La
primera vez que me topé con este verbo en gerundio,
me vino a la cabeza la imagen de alguien intimidado, sometido
a la fuerza y privado en algún sentido, de todo movimiento
para recuperar la libertad perdida; para desasirse de la
mano, acción, conducta o mirada que le acogotaba.
Pero, a medida que la frecuencia de los encuentros desgraciadamente
aumenta, cada vez me sugiere cosas peores; como en esas
películas que persiguen a los animales sin descanso
hasta que son cazados. No en vano el acoso es lo que se
hace con los toros en campo abierto, antes de la tienta
y derribo; subido el acosador, eso sí, a lomos de
un caballo.
Y
aunque los contextos difieren, lo que busca un acosador
de su acosado es básicamente lo mismo: su derribo.
Leer dicho verbo incrustado en un entorno taurino, puede
que parezca normal a la gente que fomenta dicha cultura.
Pero el mecanismo del acoso funciona prácticamente
igual en otros contextos. Desgraciadamente, en nuestra sociedad
abunda una amplia tipología que abarca desde los
más conocidos como el acoso sexual, laboral o bossing;
hasta los más nuevos como el inmobiliario, el tecnológico,
el escolar o bullying; el de las deudas; el de la moda o
la talla mínima; e incluso hasta el del tiempo, que
siempre es escaso y nos empotra contra el reloj. Curioso
elenco de acosos que atenaza al ser ante cualquier atisbo
de recuperar la libertad en sus movimientos. Todo un surtido
de tipos de mobbing creado por los individuos de la sociedad
actual, con los que el entorno cotidiano se contamina de
abusos a la vez que rompe las vidas de muchas personas.
En
sentido laxo, podría decirse que siempre ha existido
acoso a lo largo de la Historia, sobre todo si pensamos
en el acoso sexual; pero de los formatos modernos, quizá
el caso más típico sea el acoso laboral, enunciado
como patología por el psicólogo alemán
Heinz Leymann en 1986. Así descrito, es un mal bastante
reciente y de nuestra generación. Las cifras son
para echarse a temblar, pues según algunos expertos
ya en 2004 unos 2.300.000 personas, es decir, más
de un quince por ciento de la población activa ocupada
de España ya sufría mobbing; de las cuales,
un cinco por ciento piensa a diario en el suicidio como
única alternativa para escapar de dicho acoso, según
reflejaba un reportaje de Consumer.es. Una variante del
acoso laboral, que a menudo también se da en el trabajo
es el acoso sexual. En este caso lamentablemente-
las cifras tampoco se quedan atrás. Según
datos del Instituto de la Mujer de hace tan sólo
una semana, una de cada diez mujeres ha sufrido acoso sexual
en el trabajo y, si lo circunscribimos a Catalunya, vemos
como la proporción aumenta alarmantemente, ya que
casi una de cada cuatro mujeres (un 22,2%), afirma haber
sufrido acoso sexual en el trabajo.
No
mucho mejor parece irles a las más de diez mil familias
catalanas que han sufrido acoso inmobiliario por parte de
los propietarios de sus viviendas, o bien por empresas sin
escrúpulos que, para poder especular con los inmuebles
recurren a todo tipo de vejaciones tales como: dejar la
vivienda en estado ruinoso o de abandono; cortar los suministros
básicos como la luz, el agua o el gas; promover conflictos
y actos incívicos entre los vecinos o generar humedades,
peste, incendios o ruidos. Además, en la mayoría
de los casos de persecución inmobiliaria, el acoso
se realiza contra personas mayores, que normalmente suelen
encontrarse en un mayor grado de indefensión ante
las malas prácticas de los propietarios de los inmuebles
que habitan. Ahí es nada: hogar dulce hogar. Tampoco
parecen pasarlo precisamente bien los chavales que sufren
los cada vez más frecuentes asedios en forma de matonismo,
que en casos extremos puede acabar igualmente en suicidio.
El
problema del acoso y de sus múltiples variantes-
es que presenta un doble factor que favorece su permanencia
en el anonimato. Por un lado, no es una acusación
de fácil prueba y muchas veces requiere la implicación
de terceros o de testigos, que suelen tener mucho que
perder al dar la cara por otra persona. Por otro, el
acosado también tiene resquemor de que su imagen
se vea dañada, pues siempre hay quien puede dar la
vuelta al problema y ver en la aquiescencia del acosado
un elemento de culpa; o en su tolerancia sinónimo
de algo que esconder. Por ello no resulta fácil que
salga a la luz, si bien cada vez existe más información
y asociaciones que animan a denunciar los malos tratos físicos,
sexuales, psicológicos, morales, etc; incluido el
acoso. Para autores como la periodista Cruz Blanco, el
fenómeno del acoso laboral representa una más
de las caras del neoliberalismo y de la sociedad global
donde la carrera por la obtención rápida del
beneficio, lleva a las empresas a prescindir de trabajadores
que no consideran útiles adoptando fórmulas
crueles de alternativa al despido. Para la
mayoría de los acosados, es simplemente una forma
de violencia, sutil o descarada, que les inmoviliza ante
un problema con su trabajo, su libertad o su hogar y que,
tarde o temprano, tanto si les derriba como si no, pasará
factura. ¿Hasta cuando?
JAVIER CASTAÑEDA - La Vanguardia. 04/05/2006 - 12.07
horas
Extraído de http://www.lavanguardia.es/web/20060504/51256170077.html