Le
lanzaron piedras, cloro en un ojo y aerosol para adormecerla;
mancharon su residencia con pintura, le ensuciaron su terraza
con excremento de caballo y se treparon en su techo. También
le decían palabras que no se pueden repetir.
Le
hicieron mucho daño. Sentía miedo y ansiedad,
al punto de que temió por su vida.
Al
principio, Bárbara Pérez, de 77 años,
no se atrevía a contarles a sus dos hijos que era
víctima de maltrato. Ella pensaba que la reacción
de ellos podía provocar una tragedia.
Yo
podía aguantar el maltrato, pero ellos no lo iban
a sobrellevar, creyó.
Optó,
mientras tanto, por mantenerse encerrada en su propia casa,
donde vivía sola desde 1959.
Los
ejecutores del acto maltratante estaban muy cerca. Eran
sus vecinos adolescentes, de 17 y 16 años, quienes
actualmente tienen alrededor de 21 años.
Yo
estaba perdiendo la esperanza de que yo lograra estar hoy
aquí. Pensé que me podía morir y pensé
también que me tenía que ir, vender la casa
e irme, manifestó a PRIMERA HORA.
Me
dio una ansiedad... perdí por dos años o tres
la confianza en todo ser humano... me deprimí mucho,
confesó.
En
una ocasión, Pérez pensó que uno de
los jóvenes iba a abusar de ella sexualmente porque
entró a la casa con un bóxer, mientras el
otro se quedó en el exterior.
¿Qué
te pasa a ti?, le cuestionó la anciana al joven,
y acto seguido lo empujé y cuando lo empujé
cogí la manguera y se la pegué... me vi en
un peligro... (imagínate) que a la edad de uno, uno
sea violado por una persona que sea menor de edad... pero
yo siempre pensé que le daban órdenes para
otro reírse.

VALIENTE
DECISIÓN
Pero,
parece que a doña Bárbara no la amilana nada
ni nadie, ni siguiera el cáncer de útero que
estaba combatiendo o el accidente laboral que impidió
que en el 1971 continuara trabajando en una fábrica
de costura en Aguas Buenas.
Sin
que sus dos hijos de 52 y 54 años de edad se enteraran,
Pérez decidió buscar ayuda para terminar con
la agobiante situación. Yo no quería
hacerle daño a nadie pero no me podía dejar
matar, recordó la anciana, practicante del
cristianismo.
Así
que en el 2003 decidió buscar -sin rumbo fijo- algún
número de teléfono en las páginas de
la guía telefónica para pedir orientación
o ayuda social. La incierta búsqueda la condujo a
un asilo de ancianos en Caguas desde donde la refirieron
a la Procuraduría de las Personas de Edad Avanzada.
La
intervención de la dependencia gubernamental viabilizó
que un tribunal emitiera una orden que prohibía que
los adolescentes se acercaran a su residencia.
Éstos,
sin embargo, volvieron a aproximarse al hogar de la anciana
luego que expirara la orden de alejamiento, que duró
un año. No fue hasta que cumplieron los 18 años
-ya no viven en sus respectivas casas- que doña Bárbara
dejó de sufrir el maltrato de sus vecinos.
La
Policía había venido y había cooperado,
pero cuando la Policía iba a medio kilómetro
de mi casa ellos volvían. Pero cuando llegó
la (ayuda de la) procuradora de las Personas de Edad Avanzada,
yo conocí los derechos que yo podía tener,
que hay que considerar al que está al lado de uno,
pero no dejarse maltratar, sostuvo.
Pérez
había comentado las acciones del dúo a los
familiares, pero ello no ayudó a detener el maltrato.
Ella cree que los jóvenes recibían instrucciones
de un adulto de unos 60 años, residente en la comunidad.

VIVE
EN PAZ
Hoy,
la alegre, amable y hospitalaria septuagenaria recomienda
a las personas de edad avanzada que sufren de algún
tipo de maltrato, a que busquen ayuda y conozcan sus derechos.
Pero para ello, es necesario que sus quejas sean escuchadas,
reclamó.
Gracias
a Dios, ya todo eso pasó en mi vida y en mi mente,
aseguró Pérez, quien dice apreciar la paz
que ahora siente.
También
espera muchas cosas buenas de la vida, pese a que los años
siguen pasando y las fuerzas no son las de antes. Hay
mucha, mucha esperanza para nosotros... Si la gente supiera
que a uno le queda mucho por aportar a ustedes los jóvenes,
sentenció.