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Vienen
apareciendo noticias no siempre tendenciosas pero muy a menudo
persistentemente desafortunadas sobre la violencia que nuestra
sociedad soporta, sobre sus efectos y fórmulas de solución.
El pasado día 14-02-07 la edición de un diario
local de Balears, bajo el titular Educación busca posibles
'Jokins' entre los alumnos más acosados, se nos informaba
de unas cifras que solo pueden ser calificadas de aterradoras,
fruto del trabajo de investigación de un experto en
Balears:
Mil
doscientos estudiantes de ESO de Balears sufren agresiones
de diversos tipos y en repetidas ocasiones. Un 24% (o sea:
10.000) han sido objeto de algún tipo de agresión
a lo largo del curso. Un 6% de ellos (nada menos que 2.500
alumnos) admiten haber vivido una situación que los
expertos califican de «asedio». Y por si fuera
poco el panorama de violencia escolar que la información
presenta enriquece si cabe el escenario digno de Stephen King,
con la afirmación de que dos de cada tres alumnos (28.000),
admiten haber sido testigos de una agresión a alguno
de sus compañeros.
Comenta
el artículo otras cuestiones de interés, barajando
conceptos como la capacidad de adjudicar gravedad a determinados
hechos por parte de los alumno y su relación con la
violencia, y otras de una inquietante evidencia como que aunque
todos sufren algunos lo llevan con gallardía.
Sin
embargo ni una sola de las quinientas once palabras dedicadas
a la información, habla o se refiere ni directa ni
indirectamente al verdadero problema, al origen de la violencia:
a los violentos, lugar de donde nace el daño. No se
habla de los alumnos hostigadores. ¿Solo son noticia
las víctimas? ¿Es que a alguien puede tranquilizarse
porque Un experto avisa que no todos los 1.200 estudiantes
de ESO más agredidos son potenciales suicidas?
Sí,
efectivamente, como se dice en el artículo parece que
Educación busca posibles 'Jokins'. Pero lo que no dice
este texto es que la localización de Jokins
no es la forma de resolver el problema. Jokin fue una víctima
que tuvo desgraciadamente que suicidarse para liberarse de
un problema que sus mayores no fuimos capaces de resolverle:
la violencia de que era objeto sistemáticamente
en su colegio.
Y
no fuimos capaces entonces por lo mismo que ahora no parece
que lo vayamos a ser, porque en lugar de investigar a los
violentos, quienes deberían de poner límite
a sus agresiones dedican su tiempo y esfuerzo a estudiar a
las víctimas en lugar de analizar a los verdugos, de
corregirlos, de apartarlos de donde puedan hacer daño,
o de imponerles las terapias y técnicas necesarias
para que dejen de ser emisores permanentes de violencia. Es
la violencia la que hay que erradicar y no pensar que con
paliar sus efectos tendremos el problema encarrilado. Eso
es mirar para el tendido. El miura no esta allí, está
en el colegio, en los trabajos, en la calle. Los hostigadores
y violentos son a los que hay que estudiar para resolver su
problema. El problema de los pacíficos no es
el ser gente de bien, sino que los violentos los conviertan
en víctimas y que quienes deben de resolver el conflicto,
porque entre todos les hemos conferido esa autoridad, en lugar
de coger al miura por los cuernos, se dediquen a hacer estadísticas
de las cogidas o al análisis de si son los toreros
de la escuela rondeña los más susceptibles de
sufrir heridas por asta de toro o si por el contrario son
los de la escuela sevillana. Todos los ciudadanos toreamos
con la violencia a diario, los escolares también, y
necesitamos que se localice el origen de la violencia, que
se cure la enfermedad de los violentos y que se nos proteja
del daño que nos provocan. Los estudios de riesgos
por muy vistosos nos resuelven por sí solos nuestra
legítima aspiración de paz y tranquilidad. De
verdad, del binomio violento-víctima, hay que ayudar
a la víctima si, pero la mejor ayuda es eliminar la
violencia de su verdugo.
¿Qué
pensaríamos de una policía que ante un asesino
en serie se limitara a hacer un pormenorizado estudio sobre
los horarios noctámbulos de las víctimas, o
sobre las coincidencias liberales (¿sospechosas?) de
sus profesiones, o sobre sus personalidades, o sobre la cantidad
de tela que cubrían sus restos mortales; y que obviase
toda investigación sobre los sospechosos? ¿Es
que resolveríamos los asesinatos solo estudiando a
las víctimas y dejando fuera del análisis a
los asesinos?
Estudiemos,
localicemos y corrijamos a los responsables, a los autores,
a los hostigadores y violentos. Y de los cómplices
que les permiten desarrollar su violencia. Y de quienes teniendo
encomendada nuestra protección, nos abandonan y hasta
se suman a los agresores. Protejamos al cordero no por cordero
sino por inocente, y busquemos, también en esto, la
madre del cordero.
Ricardo Pérez-Accino
Presidente de ANAMIB
www.anamib.com
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