Julián Paniagua López.
Observatorio de Mobbing.
La ponencia que presento gira en torno
a cuatro elementos que están íntimamente relacionados
entre sí en la cultura de la empresa; sin embargo,
teniendo en cuenta su relevancia han sido escasamente estudiados
por los economistas liberales, no así por los historiadores
de los procesos económicos. Estos elementos son:
a)
El tiempo, que estructura la organización del trabajo.
b) La disciplina y la jerarquía, que estructuran
la sociedad interna.
c) Y el conocimiento, que ordena la dirección estratégica.
La
empresa es una de las instituciones más importantes
de las sociedades capitalistas. Su objetivo es ganar dinero,
si es el caso de una empresa privada, o prestar un buen
servicio, si es el caso de una empresa pública, la
administración, por ejemplo. Por lo tanto la política
interna de la empresa está determinada por lo que
ocurra fuera de ella, en el contexto en el que se mueva,
en el mercado. Pero a la vez en su interior no sólo
se gestionan unos recursos para obtener un beneficio económico;
esa gestión es posible gracias a la sociedad interna
con un conjunto de normas, tanto formales como informales,
que estructuran y determinan las decisiones, los comportamientos
y las acciones, no sólo de cara al exterior de la
empresa, al mercado y la sociedad, sino también en
su interior. La finalidad de la acción y los comportamientos
dentro de esa sociedad interna están determinados
por lo que ocurra fuera de la empresa, en el mercado, pero
en su interior toda la actividad se desarrolla en torno
al trabajo.
Son tres los elementos sobre los que descansa la empresa
como institución y como lugar para realizar la actividad
económica: los recursos financieros, los recursos
técnicos y los recursos humanos. Obviamente los tres
están unidos por el trabajo humano. El dinero no
se gestiona solo, sino a través de las decisiones
tomadas por las personas encargadas de ello, que aplican
sus conocimientos técnicos de los mercados financieros
para obtener un mayor y mejor rendimiento del capital. Las
máquinas no trabajan, sólo funcionan; su rendimiento
puede ser mayor y más eficaz que el que hagan las
personas, pero si no hay alguien que apriete el botón,
la máquina no se pone en funcionamiento. Por lo tanto
sin trabajo no hay actividad económica.
A pesar de esto, en el transcurso de los últimos
años hay una tendencia a que el trabajo pierda su
nivel de importancia como fenómeno fundamental de
las relaciones sociales. Se habla más de empleo que
de trabajo, por ejemplo.
A mí me resulta obvio decirlo, pero muchos economistas
parecen soslayar el asunto. El trabajo abarca mucho más
de lo que se establece jurídicamente en un contrato
de trabajo. No es solamente la ejecución de unas
determinadas capacidades, sean físicas o intelectuales,
a cambio de un salario, en un periodo de tiempo y con unas
condiciones determinadas, dependiendo del tipo de actividad.
En la relación laboral hay una serie de circunstancias,
tanto internas como externas, que no están reflejadas
en el contrato de trabajo y que traspasan la relación
formal del intercambio económico. Estas circunstancias
son, por ejemplo, las condiciones sociales, la psicología,
la satisfacción personal, la salud o incluso el modo
de vida o modo de interpretar el mundo.
En el trabajo hay un conflicto estructurado de difícil
solución. El trabajo es un recurso económico,
pero también es un coste. Cuando se firma un contrato
de trabajo el empresario compra fuerza de trabajo que hay
que emplear en un tiempo concertado, por lo que cuanto más
trabajo, más tareas, se realicen en ese tiempo, más
barato será el trabajo comprado. Por parte del trabajador,
cuanto menos trabajo realice en ese tiempo, más valor
tendrá la venta de su fuerza de trabajo. Pero la
diferencia esencial de ambos conceptos es que para el trabajador
el valor del tiempo de trabajo no es sólo un valor
económico, contable y medible en dinero, sino que
también es un valor en vida, en salud. Y esto es
así porque a no ser que el salario sea a destajo,
haya un nuevo convenio colectivo o algún tipo de
acuerdo que formalice el incremento de la carga de trabajo,
le van a pagar lo mismo por su rendimiento, sea éste
normal u óptimo. Mientras el empresario aporta su
capital, el trabajador aporta su fuerza de trabajo y su
propio ser como persona, siendo inseparable su fuerza de
trabajo de él mismo como persona.
El conocimiento que un trabajador pueda aplicar en su trabajo
es lo que aporta valor al producto que realiza. Esto lo
vieron perfectamente desde el primer momento autores clásicos
en el pensamiento económico como Adam Smith, David
Ricardo y, sobre todo Alfred Marshall y el principal teórico
de la organización del trabajo capitalista: Frederick
Winslow Taylor. Los llamados recursos humanos, en última
instancia, no son más que los conocimientos que los
trabajadores aportan en su jornada diaria. No es correcta
entonces la separación entre trabajo manual y trabajo
intelectual, ya que por muy mecánica y medida que
esté la organización del trabajo, el operador
humano ha de aplicar un conocimiento, por simple que sea.
El taylorismo precisamente se basa en extraer ese conocimiento
que adquieren los trabajadores en el ejercicio diario de
su trabajo, para computarlo y estructurarlo, dividiendo
las tareas y asignando un tiempo de realización.
Una vez que la dirección del taller ha adquirido
el conocimiento de los trabajadores, lo devuelve en forma
de normas. En palabras de Gilbert de Terssac:
"El
tiempo ocupa un lugar privilegiado en la producción
de bienes y servicios, ya que rige la relación entre
los productos fabricados y los actores que han contribuido
en su producción. La economía de tiempos constituye
el principal interés de toda racionalización
del proceso de producción; desde este punto de vista
ordena las relaciones entre las herramientas, los hombres
y los productos".
A
pesar de que se hable mucho de las nuevas formas de organización
del trabajo, sobre todo a partir de la crisis del sistema
fordista y la aplicación de las nuevas tecnologías,
el sistema de asignación de tiempos a las tareas
realizadas no ha desaparecido; lo único que ocurre
es que no se nombra el taylorismo. Se sustituye el término
por calidad total, círculos de calidad o benchmarking;
pero se aplica o se estudia su aplicación en todos
los centros de trabajo, incluso en aquellos en los que pudiera
resultar difícil su aplicación, como es en
los hospitales, por ejemplo.
Jean Paul de Gaudemar, en su obra El orden y la producción,
en la cual analiza desde la perspectiva histórica
la disciplina en el trabajo a partir de la implantación
de la fábrica como modo hegemónico de producción
en el capitalismo, señala dos tipos de disciplina
que han perdurado desde la proto industrialización
hasta nuestros días:
a)
La disciplina técnica, que son los procedimientos
que hay que realizar para hacer el trabajo.
b) La disciplina coercitiva, en la que se instaura una relación
de subordinación sin incidencia directa sobre la
productividad del trabajo.
Todos
los implicados en el proceso productivo consideran necesaria
la primera rechazando en cambio la segunda, a la que en
múltiples ocasiones se la considera perjudicial para
el desarrollo del trabajo y contraria al buen clima social
en el interior de la empresa. Sin embargo la disciplina
coercitiva, según Gaudemar, no sería un residuo
negativo de la primera sino su condición de posibilidad.
La hipótesis puede parecer pretenciosa, sobre todo
para aquellos procesos productivos en los que la dependencia
de la tecnología es determinante para la fabricación
de un producto o la prestación de un servicio; en
este caso no se obedecería a una persona sino a la
técnica. Pero analizando la normativa de Derecho
del Trabajo, las normas internas de las empresas y observando
el desarrollo de las relaciones laborales, no hace sino
reforzarla. El centro de trabajo es de las pocas instituciones
de la sociedad donde el poder se ejerce de manera continua,
a veces al mismo nivel como en la cárcel o el cuartel.
Esta continuidad de la disciplina tiene su coherencia dentro
de la racionalidad económica capitalista: en el cuartel
hay horas de asueto durante la jornada donde los únicos
que trabajan son los servicios de guardia, en cambio en
el trabajo si un empleado está quieto no produce,
por lo que es necesario que siempre esté atento,
y para rentabilizar al máximo el tiempo de trabajo
que el empresario compra, busca los mecanismos necesarios
para que ese tiempo sea productivo al 100%.
La disciplina en el proceso capitalista es siempre vista
como algo natural. Ha existido desde siempre en todos los
centros de trabajo. Se puede afirmar entonces, tomando una
cita de Gaudemar, que
"la
historia de las mejoras de las condiciones de trabajo podría
escribirse más o menos como la historia de la supresión
progresiva de las malas disciplinas, aquellas que no manifiestan
más que la opresión pura".
La
pregunta principal en el debate de la prevención
de riesgos laborales es cómo organizar el trabajo
y determinar las condiciones para ejercer las actividades
productivas, con las máximas garantías para
la salud sin que merme la rentabilidad económica.
Como en toda sociedad, en la empresa hay también
una jerarquía, una estructura de poder. En coherencia
con nuestra cultura occidental capitalista, esta jerarquía
tiene su origen en la propiedad. El dueño de la empresa
es el que manda. Esto choca directamente con nuestros principios
democráticos e igualitarios, ya que en la sociedad
con sistema democrático, una persona es un voto,
teniendo todos los votos el mismo valor. Sin embargo en
la empresa el que tiene el poder es el propietario, independientemente
de que esté preparado para ello o no. No obstante
la empresa capitalista ha evolucionado, obviamente, y la
jerarquía, la estructura de mando, se ha trasladado
a los cuadros técnicos basados en el conocimiento.
Históricamente los modelos de organización
del trabajo en la industria han sido la familia y el ejército.
Hasta hace pocos años una de las estrategias de gestión
de la mano de obra era el paternalismo, que consideraba
a los miembros de la empresa como una gran familia que trabajaba
por un objetivo común. Aparte de esta función
ideológica, algunas empresas prestaban algunos servicios
sociales que estaban fuera del contrato de trabajo, aunque
a veces se incluía en los convenios colectivos, tales
como fondos de pensiones para los empleados, salario en
especie, comedor para los trabajadores, colegio para los
niños, actividades deportivas e incluso gestión
de la vivienda para los trabajadores. Los trabajadores de
RENFE o Iberia obtienen descuentos en los viajes de tren
o avión, por ejemplo. Estas prácticas paulatinamente
han ido desapareciendo y ya son escasas las empresas que
mantienen esta política de gestión de la mano
de obra. Sin embargo el modelo jerárquico y disciplinario
del ejército permanece.
A esto se une la competitividad intrínseca de la
lógica capitalista, de tal manera que la empresa
ha de competir en el mercado para conseguir clientes y con
ello mantener unos beneficios. Esta competitividad se ha
trasladado también al interior de la empresa, para
que los empleados compitan entre sí para alcanzar
el máximo rendimiento. El incentivo de ascender en
la escala jerárquica para conseguir mejores condiciones
laborales y mejor salario forma parte de la cultura interna
de las empresas. Y este es uno de los puntos cruciales para
entender el fenómeno del mobbing.
Se puede entender entonces que haya una disciplina vertical,
de mandos a subordinados. En esto no hay que ser ingenuos,
ya que en toda sociedad, por pequeña que sea, se
ejerce algún tipo de poder. En la empresa esa disciplina
técnica de la que hablaba Gaudemar es necesaria,
ya que de lo que se trata es de alcanzar unos objetivos,
por lo tanto hay que orientar los comportamientos hacia
ese fin. Nada que objetar en este aspecto. Pero lo que ya
es menos entendible desde la racionalidad económica
es la existencia de esa disciplina horizontal de miembros
iguales en la escala jerárquica y mucho menos entendible
son las prácticas de acoso. Podría entenderse
por la situación estructural de la competitividad
interna. En última instancia es legítimo el
deseo de ascender y conseguir mejores condiciones laborales
y salariales. Pero la realidad es que las posibilidades
de ascenso son mucho menores de lo que la ideología
capitalista expresa. Los criterios reales de ascenso no
suelen ser objetivos, aunque formalmente estén basados
en la demostración de unas determinadas capacidades
profesionales y de liderazgo. Se forman entonces redes clientelares
en el interior de las organizaciones cuyo objetivo y prácticamente
su razón de ser es la obtención y mantenimiento
del poder y, con ello, tener una posición de privilegio
con respecto al resto de las personas que forman parte de
la organización.
Esto genera una situación perversa dentro de las
organizaciones que de ninguna manera puede considerarse
eficiente de cara a alcanzar una rentabilidad. En la empresa
se busca la eficiencia fundamentalmente a través
del conocimiento y la innovación. Pero como todos
sabemos el conocimiento es poder. Ocurre a menudo que ciertos
empleados bien relacionados y poseedores de conocimientos
científicos, destrezas específicas o buenas
cualidades profesionales, se les asciende de categoría
basándose en su buen hacer profesional. Pero, insisto
en ello, en la empresa se trata de orientar los comportamientos
hacia un fin determinado, y este trabajo de saber orientar
voluntades, dirigir personas, no está directamente
relacionado con los saberes técnicos, por determinantes
que sean para saber organizar la producción, sino
con la política y las relaciones sociales internas
de la organización. Aparece entonces el famoso principio
de Peter, que afirma que los trabajadores se ven promocionados
hasta el nivel máximo de su incompetencia. La persona
ascendida de nivel debe dirigir a personas que antes estaban
en su misma escala jerárquica, sin embargo muchas
de estas personas ascendidas no están preparadas
para ejercer esas nuevas responsabilidades. De la destreza
profesional no se sigue necesariamente una capacidad de
liderazgo, por lo que esta incapacidad de liderazgo se compensa
con el ejercicio del poder coercitivo por encima del técnico
y para encubrir esa incapacidad se rodea de un círculo
de personas que le apoyan y mantienen sus privilegios.
Obviamente no estoy diciendo que todas las empresas o todas
las organizaciones desarrollen su actividad bajo esta estructura
perversa de redes clientelares, o, en palabras de Iñaki
Piñuel en su último libro, organizaciones
tóxicas. Pero es algo que existe, que está
latente en todas las organizaciones.
El mobbing entonces no hay que verlo como algo individual,
perteneciente a la psicología, sino como el efecto
de una perversa estructura de poder dentro de la organización.