DEBEN PODER
afirmar, mujeres
y hombres valientes,
que el emperador
está desnudo
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El
acoso en la escuela se ha convertido en una noticia
recurrente
en los medios de comunicación y los foros
sobre
políticas educativas, pero poco se ha discutido
sobre el vínculo del hostigamiento en la escuela
o bullying con otras formas de acoso en las instituciones
y en la sociedad.
Estamos tan acostumbrados a segmentar la realidad
en categorías burocráticas como sistema
educativo, sector laboral, ámbito político,
medios de comunicación y un largo etcétera,
que a menudo olvidamos la relación estrecha
entre los acontecimientos; por ejemplo, entre el bullying
y
la violencia en el trabajo o las formas de linchamiento
que algunos programas de televisión llevan
a cabo del panteón kitsch de los famosos de
nuestro tiempo.
En las sociedades de capitalismo avanzado,
basadas
en la democracia liberal y el Estado de derecho, ya
no es permisible el linchamiento real (físico)
de algún sujeto al que se le atribuye un crimen,
una tara o cualquier rasgo que pueda ser construido
como un fenómeno inquietante que debe ser desterrado
o eliminado.,
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Tampoco
son aceptables los comportamientos de exclusión
y violencia física por motivos de género,
preferencia sexual, grupo étnico o confesión
religiosa. Sin embargo, y paradójicamente,
se relativizan comportamientos de acoso, hostigamiento
y matonismo simbólicos que pueden materializarse
en violencia física con mayor facilidad en
los sectores sociales más vulnerables, como
es el caso de los menores, y que expresan un clima
de antirrespeto mutuo que acaba aceptándose
como una realidad natural. Este clima es el que permite
más tarde que los testigos del acoso en la
escuela puedan sentirse perplejos del daño
producido en la víctima. Algunos dirán:
Pero si sólo le tiraron papel higiénico
en la clase. Otros comentarán: Son
cosas de críos, que tienen que arreglar entre
ellos. Los menos reflexivos argumentarán
que la víctima no sabía integrarse en
el grupo, que se lo había buscado
o que era contestataria y crítica, como si
el sistema educativo tuviese que crear clones, como
si la víctima no tuviese derecho a hablar y
a poner en cuestión y a disentir.
No es por azar que el hostigamiento se dirige en muchas
ocasiones a personas que destacan por sus calificaciones,
sus habilidades y/o la firmeza de sus convicciones
y que, a menudo sin percatarse,
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quiebran
el pacto no escrito del resto del grupo.
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Por
ello sufrirán el castigo
del acoso, construido a partir de una muchedumbre
de gestos, interacciones y detalles que aisladamente
no parecen tener mayor importancia, pero que en su
conjunto conforman un contexto de opresión
y violencia, de denigración y humillación
continuadas.
Se
producirá el efecto de desfiguración
de la víctima y de su imagen pública.
Cualquier característica física, de
su personalidad o de su comportamiento será
amplificada o inventada por la camarilla como digna
de rechazo u objeto de escarnio, como hicieron en
su momento quienes fabularon que las mujeres eran
intelectualmente inferiores, o los negros animales,
o los judíos dignos del horno crematorio, o
los homosexuales enfermos.
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Este
contexto hostil, donde las profecías inventadas
por el grupo acosador siempre se autocumplen, generará
en la víctima
la pérdida de la autoestima, la culpabilidad
y la sensación de confusión. Se encontrará
en una situación-trampa.
Si toma una actitud acomplejada, facilitará
el acoso.
Si los desafía, aumentará el acoso.
Si
denuncia la situación, es posible que la institución
lo niegue y trate
de resolver el conflicto tildando a la propia víctima
de presentar una enfermedad mental o desequilibrio,
de falta de empatía con sus iguales o de
cualquier otra etiqueta que esconda las raíces
del problema.
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El
problema, obviamente, es que la inhibición
institucional acaba
dando más alas al grupo, conformado por algún
líder informal con tendencia al matonismo y
por un séquito o comparsa que le ríe
las gracias y que se siente cada vez más envalentonado
en su quehacer. Ya se sabe, cuanto mayor es el consenso
contra alguien, más fácil es ejercer
la violencia y la desfiguración sobre él
con impunidad, pues estamos ante gestos aprendidos
que se reiteran por mimetismo y que de paso sirven
a los agresores para identificarse con el grupo de
iguales.
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Acosando
a la víctima no sólo consiguen el morbo
de participar en un linchamiento, sino también
ser reconocidos como uno de los nuestros,
el
premio de que no le acontecerá una
situación semejante, pues la camarilla le protegerá
de ese imponderable.
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En
cambio, acercarse a la víctima es contaminarse
de su estigma
de apestado, arriesgarse al ostracismo. Por ello la
actitud más frecuente entre el colectivo circundante
del grupo hostil es la pasividad, que justifica el
acoso con frases como algo habrá hecho
o se lo ha ganado. Nuestro sistema educativo
necesita instrumentos que permitan prevenir el problema
del acoso en la escuela mediante una cultura de respeto
mutuo y rechazo claro a este tipo de actitudes. Es
necesario profundizar y completar la tarea realizada
con la educación antirracista e intercultural
de los años precedentes con modelos que ayuden
a la conformación de un carácter crítico
y autocrítico, reflexivo y tolerante con la
disensión y la diferencia. Y no sólo
eso. Hay que favorecer la capacidad de los individuos
de disentir y criticar, de pensar y reflexionar, de
poner en cuestión y exigir comportamientos
consecuentes.
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Hay
que educar mujeres y hombres
valientes que sean capaces de
afirmar, a pesar de los consensos de
las camarillas y los miedos, que el
emperador está desnudo o simplemente
mal vestido.
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LA VANGUARDIA
LUNES, 24 ABRIL 2006
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Art.
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Moral

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