Entrevista a Alejandro Castro Santander

Observatorio de la Convivencia Escolar (U.C.A.)

 

Entrevista al autor de “violencia silenciosa en la escuela”Uno de cada 4 alumnos le teme a algún compañero

El psicopedagogo institucional Alejandro Castro Santander investiga desde hace años las agresiones dentro de las aulas. “Aprender a estar bien con el otro debe ser algo prioritario en la escuela”, afirmó

“Aunque venimos trabajando hace bastante con este tipo de violencia, uno no deja de conmoverse”, dijo el licenciado Alejandro Castro Santander. Se refería a la historia de César, el ex alumno de la escuela Raúl Scalabrini Ortiz, un caso extremo de hostigamiento dentro de las aulas que, desde las páginas de PUNTAL generó asombró en todo el país.
El mendocino Castro Santander, es psicopedagogo institucional de la Universidad Católica Argentina y allí coordina el Observatorio de la Convivencia Escolar. El año pasado desentrañó el fenómeno del acoso dentro de las aulas argentinas en su libro “Violencia silenciosa en la escuela”. Por entonces, el bullying (palabra ingresa con la que los especialistas definen a estas agresiones intraescolares) era un término extraño. Hoy, a causa de historias como la de César, ya comienza a resultar familiar al oído.
Lo que sigue son sus reflexiones sobre las complejas (y a veces traumáticas) relaciones que se tejen dentro de las escuelas.

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La violencia entre los chicos.-

Hasta que comenzamos a investigar, no teníamos claro si correspondía hablar de un incremento de la violencia en las escuelas ya que no teníamos cifras. La creación del Observatorio de la Convivencia Escolar en la Universidad Católica Argentina (sede Mendoza) y el colaborar con otros Observatorios como el Europeo (Universidad Víctor Segaler en Francia) o el Brasilero (Universidad Católica de Brasilia), nos permitió dejar de lado la sola percepción y el exclusivo discurso teórico. Empezamos entonces a preguntarles a los mismos alumnos, a los docentes y descubrimos que, por ejemplo, en una muestra nacional de más de 6 mil alumnos entre 10 y 18 años, casi 1 de cada 4 manifestó tenerle “miedo” a alguno de sus compañeros. Esta misma pregunta sólo a los chicos entre 12 y 15 años fue 1 de cada 3.
Ahora, la violencia verbal directa (insultos, burlas) se da en todas las edades, pero a medida que van creciendo se transforma en más indirecta (murmuración). Entre los más chicos la violencia es más física directa (golpes) pero en la adolescencia se incrementa el esconder o romperse los útiles u otras pertenencias. En el informe Cisneros X en España, se mostró que los más chicos eran partícipes de 7 veces más violencia física directa que los adolescentes.
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Violencia silenciosa.-

Cuando comenzamos a investigar en el 2000, nos encontramos que no coincidían la percepción de alumnos y docentes con respecto a la violencia. Por dar un ejemplo de esos primeros estudios: en relación al lugar donde se producían los hechos de violencia, los adolescentes mencionaban que era “durante el recreo” (71%) y “en el aula” (67%), mientras que los docentes casi coincidían acerca “del recreo”, pero sobre “el aula” sólo mencionaban un 17%. También encontramos que un número significativo de alumnos, resaltaba ser víctima de violencia por parte de algunos compañeros y no era escuchado por sus docentes.
Esto nos llevó a profundizar más la investigación y luego de clasificar las violencias en físicas, verbales y sociales, (insistiendo en que todas tienen un efecto psicológico), encontramos que los docentes mencionaban sólo las formas directas, sobre todo insultos y golpes, mientras que los alumnos denunciaban también las formas indirectas.
Se nos hizo entonces evidente en otra investigación realizada en varias provincias, que si bien las violencias pueden presentarse en las escuelas de forma esporádica, existen también otros hechos de violencia que pasan desapercibidos a los docentes y que llamamos “acoso escolar” (bullying en inglés) caracterizándose por la existencia de una o más conductas de hostigamiento (burlas, insultos, golpes, exclusión, etc.), porque es reconocida no como incidental sino como parte de un proceso y por la duración en el tiempo, lo que irá minando la resistencia de la víctima.


El libro “Violencia silenciosa en la escuela. Dinámica del acoso escolar y laboral”

intenta ser una denuncia a estas agresiones que pasan desapercibidas para los adultos o no son reconocidas por la falta de capacitación en los docentes y al mismo tiempo, un llamado al compromiso para que los adultos responsables, los testigos, las víctimas y el mismo agresor, lo reconozcan como una forma grave de violencia y se animen a enfrentarla.
¿Por qué nos preocupa tanto el acoso entre alumnos? Porque si bien siempre han existido estas formas de violencia, hoy la familia en particular y la sociedad en general no contienen afectivamente ni se preocupan por formar personalidades resilientes. Este niño que ha sido excluido de su grupo de iguales, grupo al que necesita y que le importa más que su propio éxito escolar, hoy está solo y además tiene pobres habilidades sociales como para enfrentar el martirio.

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El rol de los padres.-

Hoy encontramos que ellos, muchas veces, en vez de confiar en la maestra cuando apercibe al niño, no sólo la discuten sino defienden la postura del infante.
Cada familia tiene expectativas de comportamiento que son determinadas por principios que llamamos "valores". Aquel que defiende determinados valores es una autoridad al respecto, así, el médico será autoridad en cuestiones de salud. Hoy los padres deberían preguntarse, ¿qué valores defiendo? Muy a menudo, estos valores ayudan a los chicos a decir “no” a la violencia, al sexo irresponsable, al uso de alcohol y otras drogas. Valores sociales, familiares y religiosos transmitidos con autoridad por los padres, dan luego a los jóvenes razones para controlarse y los ayudan a mantenerse firmes en sus decisiones.
El otro día escuché: “si el alumno es igual al maestro, no hay escuela” y pensaba, ¿pero qué está antes? Creo que si en la familia el hijo es igual al padre, si lo ve como un “alter ego” sin la jerarquía que da la autoridad y le permite ser modelo, educador, ¿por qué el alumno debe ver en el docente una diferencia? Si nuestros hijos nos reconocen como autoridad, cuando pongamos reglas para protegerlos, ellos las seguirán, pero, ¿qué tipo de autoridad soy frente a mis hijos?
La evidencia indica que los padres han perdido autoridad y han puesto en riesgo toda otra institución. En España en los últimos años los docentes realizan paros pidiendo a sus alumnos que no los agredan.
¿Cuándo se originó esta insólita violencia? Coincidió con una denuncia de la Fiscalía General de Estado que alertaba sobre el notable incremento de denuncias de los padres por agresión de sus hijos (21% en cuatro años). ¿Qué adulto es reconocido hoy como autoridad para aplicar las normas en la defensa de esos valores? ¿Los padres? ¿Los docentes?
Para que exista la escuela hay que recuperar a la familia.
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La ciberviolencia.-

La violencia en general se caracteriza por utilizar todo lo que la cultura pone a su disposición y estos tiempos utiliza las nuevas tecnologías. Así que hoy también podemos hablar de una ciber-violencia.
En el caso del acoso, los agresores experimentan nuevas formas de agredir o humillar a sus víctimas en las nuevas tecnologías, ya sea en forma de amenazas por el celular, mensajes humillantes, insultos o la creación de una página Web con el único objetivo de desprestigiar a un compañero
Las herramientas disponibles en Internet ayudan a la propagación de este comportamiento favoreciendo el anonimato del “ciber-agresor”, convirtiendo el acoso escolar en red, en algo más dañino que la agresión cara a cara. Podemos afirmar que el acoso escolar "tecnologizado" comparte las características propias del acoso escolar directo: es intencionado, se establece una relación asimétrica de control y poder sobre el otro, es repetitivo o continuado; pero también presenta particulares que lo diferencian de otras formas de acoso presencial.

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Cómo prevenir la violencia.-

Una sociedad “organizada” para la violencia en sus costumbres, en su cultura, en su estructura económica, en su definición de responsabilidades y roles sociales, en sus valores, en cómo se refleja en los medios de comunicación social, en el comportamiento de sus autoridades, no puede luego esperar que las fuerzas de seguridad, los jueces o los mismos docentes enfrenten y resuelvan el problema.
La respuesta a la violencia debe ser educativa, pero cuidado que entendemos la prevención de la violencia no como la entienden algunas políticas de seguridad como “control”. Por supuesto que es necesario hacer frente a la delincuencia a través de más y mejor policía, pero la generación de las violencias sólo se previene tempranamente a través de la educación.
Pero, ¿qué educación y qué escuela?
Ya es hora de tener “tolerancia cero” a los discursos hipócritas con respecto a la educación del pueblo. ¿A quién sorprende el informe presentado en UNESCO el 6 de junio sobre la corrupción en la educación, donde cita malversaciones de fondos, licitaciones públicas arregladas, fraudes en los exámenes, percepciones ilegales de derechos de matrícula, títulos imaginarios, universidades ficticias, sobornos y cohechos en contrataciones y ascensos, como las formas de “hacer educación” más frecuentes? (ver http://radio.un.org/es/story.asp?NewsID=5369 )


Hoy, cuando el mundo del trabajo nos indica que necesita capital humano en donde el 80% de las competencias requeridas pasa por las habilidades sociales, creo que la nueva Ley de Educación perdió la oportunidad de ser una ley de última generación. Frente a la evidencia de la indisciplina ciudadana y las violencias, necesitamos una escuela que también se ocupe de la dimensión afectiva, de la “alfabetización emocional”. Aprender y querer estar bien con el otro es un aprendizaje “prioritario”. Necesitamos una Ley de Educación que junto con más lengua y más matemática, forme personas íntegras y honrados ciudadanos. Por eso el colombiano Restrepo nos insistía: “El cerebro necesita del abrazo”.
Esta ley, aun con cosméticos, no busca una educación integral, y “aunque a la mona la vistan de seda, mona queda”.
- Necesitamos políticas públicas en las que la educación se convierta definitivamente en una política prioritaria de Estado.
- Es urgente un nuevo “contrato” social entre la escuela y la familia. Esta violencia que venimos observando entre padres-docentes, ejemplificada en el reemplazo de la antigua pregunta “cómo anda mi hijo” por la actual “qué le hicieron a mi hijo” es la terrible evidencia de un desencuentro en donde el único perjudicado es el niño.
- La capacitación inicial de los nuevos docentes y la continua de los docentes en actividad. El clima social escolar ha cambiado y muchos de nuestros docentes no fueron preparados para enseñar en estas nuevas formas de “convivencia”.
Es la vida de las comunidades la que debe cambiar para reducir la violencia. Las maniobras de control se ven siempre desbordadas cuando no tienen el complemento de estrategias preventivas, y la educación será siempre imprescindible en cualquier estrategia preventiva integral.

Alejandro Fara
afara@puntal.com.ar

Los padres y los maestros son los últimos en enterarse

“En general existen distintos estudios que al utilizar instrumentos diversos, dan como resultado cifras poco comparables. Por ejemplo, en el caso del acoso escolar, nos encontramos con investigaciones de distintos países que hablan desde el 3% a más del 60%. Por ese motivo, estamos trabajando con la Red Iberoamericana de Observatorios de la Violencia Escolar (Universidad de Amazonia), que nos permitirá hacer estudios comparativos”, dijo Castro Santander.
El estudio que realizó en Argentina abarcó más de 6 mil alumnos y 400 docentes de todos los niveles.
Estas son las conclusiones:
Frente a la violencia indirecta el 46% dice sufrirla a veces y el 11% mucho.
En las edades más tempranas interviene más lo físico directo y lo verbal, mientras que en Secundario se transforma en indirecto -murmuraciones, amenazas, robos- y lo social -rechazo y aislamiento-, algo muy preocupante ya que la aceptación en el grupo es crucial.
El 32% dice sufrir a veces agresiones físicas y el 62% agresiones verbales. Aunque también hacen autocrítica: el 62% confió haber maltratado a sus compañeros a veces y el 6% continuamente.
Los maestros y padres son los últimos en enterarse del problema. Ante reiterados hechos de violencia, el 57% de los niños se calla y del resto, el 70%, se lo comunica a sus amigos, después a los padres y finalmente al docente. Esto hace que se incremente su invisibilidad y sea tan difícil de prevenir.
El 97% de los docentes manifestó que actualmente existen situaciones de violencia en las escuelas.
El 37% reconoce sentirse desmotivado con respecto a su tarea docente.
El 78% cree que las dificultades en el desempeño del trabajo afectan su salud.


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