y dando alguna charla a los alumnos en un instituto de Secundaria cerca de Lyon. Mi sorpresa fue comprobar el orden y la tranquilidad y el respeto de aquellos alumnos en las clases. La total aceptación de un sentido común disciplinado de aquellos estudiantes que no veían ninguna razón o justificación para faltar al respeto o hablar de la forma tan compulsiva como lo hacen los jóvenes en los institutos españoles. Contrastaba aquella situación con la nuestra y no había comparación: en nuestros institutos se vocifera y se corre por los pasillos, se oyen blasfemias y lenguaje grueso a todas horas; se entra y se sale de las clases en pelotón apretándose unos contra otros, empujando al profesor si se interfiere en la corribanda, llegando tarde con mucha frecuencia, las parejas se morrean descaradamente, etcétera. Lo grave del asunto es que todos, incluidos profesores, inspección, directores, jefes de estudio, o quien esté allí metido, vemos esto como normal. Nada nos asusta. Es como si formara parte de nuestra idiosincrasia latina-hispana y no hay nada que lo pueda corregir. En resumen: no valoramos el orden y la disciplina. No creemos en ello. Lo dejamos al libre albedrío. Pero, quizá, a lo mejor, dentro del aula la cosa sea diferente.

No necesariamente. Lo que no se valora fuera no tiene por qué valorarse dentro. Si fuera del aula el ambiente es supuestamente libre y guay, ¿por qué no dentro también? Los problemas de disciplina dentro del aula es ya cosa muy sabida por toda la sociedad española. Se han aireado, sin contrastar muchas veces en perjuicio del docente, todo tipo de situaciones, casos escandalosos, violencia, agresiones; acoso al profesor, etcétera. Y, en esto, para que un centro marche bien todo depende de qué equipo directivo lleva las riendas.

Hay equipos directivos que creen en la disciplina y saben enfrentarse a ella con la normativa en la mano y con valentía. Muchos otros equipos directivos se acogen a la normativa vigente para justificar su inhibición o no hacer nada. Bien es verdad que la normativa vigente permite hacer muy poco, pero cuando hemos dejado de creer en ciertos valores o nunca los hemos aceptado por considerarlos injustamente carcas o retrógrados, o cuando por conveniencia y para no complicarse la vida con alumnos, padres, inspección o lo políticamente correcto del momento, dejamos que ciertos comportamientos se guíen por la vía aparentemente más fácil, ya tenemos con ello la fórmula para el fracaso de una institución. ¿Quién es el valiente que se enfrente a la presión, opinión u hostilidad de alumnos, padres, o inspección, interesados muchos de ellos más en el éxito fácil y por decreto que por los resultados reales fruto de un esfuerzo, un sentido del deber, una honestidad y transparencia democrática? ¿Cuántos sindicatos de profesores sitúan el problema de la indisciplina y acoso al profesor como prioridad?

Al político le interesa la venta de imagen y el voto, y a muchos padres no les cuesta mucho mirar para otro lado siempre y cuando el resultado de todo ello sea el aprobado inflado de su hijo. El problema es que la realidad es terca y el conocimiento se puede medir. Una prueba objetiva como «PISA» nos coloca en el justo sitio donde estamos. Y, por mucho que lo disfracemos a nuestro favor político, no es muy bueno lo que estamos consiguiendo con la enseñanza.

Y es que la democracia implica trabajo, deber y disciplina, no solamente la venta de derechos en rebaja y al por mayor.
A la vista del último «informe PISA» sobre el estado de la enseñanza en España, el autor de este artículo, Vital de Andrés, en su calidad de enseñante, analiza algunas de las cuestiones más candentes del día a día en las aulas, como son la pérdida de valores como el orden, la disciplina o el deber del trabajo

http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pRef=1856_35_589148__Gijon-pasa

 

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