PATOLOGÍAS URBANAS: MOBBING

JAVIER CASTAÑEDA

La primera vez que me topé con este verbo en gerundio, me vino a la cabeza la imagen de alguien intimidado, sometido a la fuerza y privado en algún sentido, de todo movimiento para recuperar la libertad perdida; para desasirse de la mano, acción, conducta o mirada que le acogotaba. Pero, a medida que la frecuencia de los encuentros desgraciadamente aumenta, cada vez me sugiere cosas peores; como en esas películas que persiguen a los animales sin descanso hasta que son cazados. No en vano el acoso es lo que se hace con los toros en campo abierto, antes de la tienta y derribo; subido el acosador, eso sí, a lomos de un caballo.

Y aunque los contextos difieren, lo que busca un acosador de su acosado es básicamente lo mismo: su derribo. Leer dicho verbo incrustado en un entorno taurino, puede que parezca normal a la gente que fomenta dicha cultura. Pero el mecanismo del acoso funciona prácticamente igual en otros contextos. Desgraciadamente, en nuestra sociedad abunda una amplia tipología que abarca desde los más conocidos como el acoso sexual, laboral o bossing; hasta los más nuevos como el inmobiliario, el tecnológico, el escolar o bullying; el de las deudas; el de la moda o la talla mínima; e incluso hasta el del tiempo, que siempre es escaso y nos empotra contra el reloj. Curioso elenco de acosos que atenaza al ser ante cualquier atisbo de recuperar la libertad en sus movimientos. Todo un surtido de tipos de mobbing creado por los individuos de la sociedad actual, con los que el entorno cotidiano se contamina de abusos a la vez que rompe las vidas de muchas personas.

En sentido laxo, podría decirse que siempre ha existido acoso a lo largo de la Historia, sobre todo si pensamos en el acoso sexual; pero de los formatos modernos, quizá el caso más típico sea el acoso laboral, enunciado como patología por el psicólogo alemán Heinz Leymann en 1986. Así descrito, es un mal bastante reciente y de nuestra generación. Las cifras son para echarse a temblar, pues según algunos expertos ya en 2004 unos 2.300.000 personas, es decir, más de un quince por ciento de la población activa ocupada de España ya sufría mobbing; de las cuales, un cinco por ciento piensa a diario en el suicidio como única alternativa para escapar de dicho acoso, según reflejaba un reportaje de Consumer.es. Una variante del acoso laboral, que a menudo también se da en el trabajo es el acoso sexual. En este caso –lamentablemente- las cifras tampoco se quedan atrás. Según datos del Instituto de la Mujer de hace tan sólo una semana, una de cada diez mujeres ha sufrido acoso sexual en el trabajo y, si lo circunscribimos a Catalunya, vemos como la proporción aumenta alarmantemente, ya que casi una de cada cuatro mujeres (un 22,2%), afirma haber sufrido acoso sexual en el trabajo.

No mucho mejor parece irles a las más de diez mil familias catalanas que han sufrido acoso inmobiliario por parte de los propietarios de sus viviendas, o bien por empresas sin escrúpulos que, para poder especular con los inmuebles recurren a todo tipo de vejaciones tales como: dejar la vivienda en estado ruinoso o de abandono; cortar los suministros básicos como la luz, el agua o el gas; promover conflictos y actos incívicos entre los vecinos o generar humedades, peste, incendios o ruidos. Además, en la mayoría de los casos de persecución inmobiliaria, el acoso se realiza contra personas mayores, que normalmente suelen encontrarse en un mayor grado de indefensión ante las malas prácticas de los propietarios de los inmuebles que habitan. Ahí es nada: hogar dulce hogar. Tampoco parecen pasarlo precisamente bien los chavales que sufren los cada vez más frecuentes asedios en forma de matonismo, que en casos extremos puede acabar igualmente en suicidio.

El problema del acoso –y de sus múltiples variantes- es que presenta un doble factor que favorece su permanencia en el anonimato. Por un lado, no es una acusación de fácil prueba y muchas veces requiere la implicación de terceros o de testigos, que suelen tener mucho que perder al dar la cara por otra persona. Por otro, el acosado también tiene resquemor de que su imagen se vea dañada, pues siempre hay quien puede dar la vuelta al problema y ver en la aquiescencia del acosado un elemento de culpa; o en su tolerancia sinónimo de algo que esconder. Por ello no resulta fácil que salga a la luz, si bien cada vez existe más información y asociaciones que animan a denunciar los malos tratos físicos, sexuales, psicológicos, morales, etc; incluido el acoso. Para autores como la periodista Cruz Blanco, “el fenómeno del acoso laboral representa una más de las caras del neoliberalismo y de la sociedad global donde la carrera por la obtención rápida del beneficio, lleva a las empresas a prescindir de trabajadores que no consideran útiles adoptando fórmulas crueles de alternativa al despido”. Para la mayoría de los acosados, es simplemente una forma de violencia, sutil o descarada, que les inmoviliza ante un problema con su trabajo, su libertad o su hogar y que, tarde o temprano, tanto si les derriba como si no, pasará factura. ¿Hasta cuando?

JAVIER CASTAÑEDA - La Vanguardia. 04/05/2006 - 12.07 horas

Extraído de http://www.lavanguardia.es/web/20060504/51256170077.html

 

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